Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2006.
Resumen
- 04/08/2006 16:48 - Por qué quieres tú que yo lea
- 06/08/2006 17:19 - La extraordinaria labor editorial de Anagrama y sus lamentables erratas
- 09/08/2006 23:12 - Escritores, editores, correctores: hombres del Renacimiento
- 19/08/2006 10:11 - El problema del dilema, más allá de la lógica
- 23/08/2006 09:58 - Darabuc, palabras como música
- 31/08/2006 09:41 - Bibliotecas «abierradas», o los libros de ni mírame ni me toques
04/08/2006
Por qué quieres tú que yo lea

Les prometí un pequeño artículo sobre la lectura y, en concreto, sobre una estupenda guía que escribe Joan Carles Girbés, editor en la Editorial Bromera, editorial que es, además, Fundación para el fomento de la lectura. La Fundación Germán Sánchez Ruipérez, otra veterana en esto de ayudar a que la lectura llegue a todos y, en particular, a los más pequeños, tiene entre sus enlaces a la Fundación Bromera y, desde luego, es un acierto. Pero de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez y de su Servicio de Orientación Lectora (el Sol), les prometo otro artículo; vayamos ahora con la preciosa Guía práctica para hacer lectores a los hijos o con Leer para crecer.
Joan Carles Girbés empieza esta guía con una pregunta imprescindible: «¿Por qué queremos hacer lectores?»
Y contesta esta pregunta, sí, pero entonces hace la pregunta del millón:«En principio, quien ha decidido abrir las páginas de Leer para crecer tiene la sana intención de fomentar la lectura, de hacer lector a otro, puede ser su hija, una sobrina o un niño del vecindario. Compartir nuestro tiempo con los pequeños para contagiarles el amor por los libros es una de las actividades más gratificantes que podemos llevar a cabo porque, a pesar de las prisas que caracterizan nuestra vida cotidiana, de las múltiples propuestas de ocio y de la dura competencia audiovisual, hoy en día todavía es posible “hacer lectores”.
»Pero, antes de continuar, es necesario que dediquemos unos minutos a reflexionar sobre esta cuestión fundamental: ¿por qué? Es decir, ¿por qué queremos que esta persona se aficione a la lectura?»
Aquí está. Ésta es. Nos la hemos hecho y nos la hacemos miles de veces o, mejor: una y otra vez; un día, de una manera; otro, de otra; un día, la respuesta nos parece tan obvia, tenemos tantos argumentos que nos sobran: de Emili Teixidor, de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, de los clásicos, de los griegos, de los académicos, de los vanguardistas, del niño de al lado... Otro día nos faltan las palabras, pero nos sobra la historia, la Historia —the story and the history— con sus mil y un ejemplos de cómo la palabra escrita da al ser humano su libertad, su trascendencia, su cultura: ¿qué es la cultura sino la memoria de los hombres? Lo bueno y lo malo, todo lo que transmite el hombre de sí mismo a sí mismo. Sin escritura, sin lectura, ¿habríamos podido no partir de cero cada vez? ¿Habríamos podido llamar crisis existencial a ese vacío que nos llega a todos más o menos en la adolescencia y que gracias a los libros constatamos estupefactos que no es patrimonio de nuestro yo, sino de la humanidad? ¿Seríamos capaces de jugar de chiquititos con las palabras como jugamos sin haber oído las nanas de bebés, sin haber oído ni siquiera una rima, buena o mala? ¿Miguel Hernández habría continuado tratando de llevar al papel sus versos de no haber comprobado que la poesía existía y que el hombre era poeta, por muy autodidacta que queramos clasificarle?
Dice Joan Carles que en esta guía no trata del analfabetismo porque «En la actualidad, por fortuna, casi no hay analfabetos en nuestro ámbito (...)». Tampoco yo estoy refiriéndome aquí a este problema que en muchas partes del mundo aún es un reto al que mucha gente dedica grandes esfuerzos con grandes resultados. Quiero referirme aquí, como Joan Carles, al fomento de la lectura, al intento de contagiar, no a «la capacidad de leer, sino a la disposición para hacerlo».
Daniel Pennac, citado en esta guía, dice en sus Derechos del lector que éste tiene el derecho a no leer pero advierte, como creo que advertimos todos, de un peligro: «que no sea la lectura la que renuncie al lector, sino éste a ella». De acuerdo, no obliguemos a leer a quien no quiera, pero que el adulto que no lea no haya dejado de hacerlo por no haber tenido en su vida la oportunidad: que la sociedad muestre a los niños y también a sus padres de qué disponene además de de parques, de cines, de campamentos, de piscinas, de polideportivos...
La guía Leer para crecer está llena de aciertos; por ejemplo, en este mundo de medias tintas, se agradece que alguien tenga una postura clara y la defienda, sin tener que transigir y tragar con todo: se lo juro, afirmaciones claras: «Es que leer es un rollo... ¡Stop! ¡Eso sí que no! “Es que a mí no me gusta leer.” Sería más correcto decir: “Es que nunca he leído un libro que me guste”, porque a menudo quien afirma que leer es aburrido es porque aún no ha encontrado las lecturas adecuadas a sus gustos e intereses, ese libro corto o larguísimo que le hará descubrir sensaciones nuevas, aprender, crecer, madurar, vibrar de emoción y encontrarse consigo mismo. ¿A quién no le gusta el cine? Pueden que no gustarle las películas de amor, o las de terror, o las de acción, pero seguro que hay determinadas películas que le entusiasman. Con la literatura pasa lo mismo.»
Y no se pierdan el apartado des-sacralizador de los libros, ni el de los beneficios de la lectura, que tiene una condición: «será un secreto entre nosotros (...); nunca le diga a un niño —nos recomienda Joan Carles Girbés— “si leyeras más, traerías mejores notas”. Que no nos quepa duda: una sentencia como ésta le alejará más todavía de los libros.»
La guía insiste en las bondades de la lectura para la vida y el ocio del lector; es cierto que el hábito de leer facilita el estudio, la comprensión, la concentración, etcétera, y todo esto está recogido en el capítulo de los beneficios, junto a muchas otras cosas, pero una cita de Umberto Eco nos apunta hacia dónde vamos a ir: «No debemos leer para tener éxito, sino para vivir más».
Y para el autor de la guía, y suponemos que también para Eco, vivir más es «vivir otras vidas, vivir más intensamente, vivir enriqueciéndonos en nuestras horas de ocio».
Aprendemos con esta guía a tener paciencia, a que «cada niño es un mundo», así que no comparen —las comparaciones son odiosas; ¿se han fijado que siempre pierde alguien, que sólo quedan iguales cuando se sacan parecidos familiares?—, no se preocupen si su hijo mayor a los diez años ya leía encantado los libros de aventuras de Rudyard Kipling y de Stevenson y el pequeño, con once, apenas termina el de la colección El Tigre, y eso que trae una lupa y le lee usted siempre medio capítulo. Todo requiere su tiempo y cada niño requiere sus libros.
Además de enseñar, la guía es bien divertida. Las ilustraciones corren a cargo de Josep Vicó Crespo y acompañan sabiamente al texto: bonitas y divertidas, esta vez el ilustrador se leyó el libro —hay tantas veces que pienso que los dibujos que están ahí podrían estar en cualquier otra parte— y, además, con buena intuición, pensó que podría caer en manos de... cualquier mano, es decir, cualquier edad. Unos dibujos bonitos y que difícilmente desagradarán a nadie.
El decálogo de la familia comprometida con la lectura viene seguido por «Diez consejos infalibles para que [los niños] odien los libros»: amén de que cualquier padre se sentirá identificado con alguna de las situaciones —en las que habrá caído con la mejor intención, cómo no— los consejos son dignos de ser memorizados para poder evitarlos siempre que podamos. Es divertidísimo el de «Pidámosles un resumen. Imaginemos la escena: Estamos acomodados en el sofá, delante de la tele. Es un día especial porque emiten nuestra serie favorita. Nos gusta tanto que pasamos la semana esperando que llegue el miércoles para verla. ¡Es tan divertida! Pero hoy es diferente. Esta noche tenemos un señor sentado a nuestro lado que observa cada movimiento que hacemos. Nos ha pedido —en realidad nos lo ha exigido— que le hagamos un resumen comentado del capítulo. Tres hojas. “¡Y no vale hacer la letra grande!”, nos ha advertido muy serio.» Continúa de esta guisa. Claro, cualquiera se atreve ahora a pedir el resumen al niño, menudo modo de hacerle odiar el libro. Pero vaya manera divertida de dejárnoslo patente.
Lo cierto es que la guía sigue con propuestas para leer a los niños, para sabr cómo y cuándo y dónde. Debería estar traducida al castellano y distribuirse en el resto de España. Pero al menos se hace en Valencia, y además pueden ustedes visitar la Fundación Bromera. Y si están pasando este verano en esa costa maravillosa, tienen la oportunidad de disfrutar de libros de autores valencianos en una campaña organizada por la Fundación Bromera y apoyada por los diarios Levante y El Mundo, de modo que con ellos se llevan a casa un libro por muy poquito: véanlo en Llegir en Valencià.
Feliz verano.
Ana Lorenzo. Rivas Vaciamadrid, Madrid, España.
06/08/2006
La extraordinaria labor editorial de Anagrama y sus lamentables erratas

Los tres últimos libros que he leído (disfruto, necesito y debo leer literatura para mantener la información que es vital a mi oficio de correctora de estilo) son Al otro lado del Canal, de Julian Barnes; Tríptico del Carnaval, de Sergio Pitol y Últimos tragos, de Graham Swift, de esos libros coloridos de la colección Compactos de la editorial Anagrama. Es para mí, hoy por hoy, la mejor editorial por su selección de autores literarios.
En el primero de ellos, edición de setiembre 2005 con tapas en color azul esmeralda —equivalente al verde de un semáforo—, con muy pocas erratas figura, sin embargo, este texto: «[...] bajo su techo cobijaba a jugadores y fulleros, p---s y parásitos». En el resto de los cuentos de este libro se dice la palabra «putas» con todas sus letras, como corresponde. No es grave, es casi una curiosidad. En el segundo libro, edición de 1999 de tapas en amarillo pálido, el de Pitol, las erratas y errores son tantos, que hice un promedio: calculé que había una errata o error cada tres páginas, en las tres novelas del libro. Avanzando en la lectura comprobé que al menos mejoraba: una errata cada cuatro páginas. Estas piedritas en el camino me molestaron más, es grave, pero tampoco es para suicidarse. En el último libro leído, el de Swift —mucho mejor que la película—, edición del 2001 en un rojo alerta, sin embargo, ya hubiera querido reclamar a la editorial por esta compra, con una pregunta bien sencilla: «¿Cómo es posible que una editorial de esta categoría publique un libro que en su página 329 tiene un párrafo inconcluso?». Uno de los personajes, Amy, se despide para siempre de su hija subnormal, June, de 50 años, y también le anuncia —aunque la hija no pueda comprenderla— que su padre ha muerto. Para no abundar en explicaciones, baste la trascripción textual: «Ahora tengo que ser una mujer independiente. Pero no podía dejar de venir así de sopetón, sin decírtelo a la cara: Adiós, June. Y tampoco podía decirte esto sin decirte lo otro. Para ti no significará nada, pero alguien tiene que decírtelo. Si no lo hago yo, nadie va a hacerlo. Que tu propio padre, que jamás vino a visitarte, a quien nunca conociste porque él nunca quiso conocerte a ti, que tu propio padre ». En la página siguiente comienza otro capítulo. Esto es muy grave. Claro que no pierdo el argumento, pero ¿cómo lo expresa el personaje?, ¿cómo lo escribe el autor? O más aún, ¿cuál es la esencia de la literatura sino transmitir una emoción que nos identifica como humanos y nos salva? Esta esencia está dañada. Este es mi reclamo.
En el blog Comunicación Cultural del 13 de julio de este año, se analiza la nueva web de Anagrama y, sin dejar de admitir que es una de las editoriales que más admiran «por su trayectoria y por la extraordinaria labor editorial que está haciendo su editor, Jorge Herralde», se la suspende por sus deficiencias. Se critica su enfoque de comunicación, ya que la web no cuenta con canales para la recepción de las opiniones de los lectores, ni incluye las reseñas publicadas en los medios, ni links a las webs o blogs de los autores, ni sección de enlaces a librerías, talleres literarios, revistas culturales..., entre otras carencias. Suscribo ese reclamo.
Pilar Chargoñia, correctora de estilo, Montevideo, Uruguay, <valchar@adinet.com.uy>
09/08/2006
Escritores, editores, correctores: hombres del Renacimiento

28 de noviembre del 2005
La cita* (gracias, V. A.):
“El centenario de Madame Bovary ha venido a reactualizar, en cierto modo, la figura de ese escritor singular que fue Gustavo Flaubert. Escritos singulares, si pensamos que nunca autor alguno fue menos favorecido por el propio temperamento. La creación le costaba un trabajo increíble. Las frases no acudían a su pluma. Terminar una página era, para él, una tarea de forzado. Adelantaba lentamente en sus libros, renqueando, sufriendo, protestando, como si cumpliera con una intolerable obligación impuesta por otro. No poseía imaginación verbal. Tenía que rehacerlo todo, tachando, quitando, enderezando párrafos cojos. Y aun cuando daba un manuscrito por terminado, Máximo Du Camp, su íntimo amigo, cazaba en ellos gazapos imperdonables; verdaderas perlas, como cierta ‘excursión marítima’ puesta en la segunda página de La educación sentimental, para calificar... un viaje por el Sena. O aquello de ‘Sonó lentamente el toque de la una’, visto más adelante, en la misma novela, que hacía exclamar al corrector, escandalizado: ‘¿Es que les tomas el pelo a tus lectores? ¿Cómo quieres tú que una sola campanada suene lentamente?...?’”
De Alejo Carpentier: El adjetivo y sus arrugas, Buenos Aires: Editorial Galerna, 1980.
[*Cita tomada del blog de José Antonio Millán, escritor, editor, experto en... tantas cosas; verdadero y esdrújulo hombre del Renacimiento.]
Ahora que arrecian las críticas, algunas feroces, sobre el estilo de Javier Marías, que ha entrado en la RAE sin necesidad de más votaciones que la primera, me gustaría centrarme, apartando de mí y de todos ustedes el consabido y polémico tema de si deben estar en esta institución tantos escritores o sería mejor que los académicos que son y que están, antes de este vuelco hacia la democratización de la cultura, como si esto fuera una cámara de representación en vez de una entidad de trabajo que elabora normas y publicaciones normativas donde agarrarnos todos los hispanohablantes (no sólo los maestros que corrigen los exámenes de nuestros hijos), se rodearan de lingüistas y expertos como ellos para llevar tan gran obra a cabo —empresa monstruosa por lo grande y cambiante—, me gustaría centrarme, digo, en por qué se le exige a un escritor ser además un sabio de la lengua. No, señor. Un escritor ha de ser un maravilloso creador y sí, por supuesto, la lengua, o las lenguas, que algunos escriben en dos, es su herramienta. Javier Marías crea deliciosas novelas. Yo me declaro una de sus seguidoras. ¿Quién puede resistirse a un escritor que comienza así una narración, con tal abigarramiento de verbos, de tal gala?
“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.”
Javier Marías: Corazón tan blanco.
Que Javier Marías tenga en sus novelas errores de sintaxis, de concordancia, incluso errores de concepto y mal uso de determinados adjetivos, ¿de quién es culpa? Que nadie les engañe: la culpa es de su editor. Si el editor contrata a un buen corrector de estilo, el trabajo de éste consiste precisamente en limpiar el texto de todo eso. El escritor inventa historias, inventa nuevas formas de arrebolar los verbos en la frase y hasta se toma la licencia de saltarse las normas, como ambulancia con sirena puesta, siempre que sea para crear, para ir más allá, para darle a la lengua el alma o el juego que nadie más le ha dado o que ya tantos otros le dieron, pero nunca como él lo ha hecho. Y el corrector, experto en lengua, con un gran respeto por la creatividad, con mucha comprensión de lo creado y mucho amor hacia esos dos entes que en el libro conviven, la lengua correcta y pura que fluye como un río cristalino y claro (aunque a veces no sea tan claro como quisiéramos), la creatividad y la invención que surgen como rápidos alocados que lo aceleran o como remansos que lo aquietan y lo convierten en espejo hasta hacer que se pierda el hilo del riachuelo, trata de no magullar ni a uno ni a otro, de dejarlos en perfecto equilibrio, para que, en el tranquilo transcurrir del río, la voz del escritor surja con fuerza y nada le haga sombras.
Si el editor es bueno, no dejará tirado al escritor, no le dejará en la estacada, ni a él, ni al corrector de estilo, ni al lector. Querrá editar un buen libro, pero no le pedirá peras al olmo: nadie le pediría a él que escribiera sus propios libros por el mero hecho de vivir de ellos, ni al corrector, por dominar esos recovecos de la lengua, que fuera un prolífico Lope de Vega. Atención, que sí que existen, por otra parte, hombres del Renacimiento, que escriben como escritores, corrigen como correctores y editan como editores, y todo de los buenos, pero no todos tenemos tantas capacidades y no tenemos por qué avergonzarnos por ello.
Sin ir más lejos, el otro día, leyendo en Anagrama El mal de Montano, curiosísima novela de Enrique Vila-Matas —me dejó con ganas de releerla enseguida, tanto cambia, tantos hallazgos tiene a lo largo de sus páginas, hasta los nombres y las referencias—, vi varias erratas y lamenté que en una historia donde tan importante es «el hombre solo y sin atributos» aparezca en una frase en dos partes del capítulo un «no podía estar más sólo en aquel paraíso de las Azores»; y no, no lo he leído mal, no lo he entendido mal: es el acento el que sobra.
En El viaje vertical, del mismo autor, en La mejor narrativa, de Salvat Editores, procedente de Editorial Anagrama, aparte de mil erratas, de falta de blancos tras el punto que incomodan la lectura, llega un momento en que el protagonista, Mayol, que se ha escondido en un café por culpa de una tormenta, «sentado en una mesa del Orient-Express mientras observaba con cierto alivio y satisfacción [...] que el temporal de lluvia y viento había arreciado de forma considerable y dentro de muy poco podría salir tranquilamente a la calle. De hecho, apenas llovía ya. [...] Se veían ahora incluso algunos rostros algo agradables. Y una prometedora luz, que emergía de las tinieblas de la tormenta que se batía en retirada [...]». ¿Es ese uso de arreciar culpa del escritor? No, es culpa de su editor, que no ha contratado un corrector, o quizá ha contratado un corrector de primeras pruebas o un corrector de ortotipografía y lo ha zanjado. Pues no señor, se necesitan los dos. Un corrector de estilo es el que va a cambiar ese verbo y va a darle al escritor la posibilidad de elegir otro; le va a indicar que arreciar una tormenta es «hacerse más intensa», no «escampar»; el editor se lo va a comunicar, cuando no son ellos mismos los que se reúnen, y el libro va a ganar para todos. Eso es el trabajo de escribir, de corregir y de editar. No queramos ahora prescindir de ninguno de ellos ni echar en cara de uno lo que compete a otro, por muy de moda que esté decir que los correctores, pa’ qué. Que los editores sepan que si prescinden de ellos, tiene consecuencias. Y que sepan ustedes que si ahora arrecian las críticas contra un escritor por sus faltas de ortografía, por sus errores de contenido... por esas pequeñas cosas que no dejan que brille su obra, es que alguien le dejó, perverso, con el culo al aire; tiene derecho a reclamar; y ustedes, pero a quien corresponda.
Ana Lorenzo. Rivas, Madrid, España.
19/08/2006
El problema del dilema, más allá de la lógica

El dilema es otro silogismo expandido. Se emplea como arma en contra de un adversario, a quien se intenta poner en la obligación de admitir una de dos alternativas, ambas de las cuales le obligaría a aceptar una conclusión que no quiere admitir.
Quizás el ejemplo más conocido es la pregunta que los fariseos ponen a Jesucristo, cuando le preguntaron si es lícito para un judío pagar el tributo al César, o no.
La forma del dilema suele ser una proposición disyuntiva combinada con dos proposiciones condicionales, ambas de las cuales llevan a la misma conclusión:
O A o B.
Si A, entonces C.
Si B, entonces C.
Por tanto, si A o B, se sigue C.
Un judío debe pagar el tributo al César, o no debe pagarlo.
Si lo paga, admite la justicia del dominio romano, que es injusto.
Si no lo paga, no cumple la ley romana.
Por tanto, si lo paga o no, obra mal.
El dilema es una arma valiosa para debatir, pero no es tan fácil construir uno bueno. Las alternativas presentadas tienen que ser las únicas posibles, y ambas tienen que llevarnos a la misma conclusión.
Se puede atacar un dilema alegando que existen otras alternativas; o demostrando que una de las alternativas realmente no conduce a la conclusión.
problema. (Del lat. problēma, y este del gr. πρόβλημα). 1. m. Cuestión que se trata de aclarar. 2. m. Proposición o dificultad de solución dudosa. 3. m. Conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin. 4. m. Disgusto, preocupación. U. m. en pl. Mi hijo solo da problemas. 5. m. Planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos. ~ determinado. 1. m. Mat. Aquel que no puede tener sino una solución, o más de una en número fijo. ~ indeterminado. 1. m. Mat. Aquel que puede tener indefinido número de soluciones.
dilema. (Del lat. dilemma, y este del gr. δίλημμα, de δίς, dos, y λῆμμα, premisa). 1. m. Argumento formado de dos proposiciones contrarias disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar. 2. m. Duda, disyuntiva.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados http://www.rae.es/
Yo tenía una estupenda profesora de Historia, de Literatura... de todo, vaya, porque era de aquellas personas cuyo bagaje cultural no sólo era enorme, sino que continuaba creciendo sin parar y estaba vivo; con una cabeza muy bien amueblada.
—Un problema —nos decía muchas veces—, lo que tenéis no es más que un problema, muy gordo, si queréis, pero un problema, no un dilema. Un dilema es lo que tenía Hamlet, hiciera lo que hiciera, matar a su tío, el asesino de su padre o tenerse por loco, toda solución era mala; vamos, que no había solución alguna.
Desde entonces, esa palabra, dilema, la tenía yo respetuosa en cajón bajo llave para cuando uno estaba, como se suele decir, entre la espada y la pared: ser o no ser, mentir o dejar que muera gilipollas, suicidarse o malpasar la vida...
Pero el DRAE me informa de que no es más que una duda, una disyuntiva, un problema (gordo o pequeño) . Ay, mi Mariaelena del alma, si te hubieran contratado para esa entrada como lexicógrafa, cuántos matices habríamos ganado en nuestra lengua, porque, quiéranlo o no ustedes o los académicos, existen en esta vida problemas, gordos y pequeños, y dilemas.
En los diccionarios de la RAE, en el 83 aparece por primera vez como 'problema o situación ambigua' además de su definición dialéctica o lógica, recogida aquí y ejemplificada en la primera cita; en el 92, en sentido figurativo, es 'duda, disyuntiva'.
Ana Lorenzo. Rivas, Madrid, España.
Añadido el 21 de agosto
Gracias a Gonzalo G., les pongo aquí «la definición de la Moli, siempre más atenta al uso».
2 («Encontrarse, Estar, Verse, Poner en un») Situación de alguien cuando tiene forzosamente que elegir entre dos soluciones, ambas malas: ‘Me puso en el dilema de aceptar sus condiciones o marcharme’. (véase Disyuntiva).
Pero no puede uno dejar de preguntarse por qué el DRAE, si no encontró otra más adecuada, no adoptó esta definición, que hace que nuestra lengua gane o al menos no pierda en matices.
23/08/2006
Darabuc, palabras como música

Darabuc es una palabra exótica, y realmente parece que viene de 'darbuka', término árabe que designa un tambor con forma de copa, hecho en cerámica o metal y cuya parte más amplia es la que está en el lado superior y se tapa con piel o con plástico. Del ejecutor exige que tenga tanta precisión que sean sus dedos y no sus manos las que elaboren los ritmos y saquen del instrumento la percusión. ¿No oyen ya sus ritmos y sus sones, esas cascadas de armonía?
Porque Darabuc es también un autor y un sitio de literatura infantil que hoy quiero presentarles. Y lo que une a ese autor, a ese sitio y a ese instrumento son, precisamente, el ritmo y la magia de la música, el que él haga que las palabras suenen como suenan los golpes de darbuka.
En Darabuc no encontramos un sitio de fomento de la lectura al uso; en su sitio, primero, encontramos una obra —deliciosa— del autor: La vieja Iguazú. Es premio de la segunda edición de Luna de Aire. Y el autor nos ofrece el comienzo en «Así empieza el libro». Pero además, nos dice: «Si quiere leerlo gratuitamente, puede visitar cualquiera de estas bibliotecas o solicitar el libro a su bibliotecario.» Y es que el autor es, ante todo, lector, y eso se nota.
Se nota, con mucho, en su CEBRALOQUÍA: un tesoro, subtitulado Una antología a rayas de loquemas para niños. Darabuc desnuda a la literatura de cualquier intento de pedagogía y la ofrece como la música, con su misma fuerza: poesías elegidas con gusto y cuidado por alguien que se divierte con las palabras, que, como dice en la presentación, lo mismo las disfruta en un idioma que en otro:
Si no sé leer en japonés o en alemán, ¿de qué me vale que pongas el texto original?
Pues vale para jugar, que es sano, y bueno, y divertido, y barato... No hace falta saber leer los poemas en buen inglés, alemán o japonés para disfrutarlos: podemos tomarlos como un juego, comparar cómo suena cada uno o fijarnos en el aspecto y la textura de las palabras. El poeta francés Jacques Roubaud creó un espléndido libro de poemas-juego con la sonoridad del japonés, que se puede disfrutar sin saber una palabra de japonés.
Lo cierto es que la presentación es una declaración de intenciones, o de diversiones. La literatura para Darabuc no es un camino encorsetado, como no lo es la antología: es mejor dejar abiertas las puertas al juego y el oído a los ritmos, por mucho que no entendamos del todo. Pero aun así, si algo no nos gusta, vayamos a otra cosa, mariposa:
¿Y si un poema no me gusta?
Pues vuélvelo a leer, por si acaso, y pregunta siempre lo que no entiendas... Y si aun así no te gusta, pues a por otro poema, no hay nada malo. ¡No creo que a nadie le gusten todos los sabores de helado, o todos los embutidos, o todas las frutas del mundo entero!
Si abren su CEBRALOQUÍA, mayores o niños, se toparán con muy distintos autores, múltiples idiomas, traducidos y no, pero a toda la selección le une un carácter homogéneo: la de la diversión y la de la capacidad de sorpresa y disfrute ante las palabras, los versos, los juegos, los absurdos. Esa capacidad la tienen los niños y la conservan, con suerte, algunos adultos. Darabuc no sólo es capaz de elegirnos esas joyas que nos podrían pasar desapercibidas, también sabe crearlas. Les aconsejo que se lean, solos o con sus niños, La vieja Iguazú, si quieren volver a saborear versos infantiles sin ñoñería de por medio.
Ana Lorenzo, Rivas, España.
31/08/2006
Bibliotecas «abierradas», o los libros de ni mírame ni me toques
«Abierrada» es una palabra rara, que podría venir de «aberración», aunque en realidad viene de «ni abierta ni cerrada». En España estamos en época de exámenes y en muchos pueblos y ciudades los ayuntamientos y diversas entidades públicas intentan ofrecer espacios para que los estudiantes se den el último atracón de esperanza. A veces se abren salas de estudio, y a veces, por ahorrar, se abren las bibliotecas pero sin personal bibliotecario. Hay casos en los que uno, por un lado, se alegra: ¿qué hacía la biblioteca cerrada en las tardes de agosto? ¿Dificultamos que los chavales lean justo cuando más tiempo libre tienen? Está el préstamo, de acuerdo; pero la biblioteca es más que una máquina expendedora de libros: es un lugar para mirar, abrir al azar, consultar los fondos no prestables, etc.
Pero hay casos en los que, por ahorrarse el sueldo de unas pocas tardes de bibliotecario, como decía, se «abierran» las bibliotecas, abiertas pero cerradas, abiertas para sentarse pero no para consultar los libros, que no se pueden tocar. ¿Digo tocar? Ni mirar siquiera. Esta muestra de indignación ha llegado al foro IWETEL, y merece la reflexión de los responsables.
Ayer por la tarde acudí a la Biblioteca Municipal Julián Besteiro de Leganés, que en época de exámenes abre sus puertas hasta las 21:45, aunque su horario habitual es de mañana. Mi intención era echar un vistazo a los fondos y, de encontrar lo que buscaba, volver en el horario normal, que es cuando hacen los préstamos. Me dirigí hacia las estanterías que me interesaban, cuando una celadora se acercó para recordarme que no podía llevarme ningún libro porque por la tarde no estaban las bibliotecarias. Respondí que mi única intención era buscar algo de interés, a lo que me contestó que tampoco podía realizar consultas… Sonreí incrédula y repliqué que entonces me limitaría a echar un vistazo, por lo que me advirtió de que ni siquiera podía tocar los libros… Atónita respondí que no tocaría nada, limitándome a mirar los lomos. Desconcertada, comencé a pasear por las estanterías, cuando me percaté de que la celadora, desconfiada, no me quitaba el ojo de encima… Decidí acabar con tan incómoda situación, por lo que me dirigí a los catálogos (de fichas manuales) para realizar mi búsqueda de un modo más profesional, pero inmediatamente la mujer se acercó hasta donde yo estaba para informarme de que tampoco podía tocar los catálogos… No me lo podía creer, así que me acerqué a leer detenidamente los carteles de avisos, los cuales informan de que en agosto el horario habitual de la biblioteca es de mañana, y que en época de exámenes por las tardes se abre como sala de estudio, no existiendo el servicio de préstamo ni consulta de libros más que en el horario habitual. Alegué que los avisos no mencionaban la utilización del catálogo, aunque la mujer, apurada, contestó que ella hacía lo que le ordenaban… La biblioteca se llena a diario hasta los topes con gente preparando sus exámenes y nadie puede tocar los libros, ¡ni siquiera un diccionario, como apoyo al estudio! Me fui perpleja y con una bonita copia de mi reclamación en vez de la signatura que buscaba.
Gonzalo García, Moratalla (Murcia, España)


