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Resumen
- 03/06/2007 13:16 - ¿Hasta cuándo, Academia, hasta cuándo? El ninguneo de la RAE a los cantes y bailes flamencos
- 04/06/2007 20:27 - Términos clave de la edición (de textos)
- 12/06/2007 13:25 - Lecciones magistrales de disección: el anticipo caserónico de la «Nueva Gramática de la Lengua Española»
- 13/06/2007 13:56 - El valor de la cultura (con ce de «copyright»)
- 17/06/2007 16:56 - Y comí gambas en la Feria con cuchillo y tenedor. (Sobre el concepto de «corrección» en la lengua)
- 24/06/2007 16:35 - Pistas para seguirle la huella a la política lingüística y cultural (neoliberal) del español
- 28/06/2007 17:40 - Los cuerpos del rey y el cuerpo de Michon
03/06/2007
¿Hasta cuándo, Academia, hasta cuándo? El ninguneo de la RAE a los cantes y bailes flamencos

Permítanme que comience este artículo de forma antiperiodística. Les confieso que lo que se disponen a leer ya lo han contado antes muchos otros, de forma más completa y cabal e incluso de manera más entretenida. No se llamen a engaño, pues: no les voy a descubrir nada nuevo sobre la discriminación que los cantes y bailes flamencos sufren en el Diccionario de la Real Academia (DRAE), ni sobre las carencias metodológicas de este mismo diccionario. Si se esperaban una perspectiva diferente o novedosa, no sigan leyendo: se aburrirán. Y ahora pido disculpas a la editora del blog por decir esto.
Mucho se habla de que el DRAE es un mal diccionario, y si nos ceñimos al ámbito del flamenco, no podemos sino estar de acuerdo con los que así opinan.[1] Primero, porque de los cincuenta y tantos nombres de cantes y bailes flamencos, la RAE recoge sólo la mitad; segundo, porque la Academia no sigue un criterio uniforme a la hora de definir estos términos; y tercero, porque las definiciones que ofrece son insuficientes y poco esclarecedoras. No es extraño, pues, que muchos se hayan quejado del errático comportamiento lexicográfico que sigue la Real Academia Española al elaborar su diccionario general.[2]
Imaginen por un momento a un japonés aficionado al flamenco —y les aseguro que hay muchos— que, después de asistir a un tablao de Tokio, llega a su casa y se va al DRAE en línea para saber algo más de los cantes y bailes que figuran escritos en su folleto. Imaginen que busca tangos y se topa con que es ¡un baile argentino!; imaginen que busca luego milonga y resulta que es ¡otro baile argentino!; imaginen que —un poco mosqueado ya— busca rumba y comprueba con estupor que lo que acaba de oír en el tablao es ¡un son cubano!; imaginen por último que busca guajira, y se encuentra —ya con la boca abierta de par en par— con que es ¡otro son cubano! Díganme, ¿pensaría nuestro aficionado nipón que la Academia ha hecho bien en no incluir las acepciones flamencas de estas palabras en el DRAE, o diría al estilo de Obélix: «¡Están locos estos hispanos!»?
Y lo peor es que no hablamos de locura, sino de dejación; porque, como recogen los propios bancos de datos académicos,[3] hay testimonios escritos que revelan, por ejemplo, que los tangos flamencos son incluso más antiguos que los argentinos, con los que comparte únicamente la etimología. Por otro lado, la existencia de milongas, rumbas y guajiras —ejemplos de cantes de ida y vuelta—[4] está igualmente atestiguada, y es bien conocida dentro y fuera de Andalucía. Y, si no, que levante la mano el que no haya bailado una buena rumbita flamenca poco antes de que se lo llevaran de la fiesta por tomar en demasía. No son los tangos y las milongas únicamente cantos y bailes argentinos, no; como tampoco son la rumba y la guajira exclusivamente sones cubanos. Bastaría con que la RAE incluyera estas acepciones flamencas en el Diccionario para remediar esta parte del entuerto, pero parece que —entre tanto congreso y viaje intercontinental— a nuestros académicos no les queda el tiempo suficiente para realizar labor tan simple. El caso es que, sea por esto o por cualquier otra razón que se me escapa, ya tenemos ninguneados a cuatro cantes y bailes flamencos; desgraciadamente —y como veremos—, no son los únicos.
Casos igual de graves, por lo huérfano que lo dejan a uno, es no encontrar en el DRAE palabras hermosas como cantiñear (que mi procesador de textos insiste en transformar en cantinera). Está derivado este verbo de cantiña, otro cante flamenco que tampoco figura en el DRAE, uno más. Cantiñear es cantar flamenco a media voz, sin explotar, como cantando para uno mismo o al estilo de las nanas. Créanme si les digo que oír a la pareja de uno cantiñear a la par que lee o teclea en el portátil es buen síntoma: una de esas pequeñas alegrías que nos regala la vida en común. Lamento que la RAE los prive a ustedes de darle nombre a este canturrear flamenco que tan grata sensación produce. Como también lamento que los prive de conocer la acepción flamenca del término pellizco, que es la capacidad que tiene el intérprete flamenco de sentir —y fundamentalmente de transmitir— un sentimiento de especial autenticidad y jondura. Tener pellizco es una cualidad altamente apreciada en el mundo flamenco, que la RAE, como en tantas otras ocasiones, pasa inexplicablemente por alto.
Así las cosas, más de uno podría pensar ya que esta dejación académica se produce porque los andaluces seguimos siendo hablantes de segunda para casa tan docta y castellana, pero este no sería un comportamiento científico y moderno; y la Academia es un organismo cientifiquísimo y modernísimo, bien que lo repite la prensa. Podríamos maliciar que la desidia de la RAE se debe a que está más interesada en revender sus diccionarios que en perfeccionarlos, pero este no sería un comportamiento científico; y nuestra academia de la lengua —ya les digo— sabe mucho de ciencias. Podríamos creer que, para la Real Academia, el vocabulario plebeyo no casa bien con su concepción patricia del Diccionario, pero ese no sería un comportamiento científico; y —cómo no insistir en ello— la Academia es ante todo una entidad científica. Podríamos concluir que todo se debe a que en la RAE abundan más las celebridades que los lingüistas, pero eso no sería científico y… No, mejor dejo ya de remedar a Marco Antonio, que es cansino el desvarío shakesperiano, y sigo con la exposición.
Punto y aparte merecen aquellas palabras que, aunque nacidas fieles a la fonética andaluza, el DRAE insiste en disfrazar de castellanas: seguidillas en vez de siguiriyas o seguiriyas, alboreadas en vez de alboreás, granadinas en vez de granaínas; ya puestos, no sé cómo la RAE no se empeña en llamar bacalado al bacalao, sonaría también mucho más fino, dónde va a parar. En fin, costó un verdadero mundo que la Academia aceptara a los bailaores y a los cantaores (que no son ‘bailadores’ ni ‘cantadores’, claro), pero un universo entero será necesario para que admita también a los tocaores (que por supuesto, no son ‘tocadores’). Pobrecitos míos, qué culpa tendrán ellos de que en Andalucía nos comamos las letras y no sepamos nombrar castellanamente a los guitarristas flamencos. Si hasta parece que la Academia les tuviera ojeriza, ya les digo. Porque, no contenta con negarles el nombre a los tocaores, tampoco les permite que puedan estar al toque, aunque los bailaores estén al baile, y los cantaores al cante.[5] Para la RAE, al toque es —exclusivamente— peruanismo por de inmediato. ¡Qué arte y poderío más grande tiene esta RAE, Dios mío! «De inmediato», dicen; y llevan los tocaores toda la vida al toque, y en el casón neoclásico no se enteran ni a la de tres.
En fin, como les decía, de los alrededor de cincuenta tipos de cantes y bailes flamencos, el DRAE recoge chispa más o menos la mitad. Son estos: alegrías, bulerías, cañas, caracoles, carceleras, deblas, fandanguillos, farrucas, jaberas, livianas, malagueñas, martinetes, mineras, peteneras, polos, rondeñas, serranas, sevillanas, soleares, tanguillos, tarantas, tientos, verdiales y zorongos. A las ausencias ya nombradas de tangos, milongas, guajiras, rumbas, vidalitas, colombianas, y cantiñas —casos en los que o bien la entrada no figura en el Diccionario o bien no se incluye la acepción flamenca del término—, hay que sumar las siguientes: bamberas, bandolás, cabales, campanilleros, canasteras, cartageneras, fandangos, garrotín, jabegotes, levanticas, marianas, mirabrás, murcianas, nanas, romances, romeras, saetas, tonás, tarantos, villancicos, zambras y zapateados. Y a todos ellos hay que añadir los términos que no figuran con su grafía andaluza: seguiriyas, alboreás, granaínas y medias granaínas. Disculpen que todavía me asombre, pero es ciertamente increíble que, siendo el flamenco un arte que ha transcendido las fronteras de Andalucía y que incluso sirve para representar internacionalmente a España, no estén recogidos en el Diccionario general del español los nombres de los palos o estilos propios de este arte. Realmente, ¡están locos estos [académicos] hispanos!
Podría añadir ahora que este desinterés de la RAE por el léxico flamenco es el mismo que muestra ante los andalucismos en general; pero prefiero no hacerlo, la verdad, no me tiren de la lengua. Además, en realidad los cantes y bailes flamencos no tienen de andalucismo más que el nacimiento. Estos nombres no son una mera variación léxica de ámbito regional; no estamos ante formas diferentes de llamar a una misma cosa, caso de auto, carro, coche, etc. Los nombres de los cantes y bailes flamencos son la única y exclusiva manera de llamar a realidades antes inexistentes, por lo que su exclusión del Diccionario es una pérdida irreparable para todos los hablantes. Hace bien, pues, la RAE en no tratar a estas palabras como regionalismos ni como tecnicismos, y por ello mismo resulta todavía más evidente cuán incompleta es su labor al respecto, y cuán heterogéneo y falto de coherencia es su criterio lexicográfico.
Les decía antes que no andaría yo muy errado si achacara esta incuria académica al secular ninguneo que la RAE muestra al léxico propio de Andalucía. Si no lo hago, es porque no quiero que suceda como la última vez que hubo quejas al respecto. No insistan, pues; no quiero decirles lo que ocurrió tras la proposición no de ley que se presentó en el Parlamento de Andalucía para fomentar el uso del andaluz en la comunidad y para instar a la RAE a que admitiera un mayor número de andalucismos en su Diccionario. Prefiero no contarles que a los lingüistas andaluces promotores de la iniciativa, encabezados por Antonio Rodríguez Almodóvar, ni siquiera tuvieron que contestarles entonces desde Madrid, porque fueron once catedráticos de Lengua de universidades andaluzas los que, con cifras en la mano, dejaron bien claro que, comparando el número de hablantes de Andalucía con los de México —ese fue el ejemplo que pusieron—, los andalucismos no estaban discriminados en absoluto, sino que su situación era incluso ventajosa.[6] Lo que no llegaron a decir estos catedráticos fue cuál era el número exacto de palabras que, demográficamente hablando, nos correspondía inventar a los andaluces. Podrían haber empezado por ahí, especificando nuestro cupo, y así nos ahorraríamos en el futuro el trabajo de crear para nada. Tampoco explicaron estos mismos catedráticos por qué, en vez de andar con la calculadora en la mano, no se dedican ellos mismos a algo un poco más lingüístico; algo parecido a lo que yo estoy haciendo en estos momentos: a investigar con un mínimo de rigor decenas de palabras nacidas en Andalucía que tienen un uso más que comprobado dentro y fuera de nuestra tierra, y que, sin embargo, no figuran en el Diccionario de la Academia. No, les repito que no seré yo quien hable de este tema, ya sé que no serviría para nada.
La segunda crítica que hay que realizarle al DRAE es la escasa uniformidad existente en la redacción de las definiciones. Es evidente que no todas las voces relacionadas con el flamenco se incorporaron al Diccionario en la misma época, pero aun así es chocante que cada entrada parezca estar redactada por personas diferentes; eso sí, todas ellas con el mismo —y limitado— conocimiento del flamenco. Si yo les preguntara a ustedes qué tienen en común una trucha, un besugo y un atún, seguramente todos me contestarían que los tres son peces. Y llevarían razón, claro; de hecho, pez es el hiperónimo que engloba a estos tres animales. Sin embargo, si usted le pregunta al Diccionario académico qué tienen en común bulerías, soleares y alegrías, no se encontrarán con la respuesta lógica: que son cantes y bailes flamencos. Como si los hiperónimos no existieran, la Academia emplea en unas ocasiones cante, en otras canto, en otras aire musical, en otras copla y en otras canción popular. Así, y según el DRAE, la bulería es un «cante popular andaluz»; la carcelera, un «canto popular andaluz»; la caña, una «canción popular andaluza»; la malagueña, un «aire popular de la provincia de Málaga»; la rondeña, una «música y tono característicos de Ronda», y la serrana, una «canción andaluza variedad del cante hondo». En fin, que parece que los cantes y bailes flamencos no existieran como tales. ¿Ningún lexicógrafo académico se da cuenta de algo tan evidente como esto?
Y nos queda la tercera crítica. La falta de claridad y precisión de las definiciones. En muchos casos no se especifica el étimo de las palabras, por lo que nadie puede saber que bulería,[7] por ejemplo, viene de burlería, y de ahí el carácter festero de esta variedad de cante y baile flamencos. En otras ocasiones, no se aclara si estamos ante un cante, ante un baile o ante ambas cosas, y sólo en algunas entradas se nos precisa qué tipo de métrica y compás tiene el cante en cuestión. Así, si busca usted petenera, se encontrará con que es un «aire popular parecido a la malagueña, con que se cantan coplas de cuatro versos octosílabos», pero se quedará sin saber que la petenera también es un baile. Si busca seguiriya (bueno, seguidilla gitana, según la RAE), conocerá usted la métrica del cante, pero no su compás; y justo lo contrario le sucederá con las soleares, entrada en la que se especifica el compás pero no la métrica. Un auténtico desatino lexicográfico, ya les digo. Puro DRAE.
Bueno, voy a ir terminando; y como ya remedé antes a Shakespeare, voy a cambiar de palo y a intentarlo ahora con Cicerón; a ver si ironizando con los clásicos latinos, los patricios de la lengua se dan por aludidos, que ya sé que no: ¿Hasta cuándo, Academia, hasta cuándo? ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia flamenca? ¿Por cuánto tiempo se va a seguir burlando de nosotros los cabales este delirio tuyo llamado Diccionario? ¿Cuántos más como yo ahora tendrán que volver a escribir de lo mismo, a insistir en lo mismo, a repetir lo tantas veces repetido? ¿Cuántas tonás tendremos que cantarte, cuántas cantiñas, cuántas seguiriyas, cuántos mirabrás? ¿Cuándo tendremos de una vez el Diccionario que nuestra lengua se merece?
En fin, pura retórica, señal de que he dicho suficiente, así que acabo. Y como empecé de manera antiperiodística, no puedo sino terminar de la misma forma. Disculpen si dejé lo importante para el final:
El ninguneo del léxico flamenco es una de las deudas que, por antigua y por grosera, más mancha el ya manchado prestigio lexicográfico de la Real Academia Española y su diccionario general. Una deuda que los señoritos del idioma no quieren pagar porque a sus reales excelencias no les da su real y excelentísima gana. Una deuda contraída con los más desheredados: con los gitanos, con los jornaleros, con los analfabetos, con los arrabaleros, con todos los andaluces que tuvieron la osadía de utilizar la lengua de sus padres para crear nuevas palabras con las que cantar y bailar sus penas y alegrías. Una deuda con los verdaderos dueños y señores de la lengua.
Luis Carlos Díaz Salgado. Sevilla
[1] El problema que representa un DRAE lexicográficamente pobre estriba, sobre todo, en que el resto de diccionarios generales del español bebe de esta obra académica. Además, el DRAE es el diccionario con más prestigio de todos los existentes, y por eso debería ser científicamente impecable.
[2] Especialmente recomendables son las críticas de José Martínez de Sousa.
[3] El CREA y el CORDE. Ambos se pueden consultar en línea en la página web de la Real Academia Española.
[4] Los cantes de ida y vuelta son la guajira, la rumba, la milonga y la vidalita; aunque ninguno de ellos figure en el DRAE con su acepción flamenca (la vidalita ni siquiera eso). Todos ellos nacieron en América y fueron posteriormente aflamencados en Andalucía. La colombiana, otro cante flamenco también sin sitio en el diccionario académico, es — a pesar de su nombre— un cante nacido en España sin influencia americana, uno de los denominados cantes de levante.
[5] Según el DRAE, cante es la acción de cantar como baile es la acción de bailar; sin embargo, toque no figura como la acción de tocar (un instrumento).
[7] También hay quien opina que proviene de bullería, de bulla. En casos como este se echa en falta la opinión académica propia de un diccionario normativo.
04/06/2007
Términos clave de la edición (de textos)

Una pequeña selección de conceptos básicos de edición (especialmente de textos), extraídos del material didáctico que imparto a profesionales en activo, del Manual de edición y autoedición de José Martínez de Sousa, y de mis artículos «“En un lugar de la ‘Mancha’”... Procesos de control de calidad del texto, libros de estilo y políticas editoriales» (Panace@, vol. VI, n.º 21-22, septiembre-diciembre del 2005), y «La edición impresa, una cuestión de estilo» (Páginas de Guarda, n.º 2, nov. 2006, pp. 80-95):
• Proceso editorial: conjunto de los procesos de preedición, preimpresión, impresión y publicación
→ Preedición: conjunto de estudios, gestiones y pasos necesarios para decidir sobre la conveniencia de editar una obra (libro o revista) o un conjunto de obras (colección).
→Preimpresión (edición): conjunto de procesos a los que se somete un original de texto, y de ilustración en obras ilustradas, para darle forma tipográfica, adecuándolo al uso y al lector al que irá destinado.
→ Impresión (producción o fabricación): en edición en papel, conjunto de procesos a los que se somete un texto e imagen ya tratados, compuestos y compaginados, con forma tipográfica virtual, con el fin de darles forma impresa.
→ Publicación: operaciones necesarias para sacar a la luz pública una obra ya editada (e impresa en edición en papel), para lo cual es necesario darla a conocer al lector y ponerla a su alcance, por diversas vías.
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• Edición de textos: conjunto de tareas de preparación, revisión y corrección de un texto.
→ Preparación (tipográfica): señalización que se realiza en el texto original, según marcas y símbolos específicos, de las pautas tipográficas de composición y compaginación (tipos de letra, tipos de párrafo, márgenes, medidas de caja, sangrías, cuerpos e interlineados, filetes, orden de la compaginación, etc.).
→ Revisión: en edición de textos, entendemos por revisión todo trabajo de supervisión de un texto, cuyo objeto es evaluar su adecuación a diversos estándares de calidad y a las exigencias del propio editor.
→ Corrección: en edición de textos, entendemos por corrección todas y cada una de las modificaciones, de fondo o de forma y más o menos sustanciales, que se introducen en un texto, con objeto de ajustarlo a diversos estándares y parámetros de calidad y estilo exigidos por el editor.
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• Estilo: en edición se entiende por estilo ciertas formas de escritura y composición tipográfica que obedecen a:
→ La manera peculiar de escribir de un autor, es decir, las elecciones que este hace entre una serie de recursos lingüísticos y elocutivos a su alcance, en razón de una voluntad comunicativa, y también estética y creativa en los textos literarios.
Esta elección está condicionada:
1) por la personalidad del propio escritor y sus gustos estéticos y hábitos expresivos;
2) por el conocimiento que el escritor tenga del código lingüístico y particularmente del código escrito del idioma en el que escribe;
3) por su dominio de los procesos de composición y autorrevisión del texto;
4) por factores contextuales, como los usos que exige el entorno en el que escribe, su campo epistemológico, el lector a quien se dirige, y el momento cultural y tecnológico en el que escribe.
→ La manera peculiar de una editorial de dar forma tipográfica al texto de una autor, que viene determinada por:
1) la sensibilidad y gusto estético del profesional (diseñador gráfico, editor...) que decide el aspecto gráfico que va a tener una obra;
2) por su conocimiento de las formas canónicas de composición y compaginación tipográficas y de los sistemas de producción y reproducción gráfica;
3) por su capacidad interpretar un texto, realizando la síntesis de aquellos parámetros comunicativos (mensaje, tema, estructura y función del texto, destinatarios...) que exigirán reinterpretación;
4) por factores contextuales, como el momento cultural y tecnológico en el que escribe.
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• Calidad estilística y competencia textual:
→ En una obra original de autor, se entiende por calidad estilística la plasmación de la competencia comunicativa escrita, o competencia textual, del autor, definible por la suma de cuatro subcompetencias:
1) Competencia gramatical. Consiste en el dominio del código lingüístico convencional de la lengua usada: vocabulario (repertorio léxico), reglas de formación de palabras (morfología), de construcción de sintagmas y oraciones (morfosintaxis y sintaxis), significado (semántica), y reglas de representación gráfica (ortografía). La competencia gramatical del autor/emisor permite al lector/receptor una comprensión precisa del significado literal de las expresiones lingüísticas.
2) Competencia sociolingüística. Atañe a la producción adecuada a los elementos contextuales de la comunicación (cotexto, situación, conocimiento del mundo compartido por emisor y receptor, y variedades lingüísticas, niveles de lengua y registros propios del emisor y/o del receptor, del tema o del campo de conocimiento).
3) Competencia discursiva. Consiste en el dominio de la combinación de formas lingüísticas para elaborar un texto (escrito u oral) en diferentes géneros o tipos de texto. Incluye conocimientos de coherencia y cohesión textuales.
4) Competencia estratégica. Incluye capacidades concretas, verbales y no verbales, para reparar errores ocasionales o deficiencias sistemáticas de los hablantes, o para reforzar la eficacia comunicativa.
La competencia textual se sustenta en la suma de los siguientes saberes y destrezas:
1) Adecuación: saber escoger la variedad (dialectal/estándar; coloquial o culta) y el registro (general/específico, oral/escrito, objetivo/subjetivo y formal/informal) más adecuada a cada situación de comunicación.
2) Coherencia (coherencia global): saber discriminar y seleccionar la información relevante, y saber organizarla globalmente —siguiendo si es preciso estructuras convencionales predeterminadas—, de forma progresiva y congruente.
3) Cohesión (coherencia lineal): saber utilizar los recursos lingüísticos que articulan las distintas frases de un texto, de forma que las ideas en él contenidas progresen de manera trabada y congruente.
4)Corrección ortográfica y gramaticalidad: conocer las reglas ortográficas de una lengua, y las reglas morfológicas y sintácticas que permiten construir frases aceptables por una comunidad que comparte un mismo sistema lingüístico.
5) Eficacia comunicativa: saber formular el mensaje para un receptor ausente pero conocido, utilizando el estilo expresivo (la selección de recursos y estrategias elocutivas) que mejor se acomode al lector y aplicando refuerzos discursivos que optimicen la comprensión del escrito.
→ En obras de traducción, la calidad estilística del trabajo de un traductor será el reflejo del grado de asunción de competencias textuales específicas, propias no sólo de su competencia escrita, sino también de su profesión:
1) Competencia textual: conocimiento del código lingüístico, insuficiente, sin embargo, para explicar las equivalencias de mensaje en la traducción.
2) Competencia enciclopédica: conocimiento de las cosas y del mundo, de todas las realidades que conforman nuestro universo físico y mental (especialmente de los entornos espaciales, temporales y culturales en los que se inscribe el texto original —en la lengua meta—, y los entornos espaciales y culturales de la lengua destino en la misma época del texto original).
3) Competencia comprensiva: la que permite comprender o interpretar un texto. Consiste en la capacidad de realizar la síntesis de todos los parámetros de la comunicación: autor, mensaje, función del texto, destinatarios, etcétera.
4) Competencia reexpresiva: es la capacidad de reformular lo comprendido en otro idioma, a partir de ciertas técnicas de expresión y redacción.
• Calidad textual: resultado óptimo que se persigue en la creación y producción editorial de un texto.
• Control de calidad textual: proceso de edición de textos especialmente complejo y meticuloso, cuyo objetivo es lograr un texto legible, comprensible y estilísticamente reconocible, sin traicionar la voluntad expresiva y comunicativa del autor.
• Calidad editorial: resultado óptimo global que se obtiene de la aplicación de diferentes procesos de control en la elaboración de una publicación, con la intención de obtener un producto que se distinga en el mercado por su excelencia y que satisfaga las expectativas del lector de disfrute de la obra y de enriquecimiento cultural.
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• Legibilidad: cualidad de los elementos tipográficos que facilita la percepción visual del texto.
Afecta a procesos perceptivo-visuales de la lectura.
Las condiciones de legibilidad varían no sólo en función de los rasgos de los tipos, sino también de diversas características del lector (capacidad visual, capacidad cognitiva, conocimiento y capacidad de reconocimiento –entrenamiento lector– de los signos y convenciones gráficas del código escrito...).
• Comprensibilidad (o lecturabilidad): cualidad de determinados usos del código escrito (construcción sintáctica y textual, puntuación, selección léxica...) y de ciertas disposiciones de los elementos tipográficos en la página, que facilita e incluso optimiza la comprensión de un texto.
Afecta a procesos cognitivos de la lectura.
Las condiciones de comprensibilidad varían en función del idioma y de diversas características del lector (capacidad y madurez cognitiva, conocimiento del código escrito del idioma, nivel académico y cultural, entrenamiento lector...).
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• Tipo: letra o caracter de imprenta.
• Tipografía: arte y técnica de componer e imprimir, reproduciendo lo escrito por medio de caracteres de imprenta, según modelos canónicos.
• Canon tipográfico: reglas tradicionales de composición y disposición tipográficas (escritura tipográfica) de los elementos de un texto, forjadas durante siglos de práctica en las imprentas y las editoriales, y perfeccionadas gracias a los avances tecnológicos y a la aplicación sistemática de criterios de estética, y de funcionalidad y eficacia comunicativas.
Silvia Senz (Sabadell)
12/06/2007
Lecciones magistrales de disección: el anticipo caserónico de la «Nueva Gramática de la Lengua Española»

La RAE quiere mostrarnos que trabaja y que emplea en algo productivo los caudales que recibe a espuertas: casi cuatro millones de euros sólo de nosotros, los hablantes y contribuyentes españoles (véase aquí, p. 20); muchísimo más de sus benefactores privados (y sirvan como muestra este botón y este Botín), que deben de estar ansiosos por tener ya esa norma unitaria del español, panhispánicamente consensuada, pues, como afirmaban los dos últimos directores de la Docta Casa y recogía Jaime Otero[1] en este artículo:
«La presencia hispánica, actual y futura, en el concierto o desconcierto del mundo, depende decisivamente de la unidad idiomática», decía el entonces director de la Real Academia, Fernando Lázaro Carreter, en la inauguración del Congreso de la Lengua de Sevilla de 1992. Para el actual director, Víctor García de la Concha, «nuestra fuerza, nuestra riqueza y nuestro futuro es América Latina, y por eso la política lingüística debe ser panhispánica» (declaraciones a El País, 3 de mayo del 2004). La globalización tiende a reducir el número de lenguas internacionales de comunicación. Y al igual las empresas que invirtieron en América Latina, para sobrevivir hay que crecer, «hay que ser una lengua de uso de gran número de personas, tener un idioma unitario, estar muy presente en las tecnologías y ser una lengua importante en la diplomacia y los foros internacionales».
Es tal el fervor académico por poner en nuestras manos pruebas de su productividad, y de contribuir con su labor uniformadora a incrementar el (supuesto) valor económico del español que, a su ya conocida política de publicación por goteo del código normativo del español,[2] añade las prácticas más astutas del márquetin editorial moderno, con la prepublicación de un anticipo en pdf de su incesantemente anunciada Nueva gramática de la lengua española.
Para utilidad de los lectores de A&C, nuestro erudito filólogo de guardia, Jordi Minguell, nos ofrece esta minuciosa disección de lo que parece una más que probable rana académica:
Primera fase de la disección: incisiones cutáneas de la pared torácica y abdominal
He abierto deprisa el anticipo de la gramática de la RAE y, al examinarlo, me he encontrado con diversas anomalías.
En la presentación se afirma: «La norma de corrección no la proporciona un solo país, sino que tiene carácter policéntrico». Pocos renglones después se asevera que se va a describir «la norma culta común del español general».
El concepto de norma policéntrica se puede entender de dos modos:
1) Se trata de una norma única, concertada por distintos centros en perjuicio de determinados usos.
2) Se trata de una norma variable, establecida por acuerdo de distintos centros.
Si bien no se define el concepto de norma culta (algo verdaderamente arduo), los autores de la gramática no dudan de que el castellano general tenga UNA SOLA norma culta, visto que el anticipo disponible es una colección de variantes, de entre las que los autores suelen «recomendar» una. Tras la recomendación está, de hecho, la norma única.
Así, pues, parece que debe creerse que estos autores hacen propia la definición 1 de norma policéntrica y parece harto probable que esta cacareada norma policéntrica sea precisamente eso: una norma única concertada por el Caserón Neoclásico de Los Madriles y los Virreinatos de Ultramar.
No solo los redactores parecen estar convencidos de que el castellano tiene una sola norma culta, sino también de que tiene UN SOLO ESTÁNDAR. En efecto, escriben: «Registrar aquellas variantes conversacionales de la lengua no estándar atestiguadas en el mundo hispánico [...]». Evidentemente, no definen el concepto de estándar (otro cometido —parece— muy arduo).
Segunda fase de la disección: incisiones musculares y sección de la cintura pectoral, y descripción general de las vísceras
Adentrémonos ahora en el detalle anatómico de la morfología normativa.
Claramente normativa es la gramática respecto al género no marcado para seres animados: «Se trata del masculino», dicen los autores. Yo no puedo estar más que
de acuerdo, porque este es el funcionamiento del castellano. Con esta norma la RAE se pronuncia de modo claro sobre el mamarracho este del lenguaje «no sexista».
La escritura, sin embargo, traiciona de vez en cuando el pensamiento no manifiesto de los redactores de la gramática. Dicen: «En el lenguaje de la política, en el administrativo, en el periodístico, en el de los textos escolares y en el de OTROS MEDIOS OFICIALES [...]». Diríase que, para los redactores, los escritores de textos escolares y los periodistas pertenecen a los «medios oficiales». Los redactores no explican algunas decisiones léxicas que me resultan incomprensibles. Recogen fiscala, jueza y jefa al lado de la fiscal, la juez y la jefe, pero no queda claro por qué optan. Sin embargo, desaconsejan asistenta social, aun reconociendo que es una forma difundida. No aceptan soldada como femenino de soldado, pero sí perita como femenino de perito. Del mismo modo, tienen documentado miembra como femenino de miembro, pero desaconsejan su uso.
A propósito de miembro, los redactores escriben esta comicidad: «El sustantivo masculino ‘miembro’ designa ciertas extremidades articuladas». Enseguida pensé: «¿Donde estará la articulación del pene, llamado también el miembro o miembro viril? Hallándome en tanto berenjenal, acudí al DRAE para ver qué dice de pene. Reza esta obra: «Miembro viril». Voy a miembro y no encuentro miembro viril. Sin embargo, encuentro esta acepción de miembro: «Órgano de la generación en el hombre y en algunos animales». Esta definición es muy cómica, por dos razones:
1) Hombre (género no marcado) indica a la humanidad, por lo que la RAE cuenta que las mujeres tienen pene.
2) Procrear significa «perpetuar la especie», por lo que la RAE dice que el pene es el único órgano necesario para reproducir la especie.
Los redactores del anticipo son poco precisos. Escriben: «Los pronombres personales tónicos [...] y todos los átonos, a excepción de lo, la y sus plurales, se comportan gramaticalmente, EN CIERTA MEDIDA [¿qué significará?], como los sustantivos comunes en cuanto al género». Pocos renglones después, la situación cambia, desaparece la «cierta medida». En efecto, se lee: «Parece apropiado entender, por consiguiente, que las formas de concordancia descritas ponen de manifiesto que los pronombres personales arriba mencionados se comportan como los sustantivos en cuanto al género». ¡Qué exactitud!
Encuentro encantador que el adelanto se refiera al castellano de España llamándolo «español europeo». Notoriamente, Europa está repleta de países donde se habla normalmente el castellano. Algo así como las Américas, vaya.
Hablando del género de ánade y de áspid, el anticipo menciona solamente los nominativos de los étimos (anas y aspis), que al lego en latín y etimología ni siquiera le sugieren por qué a partir de tales forma el castellano llegó a las de ánade y áspid. El colmo de la inutilidad es que los redactores indican la longitud de las vocales de los étimos: dos breves en anas, breve la i de aspis. Copiaron, copiaron muy bien: de hecho, los diccionarios latinos no indican la longitud de la a de aspis, porque es larga por naturaleza, al aparecer ante dos consonantes.
Si los redactores del anticipo querían decir algo a los lectores al citar los étimos, debían haberlo hecho en acusativo, del cual derivan: aspidem (con i breve, que indica que la tónica cae en la vocal anterior) y anatem (con la segunda a breve, que indica que la tónica cae en la vocal anterior). Aun no sabiendo latín ni gramática histórica, los acusativos dan indicaciones mucho más certeras sobre las formas castellanas.
El adelanto no se ahorra alguna que otra afirmación arriesgada. Por ejemplo, dice: «Corresponde a los diccionarios, como es obvio, informar del género que presentan los sustantivos, no del sexo que poseen los individuos que estos pueden designar». ¿Cómo habrá que definir las palabras oveja, vaca, yegua y demás heterónimos? ¿Cómo habrá que definir, por ejemplo, la palabra mula, que no es un heterónimo. Como se quiera; pero, como cuentan los del Caserón Neoclásico, el hacerlo no es cometido de los diccionarios.
El anticipo, remitiendo a un parágrafo aún no escrito (el del adjetivo) habla de «uso anafórico de ‘mismo’» («Con el mismo tono de siempre») y de uso intensivo o enfático («Lo autorizó el mismo Sr. Presidente»). Cabe esperar que, en el parágrafo sobre el adjetivo, los redactores expliquen qué es el «uso anafórico». A ojo de buen cubero, diría que muchísimos de los potenciales lectores de la obra no tienen nada claro lo del «uso anafórico».
Y luego los egregios hablan de furbo. Perdónalos, Padre, porque no saben lo que dicen. Hablan de un inexistente club italiano «Firenze». Querían decir «Fiorentina», pero, como se dice en mi tierra, «Tot és bo el que l’olla cou» (bueno es todo lo que el puchero cuece). Tras señalar que la mayor parte de equipos de fútbol italianos se designan con el artículo femenino, los caserónicos redondean desde lo alto de su torre ebúrnea: «En italiano se suple en estos casos el sustantivo femenino squadra». ¡Pues no, señor! Se suple sencillamente società o associazione, palabras que figuran casi siempre en la denominación oficial de los clubes.
Hubiera hecho bien la Corporación siguiendo el ejemplo de la nueva gramática del catalán que elabora la Secció Filològica del IEC y permitiendo a los expertos discretas disecciones previas de su gramática preceptiva.
Jordi Minguell, Roma
[1] Investigador de Lengua y Cultura del Real Instituto Elcano, una fundación privada cuya tarea fundamental es «realizar un estudio exhaustivo de los intereses de España y de los españoles en la sociedad internacional, para ponerlo al servicio de la comunidad», y cuyo patronato presenta curiosas coincidencias con los benefactores de la RAE que financian sus trabajos.
[2] Recordemos que, en los dos últimos años, la RAE y las academias hispanoamericanas asociadas han sacado a la luz el Diccionario del estudiante (con Santillana), el Diccionario panhispánico de dudas (o DPD; con Santillana) el Diccionario esencial (con Espasa) y, durante el reciente IV CILE, el Diccionario práctico del estudiante (una mínima adaptación para América del académico Diccionario del estudiante, que, según comentan en la página de Santillana, no se vende en España, aunque sí se siga vendiendo en algunos países de Latinoamérica el Diccionario del estudiante original). Todas estas obras, sin anular la validez normativa del Diccionario (2001), la Gramática (1931) y la Ortografía (1999) vigentes, han ido avanzando paulatinamente algunas de las novedades de norma que incorporarán el nuevo Diccionario académico (previsto para el 2013), la nueva Gramática (prevista para el 2008) y la nueva Ortografía (prevista para marzo del 2007), de tal modo que, para conocer la norma actual del español hay que manejar hoy al menos seis obras distintas (dos de ellas no libremente consultables por línea).
Pero lo más grave no es esa dispersión y goteo de la norma culta del español, sino las clamorosas contradicciones que se detectan entre unas obras académicas y otras, la ausencia de criterios y metodologías comunes y diversos errores de bulto, que están llevando a la RAE —según se cuenta en los mentideros lingüísticos— a plantearse la corrección, a menos de un año de su publicación, de la versión en línea del DPD, lo que invalidaría su primera edición en papel, que en sólo cinco meses se convirtió en superventas.
13/06/2007
El valor de la cultura (con ce de «copyright»)

Los estudios econométricos de la riqueza que la cultura y la(s) lengua(s) de un país son capaces de generar están a la orden del día.
En el caso de la lengua española, con un creciente peso demográfico y primacía política y sociolingüística en la mayor parte de países donde se habla, respaldada asimismo por una política lingüística dispuesta a disputar al inglés un lugar destacado entre las principales lenguas francas y a convertirla en motor económico de las comunidades hispanohablantes —capaces de desarrollar y explotar productos en español o relacionados con el español—, los análisis de su potencial económico impregnan también buena parte de los resultados de los estudios nacionales sobre el valor económico de las culturas hispanoamericanas, incluso en el caso de estados plurilingües y pluriculturales.
Pero no sólo la política de promoción y expansión del español deja su huella en estos análisis. Dado que su objeto de estudio son bienes culturales susceptibles de explotación económica, y que buena parte de ellos son productos de creación impulsados por una industria y protegidos por el paraguas de los derechos de autor, estos estudios suelen estar asimismo inscritos en políticas activas de persecución y erradicación de las prácticas que vulneran la propiedad intelectual, contrarias a los intereses ya no tanto del autor como de las industrias culturales.
No es casual, pues, el desarrollo paralelo de análisis nacionales de la contribución de estos elementos identitarios al PIB de cada país, y resultan, por tanto, inevitables las comparaciones.
Recientemente, el Ministerio de Cultura español presentó el trabajo El valor de la cultura en España, en la estela de los publicados en otros países hispanohablantes, como el que desarrolló en México Ernesto Piedras, ¿Cuánto vale la cultura? Contribución económica de las industrias protegidas por el derecho de autor en México (resumido aquí por el autor y reseñado aquí por Luis Fernando Lara, del Colegio de México), cuyos resultados —en especial en lo que concierne al sector de la edición— probablemente interese comparar al lector de A&C con los obtenidos por el MCU.
Silvia Senz (Sabadell)
17/06/2007
Y comí gambas en la Feria con cuchillo y tenedor. (Sobre el concepto de «corrección» en la lengua)

Hace unos días, mientras me tomaba unas gambas y unas cervecitas en una caseta de la Feria de Sevilla, uno de los allí reunidos me preguntó —con un muchísimo de guasa y un todavía más de manzanilla— cómo era posible que yo, siendo lingüista, estuviera hablando del arcarde, que eso era una incorrección, que lo correcto era decir «el alcalde».[1] Para explicárselo con la misma guasa, pedí un cuchillo y un tenedor y, mientras comenzaba a comerme con ellos las susodichas gambas, le pregunté si ya lucía lo bastante fino como para hablar del «excelentísimo señor alcalde». Y todos nos echamos a reír; incluido el camarero, claro, que al verme pelar las gambas con los cubiertos debió de pensar que no estaba en mis cabales.
El caso es que es ciertamente llamativo lo quisquillosos que podemos llegar a ser en cuanto al concepto de corrección idiomática. Quienes gustan de academias y entes normativos —los que suelen confundir corrección con purismo— defienden esta palabra con pasión, con uñas y con dientes, aunque con pocos argumentos más: «Este uso es incorrecto porque lo dice la Academia»… y sanseacabó. Quienes, por el contrario, creen que tal noción es un invento —los que confunden corrección con imposición— achacan a los primeros un ilegítimo afán de dominación clasista: «No hay formas de hablar más correctas que otras, así que nadie tiene por qué decirles a los demás cómo deben hablar».[2]
En el caso hispano, y haciendo un ejercicio de mera retórica, se podría decir que la Real Academia Española[3] nos ha inculcado a fuego esta noción de corrección dogmática.[4] Claro está, también podría decirse que quienes no creen en este concepto tienen igualmente comido el seso por los descriptivistas del «todo vale», que con idéntico dogmatismo defienden que no existe eso que llaman «la lengua correcta». Y seguiríamos en las mismas. Permítanme, pues, que hable sin retóricas, sin dogmatismos —y principalmente como sociolingüista— sobre este esquivo y polisémico concepto de la corrección en la lengua.
Lo primero que aprende un lingüista es que cualquier lengua, cualquier dialecto, cualquier modalidad, cualquier uso, responde a un patrón perfectamente sistematizado; da igual que quien hable sea un cabrero o un catedrático, da igual que sea chileno o andaluz, y da igual que esté contando un chiste o escribiendo una tesis doctoral. Así, el concepto de corrección, de bueno o malo, de usos mejores o peores que otros, suele traernos al fresco a los lingüistas; para nosotros, lo importante en todo caso es si el uso es gramatical o no. Luego, se puede decir que, desde el punto de vista lingüístico, la corrección no existe; en todo caso existe la gramaticalidad, la pertenencia o no al propio sistema de la lengua.[5]
Sin embargo, lo primero que aprendemos los sociolingüistas —y les confieso que esto me resulta deliciosamente paradójico— es que el anterior postulado de la lingüística teórica es sólo eso, teoría, ya que deja de tener validez en cuanto nos bajamos al ruedo de la práctica. En el día a día, la teoría lingüística descriptiva no llega a explicar por qué, si todos los usos gramaticales son igualmente correctos, la gente opina que los hay mejores o peores; un fenómeno que ocurre en todas las lenguas, exista o no academia normativa de por medio.[6]
Para un lingüista, decir me s’a caío no es ni mejor ni peor que decir se me ha caído. Un lingüista sabe —como descriptivista que es— que el sistema de la lengua española admite este tipo de realizaciones múltiples que se producen sobre todo en el terreno léxico y fonético.[7] Un sociolingüista, por el contrario, sabe —como descriptivista que también es— que los dos usos no son iguales; que, dependiendo del lugar y del grado de formalidad, hay hablantes para quienes me s’a caío es una incorrección, o que incluso lo consideran incorrecto siempre. Esta valoración social de los hechos lingüísticos es lo que diferencia a la sociolingüística de la lingüística teórica. Y a este tipo de paradoja se enfrenta cualquiera que investigue el lenguaje humano en sociedad con espíritu científico. Quien no sea capaz de admitir la paradoja caerá irremisiblemente en la contradicción. [8]
Esta supuesta incongruencia entre un axioma lingüístico (todo lo gramatical vale) y un axioma sociolingüístico (no todo es gramática en la lengua) se explica porque para la lingüística el ser humano es homo loquens; mientras que para la sociolingüística es —además, y principalmente— zoon politikon.[9] Por eso, cuando estudiamos el uso del lenguaje en sociedad, comprobamos cómo el concepto de corrección no sólo existe, sino que puede llegar a adquirir una importancia principal. Nuestra forma de expresarnos es el traje que viste nuestros pensamientos, y todos tenemos una opinión sobre nuestra indumentaria y sobre las indumentarias ajenas. La corrección es, pues, un concepto cultural y social más que lingüístico, es obvio; pero no por ello su existencia y relevancia es menos nítida.[10] En toda sociedad hay usos considerados mejores y peores que otros, y la lengua —una herramienta social donde las haya— no iba a ser ajena a este fenómeno.[11]
Visto así, el concepto de corrección no es tan difícil de comprender. Basta con recordar las diferencias que existen entre comer con los dedos y comer con cubiertos. Ambas formas alimentan igual, pero ni de lejos podemos decir que sean lo mismo, ni que puedan utilizarse en las mismas ocasiones: una la sabe hacer cualquiera, la otra hay que aprenderla; una sirve para andar por casa, la otra para andar por casas ajenas. Quien no vea esta realidad tendrá problemas a la hora de usar la lengua en sociedad; como los tendría quien sólo supiera comer con las manos y como los tendría quien se empeñara en usar los cubiertos para comerse un plato de jamón en un chiringuito playero. Por eso, lo mejor es no confundir purismo con corrección.
Tampoco conviene confundir corrección con imposición clasista. Hay quien pone en cuestión, por ejemplo, la existencia y utilidad de la denominada norma culta,[12] de un uso formal y prestigioso de la lengua adecuado para determinadas situaciones comunicativas; y ello a pesar de que seguramente la utilice todos los días si ha recibido un mínimo de educación. Son personas que dicen: «El español culto es un invento de los poderosos, ¿es que acaso hay también un español inculto? Además, yo hablo como me da la gana», y cosas por el estilo. Si practicaran lo que predican, irían vestidos con bermudas y chanclas a una boda de postín. No son sino la cara opuesta de los que te sueltan mientras te tomas una cervecita: «No se dice caío, se dice caído; caío es incorrecto». Estos serían capaces de ir de esmoquin a la playa.
Puede que algunos de ustedes piensen que los sociolingüistas no hablamos de usos correctos, sino de usos adecuados, apropiados o admisibles según las circunstancias. Y llevan razón; pero en realidad, y a efectos prácticos, hablamos de lo mismo. Si usted fuera en bermudas a la boda de antes, más de uno pensaría que iba haciendo el ridículo, aunque quizá luego —y por pura educación— le comentara tan sólo que no iba «vestido para la ocasión». Eso sí, es cierto que cualquiera puede romper las normas, que cualquiera puede vestir, hablar y escribir como le venga en gana, pero usualmente sólo son los poderosos quienes pueden permitirse el lujo de convertirse en transgresores; los hablantes comunes y corrientes sabemos por propia experiencia que saltarse las reglas no es tan fácil como parece. Es el precio que pagamos por vivir en sociedad.
Todo esto que les cuento sobre la corrección y el uso de la lengua adquiere especial importancia cuando de la lingüística teórica pasamos a la lingüística aplicada, a la enseñanza. A los niños no se les debe impedir en el colegio que usen su vernáculo, la lengua que aprenden de sus familiares, amigos y compañeros. El purismo prescriptivo en estos ámbitos es un injustificable e innecesario crimen lingüístico[13] (crimen muy académico, por cierto). Sin embargo, poco a poco —y a medida que los niños crecen— hay que ir enseñándoles las reglas que conforman los estilos formales de su lengua, hay que ir mostrándoles la realidad lingüística que se van a encontrar en cuanto salgan del ámbito coloquial de su propio terruño.[14] Por eso, es necesario enseñar a nuestros estudiantes que en el uso de la lengua en sociedad hay normas que no responden a razones estrictamente lingüísticas, pero que conviene cumplir igualmente; hay que enseñarles que, a la hora de emplear su lengua materna o cualquier otra lengua, ni vale todo ni todo vale igual; que hay usos mejores que otros a pesar de que todos sean igualmente correctos; que, en definitiva, una lengua no es sólo el vernáculo, que hay algo más que es preciso conocer y dominar. Ese algo más es la norma culta, compuesta por los usos más formales y prestigiosos de su propia comunidad.[15] Si no enseñamos estas diferencias, estaremos engañando a nuestros alumnos, ya que la norma culta es tan útil y tan necesaria como el vernáculo. El «todovalismo lingüístico», por más anticlasista que parezca, es otro crimen injustificado e innecesario que —como el purismo— también es propio de una actitud paternalista.
En resumen, expresarse con corrección consiste en saber cambiar de registro, en saber amoldarse a las circunstancias; consiste en ser capaces de emplear la lengua en cualquier tipo de situación comunicativa que podamos encontrarnos. Por eso quien habla como un libro no se estará expresando con corrección cuando se dirija a sus vecinos en el ascensor. Y por la misma razón, quien habla como si siempre estuviera en la barra de un bar no se estará expresando con corrección cuando tenga que exponer un trabajo académico en clase, o cuando tenga que leer las noticias en televisión.[16]
Así pues, una adecuada educación lingüística debe conseguir que todos los ciudadanos adquieran de manera eficaz los recursos suficientes para que puedan manejarse en cualquier situación de sus vidas. Si no queremos ser clasistas, démosles primero a todos esta educación —enseñémosles a no avergonzarse de sus vernáculos a la par que les mostramos la reglas que sustentan la norma culta de su comunidad—, y luego dejemos que sean ellos mismos quienes decidan si quieren cumplir, transgredir, cambiar o abolir las reglas de esa norma culta. Esto suele ser bastante simple de aceptar para quienes comprenden que las actitudes de los hablantes hacia su lengua —uno de los motores más poderosos del cambio— están en continua evolución, por lo que las propias reglas lingüísticas no tienen carácter de inmutabilidad.
Quizá por esta razón los sociolingüistas sean los más indicados a la hora de establecer normas y elaborar políticas lingüísticas;[17]carecemos tanto del purismo normativo propio de muchas academias de la lengua, como del escepticismo propio de muchos lingüistas teóricos; los sociolingüistas sabemos que las reglas existen y tienen su importancia, pero también entendemos que la mejor norma —en realidad la única con un mínimo de sentido común— es aquella que mejor se adapta a la propia realidad sociolingüística de los hablantes; aquella que mejor refleja las creencias y actitudes de los ciudadanos hacia su propia lengua.[18]
En fin, cualquiera entiende que la lengua materna se mama, que no hay que reglarla en absoluto y que, además, no te la tienen que enseñar. Sin embargo, también es fácil comprender que los usos formales de la lengua, ya sean orales o escritos, hay que aprenderlos, que son una técnica, una convención que se nos impone por ser miembros de una comunidad donde la variación es moneda corriente.[19] Sin este conocimiento, sin esta educación que todos los ciudadanos deberíamos recibir, es posible que rompamos reglas por puro desconocimiento, que nuestro comportamiento sea malinterpretado sin desearlo, o incluso que demos la impresión de carecer de la mínima educación. ¿Realmente alguien desearía correr ese riesgo? ¿Es este el tipo de comportamiento lingüístico que alguien querría para sus hijos tras pasar años en la escuela?[20]
Yo creo que no.[21] Yo creo que todos tenemos el derecho a poseer un buen ropero lingüístico donde quepan tanto las bermudas como los chaqués, donde quepa tanto la lengua de andar por casa como la lengua de las grandes ocasiones; y luego que cada uno se ponga lo que le venga en gana. Yo creo, en definitiva, que todo el mundo tiene derecho a una educación lingüística completa y cabal, donde la palabra corrección no sea ni anatema ni dogal.
Así que —si me aceptan el consejo— no se dejen confundir ni por académicos puristas ni por escépticos idealistas: tanto los unos como los otros se equivocan porque todos padecen de la misma miopía lingüística. Y, sobre todo, recuerden que lo mejor y más sensato es tomarse siempre este tipo de cuestiones lingüísticas con mucho sentido del humor. Por eso, cuando se topen con alguien que les diga que la corrección en la lengua no existe, sonrían por fuera y ríanse por dentro; seguramente, quien así les hable será una persona culta y de clase desahogada —quizás un catedrático de Yale— que no permitiría que sus hijos tuvieran faltas de ortografía ni que comieran sólo con las manos. Y si se topan con un purista, pues ríanse igual: ¿a quién en sus cabales se le ocurriría comer gambas en la Feria de Sevilla con cuchillo y tenedor?
Luis Carlos Díaz Salgado
Miembro del grupo de investigación Sociolingüística Andaluza,
de la Universidad de Sevilla