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Resumen
- 01/07/2008 14:28 - Los voceros voceras de la Academia del Insulto
- 11/07/2008 12:53 - Paradojas del españolismo lingüístico, 1. De cómo la negación del nacionalismo español impulsa las ventas editoriales de las tesis contrarias
- 15/07/2008 17:41 - La riqueza de las lenguas, 5: el miedo de los hablantes de lenguas subalternas (o carta abierta a Mario Vargas Llosa)
- 16/07/2008 11:55 - Paradojas del españolismo lingüístico, 2. De cómo el alarmismo sobre los procesos de normalización del catalán acaba produciendo hilaridad
01/07/2008
Los voceros voceras de la Academia del Insulto

Menuda la ha liado la ministra de Igualdad con su ocurrencia de llamar miembras a las miembras de no sé qué institución. Dicen los que dicen que saben de esto —nuestros queridos puristas y académicos de pro—, que a la miembra del gobierno se le ha notado la vena feminista en demasía, y que nadie puede hacer con la lengua su santa voluntad; que hasta ahí podríamos llegar; que para eso ya están ellos, los salvaguardas del idioma correcto y de la pureza lingüística tradicional.
El caso es que, aprovechando que la ministra ha pedido a la Real Academia que admita el nuevo palabro en su diccionario (ándese con ojo, ministra, que no sabe usted bien con quién se las gasta en estos asuntos), han sido varios los escritores y académicos de la lengua en acudir a los periódicos para negar la corrección del término miembra, al que, como poco, han calificado de «aberración» y «burrada». Así, y según recoge el diario El País, para Fernando Savater, Juan Manuel de Prada y Javier Marías, decir miembra es una «estupidez», una «sandez» y una «muestra de feminismo salvaje». Magnífica lección gramatical, sí señor; y elegante, sobre todo elegante.
Bastaría con haberle contestado a la ministra que la misión de la Academia no es establecer qué palabras pueden o no pueden entrar en el diccionario, sino que su labor consiste en recoger las que realmente se emplean: con esta declaración tan simple habría sido suficiente, y todo ello sin ni siquiera entrar en disquisiciones morfológicas, que esa es otra. Pero no, había que dejar claro con algún que otro improperio —dedicados sobre todo a las odiosas feministas y a las ministras incautas— que nadie puede cambiar la lengua a su antojo, y mucho menos sin contar antes con la aquiescencia de la Academia y la de sus oráculos de la corrección. Y aquí es justo donde se equivocan estos críticos; y lo hacen tanto en el fondo como en las formas.
Porque, guste o no, cualquiera, incluidos los ministros, puede usar las palabras que le resulten más adecuadas, incluso aunque estas voces sean un puro invento, como es el caso; de la misma forma que también cualquiera es libre de rechazar las que le parezcan absurdas o agramaticales. Vaya, que si yo estoy empleando la voz miembra en este artículo es porque no le veo nada malo a la palabra —salvo su novedad—, pero no por ello fuerzo a nadie a seguir mi ejemplo. Comprendo, además, que habrá quien se ría o se sonría (siempre lo nuevo resulta extraño e incluso chocante), pero de ahí a caer en la grosería, la ordinariez y la descalificación personal, como han hecho algunos académicos, escritores y periodistas, va todo un mundo.
Especialmente grosero con la ministra se ha mostrado el hasta hace poco vicedirector de la Real Academia Española, Gregorio Salvador, en su tiempo dialectólogo y hoy en día portavoz ideológico de la RAE. Siempre presto a la gresca lingüística, y haciendo gala de su habitual estilo guerrillero, Salvador también ha tachado de «estupidez» el uso de la voz miembra, a la par que ha llamado «estúpidos e ignorantes» a quienes osan emplear esta palabra. Para rematar tan moderada intervención ante la prensa, Gregorio Salvador ha recomendado a Bibiana Aído que «escriba a la RAE si quiere que el término se incluya en el diccionario»; que escriba y que luego espere bien sentadita, claro está, porque como ha enfatizado el propio Salvador, «siempre tenemos locos que escriben a la Academia pidiendo cosas peregrinas». En otras palabras, que la Real Academia Española admitirá a las miembras cuando las ranas críen pelo.
Lo curioso de esta historia es que no sería nada raro que los batracios acabaran luciendo melena (algo bastante común en asuntos lingüísticos), y bien podría ocurrir que Gregorio Salvador y compañía tuvieran que envainarse sus comentarios, tal y como hicieron los que en su día despotricaron contra médicas, arquitectas, juezas, presidentas, fiscalas, concejalas, modistos y azafatos; por poner sólo algunos ejemplos de voces inusuales en su momento, pero ya admitidas —aunque de muy mala gana— por la RAE, que comprueba con indisimulado enfado cómo la gente las emplea con normalidad, a pesar de que ella misma las condenara en un principio.
Así parece reconocerlo el segundo Salvador de nuestra historia, el también lingüista y académico Salvador Gutiérrez, quien —admitiendo el matiz feminista del término miembra, pero recordando el abecé de la profesión lingüística— ha afirmado que «la última palabra la tiene siempre el pueblo», y que si alguien introduce un cambio y el cambio es admitido por el pueblo, pues sanseacabó. Bien dicho: así es como dirime este tipo de disputas un verdadero estudioso de la lengua; y este es el mensaje de sensatez y mesura que divulga un auténtico lingüista para fomentar el respeto mutuo entre todos los hablantes. De ahí que sea tan necesario que el concepto de corrección lingüística no quede en manos de puristas gruñones, periodistas malhablados y escritores oportunistas.
Quizás les parezca curioso que dos lingüistas como Salvador Gutiérrez y Gregorio Salvador puedan abrigar ideas y actitudes tan diferentes sobre el mismo tema, especialmente si tenemos en cuenta que ambos son, además, miembros de la Real Academia Española. Pero todo se torna diáfano si recordamos que Salvador Gutiérrez es un científico de prestigio que lleva sólo unos meses en la institución; al contrario que Gregorio Salvador, que es uno de los miembros más veteranos de la RAE. Se hace evidente que el virus academicista todavía no ha tenido tiempo de dañar el intelecto de Salvador Gutiérrez, mientras que el sistema neuronal de Gregorio Salvador está ya irremediablemente perdido, y de ahí que pierda su objetividad científica con la misma asiduidad con la que pierde la educación y los modales.
Porque, no satisfecho con tachar de ignorantes, locos, tontos y estúpidos a quienes tengan la osadía de usar su lengua como mejor les venga en gana, (por cierto, ministra, infórmese un poquito mejor antes de meterse en estos berenjenales), el vocero más voceras de la RAE ha llegado incluso a recriminar la labor gubernamental de Bibiana Aído, a quien ha pedido que «se deje de bromas y se ocupe de resolver problemas de desigualdad preocupantes que hay en España, como las dificultades que tienen los padres en algunas comunidades para que sus hijos estudien castellano». Y chúpate esa, ministra; que nada hay mejor para cosechar aplausos en el ruedo ibérico que mezclar churras feministas con merinas catalanistas.
Sin embargo, y ya puestos a exigir responsabilidades, la ministra de Igualdad debería hacer eso mismo con la RAE, un organismo pagado con el dinero de todos cuyas señas de identidad son el conservadurismo, el machismo y la endogamia (y ahora también la chulería y el mal gusto, por lo que hemos podido leer en la prensa). Quizás ha llegado ya el momento de que el Estado tome medidas para evitar que en la institución estatal encargada de recoger los usos más habituales de nuestra lengua, científicos del lenguaje de la talla de Salvador Gutiérrez tengan que compartir asiento con escritores pepesabidillos metidos a gramáticos, filólogos trasnochados con delirios ultras y algún que otro amiguete despistado y suertudo que pasaba por allí. Alguna excepción hay entre tanta medianía lingüística, caso de Salvador Gutiérrez, Manuel Seco, Ignacio Bosque o Francisco Rico; pero eso es lo irónicamente grave, que los lingüistas sean las excepciones en una academia de la lengua.
Por lo tanto —y en vez de pedirle a la RAE que incluya tal o cual palabro en el diccionario—, lo primerito que debería hacer la ministra de Igualdad es exigirles a los académicos que expliquen y aclaren cuáles son los méritos necesarios para convertirse en tales. Quién sabe, quizás así los estúpidos, los locos y los ignorantes que creemos que otro mundo y otra Academia son posibles llegaríamos a entender que en una institución lingüística compuesta por 46 miembros sólo haya tres mujeres, tres solitarias miembras que además ni siquiera son lingüistas. Y esto último es lo que hace que la bancada académica resulte definitivamente grotesca.
Resumiendo, que el Estado financie corporaciones patriarcales y endogámicas como nuestra Real Academia del Insulto es tanto o más bochornoso y denunciable que el que a una ministra bisoña le dé por decir miembra, cancillera o ujiera. Esto último puede provocar la risa floja durante algunos días, pero lo primero causa una vergüenza tan permanente y un sonrojo tan duradero que uno se pregunta cuándo tendremos un gobierno con la sensatez necesaria para modificar de una vez los Estatutos de la Real Academia Española. Porque ya va siendo hora de que en la principal institución normativa de nuestra lengua estén sentados los verdaderos estudiosos del idioma —sean hombres o mujeres—, y no cualquier sobrino de su tío elegido por el igualitario método del dedazo: y esta sí que es una tarea digna de un ministerio de Igualdad. Ya les digo, ojalá ese gobierno llegue algún día y ojalá sepa devolverle a la Academia de la Lengua el cariz científico que nunca ha tenido. Los lingüistas lo celebraríamos; y las lingüistas imagino que todavía más.
Luis Carlos Díaz Salgado (sociolingüista)
Sevilla, 12 de junio del 2008
11/07/2008
Paradojas del españolismo lingüístico, 1. De cómo la negación del nacionalismo español impulsa las ventas editoriales de las tesis contrarias

El diálogo entablado en los comentarios de esta nota del estimado Llibreter me ha dado el pie para escribir esta serie sobre las (a veces hilarantes) paradojas a las que conduce el negacionismo (y la autonegación) del españolismo lingüístico.
Como ya saben los lectores de este blog, hace unos meses el catedrático de lingüística general de la Universidad Autónoma de Madrid, Juan Carlos Moreno Cabrera, publicó una obra de divulgación sociolingüística (El nacionalismo lingüístico. Una ideología destructiva) centrada especialmente en el españolismo lingüístico, que, por la categoría intelectual de su autor y por su potencial polémico, ha recibido una atención mediática (1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8...) y de público (va ya por su segunda tirada) extraordinarias para un trabajo que no deja de pertenecer a un campo de estudio especializado y un tanto agreste para el profano.
Si bien la mayor parte de los medios españolistas han pasado de puntillas sobre ella —en un silenciamiento que en su día auguró Màrius Serra—, paradojas de la vida, el suplemento cultural de El Mundo —diario que ya había osado entrevistarlo cuando se publicó la obra— se atrevió a dedicarle toda una señora reseña, salida de la pluma de Pilar García Mouton. Una reseña completa y bien ecuánime, a mi juicio, pero que, al ser difundida por un medio ideológico como es el periódico de P. J. Ramírez, no iba a poder eludir los tabús que su línea editorial impone.
Pilar G. Mouton podía hablar de la obra de Juan Carlos y hasta podía decir lo evidente: que iba sobre el nacionalismo lingüístico y particularmente sobre el español; pero siempre con el cuño de la casa. Porque el diario de Pedro Jota lleva demasiado tiempo evangelizando al lector para que una simple reseña ponga su doctrina en un brete. Un lector de El Mundo no puede abandonar su lectura sin habérsele inculcado en cada artículo las creencias de aquellos oráculos que marcan la esencia (no exclusiva) de este diario:
– que nacionalistas (¡y de lo peor!) sólo lo son los periféricos;
– que las personas como Pedro Jota no son nacionalistas: son simplemente españoles;
– que su lengua —la común, tan común como la financiación de su promoción— es tan generosa y tienen tan alto valor democrático que se ha convertido en la de todos;
– que se acepta y se extiende pacíficamente por sus cualidades intrínsecas, acompañando la imagen de España —que, efectivamente, antes ha sido roja que rota— allá donde va (y que donde va, triunfa [o no]);
– y que adherirnos a la hermandad panhispánica es el «único» camino posible hacia un progreso y una universalidad que la convertirán en el 2050 en la primera lengua global (por delante del idioma de la pérfida Albión), uniendo al orbe entero en la concordia, y sacando, como valiosísimo petróleo que es, de pobres a los pobres (ordenadores de todo a cien mediante).
Y así, en firme cumplimiento de este catecismo de la redacción, van y los editores de turno le enjaretan a la reseña de Pilar G. Mouton no la cubierta del libro reseñado (que sería lo preceptivo en toda reseña), ¡sino una foto de un señor no identificado, que (según el pie) había sido multado en Cataluña por rotular en castellano! Sin duda que los trabajadores de El Mundo son fieles a la línea editorial del amo, pero no les haría ningún daño consultar de vez en cuando su propia hemeroteca. De hacerlo, habrían leído estas declaraciones del reseñado: «Si en Cataluña no hay rótulos en catalán, ¿dónde los va a haber?».
En fin, no hay que lamentarse; todo lo contrario: como feliz consecuencia de la «rigidez» de la línea editorial de El Mundo, el libro de Juan Carlos Moreno habrá llegado a la morada de más de un lector/suscriptor despistado (y habrá provocado, sin duda, más de un soponcio).
Silvia Senz
15/07/2008
La riqueza de las lenguas, 5: el miedo de los hablantes de lenguas subalternas (o carta abierta a Mario Vargas Llosa)

[Traducido, con permiso del autor, del original en catalán publicado en Vilaweb. Los enlaces son nuestros]
Carta abierta a Mario Vargas Llosa
El escritor peruano, firmante del «Manifiesto por la lengua común», tendría que saber que los que lo han firmado nos dan miedo. Miedo por su fuerza, por el extremo autoritarismo que muestran, por su alergia a la diversidad, por su espíritu colonizador.
TONI STRUBELL
Escritor
Querido señor:
Quien más quien menos ha repasado estos días la lista de los que dan apoyo al «Manifiesto por la lengua común». Morboso de mí, ha sido mi caso. Confieso que la presencia en la lista de gente del campo de la cultura, especialmente de la literatura, ha cautivado especialmente mi atención. Estoy encantado de que Luz Casal y Ramoncín se hayan borrado diciendo que ellos van a favor de la cultura, no en contra, y que los han engañado. Chapeau! Pero he visto que hay un nombre que permanece y destaca, no sólo como firmante sino como promotor; es el suyo: Mario Vargas Llosa. Era previsible, pero no por eso deja de ser terrible. Terrible, digo, porque habiendo leído su libro La ciudad y los perros extraña muchísimo que alguien con la sensibilidad de denunciar las situaciones de abuso y de imposiciones que en él se denuncian sea hoy capaz de suscribir un manifiesto que tan ostensiblemente ataca a los débiles en nombre de los poderosos. Debe de ser que todo el mundo evoluciona, en un sentido u otro.
El manifiesto que ha suscrito dice que todo lo que es público en el Estado tiene que ser en castellano, porque es la «lengua común». No sé si sus promotores son lo bastante conscientes de hasta qué punto esta aseveración denota una voluntad de imposición brutal. Porque eso no es una defensa, sino un claro ataque. Equivale a sustraer a mi idioma todo futuro, toda posibilidad de desarrollarse en el ámbito público. Es lógico, pues, que me haya quedado pasmado al ver cómo alguien de la Cultura, con mayúscula, es capaz de suscribir un manifiesto así a estas alturas del siglo XXI. Ciertamente, lo que usted ha suscrito implica que piensa que mi idioma no vale nada. Y seguramente es cierto que el catalán no puede rivalizar con su hiperidioma, en términos de premios Nobel en los estantes y número de hablantes. De acuerdo. Pero quizás pueda sorprenderle saber que, por ejemplo, el catalán sí que se encuentra entre los primeros veinte idiomas del mundo con respecto a volumen de uso en la red. Es decir, tampoco somos exactamente un «patués», como querrían ustedes. Y si no tenemos más peso, seguramente debe ser del todo ajeno a ello el hecho de que durante muchos años haya sido una lengua proscrita —hecho del cual fue usted testigo directo—. Pero mucho me temo que esta línea de argumentación no le causará ni frío ni calor. O quizás es usted de esos a los que les encanta lo de «Ahora hacen los nacionalistas lo que Franco hacía». ¡Hay que jorobarse!
Me limitaré, pues, a hablarle de aquello que su manifiesto evoca. Y es el miedo. Porque sí, tengo que admitir que me dan miedo los que han podido firmar una burrada así. Miedo de su fuerza. Miedo de las muchas cosas que comparten acríticamente con los franquistas. Miedo del extremo autoritarismo del mensaje que han lanzado. Miedo de la inmensa sensación de indignación que causan a tantos familiares y amigos, realmente afectados por la voluntad de aniquilación que ustedes demuestran. Miedo, también, de su alergia a la diversidad.
No sé en qué ambientes se movió usted cuando vivió entre nosotros, en Barcelona, pero piense que esta tierra que le acogió ha pensado, cantado, querido y llorado durante mil años en la lengua catalana. Nuestros abuelos no sabían castellano, y bien que tuvieron una sabia cultura con su pequeño lugar —también— en la historia de la humanidad, que ahora quieren ahogar. ¿Por qué nos quieren quitar lo que tienen todos los países normales? ¿Qué les da derecho a decir que no somos nada?: ¿la fuerza?, ¿el antiguo imperio?, ¿la arrogancia del progre globalizado?, ¿la larga oleada del anticatalanismo? No se engañe; eso que los mueve tiene un nombre, ahora y siempre: espíritu colonizador. ¿Por qué contra el catalán todo vale? ¿Se ha detenido alguna vez a pensarlo? Para usted, ¿cuántos millones convierten una cosa en «común», y cuántos la condenan a la nada? ¿Qué tara tenemos, nosotros los catalanohablantes, que haga eliminable nuestra lengua en el ámbito público? Permítame decirle que no veo ninguna diferencia entre lo que predican ustedes y lo que hacen los chinos en el Tíbet.
Sepa usted, autor de La ciudad y los perros, que mientras luchan con furia para que el reino del castellano sea absoluto —a un lado y otro del charco—, quizás se están ustedes esforzando en balde. Porque tienen ya mucho ganado. De entrada, nosotros, los catalanes, no podemos llevar una vida normalmente en catalán en nuestra propia casa, como sí pueden llevarla ustedes en castellano. Por lo tanto, no sueñen más utopías porque ya las tienen aseguradas. En la actualidad, el Estado sólo emite un 97 % de su publicidad institucional en castellano. ¿No es bastante? ¿Tan insaciables son? Además, disponen de instrumentos de castellanización masiva en nuestro territorio, como son La Vanguardia, el Grupo Planeta y casi todo el parque de cines y cadenas de televisión. Por cierto, un canal de TV firmante de su manifiesto actualmente no tiene ni un triste minuto de programación en mi lengua, por si eso los consuela. Y pueden respirar tranquilos, porque la Guardia Civil está muy activa desmontando repetidores de TV3 en el País Valenciano sin que ningún manifiesto suyo lo haya denunciado. Francamente, no sé de qué se quejan. Con respecto al espacio común, pueden perder cuidado, porque ningún cantante catalán les robará un solo segundo de espacio televisivo español cantando en mi lengua. Todo es para ustedes. ¿Todavía quieren más?
Pero lo que seguramente más causa su queja, supongo, es el tema de la enseñanza, ¿verdad? Pues sí, en la enseñanza pública en Cataluña el idioma vehicular es el catalán, como lo es el neerlandés en Holanda o el danés en Dinamarca. Como ustedes, nosotros tampoco queremos que se acaben creando dos comunidades segregadas en este país nuestro. Queremos una sola comunidad en que todo el mundo conozca por igual tres idiomas. Y ésta es la realidad que todas las encuestas y estudios revelan que se cumple magníficamente. Y si usted no es lo bastante sensible para darse cuenta de ello, al menos tenga la decencia de respetar nuestra sensibilidad y de identificarse un instante con los subalternos. Como hizo cuando escribió, hace ya tantos años, La ciudad y los perros. Una lectura de verano infinitamente más recomendable y culta que el manifiesto que acaban ustedes de redactar.
16/07/2008
Paradojas del españolismo lingüístico, 2. De cómo el alarmismo sobre los procesos de normalización del catalán acaba produciendo hilaridad
Vean el nuevo montaje que la televisión pública de la Comunidad de Madrid ha ofrecido a su audiencia, esta vez en apoyo de la (falaz: 1, 2, 3...) acusación de la Mesa del Turismo —cuya membresía habla por sí sola—, apoyada por la CEOE, según la cual la rotulación exclusivamente en catalán de Cataluña y Baleares perjudica económicamente la actividad turística.
¿A quién no le viene a la mente aquel famoso chiste: «Hay que ver lo raros que son los franceses. Que al pan lo llamen pain, bueno. Que al vino lo llamen vin, pase. Pero que al queso, que se ve tan claramente que es queso, ¡¡¡que le digan fromage...!!!»?
(En fin..., ya se sabe: cosas de la Marca España.)


