Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2008.

Resumen

Precariedad laboral y sector editorial

Todo lo que teníamos que decir en este blog sobre el tema ya lo hemos dicho aquí (en diversas secciones: 1, 2, 3, 4 y 5)  y en otros lugaresO lo han dicho más recientemente gente como María José Furió en el penúltimo Vasos Comunicantes, o Teresa Gallego, aprovechando para lo importante la publicidad que le ha brindado su galardón como Premio Nacional de Traducción.

Pero no queremos dejar de agradecer al responsable de «Opinión» de El País que últimamente nos brinde mensajes tan justificadamente reivindicativos. O es un periodista en precario, o es un alma generosa, o sencillamente es un temerario. Sea como sea, gracias.

Autónomos del sector editorial

JEAN-PIERRE PALACIO - y 10 firmas más - 13/11/2008

ELPAIS.com
Edición impresa
«Opinión»

Salvo los libros de autor, la producción de las grandes editoriales en el sector de no-ficción (fascículos, promociones de prensa, referencia, etcétera) depende en buena parte del trabajo de colaboradores autónomos: redactores, traductores, diseñadores gráficos y maquetistas, correctores y editores. Hace 30 años, este colectivo solía vincularse a las empresas editoras mediante un contrato laboral, indefinido o temporal, pero eso parece la prehistoria. A principios de los años ochenta, bendita modernidad, las principales editoriales, no hace falta citar nombres, descubrieron las virtudes de la concentración empresarial y de la reducción de plantillas. Encargaron la realización de las obras a pequeñas empresas subsidiarias, los llamados packagers. Había llegado la hora de los autónomos porque, como es lógico debido a la gran fluctuación del volumen de trabajo, los packagers no podían cargar su estructura con personal estable. Sin embargo, salvo en el caso de los correctores que siempre estuvieron muy mal pagados, los demás profesionales disfrutaban de retribuciones correctas, susceptibles de garantizar una vida digna a pesar de la precariedad laboral. Esto también ha pasado a la historia.

Desde mediados de los años noventa, las tarifas se han estancado nominalmente e incluso se han reducido a veces. Obsesionados por la reducción de costes, al parecer función ineludible de los ejecutivos para mantenerse en el cargo, las grandes editoriales han impuesto presupuestos de realización cada vez más raquíticos, lo cual repercute directamente en la retribución de los autónomos. Diversas causas refuerzan esta tendencia: proliferación de packagers e intermediarios, ausencia de una asociación defensora de nuestros intereses, miedo a quedarse sin trabajo si no se aceptan las condiciones dictadas, actividad menguante.

Últimamente, presionados por sus clientes, muchos packagers ya no se atienen, como solía ser costumbre, a una tabla de tarifas por tipo de trabajo: tenemos que participar en una especie de subasta a la baja para conseguir un encargo. ¿Hasta cuándo soportaremos esta situación, más propia del siglo XIX que del actual?

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14/11/2008 10:56 Enlace a esta entrada.Tema: Malas prácticas/Mala praxi No hay comentarios. Comentar.

Estatus constitucional del castellano/español en América Latina, África y España

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(NOTA BENE: Se ofrecen los datos de las constituciones políticas vigentes de los países citados. Se ha comprobado que las reformas posteriores que hayan podido realizarse sobre el texto constitucional aprobado no afectaran al asunto lingüístico.)

 

Oficialidad con denominación castellano,  en algunos casos en régimen de cooficialidad: 8 países

Bolivia (constitución política vigente [CPV] del 2007): El título I, capítulo 1.º, artículo 5, párrafo 1, establece: «Son diomas oficiales del Estado el castellano y todos los idiomas de las naciones y pueblos indígena originario campesinos, que son el aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo, chimán, ese ejja, guaraní, guarasu’we, guarayu, itonama, leco, machajuyaikallawaya, machineri, maropa, mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua, sirionó, tacana, tapiete, toromona, uru-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré y zamuco».

 

Colombia (CPV de 1991): El título I, artículo 10, dice: «El castellano es el idioma oficial de Colombia. Las lenguas y dialectos de los grupos étnicos son también oficiales en sus territorios. La enseñanza que se imparta en la comunidades con tradiciones lingüísticas propias será bilingüe».

 

Ecuador (CPV del 2008): El título I, artículo 1, de la nueva Constitución dice: «El castellano es el idioma oficial del Ecuador; el castellano, el kichwa y el shuar son idiomas oficiales de relación intercultural. Los demás idiomas ancestrales son de uso oficial para los pueblos indígenas en las zonas donde habitan y en los términos que fija la ley. El Estado respetará y estimulará su conservación y uso».

 

El Salvador (CPV de 1983): La sección III, artículo 62, dice: «El idioma oficial de El Salvador es el castellano. El gobierno está obligado a velar por su conservación y enseñanza. Las lenguas autóctonas que se hablan en el territorio nacional forman parte del patrimonio cultural y serán objeto de preservación, difusión y respeto».

 

España (CPV de 1978): El artículo 3 del título preliminar establece: «1. El castellano es la lengua española oficial del Estado. 2. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla. 3. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos».

 

Paraguay (CPV de 1992): En la parte II, título I, artículo 140, se dice: «El Paraguay es un país pluricultural y bilingüe. Son idiomas oficiales el castellano y el guaraní. La ley establecerá las modalidades de utilización de uno y otro. Las lenguas indígenas, así como las de otras minorías, forman parte del patrimonio cultural de la Nación».

 

Perú (CPV de 1993): El título II, capítulo 1.º, artículo 48 establece que «Son idiomas oficiales el castellano y, en las zonas donde predominen, también lo son el quechua, el aimara y las demás lenguas aborígenes, según la ley».

 

Venezuela (CPV de 1999): El título I, artículo 9, dice: «El idioma oficial es el castellano. Los idiomas indígenas también son de uso oficial para los pueblos indígenas y deben ser respetados en todo el territorio de la República, por constituir patrimonio cultural de la Nación y de la humanidad».

 

Oficialidad con denominación español, en algunos casos en régimen de cooficialidad: 7 países

Costa Rica (CPV de 1999):  en el título 6, artículo 76, se establece: «El español es el idioma oficial de la Nación. No obstante, el Estado velará por el mantenimiento y cultivo de las lenguas indígenas nacionales. (Así agregado por el artículo 2 de ley No.5703 de 6 de junio de 1975 y posteriormente reformado en la forma vista por el artículo 1 de la ley No.7878 de 27 de mayo de 1999)».

 

Cuba (CPV de 1992): el capítulo I, artículo 2, establece: « El nombre del Estado cubano es República de Cuba, el idioma oficial es el español y su capital es la ciudad de La Habana».

 

Guatemala (CPV de 1993): En el título III, capítulo I, artículo 143, se establece: «Idioma oficial. El idioma oficial de Guatemala es el español. Las lenguas vernáculas, forman parte del patrimonio cultural de la Nación».

http://www.mspas.gob.gt/menu/marco_legal/constitution_guatemala.pdf

 

Guinea Ecuatorial (CPV de 1991): El artículo 4 del título I señala: «La lengua oficial de la República de Guinea Ecuatorial es el Español. Se reconoce las lenguas aborígenes como integrantes de la cultura nacional».

 

Honduras (CPV de 1982): Según el título I, capítulo I, artículo 6: «El idioma oficial de Honduras es el español. El Estado protegerá su pureza e incrementará su enseñanza».

 

Nicaragua (CPV de 1987): El título II, artículo 12, dice: « El español es el idioma oficial del Estado. Las lenguas de las Comunidades de la Costa Atlántica de Nicaragua también atendrán uso oficial en los casos que establezca la ley».

 

Panamá (CPV de 1972): Según el título I, artículo 7: «El español es el idioma oficial de la República».

 

Sin lengua(s) oficial(es) explícita(s): 6 países

Argentina (CPV de 1994): no se menciona lengua oficial.

 

Chile (CPV del 2001): no se menciona lengua oficial.

 

México (CPV de 1917): no se menciona lengua oficial.

Más información.

 

Puerto Rico (CPV de 1952): no se menciona lengua oficial.

Más información.

 

Rep. Dominicana (CPV del 2002): no se menciona lengua oficial.

 

Uruguay (CPV de 1967): no se menciona lengua oficial.

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La riqueza de las lenguas, 6: el coste del multilingüismo, o la taza de café de cada uno

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«Hace poco, la Unión Europea (UE) calculó, alarmada, el costo que tendrá para la administración la ampliación de la UE a 25 estados, con más de 25 lenguas. Repartido ese costo entre el número de hablantes de esas lenguas, equivale, según la UE, al pago de una taza de café anual por hablante. Un costo así, que en el caso de México podemos suponer proporcionalmente menor, debe ser asumido por el Estado, si con ello logra proporcionar justicia y horizontes de mejor vida a todos sus ciudadanos. Digamos que la lengua materna bien vale una taza de café.»

(L. F. Lara: «¿Por qué no hay una política lingüística de México?», en Roland Terborg y Laura García Landa (coords.): Los retos de la planificación del lenguaje en el siglo XXI, México: UNAM, 2006, vol. II, pp. 489-500; se puede leer parcialmente en Google Books.)

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La riqueza de las lenguas, 7: el mito del castigo de Babel

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«Existe una teoría singular de los orígenes del lenguaje en la obra de un pensador árabe del siglo XI, lbn Hazm. Los lenguas no pueden haber nacido por convención, porque para establecer las reglas los seres humanos habrían tenido necesidad de una lengua precedente. Existió por lo tanto al principio una lengua dada por Dios, y tan rica de nombres y de sinónimos que a través de ella Adán ha podido nombrar sin ambigüedad todas las cosas del universo. Pero entonces esa lengua debe comprender todas las lenguas. La confusión que habría seguido no debería entonces responder a la invención de nuevas lenguas, sino a la fragmentación de aquella lengua única que existía ab initio, y en la que estaban contenidas todas las lenguas por venir.

El don recibido por Adán era el multilingüismo. Precisamente por esto todos los seres humanos son capaces de comprender la revelación, en cualquiera que sea la lengua en la que se expresen.

En tal caso, y una vez más, Babel no representaría la herida de la que se debe sanar, sino el don primordial que debemos reconquistar

(Umberto Eco: «La búsqueda de la lengua perfecta en la lengua europea», ClC, n.º 4, pp. 133-147 Servicio de Publicaciones, Universidad Complutense de Madrid, 1999.)

 

 

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28/11/2008 15:55 Enlace a esta entrada.Tema: Lengua y cultura/Llengua i cultura No hay comentarios. Comentar.

¿Es la nueva norma panhispánica una norma pluricéntrica y multipolar? I: Qué y cómo es la lengua española y qué y cómo es un estándar lingüístico

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El lingüista español Juan Carlos Moreno Cabrera, en El nacionalismo lingüístico (Península, 2008, pp. 154 y 155), sobre el mito de las lenguas unitarias:

[...] no hay ninguna lengua unitaria. El concepto de unitariedad lingüística es político y cultural, no lingüístico.

Los lingüistas saben perfectamente que todas las lenguas que se hablan realmente [...] están constituidas por una serie de variedades lingüísticas (llámense dialectos o hablas, según su amplitud geográfica) que forman una cadena de solidaridad lingüística con eslabones contiguos o eslabones más separados. Esto pasa con el euskera, pero también con el español o el inglés que, al ser lenguas con mayor amplitud geográfica, tienen muchísimas más variantes lingüísticas que el euskera. El español se realiza en al menos cincuenta y ocho variedades lingüísticas (Moreno Cabrera, 2003: 188-189), y el inglés en al menos ochenta variedades lingüísticas (Moreno Cabrera, 2003: 147-149). Como las personas que hablan cada una de esas variedades lingüísticas no cabe duda de que hablan una lengua humana (no una jerga incomprensible) entonces se podría perfectamente decir, desde el punto de vista estrictamente lingüístico, que el español es una familia de cincuenta y ocho lenguas y el inglés es una familia de al menos ochenta lenguas. Si no se ven así estas lenguas no es por consideraciones estrictamente lingüísticas, sino por factores ideológicos o políticos, ante los que sucumben la mayoría de los catálogos de lenguas que circulan por ahí, en los que, por ejemplo, se incluye el inglés como una lengua unitaria frente a otras lenguas, que aparecen segmentadas en innumerables dialectos y variedades, sin aclarar o dar a entender que todas esas variedades constituyen una cadena de solidaridad lingüística más o menos compleja. [Con respecto a Ethnologue] Una crítica en esta dirección puede encontrarse en López Rivera y Moure (2002).

El nacionalismo lingüístico profesado por muchos lingüistas les impide aplicar los criterios que se usan para tratar determinadas lenguas a la lengua nacional propia que, por su supuesta superioridad intrínseca, escapa al desarrollo lingüístico normal y, por tanto, es inmune a las leyes de la evolución lingüística [...]».

[Referencias bibliográficas citadas:

J. J. López Rivera y T. Moure: «Ideoloxía e lingüística, un equilibrio inestable: o caso do Ethnologue», en: Homenaxe a Fernando R. Tato Plaza, Santiago de Compostela, Universidade de Santiago de Compostela, 2002.

Juan Carlos Moreno: El universo de las lenguas: clasificación, denominación, situación, tipología, historia y bibliografía de las lenguas, Madrid, Castalia, 2003.]

El lingüista y lexicógrafo mexicano Luis Fernando Lara, en «Por una reconstrucción de la idea de la lengua española. Más allá de las fronteras instituidas» (en J. del Valle (ed.): La lengua, ¿patria común?, Madrid: Vervuert Iberoamericana. 2007, pp. 163-181; citadas: pp. 179 y 180), sobre las dinámicas y pluricéntricas normas implícitas del castellano y sobre los centros y agentes de difusión de normas ejemplares:

[...] el español actual es […] “pluricéntrico”, no “concéntrico”, como imagina la idea predominante de la lengua; no un español “general” o “estándar” centrado en Madrid (con la Academia y los “manuales de estilo” de la prensa española como principales agentes normativos), y rodeado de “variedades dialectales” españolas e hispanoamericanas, sino un dinámico conjunto de españoles nacionales, regionales históricos (por ejemplo, el andaluz occidental, el antillano, el centroamericano, el rioplatense, el yucateco), y regionales modernos, creados por las comunidades nacionales de comunicación (por ejemplo, el andaluz sevillano actual, el español catalán, el andino, el del centro de México; incluso el que hablan indios mexicanos bilingües, influido por sus lenguas maternas), que alteran su antigua constitución. Pero además de “pluricéntrico”, el español actual es “multipolar”, pues algunas de esas variedades nacionales y regionales son, también, focos de irradiación de características lingüísticas y de normas de corrección, difundidas por su prestigio socio-político y sus medios de comunicación. Por ejemplo, sin duda Barcelona y Madrid son polos de irradiación contemporánea, gracias a su industria editorial y al papel económico que tienen en España; las ciudades de Buenos Aires, de Bogotá y e México, igualmente. El español nacional mexicano irradia su fonética y buena parte de sus peculiaridades gramaticales y léxicas hacia Centroamérica y las comunidades hispanohablantes de los Estados Unidos de América, particularmente por la televisión y la prensa. Las ciudades de Miami y Los Ángeles, núcleos de poderosa difusión mediática hacia todo el mundo hispánico, se vuelven cada día más claros polos de la lengua española, aun cuando no hayan formado parte de la tradición histórica hispánica. Estas últimas, polos de consumo mediático mal llamado “latino”, podrían contribuir a crear una koiné española —no un “espanglish”— que esterilice las tradiciones históricas del español y haga de la lengua un instrumento de penetración de la ideología estadounidense.

Una idea de la lengua acorde con esta realidad contemporánea del español necesita seguir orientándose por el valor de la unidad de la lengua, como principal medio de comunicación entre todos los hispanohablantes; pero no una lengua “unificada” por ninguno de sus centros o de sus polos, sino en constante regeneración por sus tradiciones escritas —centrípetas— y habladas —centrífugas—. Algo que se puede lograr, gracias a los actuales medios de comunicación y a la educación.

El malogrado padre del Proyecto de Estudio Coordinado de la Norma Lingüística Culta de las Principales Ciudades de Iberoamérica y de la Península Ibérica, Juan Manuel Lope Blanch, sobre la necesidad extralingüística de crear un estándar unitario (pan)hispánico («La norma lingüística hispánica», ponencia presentada en el panel «La norma hispánica» del II Congreso Internacional de la Lengua Española, Instituto Cervantes-RAE, Valladolid, 2001):

Entre los muchos beneficios que la unidad básica de nuestro idioma proporciona, hay uno particular, que acaso para los filólogos y los humanistas en general no sería de primordial importancia: el económico. Dentro de este gran congreso vallisoletano existe toda una sección dedicada a ese aspecto financiero en relación con la lengua española. A tal sección remito, escuetamente, lo que ya he dicho en otras ocasiones: «Habría que hacerle entender [al hispanohablante común] la extraordinaria importancia que la conservación de la unidad lingüística tiene para el mantenimiento de la cohesión histórica, política, económica y cultural del conjunto de pueblos iberoamericanos, cuyo peso dentro del conjunto de las naciones depende precisamente de su existencia como bloque: poca es la influencia que cada una de las naciones de lengua española puede aún ejercer dentro del concierto de naciones; pero nada desdeñable es ya su peso en cuanto bloque de países iberoamericanos». Dentro de los organismos internacionales, los 20 votos de las naciones hispánicas pueden tener importancia decisiva; y la capacidad de consumo de casi 400 millones de personas puede ser atractivo poderosísimo en la política económica mundial.

En la página de la Real Academia Española, sobre la nueva política lingüística panhispánica:


La política lingüística panhispánica

En los últimos años, la Real Academia Española y las veintiuna Academias de América y Filipinas que con ella integran la Asociación de Academias de la Lengua Española vienen desarrollando una política lingüística que implica la colaboración de todas ellas, en pie de igualdad y como ejercicio de una responsabilidad común, en las obras que sustentan y deben expresar la unidad de nuestro idioma en su rica variedad: el Diccionario, la Gramática y la Ortografía.
Este decidido compromiso académico de avanzar en una acción conjunta trasciende el ámbito lingüístico para constituirse en un refuerzo de lo que es la más sólida base de unión de los pueblos hispánicos en la Comunidad Iberoamericana de Naciones: el idioma. Las facilidades de comunicación ofrecidas por las nuevas tecnologías han favorecido el trabajo concertado de las Academias, que, de este modo, han forjado una poderosa y activa red de colaboración que, más allá de cualquier retórica fácil, materializa una política de alcance internacional.

Unidad en la diversidad

Una tradición secular, oficialmente reconocida, confía a las Academias la responsabilidad de fijar la norma que regula el uso correcto del idioma. Las Academias desempeñan ese trabajo desde la conciencia de que la norma del español no tiene un eje único, el de su realización española, sino que su carácter es policéntrico. Se consideran, pues, plenamente legítimos los diferentes usos de las regiones lingüísticas, con la única condición de que estén generalizados entre los hablantes cultos de su área y no supongan una ruptura del sistema en su conjunto, esto es, que ponga en peligro su unidad. [...]

El gran ideólogo del actual y globalizado nacionalismo panhispánico que fue J. R. Lodares, sobre las ventajas e inconvenientes de una norma pluricéntrica para la consagración de la unidad de la comunidad hispánica (El porvernir del español, Taurus, 2004, pp. 95-101):

El concepto de lengua común y, por tanto, la idea de que conviene fijar unas normas de corrección idiomática (en la pronunciación, la ortografía, la gramática o el vocabulario) que hagan útil y efectiva dicha comunidad no es algo que surja en las sociedades por simple natu­raleza. Generalmente obedece a necesidades propias del poder político, de la administración, de la actividad legislativa o del comercio y concierne a grupos sociales ligados a tales actividades. La ideología de la lengua estándar es eso mismo: la obediencia que uno debe a determinadas normas lingüísticas para entenderse con quien a su vez, las obedece. Todo por mutuo beneficio.

Si la ideología del estándar se abandona a favor de usos particulares, exagerando todo lo que define a una comunidad pequeña y la distingue de otras, se abre una puerta hacia la disgregación lingüística y, una vez abierta, puede resultar difícil de cerrar. [...]

Hay que considerar también otra circunstancia: si en­tre los siglos XVI y XIX la ideología del estándar tenía ca­rácter aproximadamente uniforme, basado en un mo­delo, que era el castellano (de Castilla), y en el hablar de la gente notable y discreta, en el XX tiene carácter pluricéntrico, es decir, se considera que el español correcto no radica en un lugar concreto y que los usos de Monte­video no son mejores ni peores que los de Madrid, ni el Toledo castellano tiene más autoridad idiomática que el Toledo uruguayo; solo de manera muy general po­dría decirse que el uso de España (que tampoco es uni­forme) hace idealmente de árbitro para los americanos. En cuanto a la gente noble y discreta, ya no se sabe cuál es ni cómo habla y, por lo demás, en los grandes medios de telecomunicación se oye a discreción a futbolistas, ac­trices, cantantes de moda, reinas de la belleza, políticos en campaña y gente corriente que ha ganado algún con­curso o ha sido testigo de alguna desgracia, siendo escaso el tipo académico. Como todo en la vida, la transición de la «ideología del estándar» desde el uniformismo al pluricentrismo tiene ventajas e inconvenientes.

Las ventajas no hace falta ponderarlas: todos los hablantes se sienten partícipes de la marcha del idioma. Ninguno es superior al otro, ni habla mejor ni peor. To­dos colaboran, cada cual a su modo. Ninguno se ve en la necesidad de imitar al vecino, ya esté cercano, ya viva a miles y miles de kilómetros. Supongamos, por un mo­mento, que el acento de Buenos Aires se considerara el árbitro de la corrección idiomática. ¿Qué problemas no causaría hacer que todo no bonaerense se pasara a él? Para empezar, sobre el resto del dominio hispanohablante se cerniría una especie de complejo de inferiori­dad y ello no sería bueno para la gente y, por lo mismo, para el idioma. Muchos preferirían hablar «mal» lo pro­pio a tener que imitar a un vecino lejano para hablar «bien». Por paradójico que pueda parecer, el estableci­miento de una norma basada en un modelo concreto, es decir, un estándar férreamente uniforme más allá de la ortografía, sería la mejor receta para que la idea de comunidad lingüística quedara hecha añicos.

El estándar pluricéntrico permite hoy a los usuarios del idioma sentirse cómodos en casa y, si hay que comunicarse con un vecino, tampoco tendrán necesidad de disimular su procedencia. Antiguamente, sin embargo, algunos americanos sí se veían en la necesidad imperiosa de presentar excusas, cuando se dirigían a los hablantes españoles, por si cometían el desliz de introducir usos locales, típicos de América, en su conversación o escri­tura. La excusa no era porque el localismo pudiera inte­rrumpir la comunicación, sino porque el americanismo se consideraba, para muchos peninsulares, cosa de pa­letos. Antiguamente, claro está, la mayoría de los hispa­nohablantes vivía en España y es posible que el america­no tuviera cierto complejo de inferioridad. El insigne Andrés Bello, venezolano de nacimiento, escribía patata pero no pronunciaba otra cosa que papa. Hoy ocurre justo al revés: en España vive una minoría de hablantes de español y los americanos se curaron el complejo de inferioridad hace mucho tiempo, o mejor dicho, los peninsulares abandonaron el complejo de superioridad que en ocasiones habían mostrado.

En suma, la ventaja del estándar pluricéntrico es que nos hace tolerantes y evita —no siempre, por supuesto— los casos de discriminación lingüística por razones geográficas: amplía el margen de aquello que estamos dis­puestos a escuchar considerándolo también «nuestro». Es como si entendiéramos varias lenguas con absoluta naturalidad dentro de nuestra propia lengua. Por lo de­más, y por muy pluricéntrico que sea el estándar, los his­panohablantes tienen «puntos de encuentro» donde coinciden todos: la ortografía, por ejemplo, es el más notable de ellos. También lo es la lengua literaria. Muchos son los modos de pronunciar el idioma, pero solo hay una manera de escribirlo con corrección: ajustándo­se a las normas que dictan las academias. Por eso mismo, cuando se ponen en entredicho los «puntos de encuentro» (cuando alguien quiere, por ejemplo, inventarse ortografías «a la dominicana», «a la extremeña», «a la argentina»...) o abusa de los localismos a la hora de hablar o escribir, se advierten los inconvenientes del pluricentrismo.

Efectivamente, el gran peligro del estándar pluricéntrico —un peligro que no conviene descuidar— es su po­der de realzar las funciones separatistas de la variedad idiomática, dando entidad a normas locales a las que se les otorgue el valor de suficientes y soberanas. Se olvida así que la comunidad lingüística es un canal internacio­nal que va mucho más allá de nuestro entorno y que, para que nos resulte plenamente útil, conviene estar atentos a cómo se expresa el vecino. Es verdad que siempre pueden surgir variedades excéntricas, hablas parti­culares y localizadas en una región o en un grupo social, incluso pueden lograr cierta autonomía comunicativa, pero ¿tendrán capacidad de fragmentar el tronco normativo del idioma?

El peligro general del pluricentrismo es fácil de entender: si todo vale, nada vale. Si se da entidad al localismo, no solo se arruinará lo común sino que lo local no interesará a nadie. [...] Aunque no sería imposible que variantes locales dentro del pro­pio español ganaran entidad política, institucional y, consecuentemente, normativa, tal circunstancia no deja de ser, por ahora, mera hipótesis. No hay que olvidar que el localismo y la autodefinición también tienen sus frenos.

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