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Una historia de la lengua española de antología (del disparate)

(Actualización (23/09/2009): Seguramente alertada por la difusión de esta nota, la Fundéu ha procedido a borrar la recomendación del artículo reseñado en su página. En el lugar que ocupaba aparece ahora una página en blanco.)
¿Recuerdan los lectores la Antología del disparate, aquella famosa recopilación de dislates detectados en exámenes y reválidas de enseñanza secundaria, realizada en 1965 (y actualizada en sucesivas ediciones) por el catedrático de instituto Luis Díez Jiménez? Bien, pues este artículo publicado en El Nuevo Diario de Santo Domingo (República Dominicana) sería digno de incluirse en la desopilante compilación de inocentes disparates estudiantiles (sección Lengua o sección Historia), que se disculpan sabiendo que el tiempo y el estudio todo lo arreglan, si no fuera porque está publicado en prensa, porque aparentemente su autor es profesor de secundaria y porque, lo que es más grave, está recomendado en la sección «Artículos de interés» de una institución paraacadémica que, entre otros fines, se ocupa del fomento de la calidad idiomática en los medios de comunicación. Y suerte que no velan por la exactitud histórica y el correcto manejo de los datos en la prensa...
EL ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE UNA LENGUA EN ASCENSO, EL ESPAÑOL | |
17/09/2009 | |
Autor | |
José Daniel Martínez | |
Edición bochornosa

Acabo de leer Los ojos de Greta Garbo, relatos, de Manuel Puig (Seix Barral, Biblioteca Breve, Buenos Aires, 1997, segunda edición).
Es un libro de 143 páginas, de las cuales unas 12 tienen fotos a toda página de Greta Garbo, de la colección de Manuel Puig. Son hermosas fotos, que habrían dado lugar a un hermoso libro.Pero... este libro no tuvo corrector. Aseguro que no tuvo corrector, no que trabajó en él un corrector descuidado o incapaz, porque ni el peor corrector deja con tilde todos los ti.
La primera página termina con un pose- que sigue a la vuelta con la sílaba er, modo en que logra formarse el verbo poseer. A este estrambótico corte de palabras suceden otros como re-alidad, cre-adora, ide-ado, y puntos finales en oraciones que terminan con signos de interrogación o exclamación. Sobran y faltan tildes, por supuesto, y hasta la diéresis en vergüenza. El apellido del traductor y prologuista figura de dos maneras distintas. Y los errores de estilo no los comento.En definitiva: una edición bochornosa.
El libro cuesta en Buenos Aires el equivalente a 5 dólares. Calculo que tendrá unos 150 000 caracteres. ¿Costo de la corrección? Variable, pero modesto.
Virginia Avendaño (Buenos Aires, Argentina)
Un espantajo en la Historia de la filosofía, de Frederick Copleston

Un espantajo me escandalizó hace años, cuando era estudiante. En el primer volumen de la famosísima Historia de la filosofía, de Frederick Copleston (Ariel, Barcelona, trad. de Juan Manuel García de la Mora, seis ediciones, 1966 a 1981; 3.ª reimpr. mexicana: México, 1987), aparece citada en varios lugares una obra de Aristóteles: Metafísicos, llamados así —explica, en plural, el texto de la traducción— «por la posición que ocupan en el Corpus Aristotelicum». Parece obvio que el traductor vio la forma en inglés Metaphysics y «tradujo» Metafísicos. Después, un corrector más avisado debió de sobrescribir Metafísica, pero no lo hizo en todos los casos. No me quejo. En esos días, sin la famosa herramienta de reemplazar de Word, hacer las cosas a pie era garantía de errar (también las herramientas de Word vienen con esa garantía). Pero ocurre que la primera edición en español del Copleston, como lo han llamado siempre los estudiantes, es de 1969. Todavía vi el mismo descuido en la tercera reimpresión mexicana, de 1987. Ahora, cuando en una librería me topo con el libro, me pica la curiosidad y busco un ejemplar que no esté retractilado. Les confieso que no sé bien qué quiero encontrar. Mi conciencia me dice que ojalá por fin se haya corregido ese error tan feo. Mi diablito me murmura, al oído contrario, que se acerca otra posibilidad de escandalizarme, como cuando era joven y feliz y creía que la vida era perfecta.
Javier Dávila (Ciudad de México, México)


