Se muestran los artículos pertenecientes al tema Oficios del libro y la cultura escrita/Oficis del llibre i la cultura escrita.
25/10/2007
«Páginas de Guarda», en pdf

Buenas noticias: están ya disponibles (en Dialnet) los pdf del número 1 de la revista en papel sobre lenguaje, edición y cultura escrita Páginas de Guarda.
18/08/2007
«Páginas de Guarda»: saberes y prácticas del oficio de editar
En un momento en que las revistas del sector parecen haber olvidado que la esencia de la edición poco tiene que ver con la logística y la mercadotecnia, Páginas de Guarda alcanza su tercer número, para satisfacción de aquellas personas huérfanas de publicaciones capaces de sumergirse airosamente en el insondable mundo de la edición, como medio de expresión lingüística, gráfica y cultural.
Por gentileza de una de sus (exquisitas) editoras, Ana Mosqueda, reproducimos este artículo recientemente publicado en el suplemento Ñ Revista de Cultura, de Clarín, donde su directora habla de la revista como lugar de encuentro de especialistas destacados y profesionales expertos, y reservorio del saber que todos ellos atesoran.
La aspiración estéticamente encomiable de darle alcance en la escritura al imperativo flaubertiano de hallar la palabra exacta (le mot juste) parece ser uno de los pilares sobre los que se ha edificado la línea programática de la revista Páginas de Guarda. Surgida dentro del ámbito académico, esta publicación de periodicidad semestral tiene su origen en la cátedra Corrección de Estilo de la carrera de Edición de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, a cargo de la doctora en Ciencias del Lenguaje por la École des Hautes Études en Sciences Sociales e investigadora del CONICET , María Marta García Negroni. Páginas de Guarda se suma a una serie de gestos que en los últimos años, sobre todo con la creación de la carrera de Edición en la Facultad de Filosofía y Letras, han permitido ir construyendo un espacio de reflexión y de formación académica sobre el mundo de la edición y de la cultura escrita, y desarrollar así una «conciencia acerca de lo que es la edición como profesión y las diversas tareas y funciones que un editor debe desempeñar en la actualidad», explica García Negroni. Editada con meticulosa rigurosidad por dos integrantes de la cátedra (Ana Mosqueda y Andrea Estrada), la revista se inscribe, desde la perspectiva de García Negroni, en «ese mismo proceso de legitimación de las prácticas profesionales de la edición, y para ello propone variados caminos (desde diversos ámbitos, perspectivas y disciplinas) que permiten el abordaje de las distintas formas de producción de los discursos, de su lectura y de su interpretación en sus diferentes soportes».
En 2005, la idea que luego cristalizaría bajo en nombre de Páginas de Guarda, comenzó a tomar forma en la imaginación de García Negroni, Mosqueda y Estrada, quienes tuvieron en claro desde el principio un objetivo primordial: la revista debía tender puentes de experiencias y reflexión teórica sobre temas relacionados con tres áreas: el lenguaje (el español), la edición (sus prácticas y necesidades) y la cultura escrita (sus modos de producción, difusión y conservación). En sus cuidadas páginas ―un párrafo aparte merece el delicado criterio estético aplicado en la selección de las ilustraciones y fotografías que acompañan a cada uno de los artículos― se despliegan distintos objetos de estudio y disciplinas (lingüística, historia cultural, bibliotecología, teoría de los medios, literatura y filología), entendidos como medios para la actualización de saberes y de prácticas de investigadores, estudiantes y profesionales de la edición.
Uno de los propósitos de la publicación ―de la que se han lanzado hasta el momento tres números― es impulsar una figura de editor más alejada del tecnócrata actual y más próxima al editor clásico, entendido como un agente cultural. A modo de ejemplo, resulta paradigmática la entrevista realizada en 2005 al ya desaparecido ensayista y editor Gregorio Weinberg, quien dedicó parte de su vida profesional a la producción de libros desde una visión refractaria a los mandatos de la mercadotecnia.
Directora académica de Páginas de Guarda, García Negroni refiere que ese nombre alude a la primera y última página que, en las ediciones antiguas o en las actuales de lujo, se utiliza ―por su mayor espesor y calidad― para proteger el contenido de un libro. En el consejo académico de la revista, se destacan las firmas de intelectuales destacados como Roger Chartier, José Antonio Millán, Ana Longoni y Jorge Lafforgue, entre otros.
Pese a ser una publicación de índole eminentemente académica, las tres secciones que la conforman (lenguaje, edición y cultura escrita) constituyen una panoplia de diferentes estilos de escritura y de diversos grados de academicidad. De hecho, no todo el contenido de la publicación es académico: en la sección de Edición aparecen entrevistas o artículos de editores u otros profesionales del libro. También, en las últimas páginas, pueden leerse resúmenes en español e inglés y las palabras clave de los artículos escritos por especialistas. En cuanto a las influencias, las hacedoras de Páginas de Guarda reconocen en la revista Litterae , de la Universidad Carlos III de Madrid, uno de sus modelos de inspiración, esencialmente en lo referido al contenido.
«Necesitamos editores que deseen compartir los secretos del oficio con aquellos que recién comienzan. Hoy la edición se ha profesionalizado, pero hay un bagaje de conocimientos que podrían ser aportados por aquellos que tienen muchos años de experiencia. Como lo hicieron en el siglo pasado los españoles, cuando debieron dejar España por la guerra civil y trajeron aquí sus conocimientos ―sostiene García Negroni y concluye reafirmando la esencia de su empeño-. Queremos que la revista se convierta en un espacio de comunicación entre los editores.»
(Maslatón, Carlos A. «Saberes y prácticas del oficio de editar», Ñ Revista de Cultura, sábado 21 de julio de 2007.)
Silvia Senz (Sabadell)
26/07/2007
Carme Serrallonga, pedagoga i traductora. (Un petit homenatge)

Ahir, a la Biblioteca Vapor Badia de Sabadell, vaig poder visitar —tant com els meus fills em van deixar— l’exposició itinerant «Traductores», que fa una ullada històrica a una activitat (la traducció de textos estrangers al català) considerada sovint subalterna, i que mostra la trajectòria de 12 dones traductores i escriptores catalanes. Passejant entre les fileres que formaven els 12 panells de la mostra vaig tenir l’agradable sorpresa de poder llegir, fil per randa, la vida literària de qui va ser fundadora i directora d’una de les escoles on em vaig formar: Carme Serrallonga, una dona que mai no va deixar d’aprendre noves llengües i noves cultures per tal de poder gaudir de l’art literari sense «traïcions» i que, conseqüent amb aquest desig, mantenia la literalitat com a premissa metodològica.
En aquest article sobre dones traductores, Pilar Godayol, una de les comissàries de l’exhibició, glossava la seva figura:
Fundadora, amb altres companys i companyes, de l’Institut Escola, inspirat en la Institución Libre de Enseñanza, i creadora el 1939 de l’escola Isabel de Villena, Carme Serrallonga (1909-1997), gira al català una vintena d’obres del teatre universal dels grans autors. Traductora de l’anglès, el francès, l’italià, i especialment de l’alemany, Serrallonga explicava que havia començat a aprendre la llengua germànica per poder conèixer a fons l’obra de Brecht, del qual el 1966 tradueix La bona persona de Sezuan, a proposta de Ricard Salvat, i després cinc obres més. De l’alemany també porta al català autors com Friedrich Dürrenmatt, Peter Handke, Goethe, Mozart o Alfred Döblin. Així mateix, Serrallonga fa petites incursions en les literatures anglesa, nord-americana i italiana. Entre d’altres, de l’anglès tradueix Una habitació amb bona vista (1986) d’E. M. Forster, El dret d’escollir (1987) de Brian Clarke i A la glorieta (1992) de Jane Bowles; de l’italià, El jardí dels Finzi-Contini (1967) de Giorgio Bassani, El difunt Mattia Pascal (1986) de Luigi Pirandello i la famosa Una jornada particular (1984) d’Ettore Scola; i del francès, Kean: adaptació de l’obra d’Alexandre Dumas de Sartre. Malgrat ser pedagoga, fins que el 1983 l’editorial La Galera li encarrega la traducció d’En Jim Botó i en Lluc el maquinista de Michael Ende, Serrallonga no havia traduït mai literatura infantil. A partir d’aquell moment es concentra en la gesta de fer accessible al públic jove català obres de més d’una quinzena d’autors i autores d’aquest gènere. Als vuitanta-quatre anys, després de traduir més d’una quarantena d’obres, Carme Serrallonga es posa a estudiar rus pel plaer de poder llegir Txékhov en la seva llengua. Sembla que, abans de morir, provava de traslladar un llibre de poemes d’una altra russa universal, Anna Akhmàtova.
Com a capdavantera del retorn a la docència en català, i per la seva aferrissada lluita per la conservació i l’avenç cultural de la seva llengua en un període especialment dur, la Facultat de Filologia de la Universitat de Barcelona va instituir el Premi Carme Serrallonga a la qualitat lingüística, que honora, any rere any (i en fan catorze), la tasca traductora i docent de «La Serrallonga» —merescuda feminització del nom del bandoler mític, amb la qual l’anomenavem els seus alumnes.
I, per cert, casualitats de la vida, el guardó d’enguany l’ha obtingut la segona empresa senyera de la ciutat on visc, als establiments de la qual hom pot assaborir el català més genuí del món de la restauració: «¡¡¡Oíiido: un zipi-zape paseao, un biki y una de patataaas!!!».
Silvia Senz (Sabadell)
05/05/2007
Lengua, edición, lectura y profesionales del libro en la FIL de Buenos Aires

Durante las 23.as Jornadas de Profesionales organizadas por la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que se realizaron entre el 16 y el 19 de abril, las Editoras del Calderón, y editoras de Páginas de Guarda, realizamos un evento cultural para festejar la aparición del tercer número de la revista, e invitamos a esta celebración a distintos profesionales del libro: editores, diseñadores, correctores, libreros, bibliotecarios, trabajadores de la industria gráfica y editorial. Los profesionales acudieron a pesar del cansancio, luego de dos días de trajín, en los que estuvieron ocupados con cuestiones de todo tipo, desde las más simples y domésticas, como la organización de sus propios stands dentro de la Feria, hasta las más complejas, como la compra y venta de derechos, las relaciones comerciales, etc.
El lunes 16, las Jornadas comenzaron con un discurso de bienvenida y un breve panorama acerca de la situación editorial en la Argentina, a cargo de Horacio García, presidente de la Fundación El Libro. A continuación, el escritor mexicano Carlos Monsiváis dio la conferencia inaugural «América Latina, la fuga y el reencuentro de las identidades». Entrevistado luego por la periodista cultural Susana Reinoso, Monsiváis comentó que él, en Latinoamérica, percibe una fuerte tendencia a la integración, debida en parte a la comunicación. Según el escritor mexicano, las especificidades regionales han disminuido y, aunque persistan determinados usos lingüísticos, estos no impiden la comprensión de los textos. A pesar de esta creciente tendencia integradora, la industria editorial sigue muy concentrada en manos españolas, situación que vuelve invisible aquello que se publica en Latinoamérica.
Por la tarde, el BIEF (Bureau International de l’Edition Française) realizó un seminario profesional, en el que se trató el tema «La edición en ciencias sociales y humanas: relaciones entre Argentina y Francia», con el propósito de fomentar el intercambio cultural entre ambos países.
Al día siguiente, los negocios continuaron con el Encuentro Sectorial entre Latinoamérica y Europa (AL-Invest). Por otro lado, se realizó la presentación de la plataforma digital de Google, que pretende impulsar la digitalización de los libros y facilitar su búsqueda.
En el medio de tantas actividades, las Editoras del Calderón, y editoras de Páginas de Guarda, pensamos que debíamos ofrecer a los profesionales un espacio de encuentro, en el que pudieran disfrutar con todos sus sentidos de lo que, en realidad, más les gusta: la lectura. Por eso, luego del agradecimiento a los presentes, por parte de María Marta García Negroni (directora de la revista) y de la presentación del staff por parte de la editora científica Andrea Estrada, tuve el agrado de introducir la proyección de dos cortos, uno llamado Escenas de lectura y otro, Los libros y el cine. En ellos, los realizadores (Sergio Venturini y Valeria Forster, en el primer caso; Eduardo de la Serna, en el segundo), luego de un rastreo breve pero intenso en la cinematografía nacional y extranjera, desde los comienzos del cine hasta hoy, mostraron variadas imágenes de lectura. Bellas, terroríficas, curiosas, alejadas o cercanas en el tiempo, las imágenes fueron reunidas por los realizadores siguiendo las mismas –y mínimas– consignas impartidas por Páginas de Guarda. Los cortos resultaron muy distintos en estilo pero no en calidad, si bien en algunos casos reprodujeron las mismas películas, aunque en tomas diferentes.
Escenas de lectura en el arte cinematográfico, pero también en el arte dramático y fotográfico. En cuanto al arte dramático, la narradora, escritora, narradora y directora teatral Ana María Bovo relató una serie de textos (de Clarice Lispector y de su propia obra teatral, Emma Bovary), cuyo eje continuó siendo la lectura: desde la descripción del dolor que produce en una adolescente la negación del préstamo de un libro muy deseado, hasta el detalle de los síntomas de esa extraña enfermedad producida por la lectura y que el escritor argentino Ricardo Piglia llama «bovarismo» (ver estos conceptos en su novela El último lector, Anagrama, 2005), que lleva a quienes la padecen a desear ser lo que son los héroes de las novelas (en este caso, las heroínas). Con respecto al arte fotográfico, el evento también sirvió para presentar un concurso de fotografía documental, destinado a estudiantes de fotografía y titulado «Lectores de Buenos Aires». Una de las integrantes del jurado, la licenciada en Historia de las Artes Virginia Cavalli, presentó la propuesta. Dijo que el concurso pretendía acercar al espacio de la revista la mayor cantidad posible de testimonios vivientes sobre la lectura en Buenos Aires: acerca de sus lectores, de qué leen y dónde. En qué rincones del ámbito de la ciudad, si leen en medio del ruido o en algún recóndito espacio silencioso, quizás secreto. Y aseguró que, cuando la exposición final estuviera montada, en la Feria del Libro de 2008, y las fotografías elegidas fueran publicadas en la revista, seríamos nosotros los «otros» lectores de aquellos (lectores) que habían sido sorprendidos por las cámaras un tiempo atrás.
Ojalá este pequeño oasis, en medio del fárrago de las actividades de las Jornadas, haya contribuido a que los profesionales del libro abandonaran por un rato su negotium para dejarse subyugar por las mieles de un otium siempre bienvenido.
Ana Mosqueda
Editora científica
Páginas de Guarda
(Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires)
15/01/2007
Esther Benítez y mi viejo (y nuevo) amigo Nicolás

Yo leí todos los libros del pequeño Nicolás que cayeron en mis manos hace ya mucho tiempo. Y cayeron todos, claro, porque si combinamos a un niño que da la lata a sus padres para conseguir un libro, con unos padres confiados en que los libros siempre son una buena inversión con un hijo lector, el resultado es que, uno tras otro, en el cumpleaños, en el día del libro o porque sí, los libros reclamados acababan llegando.
Recuerdo que me reía a carcajadas. Se los prestaba a Blanca, una amiguita mía, y también se reía en voz alta. «Majencio, ¡qué idiota es!», nos decíamos y nos echábamos a reír como tontas.
Era la etapa del pequeño Nicolás. Hubo otras, claro, que compartimos también. Sin embargo, ésta fue la única en la que reímos así, tanto y tan ruidosamente.
Por eso el otro día, en la biblioteca, aunque no pensaba sacar ningún libro, no pude resistirlo. Estaba ahí, con el pequeño Nicolás en la cubierta, con una banda en diagonal que me decía «26 historias inéditas», ilustrado por Sempé, escrito por el siempre llorado René Goscinny, editado por la misma editorial donde me había leído todos los demás: Alfaguara. ¿Quién iba a resistirse? Hasta eché de menos no saber nada de Blanca. Tenía que conseguir encontrarla para volvernos a reír juntas.
En cuanto llegué a casa lo abrí. Comencé. Prólogo de la hija de Goscinny. Le agradecí haber descubierto y sacado a la luz estas historias y me enteré de que me esperaban dos volúmenes más: uno con veintiséis también y otro con veintiocho, todas ellas publicadas ya en Francia, en dos volúmenes.
Corrí al primer capítulo. Me sonreí con «El chiste». Seguí sonriendo con los demás. Y notaba un ritmo extraño y algunas expresiones que, no sé, no recordaba de mi Nicolás.
Fui a la habitación de mi hija mayor, cogí Los recreos del pequeño Nicolás, Madrid: Alfaguara, 1979. Nada más empezar a leerlo me reía como una tonta.
Entonces miré el nombre del traductor: Esther Benítez en todos los que tenía; Miguel Azaola en el que había sacado de la biblioteca. Ah, era eso.
«¿Pero qué narices le pasa a Alfaguara con Esther Benítez?», me pregunté. Y como no tenía ni idea ni sabía a quién preguntar, hice lo que hago cuando no sé qué hacer: buscar en Google. A mi búsqueda respondió en pocos segundos y así descubrí que a Alfaguara no le pasaba nada, que era a Esther a quien le pasaba: había muerto, y de hecho, cuando esto ocurrió, salieron muchísimos compañeros traductores a homenajearla con su pluma, e incuso instituyeron un premio en su nombre; pero yo no me enteré de nada, como no me había enterado de que cuando me reía tanto no se lo debía sólo a Goscinny y a Sempé, sino también a ella.
Miguel Azaola es un traductor magnífico, bregado en la traducción de LIJ del más endiablado y fino humor, como los Cuentos en verso para niños perversos, de Roald Dahl. Gracias a él muchos hemos disfrutado de mil y una historias. Y sin embargo, y sin querer hacerle de menos, cómo me gustaría recuperar mi risa.
Eso sí, Miguel es un hombre valiente. Tras una traductora brillante, como es Esther Benítez, hay que ser muy valiente para traducir otras historias del pequeño Nicolás, como ha hecho Miguel Azaola. Pero las traducciones de Esther no eran sólo correctas: eran maravillosas, insuperables. Uno se partía de risa con el pequeño Nicolás en Alfaguara. En la misma Alfaguara, hoy, con El chiste, sólo me sonrío. Algo no me funciona.
Esther no pondría nunca «querido mío» en boca del papá de Nicolás. Es una expresión muy francesa, pero a mí no me cuela en español. Es muy correcto también el traducir el pretérito perfecto simple escrito en francés por el pretérito perfecto o compuesto en español, y sin embargo, qué bien quedaba que Esther lo mantuviera casi todo el texto en sus traducciones de Goscinny.
Hasta al empollón lo he tenido que buscar con lupa: ya no es Agnan, es Aniano. Será mucho más adecuado, pero lo cierto es que echo de menos a Agnan; hasta me parece que ahora no estudia tanto ni le hace tanto la pelota a la maestra.
No sé... Tal vez aproveche que el pequeño Nicolás tiene un blog (en francés, claro) para contarle a él, directamente, cómo Esther Benítez logró convertirlo en uno de mis amigos de la infancia más queridos y añorados.
Ana Lorenzo, Rivas Vaciamadrid (Madrid), España
18/12/2006
Sobre Tlaxcala, la red de traductores a favor de la diversidad lingüística

El pasado febrero, gracias a Silvia Senz, supe de la existencia de Tlaxcala, una unión de traductores a favor de —me parece— un posicionamiento político crítico, que apoya la diversidad de las lenguas y las distintas maneras de ver la realidad. Parte de la tesis de que «ninguna lengua es neutra y en sus genes lleva la huella de la cultura a que pertenece» que, aunque bastante difícil de probar, es igualmente difícil de refutar.
La idea es hacer llegar al mayor número de personas posible textos que incluyan información interesante, pero que a veces pasa desapercibida o no recibe la difusión que merece. Suele tratarse de información actual, pero también de textos que, a juicio del grupo, merece la pena divulgar. El medio para garantizar su lectura masiva no es otro que el de traducir el texto a diversas lenguas.
Como la idea me pareció interesante, pedí más información. La respuesta tardó en llegar, principalmente porque, como le ocurre a casi todo el mundo en estos momentos, el tiempo escasea y no se puede responder a todo con la celeridad que se desearía. Y con la respuesta a la petición de información llegaron también los requisitos para obtenerla: en contrapartida, yo debía traducir un texto para su publicación en la red.
Aquí sí que se ralentizó el proceso, porque me falta literalmente tiempo para hacer todo lo que quiero. Pero, entretanto, se me dio de alta en el grupo y se me envió el kit para principiantes, que resulta muy útil para descifrar los códigos que se usan en la lista de distribución de los traductores de Tlaxcala. A esta lista se envían los textos que puede merecer la pena traducir, por su relevancia en ese momento. Los traductores —que previamente han indicado sus lenguas de trabajo— deciden qué quieren traducir y envían una nota general sobre ello. Una vez traducido el texto, se reenvía al grupo para que quien pueda editarlo, lo haga y, a continuación, se publica en el sitio web, para acceso público. Por lo que se refiere a los derechos de autor, debe mencionarse la procedencia de los textos, pero están a disposición de quien tenga a bien utilizarlos sin ningún problema, siempre que sea con fines no lucrativos.
¿Cómo se eligen los textos? Algunos los escriben los propios miembros del grupo y se traducen; otros se toman de diferentes medios de comunicación más o menos alternativos, de otros sitios web, etc. Son textos que, de otro modo, no recibirían difusión en otros idiomas, y se cree que la merecen porque se muestra la realidad, sobre todo política, desde un punto de vista poco divulgado y se cuestionan cosas que se dan por hechas. Como ellos mismos dicen en su Manifiesto: «Los principios que Tlaxcala utiliza para seleccionar textos son que éstos reflejen los valores esenciales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la búsqueda de un respeto cabal de los derechos y la dignidad de la persona». Por poner un ejemplo reciente, un compañero está traduciendo al italiano un artículo que echa por tierra el mito de la «bonanza económica» en Chile durante la época de Pinochet.
En la parte de español hay ya publicados 600 textos, una cifra redonda que se alcanzó la semana pasada. La página puede navegarse en varios idiomas, a saber: español, inglés, francés, catalán, árabe, alemán, portugués e italiano, y está abierta para todo el mundo.
El esfuerzo es encomiable, porque el tiempo es poco y las actividades muchas, pero cada uno intenta expandir el conocimiento sobre esa realidad que está ahí, pero que no recibe a la difusión que merecería, oculta tras la avalancha de otra información.
Quizá hay cosas que podrían mejorarse: esa denominación de «Madre África», por ejemplo, que se cuestiona desde algún pensamiento «mujerista», o el hecho de que, siendo mayoría de traductoras, los revolucionarios que se toman como modelo de referencia son hombres. Pero son cuestiones que pueden pulirse con el tiempo. Habrá que proponer los cambios y ver cómo van tomando forma en la red.
Mar Rodríguez (Asturias)
31/10/2006
Segunda convocatoria de los correctores uruguayos
El pasado viernes 27 de octubre —día del Corrector de Textos—, a las 15 horas, tres correctoras (Serrana Botto, Leticia Chifflet y quien suscribe) nos entrevistamos con el maestro Luis Garibaldi, director de Educación del Ministerio de Educación y Cultura del Uruguay, para pedirle que se otorgara a los correctores uruguayos una constancia oficial en el ejercicio de la profesión. El director Garibaldi nos expuso las posibilidades de intervención de su Dirección en el Ministerio, de manera muy clara y con particular sencillez.
El resultado de la entrevista se divide en dos etapas:
1. Se tratará de conseguir la certificación laboral de los correctores de textos.
Esta certificación la otorgará un tribunal, y ese tripartito estará formado por los agentes involucrados en la evaluación de los correctores (por ejemplo: un representante de la casa de estudios que estará encargada de extender la certificación oficial; otro representante de la parte empleadora, quizá por editoriales, y como tercero se evaluará a quién corresponde incluir, tal vez del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social).
Para conseguir la expedición de la certificación —que tiene un costo para el Ministerio—, no puede tratarse de un colectivo que aglutine a muy pocas personas.
Nuestro próximo movimiento es abocarnos a la firma de una carta que se presentará ante el Ministerio pidiendo la certificación laboral de nuestro oficio. Deberá estar firmada por los correctores uruguayos y también por personas de otros oficios inherentes a la industria de la cultura escrita y que tampoco tengan posibilidad de obtener reconocimiento a su formación en el país.
2. Se promoverá la formación de los correctores de textos.
Esta formación se instrumentará más adelante, ya que primero cabe conseguir la unión de los interesados en la certificación laboral.
Convocamos a los correctores uruguayos a una reunión el próximo sábado 18 de noviembre, a las 10.00 horas, en Adolfo Berro 893 (entre Buschental e Irigoitía).
Rogamos difundir al máximo esta información entre los correctores uruguayos y quienes trabajan en oficios relacionados con las publicaciones.
Por cualquier información, no duden en comunicarse con nosotros a valchar@adinet.com.uy.
Pilar Chargoñia, correctora de estilo
Adolfo Berro 893, Montevideo, Uruguay
Tel.: 336 47 45
[Agradecemos las posibilidades de difusión en la Red de los llamados a los correctores uruguayos, especialmente al Grupo A&C, Ricardo Soca, y Domingo Mendívil.]
27/10/2006
En el día del corrector de textos
La Fundación Litterae[1] instaura como el día del corrector el 27 de octubre.[2] Y no porque esta institución lo haya querido consagrar habría uno de seguir sus pasos. No. Creo que esa rara avis, figura casi siempre anónima y mal pagada (monetaria y moralmente) merece en tierras gauchas, como aquí y en cualquier lugar, un reconocimiento especial. En el mundo existe una tendencia hacia una disminución absoluta de los índices de lectura.[3] El Perú no es ajeno a esta propensión, y ahora los tipos de personas que antes leían están más habituados al discurso audiovisual que al «monótono» transcurrir de cadenas y cadenas de letras.
Para añadir un poco de ají al asunto las grandes editoriales miden sus costos basados más en la cantidad de marketing —mercadotecnia, insiste el corrector, aunque ni caso le hagan— a invertir que en la calidad del texto.
En este contexto exigente, dados los pocos lectores potenciales, se privilegia al autor que redacte «bien» y que sepa utilizar el corrector ortográfico del supremo Word. No hay problema, se democratiza la producción de literatura, en el amplio sentido de la palabra. Personas que no habrían sido «autores» en otros tiempos ahora lo son a mucha honra. Incluso, hay autoeditores y profesiones en formación que reclaman nuevas posiciones a las tradicionales en la industria editorial, todo ante la insurgencia de la PC y la Internet.
Pero estas bondades de la tecnología han confundido a no pocas personas que ven como los bits, letras y tamaña información vuelan inasibles de clic en clic.
Y pues, surgen, irremediables, las paradojas. Escritores con algo que decir que manejan insuficientemente la gramática y ortografía tradicional de la lengua española. Editores apurados en «sacar» el producto, apremiando a los correctores (si es que tienen la mínima decencia de contratar uno) en tiempos y en precios. Periódicos abrumados por las rotativas de última generación que tiene el diario vecino y que termina saliendo primero al mercado.
¿Quién sufrió los ajustes?, ¿qué eslabón se rompió?
El de corrector de textos —también llamado corrector de estilo o corrector tipográfico, según corrija originales o pruebas—, aquel que cuida que un texto llegue a los lectores bien escrito, o sea, el encargado del control de la calidad.
Resultado: erratas morrocotudas (véanse, por ejemplo, «Esa carie de los renglones llamada errata», o «Don Joaquín y las erratas») párrafos abstrusos, datos falsos, a los cuales no escapan ni los diarios más serios (aquellos que no han dado forata [¿de dónde habrá salido esta palabra?] a todo el equipo de corrección de pruebas y mantienen a uno que otro ojo acucioso maltrecho por ahí).
Los redactores y editores por jubilarse y otros de no tanta edad recordarán a aquellos seres mitológicos pertrechados con raros instrumentos (como el tipómetro, por ejemplo[4]), habituados a luchar con los errores. Aún así, en esos tiempos, como hoy, las erratas eran despiadadas y no hacían distingo por raza o creencia. Pero, al menos había el intento de acabar con ellas.En esta línea son de destacar iniciativas como el «Manifiesto de los correctores de español», o la que en Uruguay ha iniciado una solitaria correctora llamada Pilar Chargoñia, en busca de «la expedición de un título de idoneidad como corrector de textos (ortotipografía y estilo)».
¿El Perú? Bien, gracias, cuña’o. Sé con’ciente, pe, varón… lo justo, ponte una mano al bolsillo derecho y otra en el corazón.
Mejor termino como dice (¿o decía?) el epígrafe de Addenda et Corrigenda, citando a Antonio Machado: «Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas».
¡Feliz día, corrector!, en donde estés.
Fernando Carbajal Orihuela
DNI n.º 088760976
Lima (Perú), 27 de octubre del 2006
[1] Institución argentina, nacida, como en su página web puede leerse, para difundir el uso correcto del idioma español. También forma correctores del idioma español. (Para acceder a la lectura sin signos intrusos hay que configurar el explorador web al código griego.)
[2] «La elección del día se debe al del nacimiento del humanista holandés Desiderio Erasmo de Rotterdam (1467-1536), quien también se desempeñó como corrector.» Hay también un imperdible artículo sobre los correctores, aunque, paradójicamente, con algunas erratas tipográficas.
[3] Aunque cabría hacer la pregunta de qué índices habría que bajar en el Perú cuando nunca los tuvo altos.
[4] «¿Quién sabe hoy qué significan palabras como corondel, regletas, lingotes, galeras, galerines, filetes, orlas, chaflanes, lutos, hombrillos, componedores, chibaletes, platinas, serpentines, matrices... Palabras en general de origen latino o grecolatino. La misma unidad de medición es hoy agua pasada. El tipómetro era la vara de medida, el cícero la unidad. ¿Cuánta gente sabe hoy qué es un cícero? ¿Y cuánta cuál es su correspondencia en unidades decimales? Hoy día se mide en puntos y milímetros.» (Ángel Zoco Sarasa, jefe de Archivo y Documentación del Diario de Navarra: «Los procesos de cambio tecnológico y su repercusión en el entorno de los medios de comunicación escrita. Un estudio de caso: Diario De Navarra (1903-2004)»)
22/07/2006
Llamado a los correctores uruguayos
Llamado a los correctores uruguayos interesados en firmar una petición, ante el Ministerio de Educación y Cultura, por la expedición de un título de idoneidad como corrector de textos (ortotipografía y estilo). A los correctores que quieran unirse en esta solicitud, les ruego hacerme llegar sus datos a mi dirección electrónica: .
Señor ministro y señores directores generales del Ministerio de Educación y Cultura del Uruguay, Jorge Brovetto, Luis Garibaldi y Luis Mardones:
Solicitamos la imprescindible ayuda del Ministerio que ustedes dirigen para revertir la situación actual de los correctores uruguayos. A diferencia de lo que ocurre en otros países, incluso de la región (Argentina, por ejemplo), en el Uruguay los correctores de textos —de ortotipografía y de estilo— nos hemos formado de manera autodidacta, por lo que carecemos de un título que nos habilite a cumplir con el trabajo. Nuestra formación básica puede ser la de profesores de idioma español o de literatura, egresados de la Facultad de Humanidades o de disciplinas diferentes.
Esta carencia de título es un serio escollo a la hora de conseguir el reconocimiento de nuestra tarea en el país y, muy especialmente, para trabajar con clientes del exterior. Asimismo, oculta las diferencias entre proveedores bien formados y proveedores improvisados. El país cuenta con buenos correctores que hacen su trabajo con esfuerzo, actualizándose permanentemente, comprando bibliografía que no se distribuye en el país y consultando las listas electrónicas internacionales de especialistas en el lenguaje.
Nos atrevemos a presentarles una sugerencia: estos correctores capacitados podrían expedir un título de idoneidad como corrector de textos, de ortotipografía y de estilo, luego de examinar los conocimientos y las fuentes de consulta de los interesados. Si el Ministerio así lo dispusiera, también conocemos especialistas e instituciones argentinos y españoles a quienes recurrir, plenamente capacitados para otorgar esta acreditación.
Agradecemos la atención a este mensaje y las indicaciones que recibamos de ustedes.
María del Pilar Chargoñia Pérez, correctora de estilo, C. I. n.º 2.734.472-8, Montevideo, Uruguay.
08/07/2006
La pluma invisible del corrector
Un interesante apunte de Andrea Estrada (coeditora de la imprescindible Páginas de Guarda) en Página/12, sobre la responsabilidad del corrector de estilo, cuyas virtudes, paradójicamente, sólo pueden mostrarse en una sempiterna negritud. ¿Corrector o corruptor?
Por Andrea Estrada *
A nadie le gusta que lo corrijan, porque corregir es como decir la verdad. Y salvo los chicos, que en general suelen tomar con naturalidad –o indiferencia– los cartelones rojos de las maestras, y los locos –ajenos a todo barbarismo lingüístico, y de los otros–, ni siquiera nuestros parientes aceptarían cambios en sus textos. La otra razón es que, a veces, y aunque parezca paradójico, los correctores operan como verdaderos “corruptores”. ¿Por qué? Porque rebosantes de entusiasmo no pueden evitar caer en la sobrecorrección y la ultracorrección. Si sobrecorrigen, intervienen desacertadamente en los textos ajenos, pues no lo hacen para modificar los errores, sino simplemente por una cuestión de preferencia personal. De la misma manera, si ultracorrigen, también corrigen lo que está bien o, para ser más exacta, realizan una trasposición errónea de la normativa vigente. Es lo mismo que hacen los hablantes cuando para evitar formas como “Pienso DE que es injusto”, suelen decir “Me doy cuenta (DE) que no tengo razón”, quitando el de, que en este caso es correcto. Pero nada de esto invalida el trabajo del corrector, cuya obligación es corregir los errores, aunque algún damnificado se enoje. Quizá la clave para que la corrección no sea vista como un acto soberbio y autoritario, ejercido desde la desventajosa posición de alguien que sabe mucho, pero cuyo conocimiento no sirve para mostrar ni mostrarse, radique en el buen criterio personal para interactuar con editores y autores. Porque corregir es un trabajo oculto, invisible y, por eso mismo, ingrato. Parecido, si se me permite una comparación con el fútbol, al del buen árbitro: debe pasar desapercibido. De allí que muchos escritores consagrados sólo confiesen haberse dedicado a la corrección, a la hora de revalidar su título de “buen intelectual”. Como Rodolfo Walsh, corrector de pruebas de Hachette, Andrés Rivera, o Truman Capote. O incluso Guillermo Cabrera Infante, cuya tarea de corrector de la prolífica escritora española de novelitas rosa –“la inocente pornógrafa”, como él mismo la llamaba– resultaría determinante para su posterior dedicación a la escritura. Este hecho viene a corroborar dos cuestiones: la primera, que no es cierto que a los escritores no se los corrija; la segunda, que a los conocimientos, la minuciosidad y el talento de un corrector tal vez se deba el éxito de una obra, un escritor y un sello editorial. Y si no, pregúntenle a Corín Tellado.
07/06/2006
Sobre el mercado del español en EUA, el prestigio social de la lengua, la calidad lingüística de los medios y la capacitación profesional
Hablábamos hace poco del seminario «El español en los medios de comunicación de los EE.UU.», organizado por la Fundéu y la Fundación San Millán y celebrado en los primeros días del pasado mes de mayo en San Millán de la Cogolla (La Rioja, España).
El tema del español en los medios estadounidenses no es novedoso; ya fue objeto de debate en el simposio organizado por el centro del Instituto Cervantes en Chicago a finales del 2002, donde se planteó la conveniencia de una política lingüística encaminada a lograr un español unitario en los medios de comunicación hispanos. Las razones en que se basaba esa propuesta eran el papel dinamizador de los mercados que tienen los medios de comunicación y la idea de que una mayor uniformidad lingüística, basada en el modelo normativo que emana de instituciones socialmente prestigiosas como la RAE y las academias hispanoamericanas asociadas, permitirá cohesionar el diverso y disperso español de la comunidad hispana en Estados Unidos —que no siempre es monolingüe española, sino de lengua materna indígena—, conferirle la imagen positiva y el prestigio social del que carece entre los anglohablantes, hacer frente a la presión del inglés dominante (que ha emprendido el camino hacia la oficialidad exclusiva en EUA) y salvaguardar el prometedor mercado del español en ese país, en el que la industria editorial española ya ha empezado a tomar posiciones.
Al hilo de esa necesidad de unificar el español de los medios hispanos de EUA, en el citado seminario de la Fundéu —donde se sentaron las bases organizativas para la preparación de la segunda edición del Manual de Estilo de la National Association of Hispanic Jounarlists/Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ/ANPH), futuro libro de estilo común para todos los medios que en el mundo publican o emiten en español—, la presidenta de la NAHJ lanzó la idea de crear un certificado de calidad en el uso del español para los profesionales estadounidenses, un certificado que «vendría avalado por el Instituto Cervantes o la Fundación del Español Urgente [Fundéu] y tendría que renovarse cada cierto tiempo, aunque no de manera obligatoria», y que serviría para certificar «el buen uso del idioma por parte del periodista, además de que le aportaría un plus de calidad al medio de comunicación que lo contratase».
Sin duda que ese certificado permitiría implantar el modelo unitario y de prestigio que la Fundéu dispusiese, que no podría ser otro que el académico, y no sería de extrañar que se empezara a trabajar ya en ese sentido. Quizá un primer paso sea el curso en línea «El uso correcto del español en los medios de comunicación», que organizan conjuntamente la Fundéu y la Ceddet, dirigido a periodistas latinoamericanos, y cuyo equipo directivo y docente lo integran miembros destacados de la Fundéu y profesionales de su entorno, conocedores de la norma española y de los modelos de lengua internacional usados por los medios audiovisuales. Este curso no tiene, que sepamos, precedentes en América, aunque sí se imparte en Cataluña (España) un posgrado de Asesoría Lingüística en los Medios Audiovisuales en catalán, organizado por el Grup Llengua i Mèdia de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), estrechamente ligado — por ser ambos requisitos para acceder al Máster en Corrección y Asesoría Lingüística— al posgrado Corrección y Asesoría Lingüística, de formación de correctores profesionales de catalán oral y escrito.
Son muchas las diferencias entre el curso que acaba de iniciar la Fundéu y estos otros de la universidad catalana: la duración, el carácter presencial o virtual, el programa, el nivel académico, el grado académico de la titulación, los requisitos de acceso... No obstante, hay una que resulta especialmente relevante para esta bitácora: el perfil de los destinatarios. Mientras el curso de la Fundéu se dirige a periodistas latinoamericanos en activo de medios escritos, que no necesitan acreditar previamente ningún nivel de conocimiento de la lengua, el posgrado de asesoría en los medios audiovisuales de la UAB va destinado a licenciados en filología catalana, traducción, periodismo u otras carreras que acrediten o demuestren un nivel superior de dominio del catalán normativo. Suponemos que los fines de uno y otro curso son esencialmente tan distantes que no hay punto de comparación posible, pero aun así sería deseable que la Fundéu progresara hacia estudios de capacitación y especialización profesional que tuvieran en su mira niveles de conocimiento y dominio de la lengua como los que se exigen en los mencionados posgrados de la UAB. De otro modo, su trabajo formativo difícilmente va a plasmarse en una mejora del español de los medios escritos latinoamericanos —que exigiría la intervención de profesionales expertos (asesores lingüísticos y correctores)—, suponiendo que sea eso lo que se proponen.
[Sigue aquí.]
Silvia Senz (Sabadell)
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18/04/2006
Ser corrector de textos en el Perú

I
Según el DRAE:
Redactar. (Del latín redactum, supino de redigěre, compilar, poner en orden). tr. Poner por escrito algo sucedido, acordado o pensado con anterioridad.
Corregir. tr. Enmendar lo errado.
Redactar no es sencillo. Supone, en primer lugar, un proceso mental de «ordenamiento» de las ideas (o de la información) y trasladar estas a un formato escrito. Y como las ideas no van a dejarse atrapar fácilmente y menos ser cohesionadas en un todo analizable, el redactor luchará por domesticarlas para que luego puedan servir fielmente a alguna argumentación, ensayo, etc.
Si bien existen redactores muy experimentados que pueden escribir sobre algún tema de corrido y con poquísimos errores, lo que es exactamente lo contrario suele verse más a menudo.
La demanda de información en una sociedad globalizada ha hecho que cantidades monumentales de datos se emitan cada día desde fuentes hace unos años inimaginables.
Y como en cualquier fenómeno humano, solo unos cuantos canalizan, aprovechan y, muchas veces, distribuyen los esfuerzos e información relevantes. Otros tantos se pierden en rumas de libros por leer, en promesas hechas a amigos de hacer clic en sus enlaces de páginas web, en diarios y suplementos muy interesantes guardados en el segundo cajón de la derecha, esperando aquella hora libre que nunca llega. Y otros muchos, rendidos o siempre hechos a un lado, se limitan a ver, como los niños los aviones, los libros, revistas y webs que cruzan por tantas dimensiones.
Pero es evidente que en esa gran cantidad de papel y bytes producidos hay meras refundiciones o viles copias de otras ediciones, que por decirlo tajantemente nunca debieron ser publicadas.
Así las cosas, las editoriales, aplicando modernísimas técnicas de mercadotecnia, apuestan por llenar estantes y más estantes con novelas posmodernas (léase, mejor, novelas rosas recargadas), con híbridos detectivescohistóricos, y también con textos New Age, esos que te dicen cómo encontrar la felicidad debajo de aquella piedra en forma de estrella que siempre ha estado en el parque a dos cuadras de tu casa.
¿Pero es que no hay lectores exigentes?
Bueno, esa pregunta, en el ámbito mundial, no sé quién la responderá, pero en el Perú, simplemente no los hay (o los hay tan pocos…).
II
En los tiempos que yo estudiaba en la universidad, había una pregunta que me hacían en cualquier reunión y que llegó a tener para mí visos de drama.
—¿A qué te dedicas? —me preguntaban.
A lo que yo, al principio, invariablemente respondía, orondo:
—Estudio lingüística.
La respuesta del interlocutor variaba:
1) [Boca abierta y ojos idos:] ¿Y qué es eso?
2) ¡Ah, ya, profesor de lengua!
3) ¡Ah, entonces tú sabes hablar muchos idiomas!
4) [Y el más acertado:] ¡Ah, lenguaje! ¿Y para qué estudias eso?
Dos años, aproximadamente, intenté explicar qué era la lingüística, su campo de estudio, etc. Luego, como no tuviera resultados en mis explicaciones (en verdad, muchos de mis compañeros de escuela tampoco entendieron nunca qué era la lingüística), opté por responder afirmativamente a cualquier respuesta:
—¿Eres profesor?
—Sí.
—¿Hablas muchos idiomas?
—Oui.
—¿Y qué es eso?
—Exacto, tienes toda la razón.
(La pregunta 4 hasta ahora no he podido contestarla.)
III
Han pasado los años y ahora soy corrector de textos en una universidad (que quiere decir ahí: leer, rerredactar, pasar correcciones, maquetar e imprimir). La vez pasada, luego de casi un año de comprarle a la misma señora de la vuelta un par de cigarros para luego del trabajo, se animó y me preguntó:
—¿Y en qué trabaja en la universidad?
Antes de ponerme a pensar en la respuesta:
—Corrijo y edito textos.
—¡Ah ya! Usted es profesor.
(¡Ay, no!)
—No, yo me encargo de..., cómo le digo, hacer los libros, o sea…
—¡Aaaah! Usted escribe los libros.
(Yo pienso: «¡Pucha!».)
—Esteee, mire, yo…, sí, seño, tiene razón, fíeme dos cigarritos hasta mañana, ¿ya? ¿Y qué tal, cómo le va en la venta?
—Ahí, joven, más o menos…
Bueno, habrá quien me diga que la señora no tiene por qué saber lo que es un corrector o un editor. Claro, toda la razón. Pero esta clase de anécdotas solo ponen de relieve estos hechos:
· El corrector de textos (o de estilo) es una figura casi desconocida en el Perú.
· En nuestro país, el 26 % de personas en edad de leer no lo hace nunca. Además, el 45% de los que leen lo hace apenas dos horas a la semana.
· El corrector se ha visto desplazado de los pocos lugares en que tenía su sitio ganado (editoriales, diarios, revistas) y se ha trasladado la responsabilidad del cuidado de los textos a los redactores, con ayuda de programas informáticos.
· La inexistencia de instituciones que formen a un corrector o editor. Hecho que, llegado a extremos, hace que, con honrosísimas excepciones, no se respeten las tradiciones tipográficas (actitud no debida a una rebeldía hacia «normas colonizantes» sino a la mera ignorancia) y las normas ortográficas en libros, periódicos y toda clase de textos.
Fernando Carbajal Orihuela (Lima, Perú)
06/04/2006
Contrastes culturales de la idea de editar

Ya comentamos aquí de qué modo contrastaba el concepto de la edición como una cadena de procesos y profesionales, que promueven activamente los editores independientes franceses, con la escasa defensa de esta idea que hallamos entre los editores españoles.
Más allá de la edición independiente, la simple comparación de los contenidos de la página web de la Federación de Gremios de Editores de España con los contenidos de la del Sindicat National de l’Édition habla por sí sola: en la una, propiedad intelectual, fomento de libro y la lectura, noticias y estudios sectoriales, y estos objetivos:
La Federación desarrolla su actividad en siete grandes áreas de actuación:
1. Promoción exterior.
2. Derechos del autor y del editor.
3. Promoción del libro y de la lectura.
4. Comercio interior.
5. Formación continua.
6. Representación nacional e internacional de los editores.
7. Servicios a los editores.
En la otra, un apartado completo, bien desarrollado, dedicado al oficio de editar, que incluye esta declaración de principios:
Decir, como se afirma a menudo, que la función del editor consiste en hacer llegar una obra preexistente al público supone una visión muy reducida de su oficio. Más allá del riesgo económico que asume el editor publicando una obra está su aportación real y constante a lo largo del proceso, desde la concepción a la venta, con particularidades según los diversos sectores editoriales.
De nuevo, me descubro ante la grandeur de la France.
Silvia Senz (Sabadell, Cataluña, España)
03/04/2006
Lecciones de corrección «on the rocks»

El pasado miércoles, 29 de marzo, leí en El Periódico una noticia (procedente de un despacho de Efe) en la que se anunciaba, presentándolo como «un nuevo espacio en Internet destinado a proteger el buen uso del español», otro servicio de corrección y certificación de calidad lingüística con presencia en la Red, la Oficina de Corrección del Español, dirigida por Antonio Machín García y coordinada por Pedro García Domínguez y por Alberto Gómez Font (filólogo, escritor, corrector de Efe y coordinador de la Fundéu).
Precisamente leo hoy en la página de la Fundéu una reseña de la presentación en Buenos Aires del libro de este último, Donde dice... Debiera decir..., y extraigo de una y otra noticia tres máximas, útiles para incorporar al decálogo profesional de todo corrector de textos:
1) Sobre purismo: Ama los préstamos como a ti mismo: son el futuro de la lengua española y consustanciales a su idiosincrasia. (Lo que no sé es si seguir repudiando los calcos...)
2) Sobre cuitas socioprofesionales: Si nos quejábamos de las bajísimas tarifas que cobra un corrector (de cualquier lengua; más aún un corrector editorial) y de sus precarias condiciones laborales, desechemos ya mismo la idea de pasarnos al gremio de la hostelería (rama coctelería): los bármanes (¿o barmans?) aún cobran menos.
3) Sobre certificaciones: Ya no hay corrección (o servicio de corrección) que se precie si no ofrece un sello de calidad lingüística. (Me voy ahora mismo a encargar un tampón resultón.)
Silv