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11/01/2008

Calidad editorial y grandes grupos: un elefante en una cacharrería

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Una de las consecuencias de la concentración editorial, de la mercantilización exacerbada del sector —entregado, en los últimos tiempos, a criterios y prácticas del capitalismo salvaje, impropios del mundo editorial— y de su desprofesionalización es el abandono de las obras de fondo, de aquellas perlas de largo (y a menudo lento) recorrido, cuidadamente seleccionadas y pulidas con mimo, que garantizan la fidelidad del lector a un sello editorial y alimentan su prestigio.

¿Las razones de ese abandono? La codicia, las prisas, la feroz competencia (y consecuente sobreproducción de novedades sin freno), la falta de olfato y de capacidad de riesgo, y la escasez de oficio y respeto al lector que han caracterizado a los desaforados productores de libros —siempre digo que llamarlos editores es una desproporción— de finales del siglo XX.

Muchos se han lamentado de esta situación, que tanto hemos sufrido en nuestras carnes los profesionales que nos dedicamos a cultivar la calidad editorial, y no pocos la han creído irreversible.

No es mi caso. Por la sencilla razón de que siempre ha habido y habrá buscadores de libros buenos y necesarios, y gente dispuesta a proporcionárselos (y a ganarse la vida con ello), he preferido pensar que la recuperación de la calidad, formal y de contenidos, llegaría de la misma mano que la arrinconó: la del negocio. Pero también he tenido la certeza de que para regresar de manera definitiva al panorama editorial y recuperar sus posiciones, la calidad —como flor delicadísima que es— no sólo tendría que procurar negocio, sino sobre todo negocio sostenible, y llevado con oficio y criterio.

Y poco a poco, así ha sido. Aprovechando la desatención de muchos al núcleo permanente de lectores exigentes (grandes impulsores del boca-oreja y fieles consultores del librero profesional) y el progresivo desprestigio de los grandes grupos, un número tímida pero firmemente creciente de nuevas editoriales independientes, que han basado su política en el riesgo controlado, el trabajo denodado de buenos profesionales, el ingenio, la selección, la especialización (paradójicamente, una garantía de variedad de oferta) y en cuidadas elaboraciones, se han ido abriendo un ya reconocido hueco en el mundo del libro, compartido con las supervivientes al proceso de concentración editorial. Y en los últimos años, muchos profesionales de la edición nos hemos refugiado en estos pequeños oasis en medio del desierto, atraídos no por mejores tarifas pero sí por la garantía de un trato más digno y más fiable, y reconfortados por la sensación de no estar elaborando churros incomestibles. Y en esta situación vivíamos confiados.

Pero, como decía, la calidad sólo puede sostenerse en condiciones de acotada proliferación. Y ese reciente florecimiento de una especie tan delicada puede verse de nuevo amenazado por la destrucción que genera la sobreexplotación del terreno donde crece.

Así, el nuevo año nos ha traído la noticia de que, a la vista de la creciente rentabilidad que están teniendo las ediciones literarias, cuidadas y selectas, de sellos como Acantilado, Salamandra o Libros del Asteroide, y de la pujanza del tipo de lector habitual y exigente —que no tiene reparos en pagar la calidad—, los grandes conglomerados se han lanzado tras esa estela con la comercialización de colecciones «para sibaritas», que prosaicamente denominan «de gama media-alta».

En la noticia de El País donde se anunciaban estos oportunistas lanzamientos, la editora de Salamandra, Sigrid Krauss, dibujaba claramente el perfil y orígenes de este codiciado segmento de negocio: «Se ha sobrepublicado sin atender mucho a la calidad, casi pensando en los no lectores. Y eso habría decepcionado a los lectores militantes, que ahora buscarían valores más seguros». Y Jaume Vallcorba, editor de Acantilado, mostraba sus reticencias ante esta irrupción de los grandes en la edición selecta: «No se puede publicar mucho ni todo, o lo vamos a estropear. Sólo las voces que iluminen el presente y en traducciones directas y de ediciones óptimas».

La precoz prevención de Vallcorba no demuestra otra cosa que su conocimiento de la bestia y del peligro que entraña. Y es que poner la calidad editorial, sin más, en manos de los elefantes de la edición actual es como darles la llave de entrada a una cacharrería. Si de repente los grandes grupos se abocan al mercado de la calidad con sus tácticas habituales de sobreexplotación de cada filón que descubren, es evidente que la sobreoferta diseminará a los lectores, que los beneficios se repartirán demasiado, y que en el camino caerán muchos de los que hoy viven de ofrecer lo único, lo especial y lo mejor.

Ante esta perspectiva de nueva devastación, ahora por exceso de calidad, ¿hay alguna prevención posible? Yo diría que sí, que la misma que se aplica a cualquier especie en peligro: la creación de reservas donde se críe y reproduzca en condiciones reguladas y adecuadamente controladas. Lo cual, traducido al lenguaje de la edición y la publicación, puede significar «gremios de editores, distribuidores y libreros independientes», y también «normalización de procesos, productos y servicios, y certificación de calidad». Es decir: la promoción, por parte de los interesados, de agrupaciones donde proteger sus intereses y promover políticas y acciones consensuadas, con fuerza para impulsar sellos oficiales que acrediten que la calidad que un editor, un distribuidor y un librero exhiben no es flor de un día, ni tiene una exuberancia aparente, sino que cumple con exigentes requisitos, y ha sido evaluada y aprobada y será sometida a sucesivas auditorías por una entidad certificadora competente e independiente. Que es, en definitiva, constante y fiable y una garantía realmente exclusiva.

Silvia Senz (Sabadell)

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04/06/2007

Términos clave de la edición (de textos)

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Una pequeña selección de conceptos básicos de edición (especialmente de textos), extraídos del material didáctico que imparto a profesionales en activo, del Manual de edición y autoedición de José Martínez de Sousa, y de mis artículos «“En un lugar de la ‘Mancha’”... Procesos de control de calidad del texto, libros de estilo y políticas editoriales» (Panace@, vol. VI, n.º 21-22, septiembre-diciembre del 2005), y «La edición impresa, una cuestión de estilo» (Páginas de Guarda, n.º 2, nov. 2006, pp. 80-95):


Proceso editorial: conjunto de los procesos de preedición, preimpresión, impresión y publicación

Preedición: conjunto de estudios, gestiones y pasos necesarios para decidir sobre la conveniencia de editar una obra (libro o revista) o un conjunto de obras (colección).

Preimpresión (edición): conjunto de procesos a los que se somete un original de texto, y de ilustración en obras ilustradas, para darle forma tipográfica, adecuándolo al uso y al lector al que irá destinado.

Impresión (producción o fabricación): en edición en papel, conjunto de procesos a los que se somete un texto e imagen ya tratados, compuestos y compaginados, con forma tipográfica virtual, con el fin de darles forma impresa.

Publicación: operaciones necesarias para sacar a la luz pública una obra ya editada (e impresa en edición en papel), para lo cual es necesario darla a conocer al lector y ponerla a su alcance, por diversas vías.



Edición de textos: conjunto de tareas de preparación, revisión y corrección de un texto.

Preparación (tipográfica): señalización que se realiza en el texto original, según marcas y símbolos específicos, de las pautas tipográficas de composición y compaginación (tipos de letra, tipos de párrafo, márgenes, medidas de caja, sangrías, cuerpos e interlineados, filetes, orden de la compaginación, etc.).

Revisión: en edición de textos, entendemos por revisión todo trabajo de supervisión de un texto, cuyo objeto es evaluar su adecuación a diversos estándares de calidad y a las exigencias del propio editor.

Corrección: en edición de textos, entendemos por corrección todas y cada una de las modificaciones, de fondo o de forma y más o menos sustanciales, que se introducen en un texto, con objeto de ajustarlo a diversos estándares y parámetros de calidad y estilo exigidos por el editor.



Estilo: en edición se entiende por estilo ciertas formas de escritura y composición tipográfica que obedecen a:

La manera peculiar de escribir de un autor, es decir, las elecciones que este hace entre una serie de recursos lingüísticos y elocutivos a su alcance, en razón de una voluntad comunicativa, y también estética y creativa en los textos literarios.

Esta elección está condicionada:

1) por la personalidad del propio escritor y sus gustos estéticos y hábitos expresivos;

2) por el conocimiento que el escritor tenga del código lingüístico y particularmente del código escrito del idioma en el que escribe;

3) por su dominio de los procesos de composición y autorrevisión del texto;

4) por factores contextuales, como los usos que exige el entorno en el que escribe, su campo epistemológico, el lector a quien se dirige, y el momento cultural y tecnológico en el que escribe.

La manera peculiar de una editorial de dar forma tipográfica al texto de una autor, que viene determinada por:

1) la sensibilidad y gusto estético del profesional (diseñador gráfico, editor...) que decide el aspecto gráfico que va a tener una obra;

2) por su conocimiento de las formas canónicas de composición y compaginación tipográficas y de los sistemas de producción y reproducción gráfica;

3) por su capacidad interpretar un texto, realizando la síntesis de aquellos parámetros comunicativos (mensaje, tema, estructura y función del texto, destinatarios...) que exigirán reinterpretación;

4) por factores contextuales, como el momento cultural y tecnológico en el que escribe.



Calidad estilística y competencia textual:

En una obra original de autor, se entiende por calidad estilística la plasmación de la competencia comunicativa escrita, o competencia textual, del autor, definible por la suma de cuatro subcompetencias:

1) Competencia gramatical. Consiste en el dominio del código lingüístico convencional de la lengua usada: vocabulario (repertorio léxico), reglas de formación de palabras (morfología), de construcción de sintagmas y oraciones (morfosintaxis y sintaxis), significado (semántica), y reglas de representación gráfica (ortografía). La competencia gramatical del autor/emisor permite al lector/receptor una comprensión precisa del significado literal de las expresiones lingüísticas.

2) Competencia sociolingüística. Atañe a la producción adecuada a los elementos contextuales de la comunicación (cotexto, situación, conocimiento del mundo compartido por emisor y receptor, y variedades lingüísticas, niveles de lengua y registros propios del emisor y/o del receptor, del tema o del campo de conocimiento).

3) Competencia discursiva. Consiste en el dominio de la combinación de formas lingüísticas para elaborar un texto (escrito u oral) en diferentes géneros o tipos de texto. Incluye conocimientos de coherencia y cohesión textuales.

4) Competencia estratégica. Incluye capacidades concretas, verbales y no verbales, para reparar errores ocasionales o deficiencias sistemáticas de los hablantes, o para reforzar la eficacia comunicativa.

La competencia textual se sustenta en la suma de los siguientes saberes y destrezas:

1) Adecuación: saber escoger la variedad (dialectal/estándar; coloquial o culta) y el registro (general/específico, oral/escrito, objetivo/subjetivo y formal/informal) más adecuada a cada situación de comunicación.

2) Coherencia (coherencia global): saber discriminar y seleccionar la información relevante, y saber organizarla globalmente —siguiendo si es preciso estructuras convencionales predeterminadas—, de forma progresiva y congruente.

3) Cohesión (coherencia lineal): saber utilizar los recursos lingüísticos que articulan las distintas frases de un texto, de forma que las ideas en él contenidas progresen de manera trabada y congruente.

4)Corrección ortográfica y gramaticalidad: conocer las reglas ortográficas de una lengua, y las reglas morfológicas y sintácticas que permiten construir frases aceptables por una comunidad que comparte un mismo sistema lingüístico.

5) Eficacia comunicativa: saber formular el mensaje para un receptor ausente pero conocido, utilizando el estilo expresivo (la selección de recursos y estrategias elocutivas) que mejor se acomode al lector y aplicando refuerzos discursivos que optimicen la comprensión del escrito.

En obras de traducción, la calidad estilística del trabajo de un traductor será el reflejo del grado de asunción de competencias textuales específicas, propias no sólo de su competencia escrita, sino también de su profesión:

1) Competencia textual: conocimiento del código lingüístico, insuficiente, sin embargo, para explicar las equivalencias de mensaje en la traducción.

2) Competencia enciclopédica: conocimiento de las cosas y del mundo, de todas las realidades que conforman nuestro universo físico y mental (especialmente de los entornos espaciales, temporales y culturales en los que se inscribe el texto original —en la lengua meta—, y los entornos espaciales y culturales de la lengua destino en la misma época del texto original).

3) Competencia comprensiva: la que permite comprender o interpretar un texto. Consiste en la capacidad de realizar la síntesis de todos los parámetros de la comunicación: autor, mensaje, función del texto, destinatarios, etcétera.

4) Competencia reexpresiva: es la capacidad de reformular lo comprendido en otro idioma, a partir de ciertas técnicas de expresión y redacción.

Calidad textual: resultado óptimo que se persigue en la creación y producción editorial de un texto.

Control de calidad textual: proceso de edición de textos especialmente complejo y meticuloso, cuyo objetivo es lograr un texto legible, comprensible y estilísticamente reconocible, sin traicionar la voluntad expresiva y comunicativa del autor.

Calidad editorial: resultado óptimo global que se obtiene de la aplicación de diferentes procesos de control en la elaboración de una publicación, con la intención de obtener un producto que se distinga en el mercado por su excelencia y que satisfaga las expectativas del lector de disfrute de la obra y de enriquecimiento cultural.



Legibilidad: cualidad de los elementos tipográficos que facilita la percepción visual del texto.

Afecta a procesos perceptivo-visuales de la lectura.

Las condiciones de legibilidad varían no sólo en función de los rasgos de los tipos, sino también de diversas características del lector (capacidad visual, capacidad cognitiva, conocimiento y capacidad de reconocimiento –entrenamiento lector– de los signos y convenciones gráficas del código escrito...).

Comprensibilidad (o lecturabilidad): cualidad de determinados usos del código escrito (construcción sintáctica y textual, puntuación, selección léxica...) y de ciertas disposiciones de los elementos tipográficos en la página, que facilita e incluso optimiza la comprensión de un texto.

Afecta a procesos cognitivos de la lectura.

Las condiciones de comprensibilidad varían en función del idioma y de diversas características del lector (capacidad y madurez cognitiva, conocimiento del código escrito del idioma, nivel académico y cultural, entrenamiento lector...).



Tipo: letra o caracter de imprenta.

Tipografía: arte y técnica de componer e imprimir, reproduciendo lo escrito por medio de caracteres de imprenta, según modelos canónicos.

Canon tipográfico: reglas tradicionales de composición y disposición tipográficas (escritura tipográfica) de los elementos de un texto, forjadas durante siglos de práctica en las imprentas y las editoriales, y perfeccionadas gracias a los avances tecnológicos y a la aplicación sistemática de criterios de estética, y de funcionalidad y eficacia comunicativas.


Silvia Senz (Sabadell)

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11/04/2007

Profesionales del libro y lengua correcta en el Proyecto de Ley de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas. Algunas reflexiones personales

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El texto del Proyecto de Ley de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas ha sido ya aprobado por el Congreso de los Diputados y remitido al Senado. Así queda el texto, por el momento, en lo que atañe a traductores, correctores y a otros profesionales del libro. (Y, por comparación, aquí puede verse qué queda de lo propuesto.)

Preámbulo

[...]

El apoyo de los poderes públicos al libro, como modelo de expresión cultural, se recoge explícitamente en esta Ley, pero también se reconoce la labor de sus diversos protagonistas. Por un lado, se valora la labor de los creadores, incluyendo entre éstos además de los escritores y autores, a los traductores, ilustradores y correctores en el ejercicio de su función, sin los cuales no existirían las obras que toman la forma de libro, y sin perjuicio de la protección que se regula en la legislación de propiedad intelectual; por otra parte, se recoge la promoción de la principal industria cultural de nuestro país, el sector del libro, con un especial reconocimiento a la labor de los libreros como agentes culturales.

[...]

Desde el ámbito normativo se ha dado un paso de extraordinaria relevancia: por primera vez, la Ley Orgánica de Educación, en su artículo 113, recoge la obligación de que en todo centro escolar público exista una biblioteca escolar, recordando que ésta debe contribuir a fomentar la lectura y a que el alumnado acceda a la información en todas las áreas del aprendizaje como dinámica imprescindible para participar en la sociedad del conocimiento. El acceso de los alumnos a la información debe contar con la garantía de unos textos adecuados en el contenido y en la forma, pero también en el uso correcto del lenguaje. Sólo si los modelos son ejemplares en su ortografía, expresión y gramática, nuestros escolares podrán adquirir las habilidades requeridas en la sociedad de la información: comprender y expresarse con claridad. Un texto cuidado es el mejor recurso para los docentes y sus alumnos.

[...]

Promoción de los autores y de la industria del libro

Artículo 5. Promoción de los autores.

[...]

3. En las campañas de promoción de los autores se dará especial importancia al reconocimiento de su labor creadora, y la de todos aquéllos que, con sus traducciones, han permitido el acceso a obras escritas en otras lenguas, así como al respeto y protección de sus derechos de propiedad intelectual.


Algunas reflexiones al respecto:

1. La complejidad e imbricación de los distintos pasos del proceso editorial (en especial, el del libro) es enorme, como fiel reflejo de la diversidad de autores, funciones, usos, contenidos y lectores de las publicaciones (de nuevo, los de los libros en especial). Si hay que reconocer a todos los responsables de esta circular e intrincada cadena de creación-producción-comercialización-difusión del libro-lectura, reconozcámoslos a todos. Sin embargo, como ya observamos, no todos aparecen en este proyecto de ley, y los que lo hacen no tienen ni el espacio ni el reconocimiento debido, tal vez porque no es el lugar para ello, o tal vez porque no caminan a la par.

¡Qué bueno sería un acercamiento y una acción conjunta de todos ellos, a imagen de iniciativas foráneas, para dar a conocer su labor y trabajar unidos por el reconocimiento social y el respeto empresarial de su papel cultural!

2. Si la tónica cada vez más general es la de endilgar al autor su propia promoción, ¿de veras espera alguien que los editores siquiera mencionen, en los actos de promoción, a los traductores de las obras que publican? Me doy con un canto en los dientes si esta ley sirve para modificar la sempiterna confinación del traductor a la invisibilidad.

3. Se dice: «El acceso de los alumnos a la información debe contar con la garantía de unos textos adecuados en el contenido y en la forma, pero también en el uso correcto del lenguaje. Sólo si los modelos son ejemplares en su ortografía, expresión y gramática, nuestros escolares podrán adquirir las habilidades requeridas en la sociedad de la información: comprender y expresarse con claridad. Un texto cuidado es el mejor recurso para los docentes y sus alumnos».

Últimamente no dejo de leer textos que atribuyen propiedades desopilantes al dominio de la lengua normativa y de la ortografía en particular. Desopilantes teniendo en cuenta que la norma académica no es más que un restringido código lingüístico, común a un área lingüística determinada y convencionalmente establecido por autoridades lingüísticas (las academias de la lengua en el caso del español), que afecta en especial a un cierto registro (la lengua escrita) de un cierto nivel (el nivel culto). Eso es todo. El conocimiento y dominio de la norma académica no nos hace más guapos, ni más inteligentes, ni más estupendos; ni siquiera más «democráticos», aunque se nos quiera persuadir de lo contrario. En esta nota (y sus correspondientes comentarios) del blog La Peña Lingüística, Miguel Rodríguez Mondoñedo reproducía algunas falsas creencias sobre los atributos «espirituales» que, según gramáticos prescriptivistas como Gómez Torrego o Lázaro Carreter, denotan el conocimiento y aplicación de la ortografía. Recientemente, en el transcurso del IV CILE, el director del Instituto Cervantes, César Antonio Molina, comparaba las convenciones ortográficas —que no deciden los hablantes, precisamente— con el consenso democrático, y su falta de observación con una especie de traición sancionable (?) a la convivencia: «saltarse las normas ortográficas, ya sea en los escritos tradicionales o electrónicos, “es una falta de solidaridad con la sociedad que ha pactado la manera de escribir” [...] “La ortografía es como la democracia, que también es un pacto entre ciudadanos y quien lo contraviene es sancionado”».

Con la afirmación, carente de base científica y de argumentación que la avalen, de que «Sólo si los modelos son ejemplares [sic] en su ortografía, expresión y gramática, nuestros escolares podrán adquirir las habilidades requeridas en la sociedad de la información: comprender y expresarse con claridad. Un texto cuidado es el mejor recurso para los docentes y sus alumnos», esta ley contribuye a extender, ahora entre los profesionales del libro, la falacia de que el texto de un libro lingüísticamente «correcto» —presumimos que ese es el modelo ejemplar al que se alude: el de la norma académica—, sin más virtudes retóricas ni expresivas, permitirá que un lector joven desarrolle habilidades de comprensión y expresión lingüística, oral y escrita, y se integre en la sociedad «de la información».

Atenerse a las normas académicas (muchas de ellas, discutibles y discutidas) no bastará para que un texto editado y publicado sea más legible, ni comprensible, ni más ameno y cercano al lector. Ni bastará con aplicarlas en el proceso de corrección de un libro para que su posterior lectura fomente el desarrollo de competencias lingüísticas en el receptor.

Para contribuir a que un lector joven desarrolle el gusto por la lectura y adquiera destrezas de comprensión de ciertas manifestaciones del código escrito —el libro, mezcla de código lingüístico, código gráfico y código iconográfico, no reúne todas las formas de lo escrito, pese a su variedad—, un autor que escriba para niños y jóvenes ha de crear su obra teniendo en cuenta la edad, el nivel formativo, la lengua o variedad lingüística del lector, su manera jergal de expresarse incluso, sus intereses y las estrategias didácticas apropiadas para el aprendizaje del código escrito. Y un editor, en todo el proceso de edición de la obra de un autor, no ha de desatender tampoco el perfil y necesidades del lector y del propio texto, y para ello ha de procurar que se apliquen los controles de calidad pertinentes con la vista siempre puesta en el lector, y que con ese mismo espíritu trabajen el diseñador (otro gran ausente de este proyecto de ley) que dé forma gráfica a cada obra y el ilustrador. Si quiere formar lectores y ayudarlos a adquirir destrezas de comprensión lectora, el editor también ha de ofrecer al niño y al joven obras que lo guíen por una senda de progresiva complejidad lingüística (amén de encomendarse a educadores, animadores y organismos culturales, padres y bibliotecarios para que lo estimulen a leerlas). Y con todo ello, de paso, y si logra hacer del niño un amante de la lectura, también lo ayudará a asimilar las convenciones ortográficas de su lengua.

Los procesos minuciosos y profesionales de edición y control de calidad textual —que sobrepasan, con mucho, el campo de la corrección normativa— hacen la comprensión de un texto más asequible cuando un autor (escritor o traductor) muestra carencias expresivas, y favorecen también el disfrute de la lectura. Nada menos. Pero también nada más. Aun teniendo en cuenta toda su complejidad y la afinada capacidad de mejorar la eficacia comunicativa de un texto, los procesos de revisión de una obra no son claves en la adquisición de competencias lingüísticas, como mucho menos lo es la simple corrección normativa de un texto. Hace falta mucho, mucho más. Que aquí todos seamos o hayamos sido correctores no justifica andar vendiendo motos.

Si se sigue creyendo que la corrección editorial y la edición de textos consiste es aplicar la normativa académica a palo seco, y que la lectura de un texto normativamente correcto tiene las mágicas propiedades para la sociedad, el ser humano y el individuo en formación que los interesados le atribuyen, mal lo tenemos los editores de texto y los correctores (de español, sobre todo) en estos tiempos de mercantilización institucional de la lengua «correcta». Mucho me temo que las instituciones normativas y paranormativas que ya utilizan este engaño para justificar su injerencia en la enseñanza y la promoción de la lectura, tendrán aún mas justificación, al amparo de esta ley, para seguir explotando comercialmente sus productos editoriales de «español correcto» (véanse: 1, 2, notas a 3, y 4), de calidad tan a menudo puesta en duda (véanse: 1, 2, 3, 4, 5...), y sus certificaciones de calidad lingüística de pago.

 

Silvia Senz (Sabadell)

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19/03/2007

Contar «Sin contar»

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W. G. Sebald y Jan Peter Tripp se escribían, o se mandaban el uno al otro, creaciones propias para hacer una obra conjunta. El primero admiraba la pintura y la fotografía del segundo; Jan admiraría, seguro, la escritura perfecta de su amigo y esa mezcla de texto e imagen en su obra. ¿Serían los dos conscientes de la obsesión por la mirada, por el ojo, que ambos mantenían, cuando comenzaron la colaboración? Siendo, como eran, amigos de la infancia, probablemente sí, aunque puede que no, al menos no de forma explícita y consciente.

«No son casualidades, sino que en alguna parte hay una relación que de cuando en cuando centellea por entre un tejido ajado.» Esta frase es la primera que recuerdo de Sebald, Max para sus amigos, y no Winfred Georg. La conocí en la novela de Enrique Vila-Matas El mal de Montano.

Luego leí Austerlitz. Lamenté no haber conocido a este autor maravilloso antes, de adolescente. Eso no tiene remedio. Lamenté también no saber alemán (o un mejor inglés), porque había libros suyos no traducidos al castellano. Pero eso sí lo han remediado, en Nórdica Libros, con la publicación de esta preciosidad por primera vez en castellano: Sin contar (hasta hace nada Unerzählt [2003] o Unrecounted [2004]). La traducción la han realizado M.ª Teresa Ruiz Camacho y Katia Wirth.

Es casi una obviedad decirles que Nórdica Libros lo publica en su colección Ilustrados; no podría ser de otra manera: este libro tiene que salir en una edición de lujo, y en cuanto a las ilustraciones, son parte de la obra.

La compaginación, con un formato acertadamente apaisado, corre a cargo de Diego Moreno; y la corrección ortotipográfica, como de costumbre en ellos, la hace Ana M.ª Patrón.

Sebald no llegó a ver así, juntos, sus poemas con las litografías de su amigo: fue una de sus obras de publicación póstuma. Son treinta y tres textos y treinta y tres grabados. Los precede un poema de Hans Magnus Enzensberger y los sigue un epílogo de Andrea Köhler. Para saber a quién pertenece la mirada hay que recurrir al índice. Nada que moleste en lo que sugiere o muestra la imagen, nada que moleste en el poema; los nombres, al final, si uno quiere identificar esos ojos que lo miran a los ojos, esa mirada que se pierde en la lejanía, esas arrugas que narran, esa niñez que resplandece hacia el futuro.

Köhler dice del libro, en su epílogo:

El proyecto de hacer un libro en común había nacido ya hacía algunos años; la finalidad que se exponía era que texto e imagen no se explicaran ni se ilustraran el uno al otro, sino que entablaran un diálogo en el que cada uno tuviera su propia resonancia. Hasta poco antes de su muerte, Sebald le fue enviando a su amigo en la Alsacia sus textos, de cuya composición definitiva se encargó Jan Peter Tripp él solo. Sin embargo, orden y rítmica se rinden al capricho estético que en última instancia proviene del material mismo. Ahora este poema de las miradas se ha convertido en un legado.

Nórdica Libros comienza su promoción, como también hizo con otros, con un vídeo de presentación, que les aconsejo ver.

Aprovechen su visita a la página de esta editorial, si quieren, para pasearse entre sus otras novedades o por su catálogo: ofrecen leer las primeras diez páginas de la obra, de cualquier obra editada por ellos. Es un buen aperitivo que les abrirá el apetito por una degustación completa.

Dice su editor, Diego Moreno, de este hermoso libro: «Sin contar es una de esas joyas literarias y estéticas que todo editor sueña publicar». Pues hay que reconocer que lo ha hecho con notable gusto, nos lo ha ofrecido al fin a los castellanohablantes y con ello ha conseguido un sueño. Dice Unseld sobre Shurkamp que éste «edificó una editorial dedicándose a una literatura que no satisfacía necesidades, sino que creaba otras nuevas». Yo creo que el editor que tenemos delante se está definiendo muy bien y muy claramente en este mundo del libro, tan difícil y confuso.

Ana Lorenzo. Rivas Vaciamadrid (Madrid), España.

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19/03/2007 13:15 Enlace a esta entrada.Tema: Edición y calidad/Edició i qualitat No hay comentarios. Comentar.

12/03/2007

«El festín de Babette»: un libro de lujo, un lujo de libro

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Fuente de la ilustración

A muchos les sonará el título de la película que realizó Gabriel Axel en 1987. Yo no he visto aún la película (la veré, la veré), pero sí vi, en su día, el precioso vídeo de presentación del libro que Nórdica Libros utilizó para dar publicidad a esta hermosa edición del relato de Isak Dinesen (seudónimo de la escritora danesa Karen Blixen, cuya vida, reflejada en parte de su obra, conocemos especialmente por la adaptación al cine de uno de sus libros más célebres: Memorias de África).

La colección en que se edita, Ilustrados, es la colección de lujo de esta editorial:

En la colección ILUSTRADOS publicaremos relatos de grandes autores de la Literatura Universal acompañados de ilustraciones de artistas españoles y de otros países. Estamos convencidos de que realizar ediciones ilustradas en encuadernación de lujo es la mejor manera de hacer aún más atractivas e imperecederas estas obras maestras de la Literatura.
Los libros de esta colección tienen un tamaño de 19,6 × 26 cm; están compuestos en tipos Bembo e impresos sobre papel Munken Pure de 130 gramos. La encuadernación es en cartoné recubierto de tela con sobrecubierta.

Yo puedo contarles, además, que la tipografía y el papel utilizados figuran en el colofón; que no hace falta hacerse con un marcapáginas: como buen libro de lujo, viene con su señalizador. Ah, y que la maquetación corre a cargo de Diego Moreno y la corrección ortotipográfica la hace Ana María Patrón. Creo recordar que ya hablamos de lo cuidadosos que son en esta editorial con la edición formal, tanto como con el contenido.

Es un acierto elegir esta nouvelle para presentarla ilustrada. Un acierto más el que la ilustradora sea Noemí Villamuza: el mundo gris y cerrado de la congregación del deán del pueblecito de Berlevaag aparece tan bien retratado en sus dibujos como en la narración; los trazos de luces y sombras se ennegrecen o se iluminan a la par que el espíritu de los protagonistas se mantiene tercamente cerrado o se eleva con una visión, en una dicha o en un resarcimiento. Y ningún personaje se nos retrata antipático, como tampoco se nos hace antipática la hermandad hermética y simple, liderada por las hijas del deán ya fallecido, Martine y Philippa. Son siempre entrañables, incluso en su egoísmo y en su severidad a la hora de juzgar al extraño.

Los primeros extraños se nos presentan en las fallidas historias de amor del oficial Loewenhielm con Martine, y del cantante de ópera Papin con Philippa. Tanto el primero como el segundo sufren una visión cuando descubren a su correspondiente amada. Ambos podrán visitar la casa del deán, vivo entonces, pero ninguno conseguirá llevarlas a soñar con un amor carnal: «las preciosas jóvenes fueron educadas en un ideal de amor celestial; estaban totalmente imbuidas de él, y no se dejaban rozar por las llamas de este mundo» (p. 12).

La tercera extranjera será Babette: llega años después, huyendo de la guerra francoprusiana, con una carta de recomendación, de petición, de Achille Papin, el cantante, para que la acojan como sirvienta. Se queda como cocinera y ama de llaves de la casa de las hermanas, que siguen llevando adelante el rebaño de su padre. En doce años no deja de ser una extraña. Es cierto que cocina lo que le enseñan Martine y Philippa, que ahorra aún más que ellas en la compra, que les quita de encima esos pequeños problemas domésticos..., que, en suma, viene a facilitar la relación de toda la comunidad de la congregación y todos así lo reconocen. Pero a veces a las hermanas se les antoja reservada y enigmática, «[e]n esos momentos se daban cuenta de que Babette era profunda; y en los sondeos que hacían de su ser notaban pasiones, y que había recuerdos y anhelos de los que no sabían nada en absoluto» (p. 31).

Babette mantiene un lazo con Francia: sigue recibiendo de allí un billete de lotería, a la que juega durante esos años. Un día, por fin, la suerte le concede diez mil francos. Martine y Philippa creen que volverá a Francia y no pueden evitar lamentarlo. ¿Se quedará al menos hasta el día 15 de diciembre, en que celebran el centenario del nacimiento del deán? Babette sigue siendo una extraña para sus amas, que no son capaces de prever sus acciones ni sus deseos.

El día de la celebración, Babette prepara un festín y obtiene el permiso de las hermanas para organizarlo todo. La humilde y puritana congregación empieza a saborear verdaderas delicias, cuya exquisitez no se atreve a señalar, tan reprobable le resulta el placer sensorial. Llegados a este punto, vuelve nuestro oficial, hecho ya general y hombre de mundo, cuya capacidad de explícito deleite y cuyo savoir faire permitirán que todos los paladares se despierten y que el goce de los sentidos que estimulan manjares tan refinados rompa los rígidos moldes sociales de la comunidad. De no ser por ello, y salvo que el narrador se hiciera omnisciente —y no lo ha sido hasta ahora en la narración—, no nos enteraríamos del lujo de que están disfrutando estos humildes habitantes de Berlevaag.

Babette no va a volver nunca a Francia. Babette ha conseguido, por un regalo del azar, recuperar lo que otro azar le había robado: un arte culinario que, antes de la guerra y de nuevo ahora, mana de su ser con un genio sobrenatural. «—¿Pobre? —dijo Babette. Sonrió como para sí—. No, nunca seré pobre. Ya les he dicho que soy una gran artista. Una gran artista, Mesdames, jamás es pobre. Tenemos algo, Mesdames, sobre lo que los demás no saben nada» (p. 72).

Ana Lorenzo, Rivas Vaciamadrid (Madrid)

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12/03/2007 12:50 Enlace a esta entrada.Tema: Edición y calidad/Edició i qualitat No hay comentarios. Comentar.

08/02/2007

«Muerte de un apicultor» (de Lars Gustafsson, en Nórdica Libros), o las señas de indentidad de una editorial viva y emergente

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Vengo a hablarles de un libro, por dentro y por fuera, como me gusta a mí que me los cuenten. No soy crítica profesional, ni editora; ustedes sabrán disculparme si a veces me dejo llevar y no estoy dentro de la corriente del pensamiento cultural de hoy, o si coincido; no sé por dónde va. Discúlpeseme si algún término de edición está mal usado; ahí tienen abajo los comentarios para hacerme el favor de corregirlo.

Lo que sí soy es una gran lectora que además es una apasionada de los libros. Alguna vez un amigo me recomienda: «Ana, no dejes de leer éste. Está lleno de erratas pero aun así te va a encantar». Y lo leo. Qué gusto por dentro, lástima por fuera.

Este libro que les recomiendo es un lujo: por dentro y por fuera. Lo edita una editorial de reciente aparición, Nórdica Libros, y lo edita maravillosamente. Es el tercer volumen de su colección Letras Nórdicas y aparece, como los demás, en rústica cosida. El diseño es bonito y armonioso; transmite equilibrio. A cada obra le corresponde un color que la identifica y que la acompaña en las páginas de guarda (les juro que las hay, aunque sea edición en rústica). Este detalle ornamental e identificativo, propio de las ediciones de lujo, Nórdica Libros lo emplea no sólo en Ilustrados, sino en las dos que tiene en rústica, la ya mencionada, y en Otras Latitudes.

Y siguen los preciosos detalles de una edición cuidadosa de alguien que no puede negar que le gustan los libros: en la página de derechos no aparece sólo la mención al autor del diseño de la colección, o al autor de la traducción; de forma inusual, a estos elementos ya habitualmente reconocidos de la cadena de creación y edición los acompaña la mención a los realizadores de la maquetación y, pásmense, de la corrección ¡tipográfica! Qué quieren que les diga, yo sólo recuerdo haberlo visto en otros dos casos: las obras de Trea y los ChiquiCuentos de Bruño (una colección dirigida a personas «A partir de 4 años», según reza en la cubierta posterior). Correctores: estamos de enhorabuena. Nórdica Libros: desde este blog, nuestra más profunda reverencia. Así se hace camino.

Otra delicia es el colofón. Lean el de este libro en cuestión: una N en la misma tipografía en que aparece el nombre de la editorial (y que también figura en el lomo). Abajo:

Esta edición de Muerte de un apicultor,

compuesta en tipos AGaramond 12/15

sobre papel offset Hermes marfil de 90 g,

se acabó de imprimir en Madrid el día

13 de septiembre de 2006, aniversario

de la muerte de Italo Svevo

¿Qué me dicen? Sobran los comentarios.

Muerte de un apicultor es una obra de Lars Gustafsson, filósofo, novelista y poeta sueco, que nos llega traducida por Jesús Pardo, traductor habitual de sus obras —y de otros muchos autores nórdicos, por cierto— al español. La traducción fue hecha originalmente para Muchnik Editores, y ha sido recuperada ahora por Nórdica Libros, decidida a dar a conocer autores inéditos y a rescatar obras de difíciles localización en el circuito comercial. Y, créanme, la edición de esta obra ha sido un acierto; prueben a encontrarla sin recurrir a Nórdica.

El autor la define en la cubierta posterior de su libro como una «[…] quinta y última parte, independientemente de las anteriores, de una pentalogía sobre mi tiempo y mi generación, a la que he dado el título genérico de Las grietas en el muro. […]

»Ahora, por fin, se trata de un cuerpo, sólo de un cuerpo. Las luces se van apagando, una a una —como en la Sinfonía del Adiós, de Haydn—, el círculo se va reduciendo y al final no se ve otra cosa que el fondo esencial de la cuestión: un ser humano».

Bien, yo me he leído el libro como una parte independiente, es decir, no voy a relacionarlo con la pentalogía, entre otras cosas, porque no la he leído completa y porque el libro en sí me parece completo.

¿Saben? Morir, habiendo sido profesor, habiendo sido marido, habiendo sido filósofo (aunque sea casero, que no hay que confundir al personaje con el autor por mucho que los dos compartan nombre y fecha de nacimiento) como un apicultor es un lujo. Yo querría morir de semejante guisa. ¿Por qué? Porque eso quiere decir que te agarras a la vida y que lo que estás haciendo en ese momento es lo que más te importa y te define; porque quiere decir que a la vanidad le has dado una buena patada en el culo y no mueres como profesor, lo fui, ministro, lo fui, premio nobel, lo conseguí…; porque a pesar de mi repelús por las abejas, qué gran paciencia y cuidado nos parece que tienen los apicultores de pocas colmenas, como el protagonista, y más aún en Suecia, donde tras el invierno hay que hacer recuento de los panales que han muerto.

Es curioso que el condenado a muerte sea el último en enterarse; nos lo cuenta el narrador al despedirse de nosotros en las dos primeras páginas del relato. Lo huele el perro… Nosotros, los lectores que compartimos las reflexiones del apicultor, las digresiones, los dolores, los recuerdos, las justificaciones, las ilusiones y las esperanzas, las dudas, el dolor, el dolor que lo atrapa, sabemos que el final es «un cáncer mortal que, poco a poco, y demasiado tarde sin el menor género de dudas, acabó localizándosele en el bazo, con metástasis cancerosas en tejidos circundantes» (p. 12).

Fíjense en la descripción maestra del protagonista que hace el autor en apenas dos párrafos en estas páginas. Primero, de qué procede (divorcio, jubilación anticipada, ex profesor) y adónde dirige su camino (apicultor, pueblo pequeño); su relación con el mundo (dinero, comunicación: teléfono, televisión) y con las mujeres; su edad y su físico; su verdadero problema. Y aquí nos deja las notas y nos da la noticia del cáncer. ¿Cuál es el problema, lector? ¿Es el cáncer? ¿Es el no haber llamado a tiempo al hospital? ¿Es algo que leemos en sus notas? ¿Es un problema que nos sea común? ¿Es ser sólo un cuerpo? «Yo no soy más que un cuerpo. Todo lo que tengo que hacer, todo lo que me es posible hacer, sólo lo puedo hacer dentro de este cuerpo» (p. 137).

Se nos presentan las tres fuentes de donde sale todo el relato: tres cuadernos escritos por el apicultor. En ninguno de ellos se aprecia un afán del ex profesor por dirigirse a nadie; son, más bien, pensamientos, notas, recuerdos, apuntes dirigidos a sí mismo. Los hay breves y largos, triviales o caducos (como el de los gastos y los ingresos de un mes) y trascendentales (como el maravilloso «Cuando Dios despertó», que ocupa todo un capítulo, y que, más allá del pequeño cerebro humano, nos presenta una imaginativa explicación de un enfermo terminal de cáncer al por qué Dios no le cura, con la hipótesis de que esto sucediera si un Dios «maravilloso y único, anterior al universo y verdaderamente extraño al tiempo y al espacio, y, en consecuencia, más viejo y al tiempo más joven que todo cuanto él mismo creara, más grande que el espacio en su totalidad y menor que la partícula más elemental» (p. 160) despertara de un sueño de millones de años —para Él un suspiro— y comenzara a conceder todo lo que se le ha pedido, sin seguir moral alguna en sus concesiones. No se lo pierdan, es un pequeño tratado de filosofía; ¿dónde trazar la línea que separa el bien de lo bueno, de lo adecuado, del capricho?).

Hay un cuento que sí tiene destinatario: en El gran órgano de la isla de OG, Lars crea «una historia de terror mucho mejor que la que podían ofrecerles [a sus amigos Uffe y Jonny, de doce años más o menos] aquellas malas revistas comerciales» (p. 100). El cuento no está acabado, pero otra nueva visita de sus amigos nos deja saber que «No les impresionó tanto como yo había pensado. El comienzo les pareció bien, pero encontraron que le faltaba acción» (p. 129). A mí no me ha extrañado. Para un hombre que sufre un dolor terrible, que representa además la posibilidad de un diagnóstico de cáncer, el cuento no puede ser más terrorífico; para unos chiquillos, falta acción. Y es que el dolor físico es un personaje de terror que aparece, por actuación o por omisión, en toda la novela.

El libro no tiene desperdicio. Los recuerdos, que a medida que el dolor crece, abandonan sus experiencias más cercanas para remontarse a la infancia; son una delicia esos recuerdos de infancia. Magnífico un recuerdo de una infancia inexistente en Oslo.

El humor de la historia del coche del tío Sune, la necesidad de existir en los otros de los años de juventud alocada, el extraño matrimonio con Margareth, el lazo que establece su mujer con Ann, el frío y la humedad que rodean siempre las historias…

Una frase se repite a lo largo del libro, aunque es el autor quien la introduce ya en las primeras páginas, antes de dejar hablar a Lars: «Empezamos de nuevo. No nos rendimos». ¿Quiénes?

Este libro está lleno de dolor y muerte y, sobre todo, de mucha vida. Nos sugiere respuestas, nos plantea preguntas. Creo que sí, que el autor ha sido capaz de cerrar el círculo en torno a lo que pretendía: un ser humano.

Ana Lorenzo. Rivas Vaciamadrid (Madrid), España.

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29/01/2007

Lecciones de lengua, traducción, edición y consumo cultural (a cargo de Javier Marías)

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Ayer, en El País, Javier Marías comentaba así el segundo de dos reportajes (1 y 2, este último puntualizado posteriormente en una carta al director) publicados, respectivamente, en el suplemento Babelia y la sección «Cultura» del diario, acerca del arte invisible de la traducción y de la precariedad laboral que afecta a los traductores de libros. En el más reciente de estos reportajes, «Traducciones crecientes, dinero menguante», se recogían con particular detalle los resultados de un reciente estudio socioprofesional realizado por la ACEtt sobre las condiciones de trabajo de los traductores de libros en España, en la línea del estupendo Libro Blanco de la Traducción en España (reseñado aquí: 1, 2, 3 y 4), que esta misma asociación publicó en 1997 y que aún puede adquirirse solicitándolo en la asociación y consultarse en bibliotecas universitarias.

De lo que denuncia Marías —que no es la primera ni la segunda vez que critica la situación de la traducción y la edición en España— entresaco este párrafo:

Más de una vez he hablado del lamentable estado de nuestra lengua y de nuestras traducciones en particular, de las cuales nos nutrimos tanto o más que de lo escrito en español (¿o es que no son traducción innumerables noticias de prensa y televisión, o los subtítulos de las películas y las series?). Pero es que el círculo vicioso ya está creado, gracias en buena medida a los editores iletrados y avaros: éstos dan el trabajo al más pringado, éste aplica la ley de la jeta y no se molesta en mejorar, los críticos casi nunca enjuician las traducciones, para bien ni para mal, de modo que esos editores a los que se les debería caer la cara de vergüenza por ofrecer productos defectuosos cuando no infames, jamás son reprendidos por nadie ni ven disminuir sus beneficios, como merecerían; y a los lectores, por último, parece darles todo igual, o ya no saben distinguir. Hoy hay muchos que creen estar al día y haber leído a los mejores autores extranjeros, cuando lo único que han leído es un burdo simulacro, patoso y lleno de infidelidades y errores, de lo que originalmente escribieron. Así como uno no compra la leche Tal o los embutidos Cual, la nevera X o el ordenador Z porque sabe que son una porquería, a estas alturas deberíamos ya saber que de la editorial H o V uno jamás debe adquirir un libro traducido. Yo mismo podría darles aquí una pequeña lista, pero esa no es mi misión. Lo sería de los críticos, en primer lugar, y de los propios lectores a continuación. Y sólo así, al cabo del tiempo, podría acabarse con lo que expresaba un veterano traductor en el reportaje mencionado: «Hasta que podamos demostrar que las traducciones, las buenas y las malas, afectan a las ventas, a las editoriales les importarán un comino». Las traducciones también conforman —cada vez más— nuestra lengua, y ésta, francamente, jamás debería importarnos un comino a ninguno de los que la hablamos.

Poco que comentar a esta andanada de Marías. Lo que se dice es lo que hay, bastante lo sabemos. Sólo añadir que todas las asociaciones profesionales que, como ACEtt y Unico, realizan estudios de este tipo, deberían trabajar coordinadamente, compartir datos y experiencias, no en vano todos los profesionales del libro y de la producción textual formamos parte de una misma cadena y estamos a merced de una misma filosofía y una misma política de producción cultural. A estas alturas, el propio Javier Marías debería saber —no ya como traductor que ha sido, sino como autor y editor que es— que una edición esmerada pasa por muchas manos. Como académico de la lengua y flagelo de los malos usos ajenos, Marías debería, además, plantearse si a su libérrima interpretación del léxico y la gramática —puesta en evidencia por sus críticos más feroces— le corresponde un sillón en una institución que supuestamente no persigue ya un ideal lingüístico (pureza) y estilístico (elegancia), basado en modelos ejemplares de la lengua escrita (los doctos y los buenos escritores), sino que tiene como objeto velar por la unidad del idioma, observando el uso diario y recogiendo las manifestaciones comunes y generalizadas en una propuesta de español estandarizado: la norma culta panhispánica.

 Por otra parte, si, como señala Marías, el libro es un producto, es responsabilidad de los lectores reclamar por un producto defectuoso, llevando su queja a las últimas consecuencias. (En esta bitácora ilustraremos en breve sobre los pasos que hay que dar en este sentido.) Atañe sólo al lector exigir a las editoriales servicios de atención al cliente como es debido, reclamar a la crítica valoraciones formales de cada obra, y solicitar a las instituciones culturales y de defensa del consumidor la creación de leyes que amparen estas quejas y de la figura de un defensor del lector de libros, que ponga coto al negocio a costa de la educación y la cultura —del que hemos tenido ejemplos bien recientes precisamente en ese diario en el que escribe Marías.

 

Silvia Senz (Sabadell)

 

 

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09/01/2007

Lecturas y ediciones recomendables: «El último encuentro», de Sándor Márai

20070109163330-el-ultimo-encuentro-marai-sandor-310548.jpgEn varios sitios he leído la información de que los blogs suelen dar recomendaciones de lecturas, que funcionan como un boca a boca, con opinión tan —o más, o menos— autorizada e influyente como la crítica literaria que se lee en publicaciones especializadas o en la sección del diario de turno. Me sorprendió, era una función que no había percibido hasta el momento. Son tantos los blogs y los blogueros, son tan variadas las áreas que se puede cubrir desde ellos… Escribir en un blog es un tema de comunicación por escrito. Sí, se me dirá, pero para esto están también los foros, las listas. No es igual, el blog exige un compromiso diferente, diario y convencido. ¿Compromiso? Sí, compromiso con el otro, con la relación establecida. En los foros, grupos cerrados de interlocutores con gustos similares por una disciplina equis, el compromiso comunicativo es relativo, puedo pasar meses sin decir esta boca es mía, puedo ocultarme detrás de matorrales virtuales y espiar sin ser visto, puedo transformarme en quien no soy; puedo, en definitiva, dejar de decir «este soy» o, mejor, «aquí estoy y este soy». En un blog ese compromiso es la base de la escritura. Este soy y aquí estoy y esto es lo que digo. Como el que tiene boca se equivoca, pues me equivocaré; el riesgo del error es secundario frente al intercambio de tú a tú que me propone este medio (después me agarra el insomnio, y no me suelta, cuando me pongo a repasar las cosas que escribí).

Quería —apenas se trataba de esto— recomendar una vez más la lectura de El último encuentro, del húngaro Sándor Márai. En Ediciones Salamandra, 1.ª edición de noviembre de 1999; 30.ª edición de julio del 2006.

Una novela impecable (188 pp.), de estructura firme. Nada de narradores no fiables al modo de las novelas con personajes adolescentes que no pueden captar el mundo adulto al que asoman porque no tienen los códigos necesarios y nada tampoco de novelas de «alta biografía» (descarto las mayúsculas y uso las comillas por el estupor que me causa el nombre) de que habla Martin Amis en su novela Experiencia. Es la búsqueda humana de la verdad —palabras muy hondas—, en un enfrentamiento entre dos amigos, al cabo de los años.

El autor desarrolla el argumento en un racconto o flash back que escapa a los modos habituales. Sin artificios literarios, de aquellos que exigen al lector una búsqueda denodada de las claves que no siempre están presentes cuando y donde debieran estar. Los personajes son seres completos, con prontuarios sin fisuras; podemos verlos, psíquica, física y moralmente. Y, claro, la historia nos pide un esfuerzo de comprensión y sensibilidad de nuestra parte y nos da a cambio un espejo más, una iluminación que alimenta nuestro espíritu. ¿Qué más se puede pedir a un libro? ¿Que esté bien corregido? Lo está. ¿Que esté bien traducido? Obvio que también, si nos cala tan hondo.

Una recomendación de lectura, cuando es adecuada, da las razones de quien las emite para hacerla. No distrae con el argumento ni con la resolución de la historia que se narra. Habla de estructura, pacto ficcional, punto de vista, esas cosas…

Si después de leerla quieren comentarla, ya saben dónde encontrarme (comunicarnos, comunicarnos, comunicarnos).

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

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09/01/2007 16:33 Enlace a esta entrada.Tema: Edición y calidad/Edició i qualitat No hay comentarios. Comentar.

15/10/2006

De niños y editores

20061015232015-nina-leyendo.jpgHoy mi hija tiró un libro al suelo. Hoy también he leído un artículo sobre libros y basura... Los editores conti