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Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Primera parte: ¿Prescripción o descripción?

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Primera parte: ¿Prescripción o descripción? La Academia Nacional de Letras uruguaya fue fundada en 1943 para, como toda Academia, promover el mejor uso del idioma español a través de la investigación, la enseñanza y el asesoramiento lingüístico. En la misma época de su fundación, la lingüística moderna concluía afirmando que cualquier lengua servía para expresar cualquier contenido, que no existían diferencias entre las lenguas, ya que todas eran aptas como continentes de la cultura en la que habían surgido y se habían desarrollado. Un concepto tan drástico como este promovió, en la década de 1950, la contemporización de que si bien no hay lenguas mejor o más perfectas que otras, sí hay diferencias dentro del contexto social. Y si hay «diferencias sociales», y de otro tipo, entre lenguas, entonces hay conflicto. Y si hay conflicto es que hay desigualdades, y estas desigualdades deberían minimizarse con la planificación lingüística. La planificación lingüística puede darse sobre el corpus de la lengua o sobre su estatus; o, dicho de otro modo, sobre el aspecto formal de la lengua o sobre su relación con los agentes sociales. Al condenar un uso determinado, por ejemplo, la Academia está incidiendo sobre el corpus de la lengua; al emitir opinión y aprobar acciones concretas sobre la situación del idioma español en la frontera uruguaya con Brasil, está planificando sobre el estatus.

¿Realmente se puede planificar el lenguaje? La respuesta no es fácil. Digamos que el lenguaje admite ser modificado desde fuera porque, privilegiado instrumento de comunicación que pertenece a un tiempo y un lugar determinados, es variable por causa de su contingencia humana. Esta variable social es la que permitiría (atención al condicional) que la lengua pudiera sujetarse a normas o planificarse. Estas planificaciones crearían un «ideal de lengua». El resultado de este proceso de planificación será la lengua estándar. Toda lengua estándar cuenta con tres herramientas elementales: una gramática, un diccionario y un atlas lingüístico. La gramática elige los elementos formales que le parecen mejores e implícitamente condena al resto; lo mismo hace el diccionario, con el léxico, y el atlas lingüístico muestra las variaciones geográficas de la lengua (geolingüística). A su vez, este lenguaje estándar, resultado de un proceso de planificación básico cimentado en la gramática, el diccionario y el atlas, adopta los cambios inherentes a su contexto social. La sociolingüística opone estas lenguas a las que carecen de historicidad, estandarización, vitalidad y homogeneidad. Las funciones más importantes de una lengua estándar son las de unificar (servir de lazo de unión entre sus hablantes y por tanto forjar una identidad común), separar (establecer diferencias aislando a los usuarios de una lengua con respecto a los de otra), prestigiar (conferir estatus de prestigio a unas lenguas en detrimento de otras que no vivieron este proceso) y servir de marco de referencia (al contener una norma codificada en la cual contrastar usos particulares).

El idioma español de España, desde la Real Academia Española, cumple estas funciones para los países hispanoamericanos. Pero... la situación americana es muy rica y compleja, debido a la difusión del idioma en su gran extensión geográfica y a sus más de 300 millones de usuarios. Por esta razón es que hoy día la estandarización no puede funcionar con tan solo un centro de irradiación. En este sentido, el Río de la Plata debería ser otro de esos centros de estandarización. El panhispanismo, la fusión del trabajo en común entre la Real Academia Española y la Academia Americana de la Lengua, ya lo tiene más claro. El resultado, desde la Real Academia Española, es la evolución hacia un carácter cada vez más descriptivo de su gramática, diccionario y atlas. Asimismo, incluye la aceptación creciente de autores hispanoamericanos en sus ejemplos de uso de la lengua.

Exagerando la dicotomía, podemos expresar que mientras los lingüistas aceptan los usos de los hablantes, los académicos se rigen por las normas. Entre estos extremos está el equilibrio: la autoridad es necesaria, sobre todo en el lenguaje escrito que se toma como modelo en la educación, pero las variaciones de las lenguas no deben desconocerse.

La prescripción, por tanto, no emana de las academias sino de los usos cultos del lenguaje, tanto oral como escrito. O dicho de otro modo —idea presente ya en Andrés Bello—, las academias, oscilando en la disyuntiva entre descripción y prescripción, deberán documentar las prescripciones tomando en cuenta la descripción del uso. La Escuela de Praga, a mediados del siglo XX, introduce dos conceptos plenos de contenido en este sentido: intelectualización y estabilidad flexible.

La que suscribe piensa, pobrecita ella, que estos cambios hacia otro centro de estandarización rioplatense van muy lentos. Pero este es un comentario recalcitrantemente subjetivo; por ahora, aquí quedan estas ideas, basadas en el discurso de ingreso del lingüista Adolfo Elizaincín a la Academia Nacional de Letras del Uruguay, en Montevideo, agosto del 2003.

[Sigue en: « Políticas lingüísticas de las Academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Parte II: La relación entre la planificación lingüística y el contexto sociohistórico uruguayo».]


Pilar Chargoñia, correctora de estilo. Montevideo, Uruguay

valchar@adinet.com.uy

2 comentarios

Pilar Chargoñia -

Ana: Gracias por tus palabras y por expresar tus comentarios. El escaso espacio de un blog me obliga a reducir al máximo las ideas; en los tres capítulos siguientes intentaré redondearla. He limitado mi búsqueda de información a los escritos de los investigadores lingüísticos uruguayos. Me sorprendí, encontré muy buenos artículos en la Red. Borges decía que cualquier teoría podía ser expresada, y que no era importante; sí lo era, en cambio, qué se hacía con ella. Un abrazo.

Ana Lorenzo -

Pues yo me uno a preguntar ¿por qué España es el punto de partida de la confección de la norma, del diccionario, de la gramática? El DPD no deja de ser un añadido, muy pequeño además, al DRAE. Tal y como está repartido el español, si en vez de hacer caso al dinero o al prestigio europeo se hiciera caso a la lengua, ¿no debería ser la AAL, con autoridades hispanoamericanas (de América y España), la que elaborara las normas? Tardaría, claro, pero todos ganaríamos mucho. Muy buen artículo. Un saludo.