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Y comí gambas en la Feria con cuchillo y tenedor. (Sobre el concepto de «corrección» en la lengua)

Y comí gambas en la Feria con cuchillo y tenedor. (Sobre el concepto de «corrección» en la lengua)

Hace unos días, mientras me tomaba unas gambas y unas cervecitas en una caseta de la Feria de Sevilla, uno de los allí reunidos me preguntó —con un muchísimo de guasa y un todavía más de manzanilla— cómo era posible que yo, siendo lingüista, estuviera hablando del arcarde, que eso era una incorrección, que lo correcto era decir «el alcalde».[1] Para explicárselo con la misma guasa, pedí un cuchillo y un tenedor y, mientras comenzaba a comerme con ellos las susodichas gambas, le pregunté si ya lucía lo bastante fino como para hablar del «excelentísimo señor alcalde». Y todos nos echamos a reír; incluido el camarero, claro, que al verme pelar las gambas con los cubiertos debió de pensar que no estaba en mis cabales.

El caso es que es ciertamente llamativo lo quisquillosos que podemos llegar a ser en cuanto al concepto de corrección idiomática. Quienes gustan de academias y entes normativos —los que suelen confundir corrección con purismo— defienden esta palabra con pasión, con uñas y con dientes, aunque con pocos argumentos más: «Este uso es incorrecto porque lo dice la Academia»… y sanseacabó. Quienes, por el contrario, creen que tal noción es un invento —los que confunden corrección con imposición— achacan a los primeros un ilegítimo afán de dominación clasista: «No hay formas de hablar más correctas que otras, así que nadie tiene por qué decirles a los demás cómo deben hablar».[2]

En el caso hispano, y haciendo un ejercicio de mera retórica, se podría decir que la Real Academia Española[3] nos ha inculcado a fuego esta noción de corrección dogmática.[4] Claro está, también podría decirse que quienes no creen en este concepto tienen igualmente comido el seso por los descriptivistas del «todo vale», que con idéntico dogmatismo defienden que no existe eso que llaman «la lengua correcta». Y seguiríamos en las mismas. Permítanme, pues, que hable sin retóricas, sin dogmatismos —y principalmente como sociolingüista— sobre este esquivo y polisémico concepto de la corrección en la lengua.

Lo primero que aprende un lingüista es que cualquier lengua, cualquier dialecto, cualquier modalidad, cualquier uso, responde a un patrón perfectamente sistematizado; da igual que quien hable sea un cabrero o un catedrático, da igual que sea chileno o andaluz, y da igual que esté contando un chiste o escribiendo una tesis doctoral. Así, el concepto de corrección, de bueno o malo, de usos mejores o peores que otros, suele traernos al fresco a los lingüistas; para nosotros, lo importante en todo caso es si el uso es gramatical o no. Luego, se puede decir que, desde el punto de vista lingüístico, la corrección no existe; en todo caso existe la gramaticalidad, la pertenencia o no al propio sistema de la lengua.[5]

Sin embargo, lo primero que aprendemos los sociolingüistas —y les confieso que esto me resulta deliciosamente paradójico— es que el anterior postulado de la lingüística teórica es sólo eso, teoría, ya que deja de tener validez en cuanto nos bajamos al ruedo de la práctica. En el día a día, la teoría lingüística descriptiva no llega a explicar por qué, si todos los usos gramaticales son igualmente correctos, la gente opina que los hay mejores o peores; un fenómeno que ocurre en todas las lenguas, exista o no academia normativa de por medio.[6]

Para un lingüista, decir me s’a caío no es ni mejor ni peor que decir se me ha caído. Un lingüista sabe —como descriptivista que es— que el sistema de la lengua española admite este tipo de realizaciones múltiples que se producen sobre todo en el terreno léxico y fonético.[7] Un sociolingüista, por el contrario, sabe —como descriptivista que también es— que los dos usos no son iguales; que, dependiendo del lugar y del grado de formalidad, hay hablantes para quienes me s’a caío es una incorrección, o que incluso lo consideran incorrecto siempre. Esta valoración social de los hechos lingüísticos es lo que diferencia a la sociolingüística de la lingüística teórica. Y a este tipo de paradoja se enfrenta cualquiera que investigue el lenguaje humano en sociedad con espíritu científico. Quien no sea capaz de admitir la paradoja caerá irremisiblemente en la contradicción. [8]

Esta supuesta incongruencia entre un axioma lingüístico (todo lo gramatical vale) y un axioma sociolingüístico (no todo es gramática en la lengua) se explica porque para la lingüística el ser humano es homo loquens; mientras que para la sociolingüística es —además, y principalmente— zoon politikon.[9] Por eso, cuando estudiamos el uso del lenguaje en sociedad, comprobamos cómo el concepto de corrección no sólo existe, sino que puede llegar a adquirir una importancia principal. Nuestra forma de expresarnos es el traje que viste nuestros pensamientos, y todos tenemos una opinión sobre nuestra indumentaria y sobre las indumentarias ajenas. La corrección es, pues, un concepto cultural y social más que lingüístico, es obvio; pero no por ello su existencia y relevancia es menos nítida.[10] En toda sociedad hay usos considerados mejores y peores que otros, y la lengua —una herramienta social donde las haya— no iba a ser ajena a este fenómeno.[11]

Visto así, el concepto de corrección no es tan difícil de comprender. Basta con recordar las diferencias que existen entre comer con los dedos y comer con cubiertos. Ambas formas alimentan igual, pero ni de lejos podemos decir que sean lo mismo, ni que puedan utilizarse en las mismas ocasiones: una la sabe hacer cualquiera, la otra hay que aprenderla; una sirve para andar por casa, la otra para andar por casas ajenas. Quien no vea esta realidad tendrá problemas a la hora de usar la lengua en sociedad; como los tendría quien sólo supiera comer con las manos y como los tendría quien se empeñara en usar los cubiertos para comerse un plato de jamón en un chiringuito playero. Por eso, lo mejor es no confundir purismo con corrección.

Tampoco conviene confundir corrección con imposición clasista. Hay quien pone en cuestión, por ejemplo, la existencia y utilidad de la denominada norma culta,[12] de un uso formal y prestigioso de la lengua adecuado para determinadas situaciones comunicativas; y ello a pesar de que seguramente la utilice todos los días si ha recibido un mínimo de educación. Son personas que dicen: «El español culto es un invento de los poderosos, ¿es que acaso hay también un español inculto? Además, yo hablo como me da la gana», y cosas por el estilo. Si practicaran lo que predican, irían vestidos con bermudas y chanclas a una boda de postín. No son sino la cara opuesta de los que te sueltan mientras te tomas una cervecita: «No se dice caío, se dice caído; caío es incorrecto». Estos serían capaces de ir de esmoquin a la playa.

Puede que algunos de ustedes piensen que los sociolingüistas no hablamos de usos correctos, sino de usos adecuados, apropiados o admisibles según las circunstancias. Y llevan razón; pero en realidad, y a efectos prácticos, hablamos de lo mismo. Si usted fuera en bermudas a la boda de antes, más de uno pensaría que iba haciendo el ridículo, aunque quizá luego —y por pura educación— le comentara tan sólo que no iba «vestido para la ocasión». Eso sí, es cierto que cualquiera puede romper las normas, que cualquiera puede vestir, hablar y escribir como le venga en gana, pero usualmente sólo son los poderosos quienes pueden permitirse el lujo de convertirse en transgresores; los hablantes comunes y corrientes sabemos por propia experiencia que saltarse las reglas no es tan fácil como parece. Es el precio que pagamos por vivir en sociedad.

Todo esto que les cuento sobre la corrección y el uso de la lengua adquiere especial importancia cuando de la lingüística teórica pasamos a la lingüística aplicada, a la enseñanza. A los niños no se les debe impedir en el colegio que usen su vernáculo, la lengua que aprenden de sus familiares, amigos y compañeros. El purismo prescriptivo en estos ámbitos es un injustificable e innecesario crimen lingüístico[13] (crimen muy académico, por cierto). Sin embargo, poco a poco —y a medida que los niños crecen— hay que ir enseñándoles las reglas que conforman los estilos formales de su lengua, hay que ir mostrándoles la realidad lingüística que se van a encontrar en cuanto salgan del ámbito coloquial de su propio terruño.[14] Por eso, es necesario enseñar a nuestros estudiantes que en el uso de la lengua en sociedad hay normas que no responden a razones estrictamente lingüísticas, pero que conviene cumplir igualmente; hay que enseñarles que, a la hora de emplear su lengua materna o cualquier otra lengua, ni vale todo ni todo vale igual; que hay usos mejores que otros a pesar de que todos sean igualmente correctos; que, en definitiva, una lengua no es sólo el vernáculo, que hay algo más que es preciso conocer y dominar. Ese algo más es la norma culta, compuesta por los usos más formales y prestigiosos de su propia comunidad.[15] Si no enseñamos estas diferencias, estaremos engañando a nuestros alumnos, ya que la norma culta es tan útil y tan necesaria como el vernáculo. El «todovalismo lingüístico», por más anticlasista que parezca, es otro crimen injustificado e innecesario que —como el purismo— también es propio de una actitud paternalista.

En resumen, expresarse con corrección consiste en saber cambiar de registro, en saber amoldarse a las circunstancias; consiste en ser capaces de emplear la lengua en cualquier tipo de situación comunicativa que podamos encontrarnos. Por eso quien habla como un libro no se estará expresando con corrección cuando se dirija a sus vecinos en el ascensor. Y por la misma razón, quien habla como si siempre estuviera en la barra de un bar no se estará expresando con corrección cuando tenga que exponer un trabajo académico en clase, o cuando tenga que leer las noticias en televisión.[16]

Así pues, una adecuada educación lingüística debe conseguir que todos los ciudadanos adquieran de manera eficaz los recursos suficientes para que puedan manejarse en cualquier situación de sus vidas. Si no queremos ser clasistas, démosles primero a todos esta educación —enseñémosles a no avergonzarse de sus vernáculos a la par que les mostramos la reglas que sustentan la norma culta de su comunidad—, y luego dejemos que sean ellos mismos quienes decidan si quieren cumplir, transgredir, cambiar o abolir las reglas de esa norma culta. Esto suele ser bastante simple de aceptar para quienes comprenden que las actitudes de los hablantes hacia su lengua —uno de los motores más poderosos del cambio— están en continua evolución, por lo que las propias reglas lingüísticas no tienen carácter de inmutabilidad.

Quizá por esta razón los sociolingüistas sean los más indicados a la hora de establecer normas y elaborar políticas lingüísticas;[17]carecemos tanto del purismo normativo propio de muchas academias de la lengua, como del escepticismo propio de muchos lingüistas teóricos; los sociolingüistas sabemos que las reglas existen y tienen su importancia, pero también entendemos que la mejor norma —en realidad la única con un mínimo de sentido común— es aquella que mejor se adapta a la propia realidad sociolingüística de los hablantes; aquella que mejor refleja las creencias y actitudes de los ciudadanos hacia su propia lengua.[18]

En fin, cualquiera entiende que la lengua materna se mama, que no hay que reglarla en absoluto y que, además, no te la tienen que enseñar. Sin embargo, también es fácil comprender que los usos formales de la lengua, ya sean orales o escritos, hay que aprenderlos, que son una técnica, una convención que se nos impone por ser miembros de una comunidad donde la variación es moneda corriente.[19] Sin este conocimiento, sin esta educación que todos los ciudadanos deberíamos recibir, es posible que rompamos reglas por puro desconocimiento, que nuestro comportamiento sea malinterpretado sin desearlo, o incluso que demos la impresión de carecer de la mínima educación. ¿Realmente alguien desearía correr ese riesgo? ¿Es este el tipo de comportamiento lingüístico que alguien querría para sus hijos tras pasar años en la escuela?[20]

Yo creo que no.[21] Yo creo que todos tenemos el derecho a poseer un buen ropero lingüístico donde quepan tanto las bermudas como los chaqués, donde quepa tanto la lengua de andar por casa como la lengua de las grandes ocasiones; y luego que cada uno se ponga lo que le venga en gana. Yo creo, en definitiva, que todo el mundo tiene derecho a una educación lingüística completa y cabal, donde la palabra corrección no sea ni anatema ni dogal.

Así que —si me aceptan el consejo— no se dejen confundir ni por académicos puristas ni por escépticos idealistas: tanto los unos como los otros se equivocan porque todos padecen de la misma miopía lingüística. Y, sobre todo, recuerden que lo mejor y más sensato es tomarse siempre este tipo de cuestiones lingüísticas con mucho sentido del humor. Por eso, cuando se topen con alguien que les diga que la corrección en la lengua no existe, sonrían por fuera y ríanse por dentro; seguramente, quien así les hable será una persona culta y de clase desahogada —quizás un catedrático de Yale— que no permitiría que sus hijos tuvieran faltas de ortografía ni que comieran sólo con las manos. Y si se topan con un purista, pues ríanse igual: ¿a quién en sus cabales se le ocurriría comer gambas en la Feria de Sevilla con cuchillo y tenedor?

Luis Carlos Díaz Salgado

Miembro del grupo de investigación Sociolingüística Andaluza,

de la Universidad de Sevilla



[1] La pronunciación de la l final de sílaba como /r/ es un fenómeno muy común en el andaluz coloquial que, poco a poco, parece ir calando en los estilos formales. Sin embargo, todavía es visto como pronunciación vulgar por muchos hablantes andaluces. De ahí que este uso no forme parte de la norma culta andaluza. Veremos lo que ocurre en el futuro.

[2] Este es el punto de vista del famoso divulgador galés David Crystal y el de muchos otros lingüistas anglos, que sienten una especial antipatía por los que denominan language watchdogs (perros guardianes de la lengua).

[3] En la actualidad, existen 50 academias en el mundo que legislan sobre 45 lenguas diferentes. La situación hispana no es, pues, excepcional en absoluto.

[4] La realidad nos demuestra, sin embargo, que el concepto de corrección purista existe también en países donde no funciona una academia normativa. Pueden comprobarlo en este ensayo de Steve Pinker, donde —al estilo de Crystal— se critica a los puristas, o language mavens del inglés.

[5] Así se manifiesta en este artículo, publicado en The New York Times, el profesor de la Universidad de Yale, William Deresiewicz, quien afirma: «In fact, there is no such thing as Correct English, and there never has been» (De hecho, ni existe ni nunca ha existido eso del «inglés correcto»). Luego comprobaremos cuán difícil le resulta mantener esta afirmación que hace al comienzo de su artículo.

[6] Los estudios sobre la conciencia sociolingüística de los hablantes —y sobre las actitudes de aceptación o rechazo hacia determinados usos lingüísticos que se derivan de ellas— se producen en todas las lenguas y son imprescindibles para comprender los cambios que estas pueden experimentar.

[7] La gramática es un sistema más cerrado que el léxico y el fonético, y por lo tanto menos proclive a la variación.

[8] Esto es lo que les ocurre a muchos descriptivistas, como el profesor Deresiewicz, quien para describir el concepto de «inglés estándar» (un inglés normativo donde los haya, y por lo tanto sujeto a un estricto criterio de corrección) nos dice: «Standard English, at least the way Crystal and other “descriptivists” understand it, is something like Correct English without the attitude, the language as it's used in formal contexts […]» (El inglés estándar, al menos según lo entienden [David] Crystal y otros descriptivistas, es algo así como el inglés correcto sin la actitud, la lengua usada en los contextos formales […]). Resulta difícil entender que el inglés estándar sea definido como «el inglés correcto sin la actitud» cuando poco antes se había establecido que «el inglés correcto ni existe ni había existido nunca». Esta contradictio in terminis —motivada por confundir purismo con corrección— es un claro ejemplo de lo que podríamos denominar «la miopía del lingüista teórico».

[9] Que vive en sociedad, en compañía de otros.

[10] Puede que su jefe hable coloquialmente siempre que quiera, puede que no sea ni siquiera cortés, puede incluso que sea muy aficionado a los anacolutos y que hasta cometa faltas de ortografía; pero tenga por seguro que exigirá un comportamiento muy diferente a quien se encargue de responder al teléfono, de atender a los clientes o de redactar una nota para la prensa.

[11] Llama la atención que, viviendo en sociedades tan clasistas y estratificadas socialmente como las del mundo occidental, los descriptivistas se asombren de que los usos lingüísticos también lo sean. No parecen llegar a entender que los hablantes tienden a imitar los usos que consideran más prestigiosos porque creen que eso les interesa socialmente. Criticar sin llegar a comprender la hipercorrección de los inmigrantes que intentan aprender el Standard English para prosperar —como hace el profesor Deresiewicz— es un «menosprecio de corte y alabanza de aldea» que en poco ayuda a los realmente desfavorecidos.

[12] Un ejemplo de esto que les digo.

[13] Son absurdas, por ejemplo, las críticas a la ortografía abreviada que solemos emplear —especialmente los jóvenes— a la hora de enviar mensajes escritos desde el móvil; esta ortografía «coloquial» es utilísima para este tipo de mensajes. Claro está, más absurdo aún sería no exigir una ortografía correcta en clase.

[14] Según el sociolingüista estadounidense William Labov, la adquisición de la primera gramática se produce en la primera infancia, el vernáculo se asimila de los 5 a los 12 años; a partir de los 14 comienza a desarrollarse la percepción social de la lengua, así como su variación estilística. En la primera edad adulta se adquiere un uso adecuado del estándar. Por último, sólo las personas educadas y especialmente preocupadas por el uso de la lengua llegan a adquirir todos los recursos lingüísticos que la propia lengua les brinda.

[15] Como verán, no es tan difícil definir la norma culta.

[16] En estos casos en los que la planificación del discurso adquiere un papel principal —frente, por ejemplo, a la improvisación típica del estilo coloquial— es donde más claramente funciona la conciencia sociolingüística. Una frase como «María es una amiga que le gusta mucho bailar» es propia de un discurso coloquial; sin embargo, si tuviéramos que escribir esta oración dentro de una noticia, seguramente diríamos: «María es una amiga a la que (a quien) le gusta mucho bailar».

[17] A Robert Hall, autor del famosísimo Leave your language alone (Deja tu lengua en paz), donde se rechazaban las políticas de intervención lingüística, le respondió precisamente un sociólogo del lenguaje, Joshua Fishman, con una no menos famosa obra: Do not leave your language alone (No dejes tu lengua en paz).

[18] En una lengua con una variación geográfica tan extensa como la española, es necesario aceptar lo que la propia realidad demuestra: que existen muchas normas cultas. Por ello debemos respetar y fomentar todas y cada una de ellas, sin privilegiar ninguna. De esta forma quedan claros tres objetivos principales: que nuestra intervención en la lengua es mínima; que es necesario dominar los estilos formales de la lengua, y que la norma culta castellana no es la única referencia de buen uso idiomático.

[19] Frente a la variedad intrínseca de todas las lenguas, existe una tendencia a la unidad que se revela en las semejanzas de las diferentes normas cultas. Esta es otra de las paradojas lingüísticas —unidad y variedad a la vez— que muchos no atinan a comprender.

[20] Las numerosas críticas a la falta de competencia lingüística de muchos alumnos de español como lengua materna deberían hacernos reflexionar sobre este punto.

[21] A esta misma conclusión llega el profesor Deresiewicz cuando dice: «The student who says “the bag of books are heavy” should be corrected, but the student who says “he be walkin’ by” needs instead to learn the distinction between his first language and Standard English.» (Al estudiante que dice «la bolsa de libros son pesada» habría que corregirlo, pero el estudiante que dice «él estar paseando» [en algunos tipos de inglés coloquial no declinar el verbo to be es algo relativamente común] lo que necesita es aprender la distinción entre su primera lengua y el inglés estándar.) Como ven, es evidente que el profesor Deresiewicz no permitiría que un estudiante utilizara un coloquialismo en un texto formal. Si esto ocurriera, si el estudiante no apreciara la diferencia entre el vernáculo y el estándar, seguro que no dudaría un segundo en corregirlo, aunque eso significara admitir finalmente que la corrección sí existe y conviene enseñarla.

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10 comentarios

Supra Vaider High -

Practice perfect, as you well know, and perfection is within your grasp. Put in the extra time now, and make an outstanding impression.

Inma -

Sobre el concepto de «corrección» en la lengua.

Hola Pilar,

Por si no te has dado cuenta, hay cosas más importantes que la lingüística, como es la comunicación, pues lo importante es poder comunicarse tanto con un lingüista como con un piragüísta.

Saludos Inma.

Rafael del Barco Carreras -

FERIA DEL LIBRO DE FRANKFURT



Rafael del Barco Carreras



Corta conversación con una editorial de ideología a la izquierda de la izquierda. “Tú libro “Barcelona 30 años de corrupción” nos interesa, con alguna corrección para evitar demandas, pero en CATALÁN, y como la Generalitat no nos lo subvencionará por la temática, alguien debería cubrir la financiación hasta su puesta en el mercado, que en una de nuestras colecciones se venderá bien”. “Hasta que alguien os advierta, o peor, y los libros, que habré pagado yo, se pudran en cualquier almacén, como ya me ha sucedido”. “Es lo que hay”. “Prefiero colgarlo en Internet”. Coste CERO, y lectores asegurados.

Ver…www.lagrancorrupcion.com

Luis Carlos Díaz -

Gabriela:

Como seguramente sabes, la sociolingüística se dedica al estudio de la variación en las lenguas. El nivel de instrucción de los hablantes y su pertenencia a una clase social determinada nos sirve para estudiar esta variación; igual que nos serviría el sexo, la edad, la geografía, etc.

Desde el punto de vista del nivel de instrucción y clase social, hablamos de sociolectos altos o cultos, medios y populares.

No sé si este concepto de socilecto alto o norma culta está superado o no, pero te aseguro que, dependiendo de de su nivel de instrucción, las personas hablan de manera diferente, de ahí que la sociolingüística se preocupe de ello: es un tipo de variación.

Saludos. Luis Carlos Díaz.

Luis Carlos Díaz -

Aquí van los enlaces de algunas de esas academias:

Neerlandés:

http://taalunieversum.org/

Rumano:

http://www.academiaromana.ro/

Francés Quebequés:

http://www.olf.gouv.qc.ca/

Vasco:

http://www.euskaltzaindia.net/

Valenciano:

http://www.avl.gva.es/

Asturiano:

http://www.academiadelallingua.com/

Saludos. Luis Carlos Díaz

Gabriela -

Me pareció excelente el artículo.
Sólo me pregunto, desde la "ignorancia curiosa" ¿no está superada ya la noción de lengua "culta" y de persona "culta" o "inculta" desde la sociolingüística (por no sumar a esta la antropología, también)?
Gracias

Marco Antonio Inca -

Muy interesantes tus apuntes.

En tu artículo mencionas que hay 50 academias que regulan unos 45 idiomas. ¿Podrías mencionar algunas de ellas?

Gracias.

Marco Antonio Inca
Lima-Perú

Luis Carlos Díaz -

Hola, Pilar:

Me alegro de que te gustara el artículo, gracias por tus comentarios. Si te interesa el tema de las normas cultas, me temo que tendrás que esperar a que acabe un artículo sobre "unidad y diversidad en las lenguas", donde trataré más profundamente ese tema.

Un saludo. Luis Carlos Díaz

Silvia Senz -

Me ha parecido un artículo estupendo, Luis Carlos, pero echo de menos dos planteamientos que se derivan de forma natural de tu exposición:
1) Lo sencillo que resulta instalar prejuicios lingüísticos en la mentalidad de los hablantes, que condicionen la percepción de su lengua, de otras lenguas, y sus actitudes hacia ellas; el hablante es extremadamente manipulable, y eso lo sabe bien quien se dedique a la política, lingüística o no.
2) Un comentario de la actitud académica con respecto al estudio, fomento y respeto de las diversas normas cultas del castellano (dado que a las academias no les interesan otras modalidades de la lengua).

Pilar Chargoñia -

Agradezco y felicito al autor del artículo. Una exposición fascinante, Luis Carlos, además de amena, fundamentada y, sobre todo, esclarecedora.


¿Hay más? ¿No podrías escribir, por ejemplo, sobre las distintas normas cultas?
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