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La importancia de la localización

La importancia de la localización

Aunque esta bitácora está formada por profesionales del libro, el texto y la gestión documental (traductores, correctores, editores, documentalistas...), o quizá precisamente por eso (porque nuestra especialidad es el libro), apenas hemos hablado de la importancia que tiene la adaptación de un producto a la cultura y la lengua de los lugares donde se va a comercializar, una tarea que se inscribe dentro de los procesos de localización y cuyo fin es, en palabras de Juanjo Arevalillo, «asegurar el funcionamiento correcto del producto» en diversos mercados.

Los casos más populares de localización (o de su carencia) tienen que ver con la malsonancia, en determinados entornos lingüísticos, de algunos modelos o eslóganes de productos industriales (1, 2, 3 y 4). Pero raros son los que rizan el rizo sumando a ese efecto malsonante el contraste del nombre de la marca o modelo con su eslogan.

Entre estos casos, resulta especialmente reseñable (por lo cómico) el de los productos plásticos Tontarelli, una empresa italiana que lleva el nombre de su fundador y que extiende su red comercial por buena parte de Europa. En la casa Tontarelli están tan orgullosos de su excelencia y su capacidad emprendedora e innovadora en el ramo —que, como consumidora, certifico— que exhiben por doquier y sin pudor el lema, enseña de la casa, «Tontarelli, intelligenza plastica».

Es evidente que, en España al menos, la intelligenza del señor Tontarelli brillaría mucho más con la ayuda de un buen localizador.

Silvia Senz (Sabadell)

Superventas grande, ande o no ande

Superventas grande, ande o no ande

Me ha llamado la atención un artículo reciente del crítico de Motor Juan Manuel Pichardo, que reflexiona sobre la incoherencia de diseñar coches con poca visibilidad trasera para luego incorporar toda clase de sistemas de mejora de la visibilidad, como las cámaras de visión trasera. La explicación estaría en el hecho simple de que esos coches se crean como artículos de consumo, no como medios de transporte.

He denominado a Pichardo crítico porque cumple una función esencial en la sociedad de la abundancia: la de utilizar la capacidad de discriminación, el buen juicio, para orientar a sus lectores. No se me ocurre ahora qué término peyorativo regalar a los que, en lugar de utilizar la cabeza, reproducen los comunicados de prensa de los responsables de mercadotecnia (¿o será mercadominio?) del sector de la automoción.

Puede parecer que esto no tiene nada que ver con el fomento de la lectura entre los más jóvenes, que es de lo que quiero hablar. Sin embargo, sí guarda relación: en el (escaso) eco que la literatura infantil y juvenil halla en la prensa, predomina, incluso en medios especializados, el elogio del superventas por encima de la crítica. La crítica de la literatura de adultos adolece del defecto contrario: por pose, jamás concede aprobación a los superventas (salvo cuando la editorial y el periódico pertenecen al mismo grupo, claro). Pero en el caso de la LIJ, por un lado, la prensa adulta la desprecia, y le parece más interesante el lugar de vacaciones de la Rowling que un libro extraordinario como el Chamario de Eduardo Polo; y en cuanto a mucha de la prensa especializada, vive bajo el yugo de la publicidad. Yugo, servidumbre, esclavitud, no lo sé: el hecho es que hay reseñas que sonrojan, contrastadas con la calidad real de los productos.

La crítica es un ejercicio complejo, dudoso e imprescindible. Se escribe desde un punto de vista concreto (siempre discutible) y se contrasta el despiece de la obra (siempre discutible) con toda una serie de virtudes o ideales (siempre discutibles). Pero también es discutible si una viga debe ir más aquí o más allá, de qué material debe ser y cómo deben ser sus puntos de apoyo, sin que eso signifique que sea preferible construir las casas sin vigas. Entiendo que el ideal de la sociedad literaria pasaría por un conjunto de críticos con perspectivas diversas y espacio suficiente para que, con la suma de su diálogo y el nuestro, pudiéramos hacernos una idea lo más objetiva posible de una selección de libros. Nadie puede leer todo lo que se edita, no todo lo que se edita merece leerse... La criba es necesaria y al final siempre se hace, pero es preferible que la hagan los críticos, antes que los publicistas o los responsables de ventas.

En el fondo hay una vieja polémica: si los malos libros acercan a la literatura o no. Si eliminamos la capa de oropel con que nuestra cultura ador(n)a al Libro, podemos hacer la pregunta de otra manera: ¿la televisión basura nos acerca a la buena televisión? ¿Aquí hay tomate nos anima a ver Al filo de lo imposible? Al hilo de no importa ahora qué libro, el crítico Gustavo Puerta resumía así su valoración: «una fácil lectura que se erige como un obstáculo más entre el no lector y la literatura». Una bibliotecaria me decía también, ya al filo de su jubilación, que hacía un tiempo que había renunciado a comprar libros comerciales pero malos, porque no creaban lectores, sino espejismos. Probablemente no todo es tan negro; pero sí creo que un mal libro, un producto, una cosa, no cala como un buen libro y, por tanto, es mejor no confundir el gato con la liebre.

Otra cuestión evidente es que los escritores necesitan —necesitamos— a los críticos, que pueden leernos desde una postura externa y por lo general mucho más amplia, para así darnos una perspectiva distinta de nuestros libros. De sus defectos, pero también de sus virtudes. En el caso de los autores superventas, imagino que eso es más necesario aún, para unir el calor cerrado de un club de fans a la valoración razonada de un buen lector. (Porque está claro que habrá malos críticos, pero también hay malas panaderías. En los casos ciertamente mohosos, basta con comprar en otra panadería u otro medio de comunicación. Parte de la mala fama de los críticos, no nos engañemos, está en su función de árbitros, y todo aficionado al fútbol sabe que no hay penalti claro que se pite en nuestra contra.)

Quiero despedirme con dos recomendaciones. (Es mi último artículo en esta bitácora.) Una es el sitio web de Luis Daniel González, Bienvenidos a la Fiesta, que recoge críticas (siempre discutibles) claras, razonadas, sinceras y útiles. Entre ellas, no hay que pasar por alto la que dedica a un superventas como Memorias de Idhún, que tal vez no sea un mal libro, pero tal vez sea mejorable. La otra es un artículo también a contracorriente aparecido en el último número de CLIJ: «Jóvenes adictos a la lectura. Estrategias de venta y de escritura», de Gemma Lluch. Puede leerse una versión anterior en «Mecanismos de adicción en la literatura juvenil comercial», Anuario de investigación en literatura infantil y juvenil, n.º 3, 2005, pp. 135-156.

Cuídense.

Gonzalo García (Moratalla, España)

Esther Benítez y mi viejo (y nuevo) amigo Nicolás

Esther Benítez y mi viejo (y nuevo) amigo Nicolás

Yo leí todos los libros del pequeño Nicolás que cayeron en mis manos hace ya mucho tiempo. Y cayeron todos, claro, porque si combinamos a un niño que da la lata a sus padres para conseguir un libro, con unos padres confiados en que los libros siempre son una buena inversión con un hijo lector, el resultado es que, uno tras otro, en el cumpleaños, en el día del libro o porque sí, los libros reclamados acababan llegando.

Recuerdo que me reía a carcajadas. Se los prestaba a Blanca, una amiguita mía, y también se reía en voz alta. «Majencio, ¡qué idiota es!», nos decíamos y nos echábamos a reír como tontas.

Era la etapa del pequeño Nicolás. Hubo otras, claro, que compartimos también. Sin embargo, ésta fue la única en la que reímos así, tanto y tan ruidosamente.

Por eso el otro día, en la biblioteca, aunque no pensaba sacar ningún libro, no pude resistirlo. Estaba ahí, con el pequeño Nicolás en la cubierta, con una banda en diagonal que me decía «26 historias inéditas», ilustrado por Sempé, escrito por el siempre llorado René Goscinny, editado por la misma editorial donde me había leído todos los demás: Alfaguara. ¿Quién iba a resistirse? Hasta eché de menos no saber nada de Blanca. Tenía que conseguir encontrarla para volvernos a reír juntas.

En cuanto llegué a casa lo abrí. Comencé. Prólogo de la hija de Goscinny. Le agradecí haber descubierto y sacado a la luz estas historias y me enteré de que me esperaban dos volúmenes más: uno con veintiséis también y otro con veintiocho, todas ellas publicadas ya en Francia, en dos volúmenes.

Corrí al primer capítulo. Me sonreí con «El chiste». Seguí sonriendo con los demás. Y notaba un ritmo extraño y algunas expresiones que, no sé, no recordaba de mi Nicolás.

Fui a la habitación de mi hija mayor, cogí Los recreos del pequeño Nicolás, Madrid: Alfaguara, 1979. Nada más empezar a leerlo me reía como una tonta.

Entonces miré el nombre del traductor: Esther Benítez en todos los que tenía; Miguel Azaola en el que había sacado de la biblioteca. Ah, era eso.

«¿Pero qué narices le pasa a Alfaguara con Esther Benítez?», me pregunté. Y como no tenía ni idea ni sabía a quién preguntar, hice lo que hago cuando no sé qué hacer: buscar en Google. A mi búsqueda respondió en pocos segundos y así descubrí que a Alfaguara no le pasaba nada, que era a Esther a quien le pasaba: había muerto, y de hecho, cuando esto ocurrió, salieron muchísimos compañeros traductores a homenajearla con su pluma, e incuso instituyeron un premio en su nombre; pero yo no me enteré de nada, como no me había enterado de que cuando me reía tanto no se lo debía sólo a Goscinny y a Sempé, sino también a ella.

Miguel Azaola es un traductor magnífico, bregado en la traducción de LIJ del más endiablado y fino humor, como los Cuentos en verso para niños perversos, de Roald Dahl. Gracias a él muchos hemos disfrutado de mil y una historias. Y sin embargo, y sin querer hacerle de menos, cómo me gustaría recuperar mi risa.

Eso sí, Miguel es un hombre valiente. Tras una traductora brillante, como es Esther Benítez, hay que ser muy valiente para traducir otras historias del pequeño Nicolás, como ha hecho Miguel Azaola. Pero las traducciones de Esther no eran sólo correctas: eran maravillosas, insuperables. Uno se partía de risa con el pequeño Nicolás en Alfaguara. En la misma Alfaguara, hoy, con El chiste, sólo me sonrío. Algo no me funciona.

Esther no pondría nunca «querido mío» en boca del papá de Nicolás. Es una expresión muy francesa, pero a mí no me cuela en español. Es muy correcto también el traducir el pretérito perfecto simple escrito en francés por el pretérito perfecto o compuesto en español, y sin embargo, qué bien quedaba que Esther lo mantuviera casi todo el texto en sus traducciones de Goscinny.

Hasta al empollón lo he tenido que buscar con lupa: ya no es Agnan, es Aniano. Será mucho más adecuado, pero lo cierto es que echo de menos a Agnan; hasta me parece que ahora no estudia tanto ni le hace tanto la pelota a la maestra.

No sé... Tal vez aproveche que el pequeño Nicolás tiene un blog (en francés, claro) para contarle a él, directamente, cómo Esther Benítez logró convertirlo en uno de mis amigos de la infancia más queridos y añorados.

Ana Lorenzo, Rivas Vaciamadrid (Madrid), España

Panegírico de Arrigo Coen

Panegírico de Arrigo Coen

Este viernes 12 de enero se murió Arrigo Coen. Había nacido en Pavía, en mayo de 1913, de modo que ya tenía 93 años. Su madre fue una contralto mexicana, Fany Anitúa, que en gira constante por el mundo desde antes de la Primera Guerra Mundial, tenía por esas fechas su base en Italia.

Como buen autodidacta, Arrigo Coen había seguido sus intereses a grandes saltos y había llegado a abarcar campos extensos del uso de la lengua, de la parsimonia de la corrección de textos al vértigo de la publicidad y el periodismo. Así, fue un filólogo en el sentido lato del término, hecho en el amor y el ejercicio diario del idioma, y fue sobre todo un maestro, siempre listo para enseñar lo que sabía. En ese carácter de maestro, llegó a muchísima gente a través de la televisión y la radio.

Precisamente en la televisión, si no recuerdo mal desde la segunda mitad de la década de 1970, participaba en un programa, Sopa de Letras, que llegó a ser célebre como pocos y que cumplió una importantísima función educativa y divulgadora que nadie ha podido repetir en los 30 años que han pasado.

Escribió algunos libros. Uno de ellos, Para saber lo que se dice, fue muy leído, uno lo veía a la venta hasta en los supermercados, y llevó a Arrigo a escribir el segundo volumen, que creo que no corrió con tanta suerte. En los últimos años tuvo un programa de radio, daba clases en la escuela de escritores y fungía como asesor de dependencias el Gobierno.

A veces se desesperaba. Por ejemplo, cuando alguien le pedía sus datos para buscarlo, a él le parecía increíble que la gente no fuera capaz de mirar el directorio telefónico. No entendía en qué estribaba la dificultad de abrir cualquier libro de consulta, fuera un diccionario o el directorio telefónico. Si uno abría el directorio y buscaba la página correspondiente, veía ahí su teléfono y su dirección, en una zona de clase media sin pretensiones.

No sé por qué me infundía tanto respeto, que en las pocas ocasiones en que lo tuve cerca nunca me atreví a saludarlo. Lo vi varias veces en la calle Cinco de Mayo, en el centro de la ciudad de México. Le gustaba meterse a La Ópera, un bar de esa calle que hace esquina con Filomeno Mata. Ahí mismo está el restaurante del Club de Periodistas. Una vez, hace por lo menos 20 años, me lo encontré a unos pasos de ahí, frente a la puerta del Banco de México, hablando con el epigramista Francisco Liguori. Pensé que era mi oportunidad. Como Pancho Liguori frecuentaba la librería donde yo trabajaba, me imaginé que me reconocería y de algún modo me presentaría con Arrigo. Elucubré este plan mientras caminaba hacia ellos, pero en el momento apropiado no detuve mis pasos y ni siquiera volteé la cabeza. Lo cuento ahora lleno de arrepentimiento. Años después me encontré de nuevo a Pancho Liguori, en otra librería. Se acercó a mí con sus grandes zancadas, me tendió la mano y me dijo: «Tú me conoces». «Claro —le contesté—. Lo conozco muy bien.» Detrás venía una mujer muy guapa, entiendo que su hija. Quise preguntarle por Arrigo Coen, del que no había vuelto a saber nada. Pero tenían prisa y corrieron los dos rumbo a otra sección de la librería. Hasta el día de hoy guardo la imagen del maestro y la muchacha hermosa.

Liguori murió años más tarde, en el 2003, creo que el mismo día que otro estudioso de nuestra lengua, Nikito Nipongo. Ahora se murió Arrigo Coen. Yo me pregunto si seremos dignos del lugar que dejan vacante. Ya lo dirán nuestros hijos.

Javier Dávila (Ciudad de México)

Dosdoce presenta un buscador y un agregador culturales

Dosdoce presenta un buscador y un agregador culturales

Pilar Chargoñia venía hace pocos días comentando el relevante papel que ha adquirido la red en la difusión cultural, y la autoridad creciente que están adquiriendo los blogs y páginas sobre el libro en la valoración de la producción editorial. Una función, por cierto, en la que esta bitácora cumple la modesta pero necesaria labor de aportar una visión profesional sobre la calidad formal y textual de las publicaciones españolas y latinoamericanas, en cualquiera de nuestras lenguas, y de analizar cómo afecta la pujante expansión del español al mercado mundial de la edición.

Atentísimos a la trascendencia de la red en la difusión cultural, el equipo de Dosdoce nos anuncia en su estupendo blog sobre cultura, comunicación y márquetin, Comunicación Cultural, que celebran su tercer aniversario con la puesta en marcha de dos nuevas herramientas de gestión de información cultural para editores y profesionales del libro: un buscador cultural y un agregador cultural, creado este último en colaboración con Grupo Evoluziona.

Ambas tienen como objeto facilitar a los profesionales del mundo del libro la gestión de la abundante información sobre libros en la red y permitirles a un editor y a su jefe de prensa mantenerse al día de cualquier noticia publicada en internet sobre sus libros.

El buscador cultural rastrea los contenidos publicado en más de 150 blogs literarios y medios digitales que habitualmente publican reseñas de libros o elaboran artículos de opinión y estudios sobre temas relacionados con el sector del libro. Paralelamente, este buscador identifica todos los contenidos publicados en los sitios web de más de 3000 editoriales y librerías independientes de toda España. En febrero, el buscador ampliará su campo cultural añadiendo otros 2000 sitios web de museos, galerías de arte y bitácoras culturales a la base de datos de este buscador especializado.

En Dosdoce invitan a todas aquellas personas que consideren que su blog, editorial, librería, etcétera, debería estar en este buscador cultural que les envíen un e-correo a con el nombre de su sitio web, su URL, y un par de párrafos descriptivos de la bitácora, web o empresa, a fin de contar con ellos para próximas actualizaciones.

El agregador, que se presentará próximamente en Madrid, incluye 50 blogs especializados en el sector del libro y la edición. La presentación tendrá lugar el martes, 23 de enero, a las 10.30 horas, en el Salón de Actos del Centro Cultural Conde Duque de Madrid. La entrada es libre pero el aforo limitado, por lo que es conveniente reservar plaza en incluyendo datos personales (nombre, entidad cultural, e-correo de contacto).

Actualización (24/01/2007): el agregador está ya listo para descarga y uso aquí.

 

Silvia Senz (Sabadell)

 

 

Lecturas y ediciones recomendables: «El último encuentro», de Sándor Márai

Lecturas y ediciones recomendables: «El último encuentro», de Sándor Márai

En varios sitios he leído la información de que los blogs suelen dar recomendaciones de lecturas, que funcionan como un boca a boca, con opinión tan —o más, o menos— autorizada e influyente como la crítica literaria que se lee en publicaciones especializadas o en la sección del diario de turno. Me sorprendió, era una función que no había percibido hasta el momento. Son tantos los blogs y los blogueros, son tan variadas las áreas que se puede cubrir desde ellos… Escribir en un blog es un tema de comunicación por escrito. Sí, se me dirá, pero para esto están también los foros, las listas. No es igual, el blog exige un compromiso diferente, diario y convencido. ¿Compromiso? Sí, compromiso con el otro, con la relación establecida. En los foros, grupos cerrados de interlocutores con gustos similares por una disciplina equis, el compromiso comunicativo es relativo, puedo pasar meses sin decir esta boca es mía, puedo ocultarme detrás de matorrales virtuales y espiar sin ser visto, puedo transformarme en quien no soy; puedo, en definitiva, dejar de decir «este soy» o, mejor, «aquí estoy y este soy». En un blog ese compromiso es la base de la escritura. Este soy y aquí estoy y esto es lo que digo. Como el que tiene boca se equivoca, pues me equivocaré; el riesgo del error es secundario frente al intercambio de tú a tú que me propone este medio (después me agarra el insomnio, y no me suelta, cuando me pongo a repasar las cosas que escribí).

Quería —apenas se trataba de esto— recomendar una vez más la lectura de El último encuentro, del húngaro Sándor Márai. En Ediciones Salamandra, 1.ª edición de noviembre de 1999; 30.ª edición de julio del 2006.

Una novela impecable (188 pp.), de estructura firme. Nada de narradores no fiables al modo de las novelas con personajes adolescentes que no pueden captar el mundo adulto al que asoman porque no tienen los códigos necesarios y nada tampoco de novelas de «alta biografía» (descarto las mayúsculas y uso las comillas por el estupor que me causa el nombre) de que habla Martin Amis en su novela Experiencia. Es la búsqueda humana de la verdad —palabras muy hondas—, en un enfrentamiento entre dos amigos, al cabo de los años.

El autor desarrolla el argumento en un racconto o flash back que escapa a los modos habituales. Sin artificios literarios, de aquellos que exigen al lector una búsqueda denodada de las claves que no siempre están presentes cuando y donde debieran estar. Los personajes son seres completos, con prontuarios sin fisuras; podemos verlos, psíquica, física y moralmente. Y, claro, la historia nos pide un esfuerzo de comprensión y sensibilidad de nuestra parte y nos da a cambio un espejo más, una iluminación que alimenta nuestro espíritu. ¿Qué más se puede pedir a un libro? ¿Que esté bien corregido? Lo está. ¿Que esté bien traducido? Obvio que también, si nos cala tan hondo.

Una recomendación de lectura, cuando es adecuada, da las razones de quien las emite para hacerla. No distrae con el argumento ni con la resolución de la historia que se narra. Habla de estructura, pacto ficcional, punto de vista, esas cosas…

Si después de leerla quieren comentarla, ya saben dónde encontrarme (comunicarnos, comunicarnos, comunicarnos).

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

Pasión y compromiso de la edición artesanal

Pasión y compromiso de la edición artesanal

Hace ya unos años, desde el 2003, que en Buenos Aires (Argentina), Lima (Perú) y La Paz (Bolivia) circulan libros fabricados con cartones. Pequeños grupos de editores, Eloísa Cartonera, Sarita Cartonera y Yerba Mala Cartonera, compran el material a los cartoneros o hurgadores ambulantes y lo transforman en libros encolados, con tapas de cartón dibujadas y pintadas manualmente, y hojas con textos fotocopiados, preferentemente cuentos o poesías de autores latinoamericanos.

¿Libros hechos con cartones desechados? ¿Por qué? Se intenta paliar una situación preocupante y cada vez más extendida en las calles de nuestras ciudades: los carritos de hurgadores que pululan buscando cómo subsistir. Es una realidad que duele y a la que no le cabe un comentario superficial. No es fácil evitar la sensiblería o caer en el cómodo mirar hacia el costado; el tema tiene demasiadas aristas que contemplar, sin las cuales no se podría dar una información que sea confiable y respetuosa de esa realidad.

 

Los talleres de edición artesanal permiten sacar de la calle a los chicos cartoneros.

 

En los enlaces a esta nota incluimos los datos que figuran en la Red sobre cada uno de los elementos de la propuesta: las razones y el funcionamiento (1) de esta iniciativa de edición alternativa, ecológica, comunitaria y solidaria en tiempos de globalización del capital; los grupos que la llevan adelante (2, 3, 4, 5); la realidad del colectivo cartonero (6); las opiniones y comentarios de los ciudadanos (7), los autores que ceden los derechos de reproducción de sus textos a estos editores artesanales (8 y 9); los artistas que pintan sus tapas (10)…

Los libros artesanales no son nuevos, sin embargo. Sólo es nueva su aplicación para el desarrollo social de grupos marginales.

Permítanme una anécdota al respecto de estas manufacturas: uno de los mejores regalos que recibí me lo hizo Victoria, amiga del alma en los buenos tiempos de la adolescencia. Dentro de una bolsita de arpillera al natural, un libro con tapas de cartón corrugado y veintidós hojas de papel de estraza, bien planchaditas, enlazadas a la tapa con un cordel de hilo sisal. La impresión parece de máquina de escribir eléctrica (y sí, el librito ya tiene sus años). Se trata de Carta a un joven escritor, de Ernesto Sábato, por Ediciones El Mendrugo (3.ª edición, Argentina, mayo 1975), con el copyright de la Editorial Sudamericana e impreso en los Talleres Gráficos Torres (Bartolomé Mitre 1370, Buenos Aires, Argentina). Con la mente puesta en el espíritu de los libros cartoneros, no puedo evitar releer este fragmento:

Hay una reiterada dialéctica entre la vida y el arte, entre la verdad y el artificio. Una manifestación de aquella enantiodromia de Heráclito: todo marcha hacia su contrario en el mundo del espíritu. Y cuando la literatura se vuelve peligrosamente literaria, cuando los grandes creadores son suplantados por manipuladores de vocablos, cuando la gran magia se convierte en magia de music-hall, sobreviene un impulso vital que la salva de la muerte. Cada vez que Bizancio amenaza con terminar con el arte por exceso de sofisticación, son los bárbaros los que vienen en su ayuda: los de la periferia, como Hemingway, o los autóctonos, como Céline; tipos que entran a caballo, con sus lanzas ensangrentadas, en los salones donde marqueses empolvados bailan el minué.

No es el único libro artesanal que tengo frente a mí. Hace pocas semanas me llegó Epidermis, de Claudia Morassi, cuarenta hojas de formato pequeño, tiraje de cien ejemplares producidos artesanalmente, primera edición de julio del 2006, Montevideo, Uruguay. Con impresión de computadora, hojas F4 subdivididas en cuatro partes, engrampadas en dos mitades y encoladas a una tapa de cartón común. La tapa lleva una banda de tela gamuzada color rosa viejo y letras pintadas en témpera, leo: «MANTRA / la última palabra de tu boca / un mantra en mi cabeza / Hipócrita / un grito en mi cabeza / y el golpe seco de la sílaba / en mi cabeza / Hipócrita / la gota cae / un millón de veces / repetida / la gota estalla / en mi cabeza / en mi cabeza hipócrita / mientras te miro / por última vez / antes de irme».

¿Podría, por amor a la escritura —la propia, la ajena—, tomarme el mismo trabajo que Claudia o los editores «cartoneros»? Me dan calambres de sólo pensarlo. Pero está visto que la edición también puede hacerse así: artesanal y apasionadamente.

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

Navidad en palabras

Navidad en palabras

(Foto: la figura tradicional catalana del caganer, encarnada en Salvador Dalí.)

Algunas bitácoras y páginas, imprescindibles en estas fechas (en inglés, castellano y catalán):

Navidad Digital.

Siempre Navidad.

Blog Navidad.

Tarjetas de Navidad.

Tot Nadal.

Poesiaaulanadal.

Mi Web de Navidad.

Navidad Latina.com.

Navidad en el Mundo.

Amics del Caganer.

Pessebres.cat.

Federación Española de Belenistas.

Merry Christmas in 350+ languages!

Fathertimes.net, New year Tradictions.