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Academias y académicos: qué lejos de los profesionales de la lengua

Academias y académicos: qué lejos de los profesionales de la lengua

Admiro a Alicia Zorrilla por muchas cosas. Por su trabajo en el ámbito lingüístico, sobre todo. Leo ahora —qué tarde, dirán ustedes; pues sí, supongo— su discurso de entrada en la Academia Argentina de la Lengua. Y, quizá por estar acostumbrada a esos discursos eruditos que no se casan con nada, que no son nunca la declaración de intenciones a la que nos tienen acostumbrados nuestros académicos, los de la RAE, éste de Alicia Zorrilla me atrae y me produce a la vez mucho rechazo. Pero, como dice mi hija pequeña —imitando seguramente a su abuela, que gusta mucho de refranes—, «quien tiene boca se equivoca». Vamos, que el discursito tiene tela, pero también es cierto que esta señora se moja, y hay otros que ya quisiera uno que se mojaran un poco.

Como varias partes del discurso me encienden un poco y no sé si mi autocontrol llega a tanto, vayan por delante, a la manera de un sabio escritor que conozco, mis disculpas.

Habrán oído ustedes muchas veces las historias de los niños criados en el más absoluto aislamiento por los faraones, por los reyes, por Napoleón..., con la intención tan absurda como pretenciosa e inútil de que, al echarse a hablar, la primera palabra diera con el habla de Dios o de los dioses, que, claro está, todos creían firmemente la suya propia. Bueno, nunca me ha gustado que nadie trate de apropiarse de nada en nombre de lo sagrado —bien es sabido que eso ha dado lugar a muchas guerras y sigue haciéndolo—, y tampoco me gusta que la señora Zorrilla afirme al comenzar su discurso:

El hombre de nuestros días parece espiritualmente solo, con las raíces en el aire, y esa soledad, fruto de tantas carencias y de tantas penumbras, lo obliga a salir de sí y a atraer hacia sí un ídolo material que se disfraza con las mil máscaras del oportunismo para encantarlo con la frivolidad y con la ignorancia, para vaciarlo de principios y de convicciones, para arrancarle, uno a uno, sus valores; para despojarlo del orden y de su dignidad en el decir. Se aleja de la verdad —ésta ya no es un bien, sino un mito— y, desnudo de fe, se refugia en el vacío de su incertidumbre, donde no encuentra demasiados espacios para crear ni para depurar su creación imprescindible. Y esa ausencia de verdad, que es olvido de Dios, se transforma en espejo de su expresión rota, enviciada de muletillas, de verbos descarriados que responden a la desintegración de los tiempos, de sustantivos a medias, de adjetivos débiles, descoloridos, y de preposiciones perturbadas, cuya omisión es también metáfora de tantas ausencias. En esa sintaxis del desasosiego, un vocablo devora a otro, y los que permanecen confunden sus arquitecturas y desangran sus significados. Todo pesa. No podemos decir con Octavio Paz: «Un espacio hecho de aire y en el que todas las formas poseen la consistencia del aire: nada pesa».

No creo que el hombre descreído sea un fenómeno de la sociedad de hoy; creo que ha existido desde siempre. Pero achacar la falta de cuidado por el lenguaje y la pobreza en el uso de la lengua a una falta de creencia en Dios, es como reclamar el buen escribir para los justos. No cabe en cabeza alguna que una bondad sea patrimonio de unos pocos, y que el discernimiento de qué pocos lo merecen sea llevado a cabo por un criterio como el de la religión: el que es católico (pues parece que en las primeras líneas Alicia se identifica como tal) lo único que tiene a su lado es la fe que posee; ni más ni menos, señora mía, y eso ya es mucho. Pero deje al César lo que es del César: ni Teresa de Calcuta reclamó para sí y para las suyas la bondad y la abnegación en el cuidado de los enfermos. En una entrevista dijo que ellas vivían para Dios y que sus actos eran para ellas secundarios; que mucha gente acudía a Calcuta con la intención de hacer el bien tanto o más que ellas, y en esto ella les aclaraba que si lo que querían era ayudar al prójimo, sin fe ninguna en Dios, montaran una ONG, que ella los ayudaría. Ya ven, ni la bondad y la generosidad son patrimonio de nadie: sólo la fe es algo que uno tiene o no. Achacar a la falta de valores la incorrección en el lenguaje es simplista; no creo que esas crisis cíclicas que se denuncian a menudo de desarraigo y de falta de creencias (hace mucho decía un autor, no recuerdo cuál, aunque un amigo me apunta que se le atribuye a Chesterton: «When Man stops believing in God, he doesn't then believe in nothing, he believes anything» [Cuando el hombre deja de creer en dios es capaz de creer en cualquier cosa]) se traduzcan en un empobrecimiento del lenguaje y de la expresión: el hombre sigue escribiendo y creando y buscando, y cambiando la lengua, como siempre.

Habla Alicia Zorrilla de que se ha perdido el afán de hablar bien y de escribir bien; estoy de acuerdo, lo constato en el mil veces oído «Si, total, se entiende». Pero cabría preguntarse si las Academias no han sido en parte culpables de esto: por no haberse unido antes en ese hispanismo que tanto echamos de menos para no encontrar a España siempre como la pauta; por no dejar claro su carácter normativo; por no alcanzar un consenso argumentado y permanente en sus decisiones, tantas veces contradichas en sus propias publicaciones; por hacer que esas publicaciones vigentes se desdigan las unas a las otras; por no tener esa transparencia ni esa gratuidad en la elección de sus miembros, en la elección de sus editores, en la distribución de sus publicaciones... (sobre esto hay varios artículos en este mismo blog).

Habla también Alicia Zorrilla de que «El desposeimiento de la palabra es intolerable; el exceso de palabras también, sobre todo, cuando se apartan de lo justo y lo sensato». Esto me parece peligroso: es fácil decir lo que es correcto e incorrecto, lingüísticamente hablando —ya, ya sé que a veces no es nada fácil—, pero desde luego sólo conozco pocos casos de gentes que se han atrevido a discernir entre lo que era justo o sensato y lo que no, y lo han llevado a sus últimas consecuencias: Fidel Castro, Franco..., dictadores que se creen que los demás no saben qué es lo justo o sensato y que ellos tienen que decidir por los demás. Es terreno pedregoso. No me parece acertado y quiero entender que lo que intenta decir es que la gente ya habla por hablar, sin el menor cuidado, y mete la pata. Un desacierto en su expresión.

Ay, el humor. Cuando habla de los errores que causan risa y no los entiende y se mete con no sé cuántos escritos que estudian la risa... Menos pensar y más sentir: esas erratas son las que por una hermosa forma de ser que tiene la lengua (la doble articulación), que establece pares mínimos (¿se acuerdan ustedes de formar pares mínimos para ver qué es fonema y qué alófono en una lengua?), el error hace que estos pares, a veces con una simple errata, se intercambien y la errata confiera un nuevo sentido a toda la frase, pero dejando traslucir lo que quiso decir el autor, apareciendo así un puro chiste. Como ese que cita el discurso del periodista que quiso «dedicar un cumplido a la hija del dueño del diario, quiso decir: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta”, pero se publicó “la tonta”». Esto es lo mejor de las erratas, o lo único bueno.

Habla de que no hay tiempo para la cultura y en eso coincidimos todos, supongo, pero es también labor de las Academias, en su deber de velar por el idioma, la de llamar la atención a los medios, las editoriales, las instituciones... para que se tomen ese tiempo y ese dinero. Tienen además que proponer soluciones: en España aún no se ha hecho nada por las exigencias de los correctores; y los correctores son una de las mejores —cuando no la mejor— herramientas con las que cuentan para que estos errores (todos los que Alicia Zorrilla recoge y lamenta) no aparezcan, o aparezcan muchísimo menos.

En cuanto a su «se yerra porque no se sabe», es lo que menos me preocuparía: hay que corregirlo con una educación gratuita de calidad, con libros, revistas, medios, etcétera, editados con cuidado y corrección. Y aquí de nuevo hablamos de tiempo y dinero que deberían reclamar las Academias o los ministerios de educación para no horrorizarse con los resultados: exijan correctores, reconózcanlos, cuídenlos, fórmenlos. Se corregiría con un permanente cuidado y atención de las instituciones a la base del español: el español lengua de aquí; si el E/LE es una inversión fácil y a corto plazo, el E/LA es una inversión a largo plazo básica para la otra y, además, moralmente exigible a todas las instituciones que cuidan de esta lengua y viven de ella, cuánto más a las Academias.

Más adelante:

Según el doctor Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, «la norma lingüística se establece sobre la base de lo que es el “uso normal que de ella hacen los hispanohablantes de formación media culta”. [...] Cuando un hecho gramatical se convierte en un hecho de costumbre de ese conjunto de personas, la Real Academia Española y las hispanoamericanas consagran lo que es normal como norma lingüística».

Es muy bonito lo de que las normas las establecen los hablantes y las academias las consagran; yo ahí pediría un poco más de valentía, como hacía un artículo en este blog y hemos pedido tantas veces. Además, no encuentro tan holgada la manga de la Academia, ni me gusta encontrarla así: recuerdo que Lázaro Carreter defendía que el uso que no empobrecía la lengua era el que merecía imponerse. ¿Qué quieren?, yo estoy de acuerdo con Lázaro Carreter más que con Alicia Zorrilla y su cita de García de la Concha.

En «Cada norma culta es tan valiosa como la de Madrid», el título me chirría. Primero, porque, aunque vivo en Rivas, soy de Madrid y estoy un poco harta de que aludan a Madrid como si fuera ¿qué?, ¿acaso es la lengua culta? ¿Han oído ustedes hace poco hablar aquí? ¿Y hace mucho? Porque en Madrid, hace veinte años, nadie era de aquí; y ahora, ya nadie es de aquí. Bueno, paro con esto. Me chirría porque no es tan valiosa: es más, simplemente por número de hablantes; en España somos ¿cuántos?, de los cuáles usamos el fonema zeta ¿cuántos? Pues eso, minoría absoluta. Yo creo que lo del hispanismo las Academias empiezan a catarlo, de forma titubeante: el DPD no deja de ser una muestra que un autor envía a su editor con la promesa de elaborar una obra, ¿o no? Falta un diccionario hispánico real, trabajo monumental. Falta una gramática hispánica, que incluya, por ejemplo, el voseo. La ortografía, sin embargo —aparte de la tarea pendiente de enmendar sus errores y contradicciones, y a no ser que se proponga una simplificación (no una complicación), tipo pasemos del minoritario ceceo e instituyamos el seseo—, no creo que presente problemas hispánicos más allá de la separación silábica del consabido tl en los dos tipos de pronunciación (en dos sílabas/en una sola). (Sobre el asunto de España como principal foco de irradiación y la necesidad de que esto cambie, se pueden leer, además de los artículos referidos, otros publicados también en este blog.)

Y, nada más, sólo que yo, si me atacara un atacante, en vez de usar el FIRST DEFENSE, le daría el alto y le sacaría el folleto explicativo: no tiene desperdicio, es desternillante. A lo mejor con el humor, que todo lo puede... Lo malo sería que no entendiera el español; mala suerte.

«Planiando para defensa personal. Quizas el aspecto más importante para el plan de defensa personal es aprender a confiar en sus presentimientos-si las cosas no parecen correctas, seguro que no están. Salgase inmediatamente de donde estás. FIRST DEFENSE ni cualquier otro producto puede garantizar su seguridad personal. [...]. Posesión de los productos de FIRST DEFENSE no es substitución para sentido común. [...]. Nunca usa FIRST DEFENSE como una arma ofensiva. Una técnica importante para usar si eres amenazado por un atacante es poder, dominar con aseveración. Muchos atacantes se desaniman cuando la víctima muestra fuerza y confidencia. Con el rostro hacia el atacante, levante la mano que no es dominante (usualmente la izquierda) con la palma señale al atacante ALTO, después grite lo más fuerte y agresivo que puedas “ALTO... Mantengase Atrás!”. Estudios han muestrado que personas que tienen tensión o ansiedad aumentado no oyen lo que se dice. Armonice la intensidad de lo que diga y como lo dices. Haga SU demanda fuerte y recio, no pasivo como “no me hagas daño” o “que quieres?”. [...] NO, siempre, significa NO! Practique gritar regularmente estas palabras poderosas. Si el atacante continúa, esté preparado a usar FIRST DEFENSE. [...]. Agarre firme su unidad personal de FIRST DEFENSE con cuatro dedos y pulgar. [...]. Tambien si el chorro está más corto de cuando era nueva es tiempo para reemplazarlo. [...]. Cuando estés confrontado con un atacador tenga y tome una posicion con los pies seguros y que sea facil de mover. Acuerdas... que si no encuentras el producto no puedes usarlo».

Ana Lorenzo (Rivas Vaciamadrid, España)

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