Lo que haría yo con la tontá de la digitalización
Mandarles a los productores, expertos y blogueros a este:
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Los lectores más fieles de esta bitácora recordarán aquella nota en la que reproducíamos una carta al director de El País, firmada con pseudónimo, donde se denunciaba la política laboral de la RAE para con sus equipos contratados, a la que añadíamos jugosos datos sobre la sobrada capacidad financiera de la institución: «Rae rica, trabajadores pobres».
La misma persona u otra utilizando idéntico alias (también los trabajadores explotados por el Instituto Cervantes usan, cual Fuenteovejuna, un pseudónimo común en su denuncia en la red) nos ha escrito este comentario al artículo de Luis Carlos Díaz «Los secundarios de la Real Academia». En él pone al descubierto, de un lado, qué caminos sigue la política científica de la RAE y, de otro, que tras la categoría de secundarios que ostentan los pocos lingüistas con sillón en la corporación académica, hay aún una categoría inferior, completamente anónima y laboralmente maltratada: la de los «figurantes». Lean:
Autor: Miguel Moore
No solo eso sino que los lingüistas y gramáticos contratados para elaborar la Nueva Gramática fueron despedidos casi el mismo día en que la obra salía a la calle, como pago a los servicios prestados. ¿Qué sucede si pasado mañana se publica un artículo con datos o con una teoría que entra en contradicción con algún apartado de la Nueva Gramática? ¿Acaso el equipo que la elaboró tendrá oportunidad de modificar su redacción? No amigos, el equipo que la elaboró engrosó las filas del paro, o si acaso volvieron a sus ocupaciones anteriores con una buena patadita en... su situación laboral. Cortesía de la política laboral y científica de la RAE. Además a la RAE le da igual que la Nueva Gramática pueda quedarse obsoleta en algunos aspectos a los meses de su publicación. ¡Tiene otros trescientos años para preparar otra Nueva Nueva Gramática!
Sólo tenemos lo siguiente que añadir: Miguel Moore, seas quien seas, contáctanos, por favor. El correo del blog figura en el menú «Acerca de».
(COMPLEMENTARIO DEL CURSO DE «CORRECCIÓN TIPOGRÁFICA»)
Docente: Silvia Senz
Calendario y horario: 17/05/2010-23/06/2010, lunes y miércoles, de 18.30 a 21.30 h
Duración: 20 h presenciales
Lugar de realización: Editrain-Gremi d’Editors de Catalunya (Barcelona)
C/Comte Borrell 235-239 - 08029 Barcelona
Tel.: 93 488 08 84
Más información: Francisco Sierra <formacionbcn@editrain.com>.
I. CONCEPTOS BÁSICOS: CORRECCIÓN Y EDICIÓN DE TEXTOS Y CONTROL DE CALIDAD
II. NORMAS Y REGLAMENTOS EN LA EDICIÓN Y LA CORRECCIÓN DE TEXTOS
1. Conceptos de norma y reglamento
2. Reglamentos legales que afectan al trabajo de edición y corrección de textos
3. Normas que afectan al trabajo de edición y corrección de textos
3.1. Estándares no lingüísticos y ortotécnicos, y autoridades normativas
3.1.1. Conceptos básicos: estandarización
3.1.2. Normas ISO y normas del BIPM
3.2. Estándares lingüísticos (terminología y lengua general) y autoridades normativas
3.2.1. Conceptos básicos: lengua, variedad y estandarización lingüística
3.2.2. Estándares terminológicos
3.2.3. La norma académica: estado actual
3.3. La norma editorial (ortotipografía y tipografía) y autoridades normativas
4. Bibliografía y recursos en la Red
III. DIFICULTADES Y CRITERIOS NORMATIVOS Y ESTILÍSTICOS
1. Plano ortográfico (ortografía usual, ortografía tipográfica, ortografía bibliológica y ortografía técnica)
2. Plano gramatical
3. Plano léxico
4. Plano textual
5. Plano estilístico
6. Plano de transferencia (traducción y adaptación)
IV. LA CORRECCIÓN DE ESTILO
1. Conceptos preliminares
2. Perfil, competencias y atribuciones del corrector de estilo
3. Métodos, signos y técnicas de la corrección de estilo
3.1. Sobre papel (signos y fraseología)
3.2. Sobre pantalla
3.3. Mixta
3.4. Tecnología para la corrección de estilo
4. Taller práctico
[Artículo originalmente publicado en el mensual de crítica de la cultura La Fiera Literaria (versión impresa), núm. 222, Madrid-Barcelona-Sevilla, marzo del 2010. Rechacen plagios como este.]
Los secundarios de la Real Academia Española
Ya sé que dicho así, de sopetón, puede resultar un poco difícil de creer; pero les aseguro que pocas actividades me resultan tan entretenidas y chistosas como leer en la prensa las noticias relacionadas con la Real Academia Española. No me ocurre con todas ellas, eso también es cierto; a algunas les concedo la relevancia y el alcance que realmente tienen, como la reciente elección de Inés Fernández Ordóñez, la primera lingüista que ingresa en la RAE, o la más reciente aún presentación de la nueva Gramática académica, la más cercana a la ciencia lingüística de las hasta ahora elaboradas y publicadas por la institución. Sin embargo —y como les decía—, estos casos son las excepciones, y por regla general las noticias sobre la Academia suelen producirme el mismo efecto que el de una sesión de risoterapia. En fin, qué le voy a hacer, soy así de raro; ya sé que para la mayoría de hispanohablantes la Real Academia Española es una respetable institución cultural donde la tradición, la solemnidad y la ceremonia se confunden a menudo con lo viejo, lo fastidioso y lo aburrido —y esto poco tiene de entretenido, claro está—; pero yo, por el contrario, encuentro que las declaraciones que realizan los académicos no sólo son divertidas, sino que en ocasiones resultan más hilarantes que las letras de una chirigota gaditana.
En esta tarea de divertirme a golpe de declaraciones y ocurrencias desatinadas brillan con luz propia los escritores. Nada más conocerse que han sido nombrados académicos —y como si del ganador de un concurso de belleza se tratara—, son tantos los disparates y tantas las banalidades que cuentan los recién llegados que sólo pueden compararse en vacuidad y desparpajo con los disparates y las banalidades que declararon en su día los escritores académicos ya veteranos. Lean, por ejemplo, lo que confesaba hace unos días la escritora Soledad Puértolas, última adquisición de la RAE, cuando un periodista le preguntó sobre la función que desempeñaría en la denominada Docta Casa:
Ni idea. Lo que me pidan. Lo que soy. Mucha ciencia no creo, no soy gramática ni tengo los conocimientos eruditos de un filólogo o un lingüista. Será algo mucho más personal y subjetivo, como lo es la creación literaria; y algo más intuitivo, quizá más arriesgado. Un acercamiento natural a la lengua.
Ya les digo, como si de una cuchufletera se tratara, la séptima mujer de la historia española en convertirse en académica numeraria de la lengua (sólo siete en trescientos años de historia) se presenta ante la prensa para declarar —eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja— que no tiene más idea de gramática, filología o lingüística que la de andar por casa, y que lo suyo será, por tanto, «un acercamiento natural a la lengua». Signifique lo que signifique esta última frase, ¿se imaginan ustedes a un miembro electo de la Academia de la Historia afirmando que sólo puede dar fe de los tiempos que le han tocado vivir? ¿Podrían entender que un académico de Farmacia confesara que las medicinas que mejor conoce son las aspirinas y el ibuprofeno que toma cuando le da fiebre? ¿Comprenderían que un académico de Jurisprudencia anunciara sin sonrojo ante la prensa que las únicas leyes que domina al dedillo son las de la república independiente de su casa? No, ya sé que no. Este comportamiento sería impensable en una institución medianamente seria; y, por ello, en la Academia de Farmacia ingresan los farmacéuticos; en la de Historia, los historiadores; en la de Jurisprudencia, los jueces y abogados; y en la de Medicina, los médicos. Además, de esta manera —y por lógica tan simple—, los miembros de estas Reales Academias se ahorran el bochorno de confesar públicamente que no tienen ni idea de por qué o para qué han sido elegidos.
A diferencia de estas instituciones, y salvo en el caso de los pocos lingüistas y filólogos, la mayoría de miembros de la Real Academia Española se caracteriza por esmerarse en airear sus desnudas posaderas lingüísticas tan pronto conocen que han conseguido uno de los sillones con nombre de letras. Este comportamiento, además, es tan previsible como una ley física, créanme: se cumple irremediablemente y sin excepción alguna. Se me viene a la memoria, por ejemplo, el caso de Arturo Pérez Reverte, quien confesó —sin duda con el pecho henchido del orgullo hispano que lo caracteriza— que junto a él entraban en la Academia «todos sus lectores», y que su primera tarea en esta institución sería la de «escuchar y aprender». Es bien conocido por todo aquel que lo haya leído que Arturo Pérez Reverte es un cachondo en toda regla, pero hay que reconocer que aquí el escritor cartagenero se superó a sí mismo. Porque quien ingresó en una institución cultural dedicada a la lengua española sin pasar por una Facultad de Filología —que es donde los lingüistas van a «escuchar y aprender»— es él; quien aumentó su caché al hacerlo es él; quien a partir de entonces va de gañote a los Congresos de la Lengua que se celebran en América es él; y es él, en definitiva, quien aceptó ser académico de la lengua sin merecerlo; no por deméritos literarios, sino por deméritos científicos. Sus lectores no tienen la menor culpa de que a Reverte le atraigan los honores, seamos justos; bastante tienen ya con leer los comentarios machistas y carpetovetónicos que adornan muchas de sus obras literarias y la mayoría de sus artículos periodísticos. A cada uno, lo suyo.
Javier Marías, amigo y compañero de fatigas de Pérez Reverte, también ofreció en su día un buen ejemplo de esta guasa académica tan socarrona de la que yo disfruto enormemente. Tras conocer su nombramiento, Marías confesó sin empacho alguno que «no entendía por qué la Academia admitía en su seno a novelistas», ya que la labor de estos era «bastante pueril». Es difícil mostrar mayor desparpajo e ironía a la hora de aceptar un cargo, no me lo nieguen: es como cuando Groucho Marx afirmaba que jamás ingresaría en un club donde admitieran a gente como él. Y que conste que yo coincido con Javier Marías en lo principal: yo tampoco entiendo el criterio de la Real Academia Española a la hora de admitir nuevos miembros. No entiendo que en una academia de la lengua las decisiones lingüísticas las tomen escritores, biólogos, almirantes, sicólogos, arquitectos o periodistas. Tampoco comprendo que personas cultas y de gran talla intelectual y profesional —como muchos de los miembros de la RAE— admitan un cargo y una responsabilidad teórica para la que lisa y llanamente no están preparados. Así pues, o están locos estos académicos nuestros… o son unos guasones. Porque, díganme: ¿A quién en sus cabales se le ocurriría encargar la redacción de un diccionario a un poeta, por más genial que este pudiera ser? ¿Quién, con un poco de sentido común, escogería para redactar una gramática a un novelista, aunque fuese Premio Nobel? ¿En qué cabeza cabe, por tanto, que podamos tomarnos en serio a una institución en la que muchos de sus miembros declaran no tener ni idea de lo que hacen allí? El funcionamiento de la Academia Española es pura locura o pura broma, ya les digo, y por eso me resulta tan jocoso comprobar cómo mucha gente incluso considera que esta institución es ejemplo de seriedad y buen hacer: ¡bendita inocencia!
En fin, para mi deleite particular, lo paradójico de este comportamiento irracional y caduco que confunde un arte, la literatura, con una ciencia, la gramática, radica en que no es exclusivo de la Academia Española, sino que lo practican la mayoría de academias de la lengua. Un ejemplo muy claro de esto que les cuento tuvo como protagonista al director de la Euskaltzaindia, la Academia de la Lengua Vasca. Esta institución, que se encarga de elaborar la ortografía, el diccionario y la gramática del euskera, rechazó en su día al lingüista vascofrancés Xarles Videgain para admitir poco después a un ingeniero industrial, Andoni Sagarna, y a un escritor, Bernardo Atxaga. Con la intención de justificar ante los medios el extraño criterio de su institución a la hora de escoger nuevos miembros, el director de la Academia Vasca, el notario Andrés Urrutia, no dudó en resaltar ante la prensa las excelencias y el compromiso de este último:
Hay quien piensa que le hemos dado un premio nombrándole euskaltzaina [miembro de la Academia Vasca]. En realidad, le hemos llamado para trabajar.
Si el señor Urrutia hubiese tenido en cuenta la ley inmutable de la que les vengo hablando, esa que establece que un escritor recién elegido académico lo primerito que hace es el ridículo, entonces el director de la Academia Vasca se habría cuidado muy mucho de efectuar tales afirmaciones, porque al bueno de Bernardo Atxaga le faltó tiempo para declarar ante la prensa:
La pregunta debería ser qué tipo de trabajo puedo hacer. Porque es evidente que no puedo aportar mucho a las cuestiones intrínsecamente lingüísticas. Yo no puedo hacer gramáticas ni diccionarios, ni puedo ayudar en esos quehaceres. Lo que sí puedo hacer con más dedicación es esa tarea de cara al exterior. […] Sería una especie de propagandista de la lengua en el extranjero.
Vamos, que Atxaga ingresaba en la Academia Vasca para trabajar… de relaciones públicas: acabáramos. Así se entiende que Xarles Vidagain fuera rechazado en esta institución; así se entiende también que la propia RAE desestimara en su día la candidatura del lingüista Antonio Quilis para dejar sitio a Juan Luis Cebrián; así se entiende que la RAE escoja ahora a Soledad Puértolas cuando no hace tanto le negó el asiento al subdirector de ¡su propio Instituto de Lexicografía!, Rafael Rodríguez Marín, un lingüista competente que abandonó la institución poco después, no se sabe si por hastío o por vergüenza torera. Así se entiende, en definitiva, que la Academia haya tenido que recurrir a gramáticos y lingüistas ajenos a su seno para elaborar la nueva Gramática, la primera obra medianamente científica de toda su historia. Pero vaya, situaciones esperpénticas como estas no son raras cuando 31 de los 46 miembros de una academia de la lengua se dedican a las relaciones públicas y a la propaganda en vez de a la lingüística. Ese es el chiste con el que me vengo riendo desde hace ya muchos años.
En fin, ahora que se apagan en la prensa los ecos de la elección de Soledad Puértolas sé que me aguardan algunos meses de apatía hasta que la Academia elija a otro médico, a otro cineasta o a otro escritor, que bien podría llamarse Almudena Grandes, Elvira Lindo, Maruja Torres, Juan José Millás, Carlos Ruiz Zafón o cualquier otro peso pesado de nuestra liviana literatura actual; total, lo mismo daría uno que otro. Por eso les confieso que yo esperaré confiado y expectante, ya que estoy seguro de que sea quien sea el elegido —o la elegida— me proporcionará los mismos buenos ratos que Marías, Reverte o Puértolas, quien por cierto ya ha adelantado que su discurso de ingreso en la Academia versará sobre los personajes secundarios. Si me acepta el consejo, y en compensación por las risas que me he echado a costa de sus declaraciones, yo recomendaría a Soledad Púertolas que, en vez de citar a personajes literarios, fijara la vista y el ingenio en los escasos lingüistas de la institución en la que ingresa. Nada mejor para hablar de subalternos en el salón de plenos de la RAE que recordar a los científicos del lenguaje, los auténticos secundarios de la Real Academia Española.
En Sevilla, a mediados del mes de febrero del 2010.
Màrius Serra. La Vanguardia. 23/03/2010
ESTATUTOS DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLAArtículo 1. La Academia es una institución con personalidad jurídica propia que tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico.
Debe cuidar igualmente de que esta evolución conserve el genio propio de la lengua, tal como ha ido consolidándose con el correr de los siglos, así como de establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección, y de contribuir a su esplendor.
El lenguaje humano es un continuo, es decir, un entramado de hablas, que, incluso cuando sufre desgarrones por causas extralingüísticas (genocidio, glotofagia, muerte accidental del conjunto de sus hablantes...), es capaz de reestructurar su red de conexiones por medio de nuevos contactos lingüísticos entre poblaciones. Ello equivale a decir que ese hilo entretejido que forman las hablas humanas sólo podría fragmentarse (dividirse en varias cadenas aisladas) si se dividiera a la humanidad en partes, se las dispersara por el universo y se imposibilitara el contacto entre ellas. Por tanto, más allá de la ciencia ficción, no hay base alguna para afirmar que pueda darse una fragmentación duradera del continuo formado por las hablas humanas.
Sólo a efectos de estudio y clasificación de las diversas manifestaciones del lenguaje humano, la ciencia lingüística realiza secciones de hablas interconectadas, obteniendo de esa compartimentación unidades discretas a las que convencionalmente denomina lenguas. Pero esas secciones, esas unidades discretas, son, por así decirlo, abstracciones científicas. En consecuencia, no hay tampoco base para sostener que las lenguas existan en la realidad como formas netamente delimitadas y claramente discernibles, ni mucho menos para afirmar que son un todo homogéneo puesto que están conformadas por hablas distintas en diversos aspectos. El concepto de unitariedad lingüística —como el de fragmentación—, es, de hecho
[...] político y cultural, no lingüístico. = Los lingüistas saben perfectamente que todas las lenguas que se hablan realmente [...] están constituidas por una serie de variedades lingüísticas (llámense dialectos o hablas, según su amplitud geográfica) que forman una cadena de solidaridad lingüística con eslabones contiguos o eslabones más separados. Esto pasa con el euskera, pero también con el español o el inglés que, al ser lenguas con mayor amplitud geográfica, tienen muchísimas más variantes lingüísticas que el euskera. [Moreno Cabrera (2008): El nacionalismo lingüístico, Barcelona: Península, p. 154; la negrita es mía.]
Es más, lo común a las variedades categorizables en el estudio lingüístico como una lengua sólo se hace visible para sus hablantes:
– cuando estas se someten a un proceso de grafización que da como resultado una representación escrita única para todas ellas;
– cuando, en la taxonomía lingüística, se simboliza su pertenencia a una unidad lingüística agrupándolas bajo un mismo nombre genérico;
– cuando se oficializa la existencia de esa lengua concediéndole un determinado estatus legal, y también
– cuando, sobre la evidencia de que una lengua compartida es fruto de un pasado común (de un contacto entre sus hablantes más o menos prolongado y sostenido, con o sin predominio de una parte de la población sobre la otra), se realizan y difunden tres elaboraciones ideológicas, con fines políticos unitaristas:
a) la idea de que la lengua es la sublimación de una idiosincrasia consustancial a sus hablantes, que establece entre ellos una suerte de comunión espiritual (nacionalismo esencialista);
b) la idea de que la forma estándar común (la académica, en el caso del castellano), modelada a partir de ciertas variedades de esa lengua, es la lengua misma —lo que los académicos denominan «el sistema» del español, aunque el español no sea un sistema lingüístico, sino un diasistema—; una lengua con mayúsculas a la que todos deben amoldarse si se quiere evitar que la dispersión de usos la fragmente en un sinnúmero de formas distintas y desintegre con ello la cohesión espiritual de sus hablantes;
c) la idea de que a esa lengua, supuestamente representada por el estándar, sólo puede corresponderle una denominación, sin la que resulta imposible agrupar a sus hablantes en un bloque cultural o político-cultural internamente compacto y externamente identificable.
Difundido todo ello entre el colectivo poblacional de hablas categorizables como una misma lengua, las ideas de unidad y de comunidad cultural (básicamente homogénea) pueden acabar integrándose en su conciencia lingüística como una evidencia axiomática, aunque la realidad la contradiga.
No obstante, por mucho que se incida en la elaboración y difusión de un forma «común» de lengua; por mucho que se quiera convencer a la población de que la divergencia de ese modelo es algo parecido a una deficiencia mental, y la sumisión a él, un servicio a la nación; por mucho que intenten adoptarlo aquellos hablantes que reúnen prestigio y actúan como modelo social, lo cierto es que ningún estándar, llevado al uso real, puede convertirse en la lengua natural de nadie ni aunque se tomara a una generación entera y se la educara de forma aislada y exclusiva en ese estándar. Y esto es por dos razones fundamentales: porque el estándar no cubre las necesidades de expresión del hablante y porque ninguna lengua en uso puede escapar de la propiedad inherentemente dinámica del lenguaje natural y de su acción remodeladora de las hablas. La comunidad que produce y recibe el estándar seguirá dando lugar a nuevas formas de habla, que mantendrán una conexión más o menos cercana en función del resultado de la interacción de diversas fuerzas de signo contrario (convergentes y divergentes).
En cualquier caso, cuanto más se extienda lo que se clasifica como lengua, más se ampliará el hilo concatenado de hablas que la constituyen, más intrincadas serán sus conexiones, más polimórfica será en todos los niveles del lenguaje, y más difícil resultará, por ello, sublimar su «esencia común», en forma de un único estándar general que la represente y la identifique y que ofrezca a sus hablantes un espejismo de uniformidad. Esta es la paradoja esencial de la política lingüística española: que sus dos fines fundamentales (unidad y expansión) no sólo resultan irreconciliables, sino que colisionan irremediablemente.
Silvia Senz
[Avance de un artículo en prensa.]
Un estándar lingüístico es una forma de expresión verbal, artificial y convencional, deliberadamente elaborada, esto es, resultante de un proceso de estandarización que implica:
1. La selección de una o más variantes (sociales, geográficas o funcionales) como base del estándar.
2. La criba y la recombinación de los rasgos de las variantes seleccionadas, según una serie de juicios de valor suplementados con cierta dosis de arbitrariedad y subjetividad.
3. La creación de un sistema de grafía.
4. La normativización o formulación de normas, que pueden ser de tipo prescriptivo (que recomiendan u obligan a adoptar ciertos usos, marcados como correctos) y proscriptivo (que prohíben otros, marcados como incorrectos).
5. La codificación o formalización del modelo de lengua obtenido en diversos códigos normativos, que básicamente han de ser tres: diccionario general, gramática y ortografía.
Las formas lingüísticas que servirán de base del estándar pueden corresponder a:
1. Todos los niveles socioculturales de la lengua actual.
2. Sólo el nivel de lengua de los hablantes instruidos.
3. Sólo el registro escrito (en el caso de estándares escritos).
4. Sólo el registro oral (en el caso de estándares orales).
5. Sólo el registro técnico o científico (en el caso de estándares terminológicos).
6. Una combinación de registros (p. ej.: oral, escrito y formal) y de niveles de lengua.
7. Formas históricas, con tradición escrita.
8. Todas las variantes geográficas.
9. Sólo una o algunas variantes geográficas.
10. Formas de lenguas extranjeras (lenguas clásicas, lenguas de interferencia o lenguas genéticamente cercanas).
Los ámbitos de aplicación de un estándar lingüístico son:
1. Usos públicos de una lengua: Administración, enseñanza y medios de comunicación públicos.
2. Usos privados de una lengua: medios de comunicación privados, comunicación empresarial, productos comercializables (libros, producciones audiovisuales...).
3. Usos sociales: enseñanza a extranjeros, enseñanza a inmigrantes, enseñanza a adultos.
4. Usos especializados: comunicación técnica y científica.
5. Usos locales: Administración, enseñanza y medios de comunicación locales.
6. Usos regionales: organismos políticos regionales.
7. Usos internacionales: comunicación y comercio internacional, organismos políticos internacionales.
El fin primordial de un proceso de estandarización suele ser servir a los múltiples objetivos de planificación lingüística, parte de los cuales se describirán, en relación con las academias de la lengua española, en próximos apartados y que escuetamente son los siguientes:
– reformismo lingüístico;
– purificación de la lengua;
– uniformismo lingüístico;
– expansionismo y asimilacionismo lingüístico;
– competencia interlingüe;
– comunicación inter e intralingüe;
– segregación lingüística;
– modernización lingüística;
– armonización de estándares;
– simplificación estilística;
– estandarización de códigos auxiliares;
– conservación y revitalización de lenguas;
– corrección política.
La elaboración de un estándar lingüístico puede quedar a cargo de diversos agentes: academias de la lengua u otro tipo de organismo estandarizador, medios editoriales o periodísticos (productores de diccionarios, gramáticas, ortografías y libros de estilo que se adoptarán como modelo de lengua estándar), y gramáticos normativos, lexicógrafos u ortógrafos.
Las normas en que un estándar se explicita tienen las siguientes características:
1. Son simplificaciones (en diverso grado y según diversos modelos de selección, reducción y recombinación) de la variedad lingüística presente entre la población afectada.
2. Son excluyentes: instituyen los usos integrados en la norma como patrón de actuación lingüística y rechazan implícita o explícitamente el resto con énfasis prescriptivos que pueden presentar una gradación que va desde la proscripción hasta la no recomendación de un uso.
3. Tienen un carácter estable hasta que se hace necesario revisarlas, por ejemplo para:
– ajustarlas a la evolución de la lengua natural;
– adecuarlas a nuevas concepciones del lenguaje y a nuevos conocimientos sobre las condiciones de uso de una lengua;
– ampliar el estándar y habilitarlo para nuevas funciones lingüísticas;
– adecuarlo a nuevos objetivos de ordenamiento lingüístico de la población;
– corregir errores e inconsistencias de las propias normas (incorrecciones lingüísticas, problemas de sistematicidad, de congruencia, arbitrariedades normativas...).
4. Tienen un carácter artificial y virtual; esto es, la norma por sí misma no se hace efectiva si no llega a aplicarse, lo que exige facilidades de implementación y la participación activa de todas las partes implicadas. Uno de los mayores problemas para la ejecución de una norma lingüística es que no se den los medios necesarios para aplicarla o que se oponga resistencia a su aplicación.
En el caso de un estándar lingüístico, el coste económico de la elaboración y de la difusión de un estándar (ergo, de los códigos normativos en que se concreta) es mucho mayor que el que exige otro tipo de estándar. Una administración política, según los objetivos anteriormente enumerados, debe:
1. Costear su aplicación en la administración (rotulación pública, formularios, sistemas de atención ciudadana...).
2. Costear o subvencionar la producción y distribución de libros de texto, diccionarios, gramáticas y ortografías para la enseñanza del estándar.
3. Costear la capacitación de todo agente difusor para que pueda aplicar y transmitir debidamente el estándar.
4. Alfabetizar a toda la población.
5. Persuadir a los medios privados de la necesidad de costear su aplicación, sin escatimar gastos, o subvencionar su aplicación.
6. Costear el gasto de los medios de control y sanción por incumplimiento de las leyes que exigen el uso del estándar.
Aunque se adopte, un estándar lingüístico no se realiza nunca. De hecho, no existe más que en la teoría; en la práctica, la incompleción y el carácter restringido de todo estándar lo inhabilitan para sustituir a las variedades naturales de una lengua. Es más, cuando se adoptan las formas estandarizadas, estas se mezclan con las variedades sociales y geográficas de la lengua, que acaban remodelando el estándar base. No obstante, sí existen medios que garantizan su difusión y su aplicación en ciertos contextos:
– la oficialización de la norma;
– la promulgación de reglamentos que obliguen a su aplicación;
– la penalización jurídica de las contravenciones a la norma.
Siendo que existe una tendencia social al rechazo de las formas explícitamente coercitivas de implantación de un estándar lingüístico, a menudo su aceptación social requiere la movilización de mecanismos psicosociales que incidan en el conjunto de creencias, aspiraciones y juicios de valor que motivan el comportamiento lingüístico de los grupos de hablantes. De igual modo, el habitual rechazo de actitudes arbitrarias y autoritarias en la elaboración de las normas, y no sólo en su implantación, recomienda observar las siguientes condiciones que favorecen su aceptación y aplicación:
1. La colaboración y el consenso en el proceso de elaboración de la norma de la mayor representación posible de las partes implicadas.
2. La transparencia de la norma, tanto en cuanto a su formulación como en cuanto a la explicitación que hagan sus promulgadores de las fuentes de conocimiento que la inspiran y de los criterios que la guían.
3. Su rigor y consistencia; en otras palabras, la ausencia o mínima presencia de contradicciones doctrinales, errores y arbitrariedades.
4. La compleción de la norma, esto es, su capacidad para cubrir las necesidades expresivas del hablante, al menos en los ámbitos para los que se ha formulado.
5. La difusión y disponibilidad de la norma; esto es, que la norma sea conocida y accesible.
6. La comprobación efectiva, por parte de la población afectada, de las ventajas derivadas de su aplicación.
7. El desarrollo de campañas de comunicación y persuasión, en las que sus promotores difundan sus ventajas entre quienes no conocen ya la norma.
8. La penalización social de las contravenciones a la norma.
En el caso del estándar académico del castellano, en su aceptación ha tenido mucho mayor peso el apoyo oficial a la institución y a sus códigos normativos y los mecanismos persuasivos desplegados para convencer a la población de su necesidad, que la simple valoración positiva de una norma que durante siglos se ha mostrado muy deficiente.
La selección de las variedades (diatópicas, diastráticas, diafásicas y diacrónicas) y formas (léxicas, gráficas y gramaticales) que servirán de base para componer el estándar general de una lengua se realiza a partir de la aplicación de una serie de criterios de carácter estrictamente funcional en algunos casos, pero en su mayor parte de tipo axiológico en tanto que suponen la asociación de ciertos valores —derivados de los sistemas de creencias que prevalecen en una determinada sociedad en una época dada— a las variantes y formas seleccionadas:
1. Criterio diastrático (valor de mercado social). Se avalan las variantes socialmente «prestigiosas», usadas por la gente instruida y por las clases dominantes, a cuyas producciones verbales se ortorga un elevado valor de mercado. En el origen de este criterio estaría el principio de consensus eruditorum (uso lingüístico de los doctos) de Quintiliano, como modelo de puritas (pureza o corrección en el empleo del lenguaje), opuesto al consensus popularis (uso lingüístico del pueblo) de Cicerón. Este criterio, tradicional en la norma académica, permanece en el Diccionario panhispánico de dudas (2005) y en la Nueva gramática de la lengua española (2009).
2. Criterio de historicidad (valor genealógico y tradicional). Según este criterio, se opta por las formas avaladas por la antigüedad o la tradición: las que se ajustan más al étimo, y las que tienen una mayor «solera» escrita o literaria. Es, por ejemplo, el criterio que mantiene, en la norma académica, la condena del laísmo, el loísmo y el leísmo y otros desvíos del paradigma etimológico de los pronombres personales átonos, apoyada también —en ciertos casos— en los criterios diastrático y diatópico.
3. Criterio diafásico (valor estilístico). Se seleccionan los usos consagrados por la lengua escrita, particulamente por el registro literario. En el modelo académico, la lengua literaria ha sido una referencia permanente, a la que se ha añadido, desde el Diccionario panhispánico de dudas (2005), el lenguaje de la prensa.
4. Criterio canónico (valor cualitativo o estético). Se seleccionan los usos consagrados por cierto grupo de escritores o en cierta etapa literaria considerada particularmente sublime por los codificadores. Tradicionalmente, la norma del español ha tomado como modelo a los autores de los Siglos de Oro, con la excepción particular de los escritores del barroco. Este criterio guarda relacion con la idea de la corruptio linguae, según la cual se entiende la vida de una lengua como un proceso de nacimiento, desarrollo, declive y muerte, que puede detenerse antes de la fase degenerativa mediante la fijación y perfeccionamiento del idioma en el punto de desarrollo que se considere de mayor brillantez, finalidad que guió a la rae durante siglos y que consagró en su lema tradicional «Limpia, fija y da esplendor».
5. Criterio diatópico (valor geográfico). Según el cual se seleccionan las formas de uno o más centros geográficos. Según repite el discurso oficialista, el estándar del español se ha basado en los usos del centro-norte de Castilla hasta el Diccionario panhispánico de dudas (2005), aunque lo cierto es que ciertas formas privativas de España no han perdido en esta obra su tradicional privilegio.
6. Criterio demográfico (valor cuantitativo). Se avalan las formas que emplea la mayoría de la comunidad lingüística cuya lengua es objeto de estandarización. Este criterio no tiene aplicación en la norma del castellano, dado que, en lo relativo a grupos poblacionales, se prioriza el criterio diastrático, que favorece a una minoría: la clase cultivada.
7. Criterio de diasistematicidad (valor cohesivo). Se da preferencia a las formas comunes a la mayor parte de sistemas lingüísticos que componen una lengua (o a todos si se da el caso), cuya débil marcación étnica favorece, por un lado, su aceptación general, y cuya marca de colectividad contribuye a asentar la conciencia de una identidad común entre los hablantes.
8. Criterio de autonomía (valor diferenciador). Se prefieren las formas que marcan la distancia lingüística con respecto a una lengua dominante. Está en relación con los criterios de genuinidad y de especificidad:
a) Criterio de genuinidad (valor purificador). Cuando se quieren marcar distancias respecto a una lengua dominante cualquiera, se priorizan las formas patrimoniales (las que se ajustan a los patrones fónicos y morfosintácticos más estables del sistema o de los sistemas lingüísticos estandarizables) y endógenas (las que se originan en el propio sistema). Este criterio es también una constante en la norma del español y responde a una concepción monoglósica de las lenguas.
b) Criterio de especificidad (valor segregador). Cuando hay proximidad genética con la lengua respecto a la cual se quieren marcar distancias, se seleccionan las formas privativas de la variedad que se quiere estandarizar.
9. Criterio analógico (valor imitativo). Se prefieren las formas que presentan características análogas a las de las formas preferidas en la tradición normativa de otra u otras lenguas. Así como el criterio de autonomía amplía las distancias con repecto a otras lenguas o variantes, el criterio analógico las aproxima.
10. Criterio de regularidad (valor de homogeneidad y sistematicidad). Se da preferencia a las formas gramaticalmente más regulares y a los paradigmas más homogéneos, lo que supone evitar el alomorfismo.
11. Criterio de regularidad diacrónica (valor de estabilidad). Se seleccionan las formas que han evolucionado a un ritmo lento y constante.
12. Criterio funcional. Se prefieren las formas que aportan alguno de los siguientes valores funcionales:
– difusión: se prefieren las formas más difundidas porque son las más disponibles, las que tienen mayor amplitud de aplicación y las que están más acordes con las tendencias generales de la lengua;
– diacrisis: se seleccionan las formas que permiten establecer distintividad morfológica y semántica y evitar con ello la homonimia, la ambigüedad y la homografía;
– inteligibilidad: se avalan las formas que, por su difusión, por su regularidad, por su distintividad, por su tradición, por su carácter diasistemático o por cualquier otro valor se consideran más fácilmente comprensibles;
– simplicidad: se prefieren aquellas formas que, con un mismo grado de inteligibilidad, presentan menos problemas para el aprendizaje;
– representatividad: se seleccionan las formas gráficas con capacidad de acoger cualquiera de las pronunciaciones vigentes en la comunidad de hablantes a la que se dirige el estándar. Es la razón, por ejemplo, por la que en el sistema ortográfico del español se mantienen las grafías c ante e, i y z ante a, o, u, correspondientes al fonema fricativo interdental sordo /θ/, aun siendo este minoritario.
Para promover la aceptación de un estándar que incorpora criterios de base axiológica y no exclusivamente funcional, su implantación suele acompañarse de una elaboración ideológica, de un aparato persuasivo que naturaliza la selección realizada y estigmatiza las formas desechadas, y que causa verdaderos estragos en las autoevaluaciones que los hablantes hacen de sus formas de expresión y en sus actitudes lingüísticas.
Silvia Senz
(Entradas precedentes de esta serie: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9.)
Al revisar la publicitación de nueva obra académica que la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española preveían presentar en el V CILE (cancelado a causa del terrible cataclismo chileno) ya dijimos que bastaba con dejar pasar el tiempo para confirmar la falta de fundamento de esas previsiones y comprobar hasta qué punto la RAE suele apuntalar su imagen pública en un espejismo de laboriosidad, eficiencia y dinamismo.
El recurso a la mascarada pública ha sido, de hecho, su estrategia secular para ocultar su tendencia al estancamiento, tan visible ya en su primer siglo de vida que, a juicio de uno de sus más señalados directores, bien podría considerarse un mal endémico de la Docta Casa:
Asistimos así a la dificultad, no sé si congénita en nosotros, para afrontar tareas colectivas, para llevar adelante empresas heredadas, a largo plazo, sin que uno u otro o todos piensen en cambiar la marcha hacia nortes nuevos, apuntados por su ocurrencia, que se cree superior y más cierta. Los cinco primeros lustros de la Academia nos ofrecen la lección eterna de cuánto puede el espíritu humano, asociado para crear. Los ocho siguientes, la muestra de a qué lleva una tornadiza voluntad: brotes súbitos, efímeros fuegos, que ni pujan ni prenden. [Lázaro Carreter, Crónica del Diccionario de Autoridades: 1713-1740. Discurso leído por Fernando Lázaro Carreter y contestación de Rafael Lapesa Melgar, Madrid: Real Academia Española, 1972, p. 101.]
Lo cierto es que no ha sido necesario esperar mucho para que pudiéramos asistir ya a los primeros desmentidos. Veámoslos:
1. Sobre la publicación de la versión manual de la Nueva gramática de la lengua española, se decía antes del V CILE:
La distribución en Hispanoamérica de los dos tomos de la Gramática se ha hecho coincidir con este gran encuentro cultural, en el que también se presentará, como absoluta novedad, la versión "Manual" de la Gramática, que tendrá "más de 800 páginas" y que "es una reproducción a escala de la extensa", dijo García de la Concha.
Pues bien, se confirma lo que nos decían nuestras fuentes: según declaraciones de su coordinador y redactor, Julio Borrego Nieto, a La Gaceta de Salamanca, el Manual, a día de hoy, ni siquiera está terminado y su publicación se ha aplazado al día del Libro (23 de abril):
De hecho, Julio Borrego está inmerso estos días en la realización de la obra, ya que aún tenía pendiente la elaboración de un capítulo del manual y a continuación también será necesario llevar a cabo una lectura de toda la publicación, aunque la impresión comenzó hace meses y ya están completamente terminados [impresos] 39 de los 48 capítulos que componen el manual [...].
La posibilidad de que salga a la venta (está ya en preventa, de hecho, sin ningún contenido visualizable) el 23 de abril, forzando la máquina al límite y en las condiciones de calidad y coherencia interna que sean, nos parece más plausible. La editora de las diversas versiones de esta gramática ya avanzó la publicación de los dos primeros volúmenes de la versión extensa, a falta del tercero, para hacerla coincidir con la campaña de Navidad. El día del Libro parece la fecha idónea para garantizar a la versión manual las espectaculares ventas que ha tenido su hermana mayor. El caso es hacer caja.
[Actualización (17/03/2010): Parece que tampoco podrá estar en la calle el día del Libro. Casa del Libro (librería del Grupo Planeta, al igual que la editora de las diversas versiones de la nueva gramática académica) acaba de anunciar que el Manual estará «A la venta a partir del 06 de mayo. (Fecha sujeta a posibles modificaciones por parte de la editorial)».]
2. Siendo que las expectativas de negocio son excelentes (y el reparto de regalías también), el tercer volumen de la gramática, como avanzamos, no parece tener ya ninguna prisa en salir al mercado y aguarda también a la próxima campaña de Reyes:
[...] esa obra que pesa casi cinco kilos, incursionará en las nuevas tecnologías con un tercer tomo dedicado a la fonética y la fonología que se publicará a finales de 2010 o principios de 2011 con más de mil páginas y un DVD que contendrá ejemplos de las maneras como se pronuncia el español en todas las regiones del mundo.
3. En cuanto a la nueva ortografía en preparación, parece claro que sólo a marchas muy forzadas (y las presiones no parecen escasear) podrá publicarse coincidiendo con la campaña de Navidad 2010-2011. Necesitarán antes superar los dos escollos que ya apuntamos aquí: las dificultades para alcanzar los necesarios consensos interacadémicos y su palmaria incomprensión de la ortotipografía. A este respecto, alguien debería informarlos de que este campo ortográfico no nació con la era informática, sino con la imprenta, y tiene ya más siglos de vida que la propia academia:
Junio será un mes clave porque en Madrid se va a reunir la llamada Comisión Interacadémica. Es una mecánica lenta a pesar de que los plazos (y el presidente de la Real Academia, el también asturiano Víctor García de la Concha) apremian. ¿Estará la Ortografía para el otoño? Gutiérrez aspira a que el proyecto «salga bien, por encima de fechas concretas». = La obra, en todo caso, está moderadamente avanzada. Están aprobados el esquema general, así como los capítulos dedicados a la tilde y a las mayúsculas. El capítulo referido a fonemas y letras será presentado próximamente a las academias americanas. La ortotipografía llenará otros dos capítulos. El Diccionario de la Real Academia la define como el conjunto de usos y convenciones por las que se rige cada lengua mediante signos tipográficos. En esta aparición estelar de la ortotipografía tiene mucho que ver la era informática. = Los ordenadores eran, claro, inimaginables para aquellos académicos que, en 1741, hace nada menos que 269 años, elaboraron la primera edición de la Ortographia (así, todavía con «ph»).
En fin. Sin comentarios...
Silvia Senz y Montse Alberte