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Ecología de la competencia discursiva: el delicado equilibrio del ciclo de la(s) norma(s) lingüística(s), la educación, la lectura, el lenguaje de los medios y el control de calidad de los textos

Ecología de la competencia discursiva: el delicado equilibrio del ciclo de la(s) norma(s) lingüística(s), la educación, la lectura, el lenguaje  de los medios y el control de calidad de los textos

Hace unos pocos días, en el balance que la Fundación del Español Urgente (Fundéu) hacía de su primer año de existencia, Joaquín Müller, director de la institución, decía de la situación del idioma en los medios de comunicación:

«No es alarmante pero sí al menos preocupante», porque se observa «cierta despreocupación» por el uso correcto del español y hay «una falta de sensibilidad hacia el idioma, y eso parece ilógico» dado que el idioma «es un instrumento básico del periodismo».

Y el director de la RAE y presidente de la Fundéu, Víctor García de la Concha, aseguraba:

esa falta de sensibilidad que ha observado la Fundéu «es un pecado “contra natura” porque los medios de comunicación escritos y orales son nada más y nada menos que lengua, están hechos de palabras», y son estas empresas las que deben tener «una mayor conciencia de la responsabilidad» que supone el patrimonio de la lengua, compartido por veinte países.

En una noticia posterior sobre la Memoria de la Fundéu del 2005, García de la Concha y Alberto Gómez Font (coordinador general de la Fundéu) concluían:

El exceso de confianza que suele tener el periodista en sí mismo, la premura con la que se trabaja y «el fallo del sistema educativo de base» son algunas de las causas que están detrás de los errores que se cometen a diario en los medios de comunicación de habla española [...]. «Hoy llegan a la universidad alumnos que, en otras épocas, no habrían superado el bachillerato elemental», dijo el director de la RAE tras subrayar la importancia de unos buenos planes de enseñanza. La inseguridad en las concordancias, la abundancia de leísmos, el empleo de queísmos (supresión de la preposición de en expresiones como estar pendientes que, estar seguros que), mezcla constante del estilo directo e indirecto (más en la prensa escrita) y una entonación inadecuada en los medios audiovisuales, son algunos de los errores detectados por la Fundéu en su Memoria del 2005.

Hoy, en cambio, Francisco Muñoz, secretario general de la misma Fundéu, extrae las siguientes conclusiones del seminario «Los medios de comunicación y su papel de directores del futuro de la lengua española», organizado por la Fundéu y celebrado durante los días 20 al 22 de este mes en San Roque (Cádiz) y en el que participaron también Alberto Gómez Font y Humberto López Morales (secretario general de la ASALE):

[...] hasta hace muy poco los medios de comunicación no se habían preocupado por «preservar la norma culta del lenguaje», lo que ahora es cada vez más usual, sobre todo en los medios escritos, y mediante los manuales de estilo.
El secretario general de la Fundéu aseguró que los conferenciantes se mostraron optimistas sobre el uso del lenguaje que hacen los periodistas e incidió en que, en la mayoría de los casos, el registro culto de los autores de narrativa tiene la misma calidad que la de los medios escritos.

(Los subrayados son nuestros.)

¿En qué quedamos? ¿Tanta prisa hay por legitimar a los medios de comunicación como nuevos instrumentos de legislación lingüística (también en Latinoamérica) y unidad idiomática, y a los libros de estilo periodísticos como nuevas biblias del buen español global, que ni tiempo tienen los agentes de la actual política lingüística española de pactar juicios comunes? ¿Les valdría como sugerencia recuperar el no tan viejo discurso, según el cual la norma culta y unitaria del español escrito se fija en el uso mediante los efectos sinérgicos de una exigente y continuada instrucción lingüística de los hablantes, del fomento adecuado y esforzado de la lectura y de una esmerada expresión idiomática de los medios de comunicación masiva (en los que no debería perderse definitivamente de vista la figura del corrector profesional)?

Sirvan también, como guía de declaraciones más congruentes por parte de nuestras autoridades lingüísticas, estas palabras del lingüista Francisco Marcos Marín en el capítulo «Pluralidad del español en los Estados Unidos de América» del Anuario 2005 del Instituto Cervantes, El español en el mundo:

La escasa dedicación a la lectura afecta a todas las lenguas, pero más a las más débiles y, especialmente, afecta a través de la prensa diaria. Con un bajo índice de lectura de los diarios, roto además a favor de los contenidos deportivos, la prensa en español vive en situación limitada y se sostiene gracias a un decidido apoyo de las comunidades locales y sus anunciantes. Las bajas cifras del libro y la lectura en España y en Latinoamérica son conocidas, la cultura en español es, en buena medida, una cultura oral. Las lenguas cuestan dinero; una lengua internacional, como el español, reditúa en el terreno económico, pero padece en el cultural, lo que aconseja, si se quiere mantener como seña de identidad, que esos beneficios se inviertan en cultura.

 

Silvia Senz (Sabadell, Cataluña, aún en España)

Llamado a los correctores uruguayos

Llamado a los correctores uruguayos interesados en firmar una petición, ante el Ministerio de Educación y Cultura, por la expedición de un título de idoneidad como corrector de textos (ortotipografía y estilo). A los correctores que quieran unirse en esta solicitud, les ruego hacerme llegar sus datos a mi dirección electrónica: .

Señor ministro y señores directores generales del Ministerio de Educación y Cultura del Uruguay, Jorge Brovetto, Luis Garibaldi y Luis Mardones:

Solicitamos la imprescindible ayuda del Ministerio que ustedes dirigen para revertir la situación actual de los correctores uruguayos. A diferencia de lo que ocurre en otros países, incluso de la región (Argentina, por ejemplo), en el Uruguay los correctores de textos —de ortotipografía y de estilo— nos hemos formado de manera autodidacta, por lo que carecemos de un título que nos habilite a cumplir con el trabajo. Nuestra formación básica puede ser la de profesores de idioma español o de literatura, egresados de la Facultad de Humanidades o de disciplinas diferentes.

Esta carencia de título es un serio escollo a la hora de conseguir el reconocimiento de nuestra tarea en el país y, muy especialmente, para trabajar con clientes del exterior. Asimismo, oculta las diferencias entre proveedores bien formados y proveedores improvisados. El país cuenta con buenos correctores que hacen su trabajo con esfuerzo, actualizándose permanentemente, comprando bibliografía que no se distribuye en el país y consultando las listas electrónicas internacionales de especialistas en el lenguaje.

Nos atrevemos a presentarles una sugerencia: estos correctores capacitados podrían expedir un título de idoneidad como corrector de textos, de ortotipografía y de estilo, luego de examinar los conocimientos y las fuentes de consulta de los interesados. Si el Ministerio así lo dispusiera, también conocemos especialistas e instituciones argentinos y españoles a quienes recurrir, plenamente capacitados para otorgar esta acreditación.

Agradecemos la atención a este mensaje y las indicaciones que recibamos de ustedes.

 

María del Pilar Chargoñia Pérez, correctora de estilo, C. I. n.º 2.734.472-8, Montevideo, Uruguay.

El azote de la Academia

El azote de la Academia

Hace ya casi un mes, la revista española de actualidad La Clave de la Opinión Pública, dirigida por José Luis Balbín, publicó en el número correspondiente a la semana del 26 de mayo al 1 de junio, en su sección de «Cultura», un reportaje-entrevista a José Martínez de Sousa, que abría con este contundente titular: «El azote de la RAE» y esta sensacionalista entradilla:

José Martínez de Sousa es implacable con los deslices de la Academia. Este teórico de la Lengua, que ha rechazado en tres ocasiones entrar en la Real Academia Española, considera la crítica como el mejor antídoto para que la institución no se duerma en los laureles.

Que José Martínez de Sousa ha rechazado tres veces entrar en la Real Academia no es una información muy exacta. Pero el campo de la lingüística y la lengua española no es lo que se dice «de interés general», y en cierto modo resulta comprensible usar semejantes señuelos para hacer más apetecible al lector profano la lectura de un reportaje en torno a una de las principales figuras del medio. De hecho, la imprecisión con la que arranca el reportaje queda aclarada más adelante por el propio Martínez de Sousa:

«A mí me propusieron ser académico correspondiente en Cataluña, que es algo así como un nombramiento de segunda, un cargo que tiene obligaciones pero que no tiene honores. Yo tengo una obra escrita y respetada, y desde el punto de vista académico, si merece algo, es un sillón con toda la dignidad, y si sólo merece un nombramiento de segunda, como ser académico correspondiente en Cataluña, sinceramente no me interesa. Esto ya se lo expliqué a ellos: si yo merezco pertenecer a la Academia, pues que sea con todas las consecuencias y con todos los honores. Todo el mundo sabe que yo soy muy crítico con la Academia y, si uno piensa mal, sería una forma de quitarme de encima, pero por ese precio no.» Y reconoce que sí aceptaría en el caso de un nombramiento «de primera».

Lo que no nos parece tan comprensible —resulta incluso insólito— es que, por mucho que esta semblanza de la figura de M. de S. se centre mucho menos en su perfil de autor prolífico de obras de innegable peso y valía, que en su papel de «Pepito Grillo de la Academia» y en su censura del proceso de nombramiento de los académicos, la dirección de este semanario sienta la necesidad de contrarrestar la carga crítica del autor contra la Española —un enfoque que la propia dirección de La Clave, y no el entrevistado, ha elegido—, insertando en el reportaje estas declaraciones «desde dentro» del vicedirector de la RAE, Gregorio Salvador (el subrayado es nuestro):

«Sousa tiene un sentido muy preciso de lo que es el error, de lo que es el fallo; toma el error como bandera, lo cual es admirable. Pero lo que ocurre es que los puristas como Sousa a veces tienen una actitud afectada, excesiva. Los lingüistas de verdad lo vemos todo de otro modo. Tenemos menos fe en la rigidez de la norma porque las lenguas son algo vivo, que van evolucionando.» En cuanto al rechazo de Sousa de entrar en la RAE [?], Salvador cuenta que su caso no es único. «Yo conozco al menos tres casos en los que los candidatos rechazaron el nombramiento por distintos motivos.»

Sobran los comentarios. Sin duda, el trabajo periodístico de José Luis Balbín vivió tiempos mejores.

Silvia Senz Bueno

Planeta, a los tribunales

Planeta, a los tribunales

Una noticia aparecida en el diario La Opinión de A Coruña, que habla por sí sola:

RECLAMAN QUE SE LES RECONOZCA QUE SON EMPLEADOS DEL GRUPO
Tres trabajadores autónomos denuncian a la editorial Planeta


El juicio celebrado ayer en los juzgados coruñeses es el primero de muchos a los que se enfrentará la editorial por el mismo caso.

M. Pardo. A Coruña


La editorial Planeta comenzó ayer en A Coruña un camino que le llevará por muchos otros juzgados españoles. Trabajadores autónomos que desempeñaban sus funciones para la empresa de venta de libros a domicilio Credsa, comprada hace unos años por Planeta, han demandado al grupo editorial por las pérdidas que para ellos ha supuesto el cambio de jefe.

Los demandantes que ayer expusieron su situación ante el Juzgado de lo Social Número 3 de A Coruña son el responsable de ventas de Credsa para toda la zona del Noroeste, así como los responsables en la ciudad herculina y en León. Según estos trabajadores, Planeta ha llevado prácticamente a la ruina a la empresa que adquirió, por lo que el sueldo de los empleados, que trabajan como autónomos, ha descendido cerca de un 80% por la política empresarial del grupo, según declararon los demandantes en el juicio.

Ante esta situación, los trabajadores reclaman que la empresa les rescinda sus contratos, lo que sólo sería posible si antes el juez considera que los demandantes han mantenido una relación laboral con la empresa no acorde con su situación de autónomos.

Si el juez obliga a Planeta a que les rescinda los contratos, los trabajadores tendrían derecho a cobrar 45 días de salario por cada año de antigüedad, según explica el letrado de los demandantes, Gustavo García, quien calcula que teniendo en cuenta la antigüedad de los trabajadores (todos con más de 30 años), la medida supondría para Planeta un coste de más de un millón de euros.

Además, los trabajadores reclaman que el grupo de empresas se responsabilice de los gastos que tenga que asumir Credsa, que según los demandantes «está arruinada». Gustavo García explicó ayer después del juicio que se han presentado demandas similares en Santiago, Pontevedra, Ourense, Gijón, Oviedo, Madrid y otros ciudades españolas. «Esta es la primera vista que se celebra sobre esta cuestión, por eso es tan importante lo que decida el juez, ya que marcará el camino de las otras demandas», afirmó el letrado.

Si la sentencia reconociese la vinculación laboral de los trabajadores con la empresa, Planeta tendría que pagar la Seguridad Social de todos los empleados que se encuentran en la misma situación, además de las multas correspondientes. Asimismo, el grupo Planeta tendría que hacerse cargo de parte de las pensiones de los trabajadores, que percibirán menos cantidad de la que les corresponde al no haber cotizado la empresa a la Seguridad Social durante los años que estuvieron como autónomos.

En representación del grupo Planeta, al juicio acudió el director de la división de venta directa, quien prefirió no hacer ninguna declaración hasta que se conozca la sentencia.

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas): Conclusiones

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas): Conclusiones

[Viene de aquí.]

Las conclusiones de esta serie son bien breves y sencillas de enunciar:

Dentro de las políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas no existe el propósito de establecer nuevos centros de estandarización. Sí hay una convicción generalizada de que esta situación debería modificarse.

Muchas veces los rioplatenses tenemos el sentimiento de que «hablamos mal» o de que usamos una variedad del español de menor prestigio respecto de otras variedades. Este sentimiento se pone en evidencia, por ejemplo, en el uso del voseo. La peculiaridad lingüística de nuestra variedad —detallada en Español como lengua extrajera. Aspectos descriptivos y metodológicos de V. Bertolotti y L. Masello— comienza en el momento mismo de la introducción del español en América, ya entre los siglos XVI y XVII, en que se efectúa el poblamiento de la mayoría de las regiones, y se producen grandes cambios en el sistema de fórmulas de tratamiento empleadas en español. En el Uruguay, el tuteo y el voseo se alternan de una manera singular. Dicho con las palabras del profesor Carlos Hipogrosso Revista de la Educación del Pueblo, n.º 91, 2003, en las cuales he basado las presentes conclusiones—, el sistema educativo formal ha aplicado hasta ahora una política lingüística, implícita en la enseñanza del español como lengua materna, que no ha tenido en cuenta las singularidades rioplatenses. La visión proyectada por el sistema formal sobre la superficie del mundo hispanohablante es monolingüe, anula las diferencias y atenta contra las identidades. Si alguna vez se han reconocido estas formas en las políticas lingüísticas educativas de nuestro país, ha sido para estigmatizarlas colocándolas en un plano de secundariedad y de desprestigio que merece ser revisado.

En la primera entrega de esta serie quedó expresada, con palabras del lingüista y académico Adolfo Elizaincín, la necesidad de un nuevo centro de estandarización que regulara la norma de la variedad rioplatense. En la segunda parte, al documentarse la relación entre las políticas lingüísticas y el contexto sociohistórico, por las sociolingüistas Graciela Barrios y Patricia Pugliese, se deduce que tal estandarización es necesaria, no por imposición autoritaria de los usos normativos propios del español peninsular y ajeno a los usos regionales sino por absorción de los usos literarios y académicos propios. Con las palabras del antropólogo Renzo Pi, en la tercera parte, se estableció una de las principales razones históricas, de raíz étnica, de esta necesidad: más de un tercio de la población tiene origen italiano. También el portugués y el guaraní aportan su caudal lingüístico dentro de la variante rioplatense.

La Academia Nacional de Letras del Uruguay es, como muchas otras academias hispanas, una institución de muy escasos recursos económicos. Esta realidad nacional no permite planificar un centro que se ubique en su capital. Es en Buenos Aires, capital del vecino país, en cambio, donde debería establecerse el centro de estandarización rioplatense. La significativa cantidad de hablantes de esta variedad se calcula sumando la mayoría de los habitantes del país argentino (unos 37 millones de habitantes en total) a la mayoría de la población uruguaya (unos 3 millones de habitantes en total). Es una cifra de peso, que permite distinguir mejor qué se agrupa dentro de ese 90 % de hispanohablantes americanos (unos 340 millones). Parafraseando al escritor español Clarín (1852-1901), nos gustaría proclamar que «La lengua también es nuestra». Hoy día, esta posibilidad se ve acrecentada por la supervivencia de la alianza del Mercado Común del Sur (el Mercosur), desde donde se sigue buscando definir una identidad política regional basada en acuerdos comerciales. Las fronteras lingüísticas, como bien señala Klaus Zimmermann, no coinciden con las fronteras estatales o nacionales.

Si, tal como precisa Félix Córdoba Rodríguez, la primera recopilación de voces americanas fue hecha en el siglo XVI, con el Diccionario de voces americanas, y permaneció, quizá muy significativamente, inédito hasta 1995..., ya es hora de inducir los cambios necesarios dentro de las academias de la lengua hispanoamericanas. Pero la política lingüística española actual, por su lado, soporta la impronta de un probable interés no solo investigativo sino también comercial, enfocado en la capacidad de expansión de una lengua de la que se distingue su «potencial económico». Esta política está siendo llevada adelante por la Real Academia de la Lengua Española, el Instituto Cervantes y sus patrocinadores.

¿Seremos los hispanoamericanos los más dignos herederos del genial Cervantes? ¿Continuaremos esforzándonos en ver en los gigantes, y más allá de los límites de la razón —como en un particular negativo fotográfico revelado en el margen oeste del Atlántico—, no a los gigantes, no..., sino a amables y muy amistosos molinos de viento?

Pilar Chargoñia, correctora de estilo, Montevideo, Uruguay. valchar@adinet.com.uy

El español, una lengua multinacional. («Por la norma mediática, hacia una unidad de mercado en lo panhispánico»)

El español, una lengua multinacional. («Por la norma mediática, hacia una unidad de mercado en lo panhispánico»)

Hace unos días, un colaborador del boletín Infoeditexto nos envió la noticia de una entrevista realizada por el diario Clarín al secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), Humberto López Morales, a raíz de la presentación de su último libro, La globalización del léxico hispánico.

 

En esta obra, López Morales analiza «de qué modo el paso de lo local a lo global en los medios de comunicación, y por tanto en la lengua que estos utilizan, está propiciando la aparición de una norma panhispánica, un español general», cuya supuesta pobreza se propone desmentir.

Lo sorprendente de esta entrevista no son los postulados de López Morales sobre el lenguaje periodístico, ni el hecho de la reciente redenominación del español común, o estándar, como español global (lógica en estos tiempos de mundialización de las comunicaciones y los mercados), ni la sensacionalista declaración que la encabeza: «Las normas del idioma las dictan los medios, no las academias». No nos cabe duda de que López Morales no cree en realidad que la norma la dicten los medios, porque, en ese caso, lo que les correspondería hacer a las instituciones encargadas de normativizar el español es decir aquello de «Apaga y vámonos» y cerrar el chiringuito. Suponemos que lo que quiere decir el ilustre académico es que el papel unificador de la lengua —principal objetivo del trabajo académico desde que sustituyó el lema «Limpia, fija y da esplendor» por el de «Unidad en la diversidad»— lo cumplen hoy mucho más eficazmente los medios de comunicación en español (especialmente las agencias de prensa internacionales y los medios estadounidenses), por su capacidad de irradiación de usos y de sutil penetración lingüística en toda la población, que el antiguo modelo de norma española ejemplar, basada en la variedad del castellano culto (la de la prestigiosa élite de sabios y escritores), que se imponía desde arriba mediante la doctrina académica impartida en las escuelas españolas y latinoamericanas, y cuya imagen etnocentrista y clasista conviene enterrar.

Sobre ese lenguaje de los medios —nuevos aliados cuya «mala prensa» se encargan las academias de corregir convenientemente con argumentos como los que presenta López Morales en su obra, a pesar de la memoria que dejaron los «dardos» de Fernando Lázaro Carreter y de las discrepancias internas— siguen actuando de hecho las academias, bien directamente, por medio de sus obras normativas (especialmente el reciente DPD), bien mediante la labor de instituciones colaboradoras en las que participan académicos, como la Fundéu (con sede central en Madrid y nuevas filiales en Latinoamérica), que se ocupa de velar por el buen uso del español en los medios —con la necesaria adhesión de los medios a estos objetivos— y orientarlo con recomendaciones diarias divulgadas en notas de prensa de la Agencia EFE, mediante su servicio de asesoría y consultas lingüísticas, con libros de estilo y con formación específica, según los criterios que juzga pertinentes. (De los criterios que estas instituciones normativizadoras juzgan pertinente, es decir, sobre los principios en que se basan, los objetivos lingüísticos que persiguen y, especialmente, el modo en que se aplican hablaremos con detenimiento en fecha próxima.)

Lo que nos sorprende —o al menos nos parece destacable— de esta entrevista es el afán de Humberto López Morales por negar, tergiversando el sentido de la pregunta final del entrevistador, lo que salta a la vista del que tenga ojos para leer y entendimiento para comprender: el evidente neocolonialismo de las industrias culturales y los grupos de (tele)comunicación españoles que propicia la política lingüístico-económica española.

Ya hemos comentado en esta bitácora en otras ocasiones por qué caminos discurre la actual planificación lingüística del español, y la importancia que tiene —muy especialmente para España y muy especialmente para la consolidación del mercado hispano de Estados Unidos— la conformación de un español internacional y de prestigio en esta nueva política económico-cultural de alcance panhispánico. Pero como se diría que este asunto es todavía demasiado opaco para la opinión pública, recomendamos echar un vistazo a los objetivos y conclusiones de los congresos y seminarios que suelen organizar las academias e instituciones lingüísticas y culturales afines y sus patrocinadores.

O a repasar las declaraciones que de estas instituciones y empresas recoge Jaime Otero en su artículo «De Bogotá a Rosario. La lengua española y la política regional de España en América Latina», y que reproducimos aquí para comodidad del lector:

«La presencia hispánica, actual y futura, en el concierto o desconcierto del mundo, depende decisivamente de la unidad idiomática«, decía el entonces director de la Real Academia, Fernando Lázaro Carreter, en la inauguración del Congreso de la Lengua de Sevilla de 1992. Para el actual director, Víctor García de la Concha, «nuestra fuerza, nuestra riqueza y nuestro futuro es América Latina, y por eso la política lingüística debe ser panhispánica» (declaraciones a El País, 3 de mayo de 2004). La globalización tiende a reducir el número de lenguas internacionales de comunicación. Y al igual las empresas que invirtieron en América Latina: para sobrevivir hay que crecer, «hay que ser una lengua de uso de gran número de personas, tener un idioma unitario, estar muy presente en las tecnologías y ser una lengua importante en la diplomacia y los foros internacionales».

O a leer estos extractos del demoledor análisis de uno de los principales estudiosos de la actual glotopolítica española, el sociolingüista José del Valle («La lengua, patria común. Política lingüística, política exterior y el post-nacionalismo hispánico», en Roger Wright y Peter Ricketts (eds.): Studies on Ibero-Romance Linguistics Dedicated to Ralph Penny, Newark [Delaware], Juan de la Cuesta Monographs (Estudios Lingüísticos n.º 7), 2005, pp. 391-416), recientemente también publicado en la Red, que ilustramos con enlaces a noticias recientes y documentos que guardan relación con sus comentarios:

[...] desde las agencias a cargo de la política lingüística española se ha ido mucho más allá de la simple elaboración de la norma culta del español. La preservación de la unidad del idioma, es decir, la garantía de la lealtad de los hispanohablantes a la norma culta y a sus guardianes, y la promoción del español internacionalmente [...] han sido declarados objetivos prioritarios por la Academia y el Cervantes respectivamente. Se ha desarrollado [...] una visión del español y de su relación con España, con la comunidad hispánica y con el mundo; y se han puesto en marcha medidas para alcanzar su aceptación y extensión. Se ha producido, en suma, un sistema de ideas formado por nociones lingüísticas y visiones de la identidad colectiva (española o hispánica) cuyo funcionamiento ha de ser entendido en el contexto del desarrollo político y económico de la España contemporánea.

[...] hay que señalar que la expansión del idioma se suele justificar más bien invocando los valores universales que se le atribuyen, tanto político-culturales [...] como económicos, [...]. Las virtudes conquistadoras de la lengua son buenas compañeras de la tercera y muy valiosa propiedad que se le asigna: su condición de recurso económico. [...] el Instituto Cervantes, a través de sus anuarios, ha mostrado igualmente enorme interés por analizar y enfatizar la relación entre la lengua española y la actividad económica. Algunos de los títulos incluidos en el Anuario 2001 resultan indicativos [...].Aunque no faltan en estos ensayos concesiones retóricas a la lengua como depósito de un legado histórico y cultural y a su condición de lazo unificador de la comunidad hispánica, su objetivo primario es la identificación y ordenamiento de los factores que inciden sobre el potencial productivo del español: el español como producto anhelado por extranjeros ansiosos de aprenderlo y con ello incrementar su capital cultural; el español como instrumento publicitario, como imagen de marca que hace un producto más apetecible; y el español como basamento de la identidad panhispánica que invita y legitima las inversiones e intervenciones españolas en las Américas.

Mención especial merece la discusión de la presencia del español en Estados Unidos. En líneas generales, el tratamiento del asunto que en estos textos encontramos parte de tres hechos: el creciente número y porcentaje de estudiantes de español a todos los niveles de enseñanza, el creciente número y porcentaje de hispanos que forman parte de la población del país norteamericano, y la moda de «lo latino». [...]Vemos, pues, que prima el interés por el hispano estadounidense como consumidor, en tanto que constituye un mercado en cuya configuración y explotación la lengua española desempeña un papel central. La misión de las agencias e instituciones que articulan y financian la política lingüística aquí discutida la dejaba clara Óscar Berdugo (director de la Asociación Español Recurso Económico) en la comunicación por él presentada en Valladolid («El español como recurso económico: anatomía de un sector»): «Si España se consigue colocar como referente de identidad o como proveedor de señas de identidad culturales con respecto a la comunidad hispanohablante de Estados Unidos, estaremos en una inmejorable situación para mejorar nuestras posiciones en aquel país» (énfasis mío). En otras palabras, España debe pugnar por convertirse en una fuente de identidad para los hispanos estadounidenses y así crear un vínculo comunitario, una lealtad al colectivo, que sólo puede ser beneficiosa para las compañías españolas que aspiran a acceder y a seducir al mercado hispano.

(Sobre el desembarco de las empresas editoriales españolas en Estados Unidos, el plan trazado para «seducir» a su prometedor mercado hispano y el marco de desarrollo español en el que se inscribe hablaremos también próximamente.)

A riesgo de ser farragosos, invitamos también al lector a tomar nota de las acciones diplomáticas y políticas propuestas para asentar internacionalmente la marca «España», una imagen-país única, sólida, coherente y bien definida que, según palabras de Rafael Aguilar (director de la División de Inversiones y Cooperación Empresarial del ICEX) en El Exportador Digital, «actúa como garantía de calidad, fiabilidad y prestigio; aporta confianza al consumidor y apoya el posicionamiento de la marca comercial a la que da cobertura» y favorece los flujos exportadores e inversores españoles de la forma en que lo hacen las imágenes corporativas de las empresas líderes:

La imagen de España en el exterior ha pasado por diversas fases a lo largo de los últimos siglos, pero ha mejorado significativamente durante los últimos años y se ha ido reafirmando. A esta nueva imagen ha contribuido de manera muy especial la ejemplar transición política a la democracia, tomada como referencia en muchos países que están accediendo a ella recientemente. Por otra parte, la lengua española es uno de los más importantes activos, tanto económicos como sociales y culturales, con el que se cuenta para la nueva imagen de España. Es evidente, por otra parte, que la realidad de España es todavía mejor que la imagen que se transmite al exterior, lo que sugiere que los españoles tienen que convencerse primero de esa nueva realidad, para luego poder transmitirla. [...]

La proyección cultural. Desde la perspectiva de los representantes diplomáticos, ésta es el área que más prestigio ofrece al país. Lo que más prestigio produce a largo plazo es la cultura. Hay que buscar la esencia y la realidad de un país y comunicarla. Es decir, crear la identidad de la marca a partir de su propia esencia. Esta idea es defendida, también, por otras instituciones como el Instituto Cervantes e incluso por el ICEX, al centrarse en el idioma español, como uno de los principales activos para posicionar la marca España en los mercados internacionales. En este sentido, también se amplía la idea de la lengua española más allá del concepto de España. El español y la cultura en español es el activo más importante para el prestigio de una imagen de España en el mundo, teniendo en consideración que el español se diluye a escala internacional en el concepto más genérico de hispánico. La creación de la marca España es inseparable de la relación cultural que nos liga a Iberoamérica y, por tanto, la creación de una marca España debe dejar una puerta abierta a la asociación de una marca hispánica. Por ejemplo, la imagen en Estados Unidos del español está más ligada a lo hispánico que a España. Como idioma, el español es el gran competidor del inglés. El inglés es hegemónico pero ligado a uno o dos países. El español se encuentra ligado a dos continentes y está convirtiéndose en una gran lengua internacional de comunicación. Va acotando distancias frente al inglés, gracias a su relativa homogeneidad y unidad de normas entre países. También la concentración del idioma (Latinoamérica, España, California y Florida) son factores que favorecen el español frente a la fragmentación del inglés, tanto geográfica como lingüística. En estos momentos, la percepción de la imagen de la lengua y cultural del español es muy buena, por no decir excelente.

El problema subyace en que no existe una estrategia definida y coordinada para aprovechar esta coyuntura propicia. Esta estrategia no existe, aunque sí la voluntad de coordinar esfuerzos. En este sentido, se hace de nuevo énfasis en la necesidad de una mayor coordinación con otros organismos afines, como por ejemplo el Ministerio de Educación. [...]

Teniendo en cuenta que una de las deficiencias tradicionales ha venido siendo la falta de coordinación de las acciones de imagen exterior, en el citado Comité, además de las cuatro entidades promotoras arriba citadas [el Proyecto Marca España nace por iniciativa de la Asociación de Directivos de Comunicación (Dircom), el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX), el Foro de Marcas Renombradas Españolas (FMRE) y el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, con la participación del Ministerio de Asuntos Exteriores], deberían estar representadas las instituciones, tanto públicas como privadas, más activas en la construcción de la imagen exterior de España, como el Ministerio de Asuntos Exteriores, Turespaña, el Instituto Cervantes, la Fundación Carolina, la Sociedad Estatal de Exposiciones Internacionales, la Sociedad Estatal para la Acción Cultural en el Exterior, o la Sociedad Estatal para las Conmemoraciones Culturales, RNE-TVE, CEOE, etc., pero también empresas privadas como Iberia y entidades como las Cámaras de Comercio o la SGAE. Finalmente, el Comité pondría en marcha mecanismos de coordinación eficientes con los organismos competentes de las distintas Comunidades Autónomas. El Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos como institución pluralista, no partidista y que combina a los sectores público y privado, podría asumir la secretaría técnica del Comité. [...]

Cualquier programa de marca-país debe, en primer lugar, focalizar los esfuerzos dentro del país en cuestión. Pongamos el caso de España. Los cambios de los últimos años son significativos. Primer país inversor en América Latina. Una de las diez potencias económicas del mundo, con un crecimiento y vitalidad económica por encima de nuestros socios europeos y con un número creciente de empresas en posiciones de liderazgo internacional en sus respectivos sectores. Primera potencia mundial en cuanto a sensibilidad social: número de ONG, donantes de órganos y misioneros. Uno de los países mejor percibidos en cuanto a calidad de vida y libertad social en las encuestas de directivos internacionales, con un estilo de vida envidiable [...] y con un idioma, el español, que es la cuarta lengua del mundo en número de hablantes (tras el chino, el inglés y el hindi), y muy probablemente será, detrás del inglés, la gran lengua de comunicación internacional en la nueva era de la información. Primero hay que creer en la vitalidad probada de la nueva marca España. Si la sociedad española en su conjunto no cree en la marca España, difícilmente las instituciones públicas, empresas y directivos podrán venderla en el exterior. Cuanto más orgullosos y confiados estemos del país, con más vigorosidad y fuerza el mensaje de la marca España calará en los mercados internacionales. [...]

Las cosas han mejorado desde el comienzo de la democracia: las infraestructuras y sobre todo la libertad de expresión. El español y «lo español» se ha puesto de moda en el mundo. El español por ser la lengua de 400 millones de personas y la segunda en Estados Unidos, y «lo español» por el ejemplo de la transición de la dictadura a la democracia, con figuras como S. M. Don Juan Carlos I o Adolfo Suárez.

Para convertir un producto tan complejo como es un país en una marca es preciso segmentar a quién nos dirigimos, para captar los matices relevantes para los públicos interesantes:

– La clase política mundial.

– Grandes multinacionales con capacidad de inversión.

– El europeo que hoy puede trabajar exactamente igual en España que en su país de origen.

– Los turistas.

Aunque la imagen de España es plural, es preciso encontrar un denominador común que la convierta en singular. Es necesario concentrar el mensaje. No se puede intentar vender todo a todos. Al igual que se dice respecto de los médicos, el que tiene una imagen, tiene una imagen. Quien tiene dos imágenes, tiene media imagen. Y quien tiene tres imágenes no tiene ninguna. [...]

Deseamos igualmente resaltar que la cultura y la lengua españolas son activos de primer orden que están infrautilizados. Es urgente reforzar y coordinar la acción cultural exterior, en especial las instituciones públicas y los programas de apoyo a la enseñanza privada de la lengua y cultura españolas. Cuando sea necesario, porque no haya los suficientes recursos propios, habrá que fortalecer la acción del Instituto Cervantes con alianzas estratégicas, como la lograda con México en Estados Unidos.

Una medida a tener en cuenta son los programas de subvención a traducciones y libros de texto de español o en español (sobre historia, etc.), que cumplan unos requisitos de imagen, por ejemplo que recojan aspectos positivos de la cultura e historia españolas. [...]

Una recomendación interesante, muy relacionada con el potencial de enseñanza de la lengua y cultura españolas, es la de que España debe promocionar más sus universidades y otros centros formativos y conseguir que los estudiantes extranjeros se conviertan en verdaderos «adictos» y embajadores de España en sus países de origen. En este ámbito, está cobrando especial importancia en nuestro país el sector emergente de las escuelas de negocios. [...].

Y finalmente, en contraposición con esta política de potenciación de la marca «España», deténgase el lector en las dificultades de los países latinoamericanos para proyectar una imagen de marca de país positiva, equiparable a la española, que se enumeran en el estudio «América Latina: del riesgo país a la marca país y más allá»:

En definitiva, los países latinoamericanos tienen un problema común de imagen que no es sólo económico, sino fundamentalmente político, de desconfianza generada por la corrupción y la inseguridad de las instituciones. Un problema que por lo tanto no se puede paliar sólo con políticas de Marca País, sino que va a requerir una iniciativa de diplomacia pública y una comunicación política centrada en valores, normas e instituciones. Con lo cual cada país puede y debe seguir desarrollando sus propias marcas, en el sector turístico o comercial, como es lógico, pero al final deberá cooperar con los otros para poner fin a ese problema común del que no puede escapar su imagen individual, porque es un «mal colectivo«, atribuido al conjunto de la región.

Esta diplomacia pública, de carácter más político que las acciones de Marca País, podría ser una de las líneas de acción de la SEGIB. Dado que el problema que hay que combatir es de desconfianza, no deberá recurrir a grandes campañas de imagen, sino a la creación de redes internacionales en las que políticos, empresarios y ONG, y también estudiantes, artistas y deportistas de América Latina, se puedan implicar con sus equivalentes europeos, asiáticos y norteamericanos en objetivos y tareas comunes a través de foros, fundaciones o competiciones siempre transparentes. Sólo así, en el día a día, se vence el problema de imagen de América Latina.

Por lo tanto, es necesaria una diplomacia pública común de los países latinoamericanos que combata el déficit de capital social –la desconfianza generalizada– que tiñe la imagen del conjunto de países de la región. En el trabajo hemos abordado las oportunidades que ofrece la puesta en marcha de numerosos proyectos de Marca País aunque, como acabamos de ver, otro problema de desconfianza generalizada, ahora entre los países de la región, sin duda va a ser el principal escollo.

Silvia Senz Bueno (Sabadell, Cataluña, España)

Corrijo, luego no existo

Corrijo, luego no existo

No descubro nada si digo que los correctores ya estamos acostumbrados a que no se nos reconozca nuestro trabajo; de hecho, ni nuestro esfuerzo ni nuestros conocimientos suelen verse recompensados de ningún modo. Nos podemos indignar más o menos, podemos maldecir a los grandes grupos editoriales y a los no tan grandes, podemos denunciar el mercantilismo de la cultura y podemos sentir repugnancia ante el negocio que unos cuantos se están montando con la lengua española; son reacciones normales, lo mínimo, creo yo, que se puede esperar de un colectivo que está tan maltratado.

Ahora bien, que otro se arrogue nuestro trabajo, esto ya mosquea bastante más. Y justo esto es lo que me ha pasado a mí con el último libro infame que me ha tocado corregir.

Tras un índice plagado de errores (mayúsculas puestas a boleo y la puntuación más aleatoria que jamás haya visto) me encontré con los «Agradecimientos». Ahí figuraba medio país, la virgen y los santos: tres páginas. Pero lo mejor estaba aún por llegar: «Y a Pepito Pérez, corrector, [...]». Ingenua de mí, pensé que sería una corrección sencilla, puesto que ya había pasado por las manos de Pepito Pérez (este nombre es, obviamente, falso; pero qué más da: también es falso que este texto haya pasado por un corrector, por lo menos, por uno de verdad). Pronto me di cuenta de que aquello que tenía entre manos era un puro bodrio y todavía me pregunto si Pepito Pérez es un completo inepto o simplemente un holograma.

La autora, que es periodista, no sabe escribir, eso para empezar, y tiene la poca vergüenza de entregar a la editorial un texto que no es un original, sino un borrador; eso sí, no tiene ningún reparo en destacar la labor de un tipejo que se supone corrector.

Yo me pregunto qué narices he estado haciendo yo con las más de 400 páginas del librucho en cuestión. ¿Quién ha advertido de los cientos de anacolutos que pululan libremente por el texto gracias a la inestimable labor de Pepito Pérez? ¿Quién ha corregido todos los gerundios de consecuencia, todas las recciones prepositivas incorrectas, todas las faltas de concordancia? ¿Quién ha puesto en su sitio las mayúsculas y minúsculas que Pepito Pérez dejó que camparan a su antojo? ¿Quién ha puntuado todo el texto a fin de que fuera legible? ¿Quién ha acentuado las palabras como les corresponde? ¿Quién ha hecho que ese montón de palabras puestas una detrás de otra puedan llegar a significar algo?

También me pregunto en qué pensaba Pepito Pérez cuando se encontró cosas como «mesas para decorar los platos», «un torno para tamizar», «Via san Giovanni de Dios», «anotaciones en los bordes de un papel», «así como, porque no decirlo el cariño que se pone», «Los manteles y servilletas, eran habitualmente de algodón» o «pidió que no le pusieran monumentos», «y un largo etc.». Engendros como estos los hay a montones, y algunos me llevan a pensar que Pepito Pérez, si es que realmente hizo algo, ni le pasó al texto el corrector de Word («Esta situado en la ciudad», «no sólo por ...., si no también ...»).

En fin, que el lector va a creerse que la autora sabe mucho y que Pepito Pérez es un hacha. ¿Y yo? Yo simplemente no existo.

Montse Alberte, Barcelona (España)

25 476 escobazos

Quizá porque la Academia ha tenido en los últimos años una clara imagen de casposa —en su imagen pública predominaba reírse del güisqui y preguntarse con alharacas por qué no daba cobijo a tal o cual coloquialismo rabioso o anglicismo informático—, esta ha ido concediendo sus últimos sillones difuntos a articulistas que escriben con regularidad en la prensa dominical. Como en un modelo ejemplar de simbiosis, ellos se benefician del prestigio de la institución —raro prestigio el de lo rancio, pero que no da menos peso en las balanzas— para vender novelas o conferencias con faja y pedigrí; y a la insti, pues la prensa la critica un poco menos, siempre que acometa un lavado de imagen con su tantito de reconcome, o de atrición, si es que era ese el tecnicismo. Siempre que barra un poquito o al menos lo haga ver.

Yo entiendo que valía más mandar a la prensa a lavarse los calzones, que falta le hacía y le hace, y seguir siendo un maestro de vara, casposo, pero coherente y por ende respetable. Ahora ese ex maestro se parece más a aquellos deportistas que, de tanto no meter goles ni acertar con los reveses, se pasaban a vender implantes contra la calvicie. Caspa o bisoñé láser, yo vuelvo a quedarme con la caspa.

La cuestión de cómo debe ser un diccionario académico estaba resuelta por su misma historia: era un diccionario prescriptivo; no de uso, sino indicativo de lo que la Casa consideraba correcto. Es decir, válido para resolver dudas, para determinar soluciones, para vestirnos el disfraz de revolucionario y denunciar su falta de apertura a los nuevos tiempos, para planchar las hojas del herbario, para seguir usándolo al par que la obra maestra de doña Moliner, para recordar que (nos guste o no) la aristocracia está siempre vigente bajo una u otra forma, para caer mal como todo aquel que representa a la norma. Criticable, pero definido y, por tanto, útil. No hay fútbol sin árbitro y no hay justicia sin jueces, según prefieran la reflexión más lúdica o la más altisonante. Dejémoslo en una palabra: era la Autoridad.

Ahora su diccionario es un chiste, un árbitro vestido con la falda de lo políticamente correcto y un juez que hace votar a la sala si al reo habrá que condenarlo o mejor no. ¿Es exagerado lo que digo? Sí, claro que lo es. Pero como en el primer párrafo de la edición más reciente ya da vergüenza la desvergüenza de la docta Corporación, qué menos que el derecho a la pataleta. Veámoslo; así es como termina el párrafo inicial de su Preámbulo:

«Atenta a la evolución del uso, la Academia va revisando de continuo las entradas del Diccionario para prescindir de aquellas que han perdido vigencia y que, por su naturaleza, tienen mejor acomodo en el Diccionario histórico. De los 83 014 artículos registrados en la anterior edición han sido suprimidos, por ese u otros conceptos, 6008, al tiempo que de las 154 480 acepciones de lema se ha prescindido de 17 337, y de las 23 882 formas complejas se han eliminado 2131. Todo ese material queda, naturalmente, accesible para su consulta en el Nuevo tesoro lexicográfico editado por la Corporación.»

Solo señalaré tres cosas al respecto de estas frases de pulcra apariencia. La primera, la puñetera obsesión por hacerse con el prestigio —este sí de peso en oro— del diccionario de uso de María Moliner. La segunda, que ese Diccionario histórico sigue inédito y no hace precisamente poco que echó a andar, por ser lo menos mordaz posible con la desgraciada historia de un intento lexicográfico que murió sin ver la letra D y que no se espera reviva antes de 2019. La tercera, que la «natural accesibilidad» del Nuevo tesoro se limita a quien disponga de un ordenador más 196 € o una conexión estable a la red, algo que datos en mano no resulta de tan «fácil acceso» ni en toda España ni en toda América.

Pero mi sorpresa es en el fondo más sencilla: ¿Tanto molestaban los arcaísmos en quien no obstante sigue definiendo el mundo con términos que en paz descansen: «mujer de su casa. La que con diligencia se ocupa de los quehaceres domésticos y cuida de su hacienda y familia»? ¿Es de veras preciso barrer —y haciendo gala y matemática de los escobazos— las voces desusadas, las que ha dejado atrás la técnica, las que eran vida cotidiana de quienes hablaban nuestra misma lengua hace trescientos años? ¿No es más sencillo precisar su carácter de tal arcaísmo o, a poder ser, los siglos de vigencia de la acepción?

Para responder a eso, veamos cómo lo resuelven otros diccionarios. Cuando uno quiere saber qué significa copesmate en el verso de Shakespeare «Misshapen time, copesmate of ugly Night», es probable que un anglohablante no baste para sacarnos de la duda; la voz ha perdido su vigencia. Pero puede consultar el Webster’s, que le indicará bien: «socio, amigo, compañero [Obs.]» Es voz obsoleta; sabe que cuando hagas amigos en inglés, no les podrás llamar copesmate sin que te miren raro. El diccionario cumple su doble función sin más problema: resuelve la duda y precisa la vigencia de la acepción. Naturalmente, también podemos consultar el Shakespeare Glossary de C. T. Onions, accesible en cualquier biblioteca filológica; pero ¿eso es razón para omitir la entrada del Webster’s?

El New Shorter Oxford Dictionary lleva la precisión al extremo, sin necesidad de barrer: copesmate es una variante extinta de copemate, que surgió a mediados del siglo XVI y, en sus diversas acepciones, tuvo vigencia hasta no más allá de mediados del XVIII. ¿Es un mal modelo el New Shorter para una Real Academia?

Lo mismo ocurre si queremos saber qué es la Allongeperücke que lleva el barón Hüpfenstich en uno de los relatos de Brentano. El Wahrig —un diccionario que se encuentra en cualquier librería alemana— nos explica sin más que es una peluca con rizos largos, propia de los siglos XVII y XVIII. Te digo lo que es y, de paso, que la pedirías en vano en una pelu.

Y es que hay mil formas de advertir al lector que la palabra está anticuada, es desusada o arcaica, es decimonónica, ilustrada, áurea, barroca, renacentista o incluso bajomedieval; que pertenece a la historia pasada; que, sencillamente, ya no se usa o no en ese sentido. ¿Qué diccionario español al alcance real de todos los lectores cumple hoy ese cometido? Si la respuesta es «ninguno», ¿a qué privar de esa función al de la Academia, cuando bastaba con añadir a la entrada una breve explicación o una abreviatura, y eso sí se podía haber expuesto entre sus méritos?

Gonzalo García (Moratalla, Murcia, España)