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Academias y académicos: qué lejos de los profesionales de la lengua

Academias y académicos: qué lejos de los profesionales de la lengua

Admiro a Alicia Zorrilla por muchas cosas. Por su trabajo en el ámbito lingüístico, sobre todo. Leo ahora —qué tarde, dirán ustedes; pues sí, supongo— su discurso de entrada en la Academia Argentina de la Lengua. Y, quizá por estar acostumbrada a esos discursos eruditos que no se casan con nada, que no son nunca la declaración de intenciones a la que nos tienen acostumbrados nuestros académicos, los de la RAE, éste de Alicia Zorrilla me atrae y me produce a la vez mucho rechazo. Pero, como dice mi hija pequeña —imitando seguramente a su abuela, que gusta mucho de refranes—, «quien tiene boca se equivoca». Vamos, que el discursito tiene tela, pero también es cierto que esta señora se moja, y hay otros que ya quisiera uno que se mojaran un poco.

Como varias partes del discurso me encienden un poco y no sé si mi autocontrol llega a tanto, vayan por delante, a la manera de un sabio escritor que conozco, mis disculpas.

Habrán oído ustedes muchas veces las historias de los niños criados en el más absoluto aislamiento por los faraones, por los reyes, por Napoleón..., con la intención tan absurda como pretenciosa e inútil de que, al echarse a hablar, la primera palabra diera con el habla de Dios o de los dioses, que, claro está, todos creían firmemente la suya propia. Bueno, nunca me ha gustado que nadie trate de apropiarse de nada en nombre de lo sagrado —bien es sabido que eso ha dado lugar a muchas guerras y sigue haciéndolo—, y tampoco me gusta que la señora Zorrilla afirme al comenzar su discurso:

El hombre de nuestros días parece espiritualmente solo, con las raíces en el aire, y esa soledad, fruto de tantas carencias y de tantas penumbras, lo obliga a salir de sí y a atraer hacia sí un ídolo material que se disfraza con las mil máscaras del oportunismo para encantarlo con la frivolidad y con la ignorancia, para vaciarlo de principios y de convicciones, para arrancarle, uno a uno, sus valores; para despojarlo del orden y de su dignidad en el decir. Se aleja de la verdad —ésta ya no es un bien, sino un mito— y, desnudo de fe, se refugia en el vacío de su incertidumbre, donde no encuentra demasiados espacios para crear ni para depurar su creación imprescindible. Y esa ausencia de verdad, que es olvido de Dios, se transforma en espejo de su expresión rota, enviciada de muletillas, de verbos descarriados que responden a la desintegración de los tiempos, de sustantivos a medias, de adjetivos débiles, descoloridos, y de preposiciones perturbadas, cuya omisión es también metáfora de tantas ausencias. En esa sintaxis del desasosiego, un vocablo devora a otro, y los que permanecen confunden sus arquitecturas y desangran sus significados. Todo pesa. No podemos decir con Octavio Paz: «Un espacio hecho de aire y en el que todas las formas poseen la consistencia del aire: nada pesa».

No creo que el hombre descreído sea un fenómeno de la sociedad de hoy; creo que ha existido desde siempre. Pero achacar la falta de cuidado por el lenguaje y la pobreza en el uso de la lengua a una falta de creencia en Dios, es como reclamar el buen escribir para los justos. No cabe en cabeza alguna que una bondad sea patrimonio de unos pocos, y que el discernimiento de qué pocos lo merecen sea llevado a cabo por un criterio como el de la religión: el que es católico (pues parece que en las primeras líneas Alicia se identifica como tal) lo único que tiene a su lado es la fe que posee; ni más ni menos, señora mía, y eso ya es mucho. Pero deje al César lo que es del César: ni Teresa de Calcuta reclamó para sí y para las suyas la bondad y la abnegación en el cuidado de los enfermos. En una entrevista dijo que ellas vivían para Dios y que sus actos eran para ellas secundarios; que mucha gente acudía a Calcuta con la intención de hacer el bien tanto o más que ellas, y en esto ella les aclaraba que si lo que querían era ayudar al prójimo, sin fe ninguna en Dios, montaran una ONG, que ella los ayudaría. Ya ven, ni la bondad y la generosidad son patrimonio de nadie: sólo la fe es algo que uno tiene o no. Achacar a la falta de valores la incorrección en el lenguaje es simplista; no creo que esas crisis cíclicas que se denuncian a menudo de desarraigo y de falta de creencias (hace mucho decía un autor, no recuerdo cuál, aunque un amigo me apunta que se le atribuye a Chesterton: «When Man stops believing in God, he doesn't then believe in nothing, he believes anything» [Cuando el hombre deja de creer en dios es capaz de creer en cualquier cosa]) se traduzcan en un empobrecimiento del lenguaje y de la expresión: el hombre sigue escribiendo y creando y buscando, y cambiando la lengua, como siempre.

Habla Alicia Zorrilla de que se ha perdido el afán de hablar bien y de escribir bien; estoy de acuerdo, lo constato en el mil veces oído «Si, total, se entiende». Pero cabría preguntarse si las Academias no han sido en parte culpables de esto: por no haberse unido antes en ese hispanismo que tanto echamos de menos para no encontrar a España siempre como la pauta; por no dejar claro su carácter normativo; por no alcanzar un consenso argumentado y permanente en sus decisiones, tantas veces contradichas en sus propias publicaciones; por hacer que esas publicaciones vigentes se desdigan las unas a las otras; por no tener esa transparencia ni esa gratuidad en la elección de sus miembros, en la elección de sus editores, en la distribución de sus publicaciones... (sobre esto hay varios artículos en este mismo blog).

Habla también Alicia Zorrilla de que «El desposeimiento de la palabra es intolerable; el exceso de palabras también, sobre todo, cuando se apartan de lo justo y lo sensato». Esto me parece peligroso: es fácil decir lo que es correcto e incorrecto, lingüísticamente hablando —ya, ya sé que a veces no es nada fácil—, pero desde luego sólo conozco pocos casos de gentes que se han atrevido a discernir entre lo que era justo o sensato y lo que no, y lo han llevado a sus últimas consecuencias: Fidel Castro, Franco..., dictadores que se creen que los demás no saben qué es lo justo o sensato y que ellos tienen que decidir por los demás. Es terreno pedregoso. No me parece acertado y quiero entender que lo que intenta decir es que la gente ya habla por hablar, sin el menor cuidado, y mete la pata. Un desacierto en su expresión.

Ay, el humor. Cuando habla de los errores que causan risa y no los entiende y se mete con no sé cuántos escritos que estudian la risa... Menos pensar y más sentir: esas erratas son las que por una hermosa forma de ser que tiene la lengua (la doble articulación), que establece pares mínimos (¿se acuerdan ustedes de formar pares mínimos para ver qué es fonema y qué alófono en una lengua?), el error hace que estos pares, a veces con una simple errata, se intercambien y la errata confiera un nuevo sentido a toda la frase, pero dejando traslucir lo que quiso decir el autor, apareciendo así un puro chiste. Como ese que cita el discurso del periodista que quiso «dedicar un cumplido a la hija del dueño del diario, quiso decir: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta”, pero se publicó “la tonta”». Esto es lo mejor de las erratas, o lo único bueno.

Habla de que no hay tiempo para la cultura y en eso coincidimos todos, supongo, pero es también labor de las Academias, en su deber de velar por el idioma, la de llamar la atención a los medios, las editoriales, las instituciones... para que se tomen ese tiempo y ese dinero. Tienen además que proponer soluciones: en España aún no se ha hecho nada por las exigencias de los correctores; y los correctores son una de las mejores —cuando no la mejor— herramientas con las que cuentan para que estos errores (todos los que Alicia Zorrilla recoge y lamenta) no aparezcan, o aparezcan muchísimo menos.

En cuanto a su «se yerra porque no se sabe», es lo que menos me preocuparía: hay que corregirlo con una educación gratuita de calidad, con libros, revistas, medios, etcétera, editados con cuidado y corrección. Y aquí de nuevo hablamos de tiempo y dinero que deberían reclamar las Academias o los ministerios de educación para no horrorizarse con los resultados: exijan correctores, reconózcanlos, cuídenlos, fórmenlos. Se corregiría con un permanente cuidado y atención de las instituciones a la base del español: el español lengua de aquí; si el E/LE es una inversión fácil y a corto plazo, el E/LA es una inversión a largo plazo básica para la otra y, además, moralmente exigible a todas las instituciones que cuidan de esta lengua y viven de ella, cuánto más a las Academias.

Más adelante:

Según el doctor Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, «la norma lingüística se establece sobre la base de lo que es el “uso normal que de ella hacen los hispanohablantes de formación media culta”. [...] Cuando un hecho gramatical se convierte en un hecho de costumbre de ese conjunto de personas, la Real Academia Española y las hispanoamericanas consagran lo que es normal como norma lingüística».

Es muy bonito lo de que las normas las establecen los hablantes y las academias las consagran; yo ahí pediría un poco más de valentía, como hacía un artículo en este blog y hemos pedido tantas veces. Además, no encuentro tan holgada la manga de la Academia, ni me gusta encontrarla así: recuerdo que Lázaro Carreter defendía que el uso que no empobrecía la lengua era el que merecía imponerse. ¿Qué quieren?, yo estoy de acuerdo con Lázaro Carreter más que con Alicia Zorrilla y su cita de García de la Concha.

En «Cada norma culta es tan valiosa como la de Madrid», el título me chirría. Primero, porque, aunque vivo en Rivas, soy de Madrid y estoy un poco harta de que aludan a Madrid como si fuera ¿qué?, ¿acaso es la lengua culta? ¿Han oído ustedes hace poco hablar aquí? ¿Y hace mucho? Porque en Madrid, hace veinte años, nadie era de aquí; y ahora, ya nadie es de aquí. Bueno, paro con esto. Me chirría porque no es tan valiosa: es más, simplemente por número de hablantes; en España somos ¿cuántos?, de los cuáles usamos el fonema zeta ¿cuántos? Pues eso, minoría absoluta. Yo creo que lo del hispanismo las Academias empiezan a catarlo, de forma titubeante: el DPD no deja de ser una muestra que un autor envía a su editor con la promesa de elaborar una obra, ¿o no? Falta un diccionario hispánico real, trabajo monumental. Falta una gramática hispánica, que incluya, por ejemplo, el voseo. La ortografía, sin embargo —aparte de la tarea pendiente de enmendar sus errores y contradicciones, y a no ser que se proponga una simplificación (no una complicación), tipo pasemos del minoritario ceceo e instituyamos el seseo—, no creo que presente problemas hispánicos más allá de la separación silábica del consabido tl en los dos tipos de pronunciación (en dos sílabas/en una sola). (Sobre el asunto de España como principal foco de irradiación y la necesidad de que esto cambie, se pueden leer, además de los artículos referidos, otros publicados también en este blog.)

Y, nada más, sólo que yo, si me atacara un atacante, en vez de usar el FIRST DEFENSE, le daría el alto y le sacaría el folleto explicativo: no tiene desperdicio, es desternillante. A lo mejor con el humor, que todo lo puede... Lo malo sería que no entendiera el español; mala suerte.

«Planiando para defensa personal. Quizas el aspecto más importante para el plan de defensa personal es aprender a confiar en sus presentimientos-si las cosas no parecen correctas, seguro que no están. Salgase inmediatamente de donde estás. FIRST DEFENSE ni cualquier otro producto puede garantizar su seguridad personal. [...]. Posesión de los productos de FIRST DEFENSE no es substitución para sentido común. [...]. Nunca usa FIRST DEFENSE como una arma ofensiva. Una técnica importante para usar si eres amenazado por un atacante es poder, dominar con aseveración. Muchos atacantes se desaniman cuando la víctima muestra fuerza y confidencia. Con el rostro hacia el atacante, levante la mano que no es dominante (usualmente la izquierda) con la palma señale al atacante ALTO, después grite lo más fuerte y agresivo que puedas “ALTO... Mantengase Atrás!”. Estudios han muestrado que personas que tienen tensión o ansiedad aumentado no oyen lo que se dice. Armonice la intensidad de lo que diga y como lo dices. Haga SU demanda fuerte y recio, no pasivo como “no me hagas daño” o “que quieres?”. [...] NO, siempre, significa NO! Practique gritar regularmente estas palabras poderosas. Si el atacante continúa, esté preparado a usar FIRST DEFENSE. [...]. Agarre firme su unidad personal de FIRST DEFENSE con cuatro dedos y pulgar. [...]. Tambien si el chorro está más corto de cuando era nueva es tiempo para reemplazarlo. [...]. Cuando estés confrontado con un atacador tenga y tome una posicion con los pies seguros y que sea facil de mover. Acuerdas... que si no encuentras el producto no puedes usarlo».

Ana Lorenzo (Rivas Vaciamadrid, España)

Bibliotecas «abierradas», o los libros de ni mírame ni me toques

«Abierrada» es una palabra rara, que podría venir de «aberración», aunque en realidad viene de «ni abierta ni cerrada». En España estamos en época de exámenes y en muchos pueblos y ciudades los ayuntamientos y diversas entidades públicas intentan ofrecer espacios para que los estudiantes se den el último atracón de esperanza. A veces se abren salas de estudio, y a veces, por ahorrar, se abren las bibliotecas pero sin personal bibliotecario. Hay casos en los que uno, por un lado, se alegra: ¿qué hacía la biblioteca cerrada en las tardes de agosto? ¿Dificultamos que los chavales lean justo cuando más tiempo libre tienen? Está el préstamo, de acuerdo; pero la biblioteca es más que una máquina expendedora de libros: es un lugar para mirar, abrir al azar, consultar los fondos no prestables, etc.

Pero hay casos en los que, por ahorrarse el sueldo de unas pocas tardes de bibliotecario, como decía, se «abierran» las bibliotecas, abiertas pero cerradas, abiertas para sentarse pero no para consultar los libros, que no se pueden tocar. ¿Digo tocar? Ni mirar siquiera. Esta muestra de indignación ha llegado al foro IWETEL, y merece la reflexión de los responsables.

Ayer por la tarde acudí a la Biblioteca Municipal Julián Besteiro de Leganés, que en época de exámenes abre sus puertas hasta las 21:45, aunque su horario habitual es de mañana. Mi intención era echar un vistazo a los fondos y, de encontrar lo que buscaba, volver en el horario normal, que es cuando hacen los préstamos. Me dirigí hacia las estanterías que me interesaban, cuando una celadora se acercó para recordarme que no podía llevarme ningún libro porque por la tarde no estaban las bibliotecarias. Respondí que mi única intención era buscar algo de interés, a lo que me contestó que tampoco podía realizar consultas… Sonreí incrédula y repliqué que entonces me limitaría a echar un vistazo, por lo que me advirtió de que ni siquiera podía tocar los libros… Atónita respondí que no tocaría nada, limitándome a mirar los lomos. Desconcertada, comencé a pasear por las estanterías, cuando me percaté de que la celadora, desconfiada, no me quitaba el ojo de encima… Decidí acabar con tan incómoda situación, por lo que me dirigí a los catálogos (de fichas manuales) para realizar mi búsqueda de un modo más profesional, pero inmediatamente la mujer se acercó hasta donde yo estaba para informarme de que tampoco podía tocar los catálogos… No me lo podía creer, así que me acerqué a leer detenidamente los carteles de avisos, los cuales informan de que en agosto el horario habitual de la biblioteca es de mañana, y que en época de exámenes por las tardes se abre como sala de estudio, no existiendo el servicio de préstamo ni consulta de libros más que en el horario habitual. Alegué que los avisos no mencionaban la utilización del catálogo, aunque la mujer, apurada, contestó que ella hacía lo que le ordenaban… La biblioteca se llena a diario hasta los topes con gente preparando sus exámenes y nadie puede tocar los libros, ¡ni siquiera un diccionario, como apoyo al estudio! Me fui perpleja y con una bonita copia de mi reclamación en vez de la signatura que buscaba.

Gonzalo García, Moratalla (Murcia, España)

Darabuc, palabras como música

Darabuc, palabras como música

Darabuc es una palabra exótica, y realmente parece que viene de 'darbuka', término árabe que designa un tambor con forma de copa, hecho en cerámica o metal y cuya parte más amplia es la que está en el lado superior y se tapa con piel o con plástico. Del ejecutor exige que tenga tanta precisión que sean sus dedos y no sus manos las que elaboren los ritmos y saquen del instrumento la percusión. ¿No oyen ya sus ritmos y sus sones, esas cascadas de armonía?

Porque Darabuc es también un autor y un sitio de literatura infantil que hoy quiero presentarles. Y lo que une a ese autor, a ese sitio y a ese instrumento son, precisamente, el ritmo y la magia de la música, el que él haga que las palabras suenen como suenan los golpes de darbuka.

En Darabuc no encontramos un sitio de fomento de la lectura al uso; en su sitio, primero, encontramos una obra —deliciosa— del autor: La vieja Iguazú. Es premio de la segunda edición de Luna de Aire. Y el autor nos ofrece el comienzo en «Así empieza el libro». Pero además, nos dice: «Si quiere leerlo gratuitamente, puede visitar cualquiera de estas bibliotecas o solicitar el libro a su bibliotecario.» Y es que el autor es, ante todo, lector, y eso se nota.

Se nota, con mucho, en su CEBRALOQUÍA: un tesoro, subtitulado Una antología a rayas de loquemas para niños. Darabuc desnuda a la literatura de cualquier intento de pedagogía y la ofrece como la música, con su misma fuerza: poesías elegidas con gusto y cuidado por alguien que se divierte con las palabras, que, como dice en la presentación, lo mismo las disfruta en un idioma que en otro:

Si no sé leer en japonés o en alemán, ¿de qué me vale que pongas el texto original?
Pues vale para jugar, que es sano, y bueno, y divertido, y barato... No hace falta saber leer los poemas en buen inglés, alemán o japonés para disfrutarlos: podemos tomarlos como un juego, comparar cómo suena cada uno o fijarnos en el aspecto y la textura de las palabras. El poeta francés Jacques Roubaud creó un espléndido libro de poemas-juego con la sonoridad del japonés, que se puede disfrutar sin saber una palabra de japonés.

 

Lo cierto es que la presentación es una declaración de intenciones, o de diversiones. La literatura para Darabuc no es un camino encorsetado, como no lo es la antología: es mejor dejar abiertas las puertas al juego y el oído a los ritmos, por mucho que no entendamos del todo. Pero aun así, si algo no nos gusta, vayamos a otra cosa, mariposa:

¿Y si un poema no me gusta?
Pues vuélvelo a leer, por si acaso, y pregunta siempre lo que no entiendas... Y si aun así no te gusta, pues a por otro poema, no hay nada malo. ¡No creo que a nadie le gusten todos los sabores de helado, o todos los embutidos, o todas las frutas del mundo entero!

Si abren su CEBRALOQUÍA, mayores o niños, se toparán con muy distintos autores, múltiples idiomas, traducidos y no, pero a toda la selección le une un carácter homogéneo: la de la diversión y la de la capacidad de sorpresa y disfrute ante las palabras, los versos, los juegos, los absurdos. Esa capacidad la tienen los niños y la conservan, con suerte, algunos adultos. Darabuc no sólo es capaz de elegirnos esas joyas que nos podrían pasar desapercibidas, también sabe crearlas. Les aconsejo que se lean, solos o con sus niños, La vieja Iguazú, si quieren volver a saborear versos infantiles sin ñoñería de por medio.

Ana Lorenzo, Rivas, España.

El problema del dilema, más allá de la lógica

El problema del dilema, más allá de la lógica

 



El dilema

El dilema es otro silogismo expandido. Se emplea como arma en contra de un adversario, a quien se intenta poner en la obligación de admitir una de dos alternativas, ambas de las cuales le obligaría a aceptar una conclusión que no quiere admitir.

Quizás el ejemplo más conocido es la pregunta que los fariseos ponen a Jesucristo, cuando le preguntaron si es lícito para un judío pagar el tributo al César, o no.

La forma del dilema suele ser una proposición disyuntiva combinada con dos proposiciones condicionales, ambas de las cuales llevan a la misma conclusión:

O A o B.

Si A, entonces C.

Si B, entonces C.

Por tanto, si A o B, se sigue C.

Un judío debe pagar el tributo al César, o no debe pagarlo.

Si lo paga, admite la justicia del dominio romano, que es injusto.

Si no lo paga, no cumple la ley romana.

Por tanto, si lo paga o no, obra mal.

El dilema es una arma valiosa para debatir, pero no es tan fácil construir uno bueno. Las alternativas presentadas tienen que ser las únicas posibles, y ambas tienen que llevarnos a la misma conclusión.

Se puede atacar un dilema alegando que existen otras alternativas; o demostrando que una de las alternativas realmente no conduce a la conclusión.


problema. (Del lat. problēma, y este del gr. πρόβλημα). 1. m. Cuestión que se trata de aclarar. 2. m. Proposición o dificultad de solución dudosa. 3. m. Conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin. 4. m. Disgusto, preocupación. U. m. en pl. Mi hijo solo da problemas. 5. m. Planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos. ~ determinado. 1. m. Mat. Aquel que no puede tener sino una solución, o más de una en número fijo. ~ indeterminado. 1. m. Mat. Aquel que puede tener indefinido número de soluciones.

dilema. (Del lat. dilemma, y este del gr. δίλημμα, de δίς, dos, y λῆμμα, premisa). 1. m. Argumento formado de dos proposiciones contrarias disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar. 2. m. Duda, disyuntiva.

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Yo tenía una estupenda profesora de Historia, de Literatura... de todo, vaya, porque era de aquellas personas cuyo bagaje cultural no sólo era enorme, sino que continuaba creciendo sin parar y estaba vivo; con una cabeza muy bien amueblada.

—Un problema —nos decía muchas veces—, lo que tenéis no es más que un problema, muy gordo, si queréis, pero un problema, no un dilema. Un dilema es lo que tenía Hamlet, hiciera lo que hiciera, matar a su tío, el asesino de su padre o tenerse por loco, toda solución era mala; vamos, que no había solución alguna.

Desde entonces, esa palabra, dilema, la tenía yo respetuosa en cajón bajo llave para cuando uno estaba, como se suele decir, entre la espada y la pared: ser o no ser, mentir o dejar que muera gilipollas, suicidarse o malpasar la vida...

Pero el DRAE me informa de que no es más que una duda, una disyuntiva, un problema (gordo o pequeño) . Ay, mi Mariaelena del alma, si te hubieran contratado para esa entrada como lexicógrafa, cuántos matices habríamos ganado en nuestra lengua, porque, quiéranlo o no ustedes o los académicos, existen en esta vida problemas, gordos y pequeños, y dilemas.

En los diccionarios de la RAE, en el 83 aparece por primera vez como 'problema o situación ambigua' además de su definición dialéctica o lógica, recogida aquí y ejemplificada en la primera cita; en el 92, en sentido figurativo, es 'duda, disyuntiva'.

Ana Lorenzo. Rivas, Madrid, España.

Añadido el 21 de agosto

Gracias a Gonzalo G., les pongo aquí «la definición de la Moli, siempre más atenta al uso».

2 («Encontrarse, Estar, Verse, Poner en un») Situación de alguien cuando tiene forzosamente que elegir entre dos soluciones, ambas malas: ‘Me puso en el dilema de aceptar sus condiciones o marcharme’. (véase Disyuntiva).

Pero no puede uno dejar de preguntarse por qué el DRAE, si no encontró otra más adecuada, no adoptó esta definición, que hace que nuestra lengua gane o al menos no pierda en matices.

Escritores, editores, correctores: hombres del Renacimiento

Escritores, editores, correctores: hombres del Renacimiento

28 de noviembre del 2005

 

La cita* (gracias, V. A.):

 

“El centenario de Madame Bovary ha venido a reactualizar, en cierto modo, la figura de ese escritor singular que fue Gustavo Flaubert. Escritos singulares, si pensamos que nunca autor alguno fue menos favorecido por el propio temperamento. La creación le costaba un trabajo increíble. Las frases no acudían a su pluma. Terminar una página era, para él, una tarea de forzado. Adelantaba lentamente en sus libros, renqueando, sufriendo, protestando, como si cumpliera con una intolerable obligación impuesta por otro. No poseía imaginación verbal. Tenía que rehacerlo todo, tachando, quitando, enderezando párrafos cojos. Y aun cuando daba un manuscrito por terminado, Máximo Du Camp, su íntimo amigo, cazaba en ellos gazapos imperdonables; verdaderas perlas, como cierta ‘excursión marítima’ puesta en la segunda página de La educación sentimental, para calificar... un viaje por el Sena. O aquello de ‘Sonó lentamente el toque de la una’, visto más adelante, en la misma novela, que hacía exclamar al corrector, escandalizado: ‘¿Es que les tomas el pelo a tus lectores? ¿Cómo quieres tú que una sola campanada suene lentamente?...?’”

 

De Alejo Carpentier: El adjetivo y sus arrugas, Buenos Aires: Editorial Galerna, 1980.

 

[*Cita tomada del blog de José Antonio Millán, escritor, editor, experto en... tantas cosas; verdadero y esdrújulo hombre del Renacimiento.]

Ahora que arrecian las críticas, algunas feroces, sobre el estilo de Javier Marías, que ha entrado en la RAE sin necesidad de más votaciones que la primera, me gustaría centrarme, apartando de mí y de todos ustedes el consabido y polémico tema de si deben estar en esta institución tantos escritores o sería mejor que los académicos que son y que están, antes de este vuelco hacia la democratización de la cultura, como si esto fuera una cámara de representación en vez de una entidad de trabajo que elabora normas y publicaciones normativas donde agarrarnos todos los hispanohablantes (no sólo los maestros que corrigen los exámenes de nuestros hijos), se rodearan de lingüistas y expertos como ellos para llevar tan gran obra a cabo —empresa monstruosa por lo grande y cambiante—, me gustaría centrarme, digo, en por qué se le exige a un escritor ser además un sabio de la lengua. No, señor. Un escritor ha de ser un maravilloso creador y sí, por supuesto, la lengua, o las lenguas, que algunos escriben en dos, es su herramienta. Javier Marías crea deliciosas novelas. Yo me declaro una de sus seguidoras. ¿Quién puede resistirse a un escritor que comienza así una narración, con tal abigarramiento de verbos, de tal gala?

“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.”

Javier Marías: Corazón tan blanco.

 

Que Javier Marías tenga en sus novelas errores de sintaxis, de concordancia, incluso errores de concepto y mal uso de determinados adjetivos, ¿de quién es culpa? Que nadie les engañe: la culpa es de su editor. Si el editor contrata a un buen corrector de estilo, el trabajo de éste consiste precisamente en limpiar el texto de todo eso. El escritor inventa historias, inventa nuevas formas de arrebolar los verbos en la frase y hasta se toma la licencia de saltarse las normas, como ambulancia con sirena puesta, siempre que sea para crear, para ir más allá, para darle a la lengua el alma o el juego que nadie más le ha dado o que ya tantos otros le dieron, pero nunca como él lo ha hecho. Y el corrector, experto en lengua, con un gran respeto por la creatividad, con mucha comprensión de lo creado y mucho amor hacia esos dos entes que en el libro conviven, la lengua correcta y pura que fluye como un río cristalino y claro (aunque a veces no sea tan claro como quisiéramos), la creatividad y la invención que surgen como rápidos alocados que lo aceleran o como remansos que lo aquietan y lo convierten en espejo hasta hacer que se pierda el hilo del riachuelo, trata de no magullar ni a uno ni a otro, de dejarlos en perfecto equilibrio, para que, en el tranquilo transcurrir del río, la voz del escritor surja con fuerza y nada le haga sombras.

Si el editor es bueno, no dejará tirado al escritor, no le dejará en la estacada, ni a él, ni al corrector de estilo, ni al lector. Querrá editar un buen libro, pero no le pedirá peras al olmo: nadie le pediría a él que escribiera sus propios libros por el mero hecho de vivir de ellos, ni al corrector, por dominar esos recovecos de la lengua, que fuera un prolífico Lope de Vega. Atención, que sí que existen, por otra parte, hombres del Renacimiento, que escriben como escritores, corrigen como correctores y editan como editores, y todo de los buenos, pero no todos tenemos tantas capacidades y no tenemos por qué avergonzarnos por ello.

Sin ir más lejos, el otro día, leyendo en Anagrama El mal de Montano, curiosísima novela de Enrique Vila-Matas —me dejó con ganas de releerla enseguida, tanto cambia, tantos hallazgos tiene a lo largo de sus páginas, hasta los nombres y las referencias—, vi varias erratas y lamenté que en una historia donde tan importante es «el hombre solo y sin atributos» aparezca en una frase en dos partes del capítulo un «no podía estar más sólo en aquel paraíso de las Azores»; y no, no lo he leído mal, no lo he entendido mal: es el acento el que sobra.

En El viaje vertical, del mismo autor, en La mejor narrativa, de Salvat Editores, procedente de Editorial Anagrama, aparte de mil erratas, de falta de blancos tras el punto que incomodan la lectura, llega un momento en que el protagonista, Mayol, que se ha escondido en un café por culpa de una tormenta, «sentado en una mesa del Orient-Express mientras observaba con cierto alivio y satisfacción [...] que el temporal de lluvia y viento había arreciado de forma considerable y dentro de muy poco podría salir tranquilamente a la calle. De hecho, apenas llovía ya. [...] Se veían ahora incluso algunos rostros algo agradables. Y una prometedora luz, que emergía de las tinieblas de la tormenta que se batía en retirada [...]». ¿Es ese uso de arreciar culpa del escritor? No, es culpa de su editor, que no ha contratado un corrector, o quizá ha contratado un corrector de primeras pruebas o un corrector de ortotipografía y lo ha zanjado. Pues no señor, se necesitan los dos. Un corrector de estilo es el que va a cambiar ese verbo y va a darle al escritor la posibilidad de elegir otro; le va a indicar que arreciar una tormenta es «hacerse más intensa», no «escampar»; el editor se lo va a comunicar, cuando no son ellos mismos los que se reúnen, y el libro va a ganar para todos. Eso es el trabajo de escribir, de corregir y de editar. No queramos ahora prescindir de ninguno de ellos ni echar en cara de uno lo que compete a otro, por muy de moda que esté decir que los correctores, pa’ qué. Que los editores sepan que si prescinden de ellos, tiene consecuencias. Y que sepan ustedes que si ahora arrecian las críticas contra un escritor por sus faltas de ortografía, por sus errores de contenido... por esas pequeñas cosas que no dejan que brille su obra, es que alguien le dejó, perverso, con el culo al aire; tiene derecho a reclamar; y ustedes, pero a quien corresponda.

Ana Lorenzo. Rivas, Madrid, España.

La extraordinaria labor editorial de Anagrama y sus lamentables erratas

La extraordinaria labor editorial de Anagrama y sus lamentables erratas

Los tres últimos libros que he leído (disfruto, necesito y debo leer literatura para mantener la información que es vital a mi oficio de correctora de estilo) son Al otro lado del Canal, de Julian Barnes; Tríptico del Carnaval, de Sergio Pitol y Últimos tragos, de Graham Swift, de esos libros coloridos de la colección Compactos de la editorial Anagrama. Es para mí, hoy por hoy, la mejor editorial por su selección de autores literarios.

En el primero de ellos, edición de setiembre 2005 con tapas en color azul esmeralda —equivalente al verde de un semáforo—, con muy pocas erratas figura, sin embargo, este texto: «[...] bajo su techo cobijaba a jugadores y fulleros, p---s y parásitos». En el resto de los cuentos de este libro se dice la palabra «putas» con todas sus letras, como corresponde. No es grave, es casi una curiosidad. En el segundo libro, edición de 1999 de tapas en amarillo pálido, el de Pitol, las erratas y errores son tantos, que hice un promedio: calculé que había una errata o error cada tres páginas, en las tres novelas del libro. Avanzando en la lectura comprobé que al menos mejoraba: una errata cada cuatro páginas. Estas piedritas en el camino me molestaron más, es grave, pero tampoco es para suicidarse. En el último libro leído, el de Swift —mucho mejor que la película—, edición del 2001 en un rojo alerta, sin embargo, ya hubiera querido reclamar a la editorial por esta compra, con una pregunta bien sencilla: «¿Cómo es posible que una editorial de esta categoría publique un libro que en su página 329 tiene un párrafo inconcluso?». Uno de los personajes, Amy, se despide para siempre de su hija subnormal, June, de 50 años, y también le anuncia —aunque la hija no pueda comprenderla— que su padre ha muerto. Para no abundar en explicaciones, baste la trascripción textual: «Ahora tengo que ser una mujer independiente. Pero no podía dejar de venir así de sopetón, sin decírtelo a la cara: Adiós, June. Y tampoco podía decirte esto sin decirte lo otro. Para ti no significará nada, pero alguien tiene que decírtelo. Si no lo hago yo, nadie va a hacerlo. Que tu propio padre, que jamás vino a visitarte, a quien nunca conociste porque él nunca quiso conocerte a ti, que tu propio padre ». En la página siguiente comienza otro capítulo. Esto es muy grave. Claro que no pierdo el argumento, pero ¿cómo lo expresa el personaje?, ¿cómo lo escribe el autor? O más aún, ¿cuál es la esencia de la literatura sino transmitir una emoción que nos identifica como humanos y nos salva? Esta esencia está dañada. Este es mi reclamo.

En el blog Comunicación Cultural del 13 de julio de este año, se analiza la nueva web de Anagrama y, sin dejar de admitir que es una de las editoriales que más admiran «por su trayectoria y por la extraordinaria labor editorial que está haciendo su editor, Jorge Herralde», se la suspende por sus deficiencias. Se critica su enfoque de comunicación, ya que la web no cuenta con canales para la recepción de las opiniones de los lectores, ni incluye las reseñas publicadas en los medios, ni links a las webs o blogs de los autores, ni sección de enlaces a librerías, talleres literarios, revistas culturales..., entre otras carencias. Suscribo ese reclamo.

 

Pilar Chargoñia, correctora de estilo, Montevideo, Uruguay, <valchar@adinet.com.uy>

Por qué quieres tú que yo lea

Por qué quieres tú que yo lea

Les prometí un pequeño artículo sobre la lectura y, en concreto, sobre una estupenda guía que escribe Joan Carles Girbés, editor en la Editorial Bromera, editorial que es, además, Fundación para el fomento de la lectura. La Fundación Germán Sánchez Ruipérez, otra veterana en esto de ayudar a que la lectura llegue a todos y, en particular, a los más pequeños, tiene entre sus enlaces a la Fundación Bromera y, desde luego, es un acierto. Pero de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez y de su Servicio de Orientación Lectora (el Sol), les prometo otro artículo; vayamos ahora con la preciosa Guía práctica para hacer lectores a los hijos o con Leer para crecer.

Joan Carles Girbés empieza esta guía con una pregunta imprescindible: «¿Por qué queremos hacer lectores?»

Y contesta esta pregunta, sí, pero entonces hace la pregunta del millón:«En principio, quien ha decidido abrir las páginas de Leer para crecer tiene la sana intención de fomentar la lectura, de hacer lector a otro, puede ser su hija, una sobrina o un niño del vecindario. Compartir nuestro tiempo con los pequeños para contagiarles el amor por los libros es una de las actividades más gratificantes que podemos llevar a cabo porque, a pesar de las prisas que caracterizan nuestra vida cotidiana, de las múltiples propuestas de ocio y de la dura competencia audiovisual, hoy en día todavía es posible “hacer lectores”.

»Pero, antes de continuar, es necesario que dediquemos unos minutos a reflexionar sobre esta cuestión fundamental: ¿por qué? Es decir, ¿por qué queremos que esta persona se aficione a la lectura?»

Aquí está. Ésta es. Nos la hemos hecho y nos la hacemos miles de veces o, mejor: una y otra vez; un día, de una manera; otro, de otra; un día, la respuesta nos parece tan obvia, tenemos tantos argumentos que nos sobran: de Emili Teixidor, de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, de los clásicos, de los griegos, de los académicos, de los vanguardistas, del niño de al lado... Otro día nos faltan las palabras, pero nos sobra la historia, la Historia —the story and the history— con sus mil y un ejemplos de cómo la palabra escrita da al ser humano su libertad, su trascendencia, su cultura: ¿qué es la cultura sino la memoria de los hombres? Lo bueno y lo malo, todo lo que transmite el hombre de sí mismo a sí mismo. Sin escritura, sin lectura, ¿habríamos podido no partir de cero cada vez? ¿Habríamos podido llamar crisis existencial a ese vacío que nos llega a todos más o menos en la adolescencia y que gracias a los libros constatamos estupefactos que no es patrimonio de nuestro yo, sino de la humanidad? ¿Seríamos capaces de jugar de chiquititos con las palabras como jugamos sin haber oído las nanas de bebés, sin haber oído ni siquiera una rima, buena o mala? ¿Miguel Hernández habría continuado tratando de llevar al papel sus versos de no haber comprobado que la poesía existía y que el hombre era poeta, por muy autodidacta que queramos clasificarle?

Dice Joan Carles que en esta guía no trata del analfabetismo porque «En la actualidad, por fortuna, casi no hay analfabetos en nuestro ámbito (...)». Tampoco yo estoy refiriéndome aquí a este problema que en muchas partes del mundo aún es un reto al que mucha gente dedica grandes esfuerzos con grandes resultados. Quiero referirme aquí, como Joan Carles, al fomento de la lectura, al intento de contagiar, no a «la capacidad de leer, sino a la disposición para hacerlo».

Daniel Pennac, citado en esta guía, dice en sus Derechos del lector que éste tiene el derecho a no leer pero advierte, como creo que advertimos todos, de un peligro: «que no sea la lectura la que renuncie al lector, sino éste a ella». De acuerdo, no obliguemos a leer a quien no quiera, pero que el adulto que no lea no haya dejado de hacerlo por no haber tenido en su vida la oportunidad: que la sociedad muestre a los niños y también a sus padres de qué disponene además de de parques, de cines, de campamentos, de piscinas, de polideportivos...

La guía Leer para crecer está llena de aciertos; por ejemplo, en este mundo de medias tintas, se agradece que alguien tenga una postura clara y la defienda, sin tener que transigir y tragar con todo: se lo juro, afirmaciones claras: «Es que leer es un rollo... ¡Stop! ¡Eso sí que no! “Es que a mí no me gusta leer.” Sería más correcto decir: “Es que nunca he leído un libro que me guste”, porque a menudo quien afirma que leer es aburrido es porque aún no ha encontrado las lecturas adecuadas a sus gustos e intereses, ese libro corto o larguísimo que le hará descubrir sensaciones nuevas, aprender, crecer, madurar, vibrar de emoción y encontrarse consigo mismo. ¿A quién no le gusta el cine? Pueden que no gustarle las películas de amor, o las de terror, o las de acción, pero seguro que hay determinadas películas que le entusiasman. Con la literatura pasa lo mismo.»

Y no se pierdan el apartado des-sacralizador de los libros, ni el de los beneficios de la lectura, que tiene una condición: «será un secreto entre nosotros (...); nunca le diga a un niño —nos recomienda Joan Carles Girbés— “si leyeras más, traerías mejores notas”. Que no nos quepa duda: una sentencia como ésta le alejará más todavía de los libros.»

La guía insiste en las bondades de la lectura para la vida y el ocio del lector; es cierto que el hábito de leer facilita el estudio, la comprensión, la concentración, etcétera, y todo esto está recogido en el capítulo de los beneficios, junto a muchas otras cosas, pero una cita de Umberto Eco nos apunta hacia dónde vamos a ir: «No debemos leer para tener éxito, sino para vivir más».

Y para el autor de la guía, y suponemos que también para Eco, vivir más es «vivir otras vidas, vivir más intensamente, vivir enriqueciéndonos en nuestras horas de ocio».

Aprendemos con esta guía a tener paciencia, a que «cada niño es un mundo», así que no comparen —las comparaciones son odiosas; ¿se han fijado que siempre pierde alguien, que sólo quedan iguales cuando se sacan parecidos familiares?—, no se preocupen si su hijo mayor a los diez años ya leía encantado los libros de aventuras de Rudyard Kipling y de Stevenson y el pequeño, con once, apenas termina el de la colección El Tigre, y eso que trae una lupa y le lee usted siempre medio capítulo. Todo requiere su tiempo y cada niño requiere sus libros.

Además de enseñar, la guía es bien divertida. Las ilustraciones corren a cargo de Josep Vicó Crespo y acompañan sabiamente al texto: bonitas y divertidas, esta vez el ilustrador se leyó el libro —hay tantas veces que pienso que los dibujos que están ahí podrían estar en cualquier otra parte— y, además, con buena intuición, pensó que podría caer en manos de... cualquier mano, es decir, cualquier edad. Unos dibujos bonitos y que difícilmente desagradarán a nadie.

El decálogo de la familia comprometida con la lectura viene seguido por «Diez consejos infalibles para que [los niños] odien los libros»: amén de que cualquier padre se sentirá identificado con alguna de las situaciones —en las que habrá caído con la mejor intención, cómo no— los consejos son dignos de ser memorizados para poder evitarlos siempre que podamos. Es divertidísimo el de «Pidámosles un resumen. Imaginemos la escena: Estamos acomodados en el sofá, delante de la tele. Es un día especial porque emiten nuestra serie favorita. Nos gusta tanto que pasamos la semana esperando que llegue el miércoles para verla. ¡Es tan divertida! Pero hoy es diferente. Esta noche tenemos un señor sentado a nuestro lado que observa cada movimiento que hacemos. Nos ha pedido —en realidad nos lo ha exigido— que le hagamos un resumen comentado del capítulo. Tres hojas. “¡Y no vale hacer la letra grande!”, nos ha advertido muy serio.» Continúa de esta guisa. Claro, cualquiera se atreve ahora a pedir el resumen al niño, menudo modo de hacerle odiar el libro. Pero vaya manera divertida de dejárnoslo patente.

Lo cierto es que la guía sigue con propuestas para leer a los niños, para sabr cómo y cuándo y dónde. Debería estar traducida al castellano y distribuirse en el resto de España. Pero al menos se hace en Valencia, y además pueden ustedes visitar la Fundación Bromera. Y si están pasando este verano en esa costa maravillosa, tienen la oportunidad de disfrutar de libros de autores valencianos en una campaña organizada por la Fundación Bromera y apoyada por los diarios Levante y El Mundo, de modo que con ellos se llevan a casa un libro por muy poquito: véanlo en Llegir en Valencià.

Feliz verano.

Ana Lorenzo. Rivas Vaciamadrid, Madrid, España.



Barcia, un fenómeno mediático

Barcia, un fenómeno mediático

Si a alguien podemos considerar principal benefactor de esta bitácora, sin duda es al doctor Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras. Pocos académicos demuestran en su discurso público un sentido tan alto de la relevancia informativa.

De estas declaraciones que a continuación reproducimos, apenas sazonadas con algún enlace ilustrativo y una pizca de resalte para lectores de vista cansada, no hay ni una sola palabra que pueda desaprovecharse, nada vano, ninguna concesión a la retórica vacía. Todo es nutritivo, todo engorda, todo se aprovecha.

Gracias, doctor Barcia, por hacernos todo el trabajo y servirnos semejante manjar en bandeja. En esta redacción estábamos muy necesitados de vacaciones.

PEDRO LUIS BARCIA EN ADEPA (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas)

«La lengua es la portadora de todos los bienes culturales»

El presidente de la Academia Argentina de Letras (AAL) habló acerca del uso de la lengua, cuestionó a la televisión y destacó la importancia de la lectura del diario para un mejor aprendizaje del lenguaje.


Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, criticó el uso de los adjetivos en los medios y dijo que «las campañas contra la chabacanería de los medios audiovisuales no prosperan porque las autoridades no operan y el gobierno no actúa porque ponerse los medios en contra, sobre todo los medios televisivos que son tan impresitos, es medio difícil».
Barcia fue el orador invitado a la cena mensual de ADEPA que se realizó a principios de marzo en el Salón Pur Sang, de Avenida Quintana 191, en Buenos Aires.
En la presentación, el presidente de ADEPA, Gustavo Víttori, señaló que «a medida que la educación en la Argentina se fue degradando, el nombre de Barcia ha ido tomando predicamento. Los medios de difusión fueron dándole cada vez mayor espacio».
Víttori resaltó la preocupación de ADEPA por el destino de la lectura y de la comprensión de lo que se lee. «La construcción de una sociedad se realiza a través de los conceptos y estos a su vez se construyen mediante las palabras, porque a partir de las palabras se crean mundos, se crean universos, se construye la sociedad y se construye el país». Pedro Barcia agradeció la iniciativa de ADEPA para que junto con la Academia trabajen a favor del lenguaje y opinó que hasta ahora las academias han sido «paquidérmicas, elefantiásicas, han tenido poca adecuación a la realidad» y criticó la falta de contactos con la prensa. «La escuela, la academia y los medios de comunicación deben trabajar para mantener la unidad del idioma», señaló.
El presidente de la Academia Argentina de Letras anticipó que el 27 de marzo de 2007 serán anunciadas las nuevas correcciones de la ortografía y que la Real Academia Española junto con Microsoft están preparando un corrector de textos «que va mucho más allá que el simple corrector de la ortografía, va a la concordancia entre los términos, va a la correspondencia de las palabras».
Ese corrector «cuesta millones de pesos pero el negocio será para ambos», afirmó Barcia, sobre el acuerdo con Microsoft.
Por otra parte, Barcia se refirió del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) que se presentó, en octubre del año pasado ante los reyes de España. «Es único, es ejemplar, va a la cabeza de todos los diccionarios porque es de todas las academias de la lengua española».
«El Diccionario Panhispánico de Dudas es realmente un instrumento fundamental para los escritores, para los periodistas, y los manuales de estilo van a tener que revertirse en función de la unidad básica que va adoptando el consenso de los treinta y cinco medios que participaron de la presentación», subrayó.
Barcia definió a la cultura y la lengua: «La cultura es el conjunto de soluciones —dijo— que una comunidad cualquiera le da a los problemas básicos de la vivienda, de la vestimenta, del alimento, de la defensa propia y de la comunicación. La lengua es la portadora de todos los bienes culturales porque gracias a la comunicación nos endoculturamos».
El presidente de la Academia recordó cuando Ernesto Quesada publicó en 1922 un análisis de la prensa de Buenos Aires donde se señala la reacción a favor de la lengua por parte de La Prensa y La Nación que «al cambiar el lenguaje cambiaron la realidad lingüística del país, porque la gente aprendió a escribir con el diario como los hijos de los inmigrantes aprendieron a hablar con la radio».

Los tres peligros de la lengua
«La vulgaridad de la lengua escrita y de la lengua hablada da la imagen del país y ese es el primer peligro que enfrenta porque la degradación ha sido siniestra en este campo», aseguró Barcia, quien responsabilizó a la escuela que formó «discapacitados» que no saben como expresarse cuando salen en busca de trabajo.
La pobreza es el segundo de los peligros señalados por Barcia. «Para leer y comprender el diario es necesario conocer por lo menos mil ochocientos caracteres y eso está muy lejos de los apenas seiscientos con los que se manejan los jóvenes».
«Más de la mitad de los jóvenes están por debajo de la línea de pobreza lingüística. Esos jóvenes no pueden ejercer el derecho a la libertad de expresión, no pueden opinar por lo tanto no están habilitados para la democracia», sentenció el catedrático.
Para Barcia, el tercer peligro es la lengua neutra. «La estandarización de la lengua por parte de los medios es buena porque extiende la unidad del idioma y es malo porque vamos perdiendo los matices regionales. Pero el negocio impera, ya que vender una telenovela o una publicación en lengua estándar es mucho mas fácil que cuando se utilizan los regionalismos que no son entendibles para todos».
Para el presidente de la Academia Argentina de Letras los diarios on line en español son un avance para nuestra lengua porque antes la mayoría de estos periódicos electrónicos estaban editados en inglés.
Por otra parte, anunció su participación en Fundéu, la fundación formada por EFE y el BBVA, instalada [ya] en Buenos Aires, que tiene por objetivo monitorear a los diarios y tomar la media común en cada gran capital del mundo.
Así también anunció para fines de marzo la presencia de todas las academias en el IV Congreso Internacional de la Lengua que se realizará en Cartagena de Indias, Colombia, donde tendrá lugar un debate sobre el uso del lenguaje en los medios de comunicación.