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Lo que sea por vender

Los grupos editoriales han de vender libros, y cuantos más, mejor. Los comerciales son espoleados para vender, vender y vender, y es necesario ingeniárselas todas para saciar las ansias del director comercial, ahora sales manager, que, por lo visto, con el cargo en inglés se cobra más.

Ha caducado ya el vendedor de enciclopedias que arriesgaba cada día varias veces su pie dejándolo casualmente entre el quicio y la hoja de la puerta que el ama de casa de los setenta cerraba con rabia, porque se le quemaban los calamares. No son ya originales las reuniones en hoteles céntricos de las grandes ciudades, en las que si compras la enciclopedia, te regalan el mueble para colocarla —de una madera que combina que es una delicia con la encuadernación de la obra—, un juego de whisky —porque con unas copitas de más cualquier dato ya te parece bien— y los diez últimos premios concedidos por la editorial en el concurso literario de rigor —que probablemente ya tengas a base de coleccionar cupones del periódico del mismo grupo—.

Es de sobras sabido que el público objetivo de cada vez más campañas de venta es el de los niños. A los adultos ya nos han sobresaturado de todo y más; a los jóvenes les han dado las nuevas tecnologías y van que se salen. ¿Qué queda? Niños, solo niños.

Y ahora, además de venderles vídeos, revistas, cuentos, pegatinas, tatuajes, gominolas y cualquier muñecote que nos podamos llegar a imaginar, hay quienes han llegado a asaltarlos mientras estaban en el colegio.

El Diario de Ibiza en su edición de hoy, sábado 25 de febrero, recoge el siguiente titular: «Vendedores de enciclopedias se cuelan en un colegio para recoger datos de las familias». Los vendedores eran de la Editorial Salvat y entraron en el colegio sin invitación; por lo que, obviamente, la directora los puso de patitas en la calle. Pero ellos, comerciales donde los haya y para sacar tajada de sus merodeos en días anteriores por los alrededores del colegio, lograron enjaretarles a los alumnos unos folletos en los que se hablaba de un premio por comprar la enciclopedia, que incluían un cuestionario de nueve preguntas, algunas tan complejas como qué vocal falta en la serie «A-I-O-U». Y no contentos con esto, consiguieron que los alumnos dieran sus datos: nombre y apellidos, edad, número de hermanos, dirección, teléfono y nombre de uno de sus progenitores.

Los niños, muy susceptibles a las tretas comerciales, no dudaron en rogarles a sus padres que les compraran la enciclopedia esa. Un alumno del centro le aseguró a su padre que le regalarían una videoconsola, y otro argumentaba que el vendedor le había dicho que la enciclopedia la subvencionaba el Gobierno balear con el objetivo de frenar el fracaso escolar. La enciclopedia cuesta 1300 euros. Tal subvención no existe.

Cabe preguntarse qué opina a todo esto la Editorial Salvat. Pues poca cosa. Según otro titular del mismo periódico, son varios los padres que, tras haber contactado con el servicio de atención al cliente de la editorial, siguen esperando la prometida llamada de respuesta por parte de Salvat.

Será interesante seguir la noticia, quizá algún día nos encontremos a un comercial ansioso de vender enciclopedias en la sala de partos, alerta a la coronación de nuestro hijo, presto a enseñarle la elegante encuadernación del último refrito enciclopédico que tendrá en casa antes de que salga de la maternidad, junto con la completa canastilla que todo bebé que se precie debe tener.

Violeta Nadal (Ibiza, España)

Addenda hilarante

Addenda hilarante

Cuando un espontáneo corrige la realidad ficticia. (Gracias, Jordi Minguell.)

El lápiz del lector corrector

El lápiz del lector corrector

El fenómeno de la mala calidad de los libros que se editan últimamente es tan universal, que ya no podemos leer sin el lápiz del corrector en la mano. No me refiero a tomar notas, dialogar con el autor y armar nuestro propio libro, que era el uso habitual del lápiz. Ahora tomamos el lápiz nada más que para tratar de hacer legible el texto, para saber apenas si es que de veras dice algo.

Mal están las cosas si, en lugar de leer, uno corrige. Esa conocida deformación de nuestro oficio, que antes nos obligaba a cerrar el periódico, ahora nos causa sobresaltos hasta con los productos de editoriales serias. Qué difícil es creer que ni siquiera una persona pase los ojos sobre las planas de ciertos libros, cada vez más numerosos. Pero es más difícil pensar que sí se cuidan las ediciones y que la culpa es de los duendes.

Cuando leí el tercer tomo de Harry Potter, observé algo desde el principio. De la página legal se habían caído todas las haches minúsculas cursivas. Todas. Pensé que sería una jugada de último minuto de los modernos sistemas de impresión; esas cosas pasan. Pero más adelante, en la página 11 se cae la e de la lechuza de HP, H dwig, las dos veces que aparece. Y en la 38 faltan todas las ges. Etcétera. No se me ocurrió sospechar que acaso nadie hubiera leído las planas. Más bien pensé que había comprado una edición pirata, pues se sabe que a veces se cuelan a los canales formales de distribución. Pero no: tiene el pie de Barcelona, el sello sobrepuesto del distribuidor de México y lo compré (lleva aún la etiqueta del precio) en una tienda Sanborns de la ciudad de México.

Esto, que debería quedarse en anécdota, es nada más otro ejemplo de un fenómeno cada vez más común para el lector.

Por tanto, propongo la hipótesis siguiente: los grandes editores aspiran a hacer libros piratas. En su pérdida de contacto con la realidad, han concebido la idea de imitar a los piratas del mundo para ganar más dinero: ninguna calidad, ningún amor por el detalle, ningún respeto por el lector, ninguna consideración con el librero, ningún interés por el trabajo de los que en efecto hacen el libro.

Tal es la causa de que ya no podamos leer, de tanto que tenemos que corregir.

Javier Dávila (Ciudad de México, México)

Edición bochornosa

Edición bochornosa

Acabo de leer Los ojos de Greta Garbo, relatos, de Manuel Puig (Seix Barral, Biblioteca Breve, Buenos Aires, 1997, segunda edición).

Es un libro de 143 páginas, de las cuales unas 12 tienen fotos a toda página de Greta Garbo, de la colección de Manuel Puig. Son hermosas fotos, que habrían dado lugar a un hermoso libro.

Pero... este libro no tuvo corrector. Aseguro que no tuvo corrector, no que trabajó en él un corrector descuidado o incapaz, porque ni el peor corrector deja con tilde todos los ti.

La primera página termina con un pose- que sigue a la vuelta con la sílaba er, modo en que logra formarse el verbo poseer. A este estrambótico corte de palabras suceden otros como re-alidad, cre-adora, ide-ado, y puntos finales en oraciones que terminan con signos de interrogación o exclamación. Sobran y faltan tildes, por supuesto, y hasta la diéresis en vergüenza. El apellido del traductor y prologuista figura de dos maneras distintas. Y los errores de estilo no los comento.

En definitiva: una edición bochornosa.

El libro cuesta en Buenos Aires el equivalente a 5 dólares. Calculo que tendrá unos 150 000 caracteres. ¿Costo de la corrección? Variable, pero modesto.

Virginia Avendaño (Buenos Aires, Argentina)

viraven@educ.ar

Màrius Serra y los correctores (a happy end)

Màrius Serra y los correctores (a happy end)

Hay gestos que no pueden agradecerse con palabras. Aun así, gracias, Màrius (gràcies), por tu generosidad, fair-play, claridad y contundencia. Y por tu compañía.

La Vanguardia

23/02/2006

Otra corrección es posible

NO ES LÓGICO prescindir de los lingüistas y quejarse del empobrecimiento de la lengua

MÀRIUS SERRA

Entre los sobresaltos que provocó la manifestación del sábado hubo uno más bien colateral. En su flamante diario digital, Pasqual Maragall publicó el domingo un post que empieza «Considero raonable que milers i milers de ciutadans expressin la seva actitud» y acaba recordando el bombardeo de Gernika. El presidente rubrica sus reflexiones con un topónimo (es lógico) y la fecha (redundante tratándose de un diario digital). Este domingo debió de escribirlo desde Rupià, porque se leía: «Al Baix Empodrà (sic), diumenge, 19 de febrer del 2006». El error de tecleo en el nombre de la comarca produjo una metátesis espectacular, digna de figurar en los manuales de retórica junto a los clásicos «àguila-àliga, egua-euga o xicallaquitxalla». Al desplazar la R de Empordà, Maragall construyó sin querer una frase inquietante, homófona de «el baix em podrà». Este desliz tipográfico propició un hilarante juego especulativo por parte de los sagaces humoristas del espacio Alguna pregunta més? de Catalunya Ràdio. A las ocho, Carles Capdevila ya se preguntaba por la identidad de esa persona de baja estatura que podría con Maragall. Las hipótesis más verosímiles apuntarían hacia el ministro Montilla, aunque podría haber más candidatos. Descartados por el centímetro tanto Zapatero como Rajoy y apartados de la primera línea Pujol y Aznar, la discusión se centraría en comparar estaturas entre Maragall y sus rivales: ¿Mas? ¿Bono? ¿Carod? El equipo APM volvió a la carga a eso de las diez en su repaso de la prensa. Y entonces, por arte (digital) de magia, la metátesis ampurdanesa se deshizo y «Al Baix Empodrà» devino «Al Baix Empordà».

Ésa es la grandeza de ambos medios. La radio, por su trascendencia social; internet porque, a diferencia de los medios impresos, permite corregir erratas sin dejar rastro. Sin embargo, no se puede corregir con garantías sin contratos dignos para los lingüistas, unos profesionales cada vez más arrinconados que son básicos en el tan cacareado fomento de la lectura. Para que los textos de periodistas, novelistas, ensayistas, traductores, crucigramistas e incluso poetas nos lleguen dignamente los correctores deben ser más valorados. No es lógico prescindir alegremente de ellos en nombre de los costos de producción y luego quejarse del empobrecimiento de la lengua. De cualquier lengua. Debemos exigir el máximo dominio del instrumento a los profesionales del lenguaje, pero nadie es infalible. Un texto debe ser siempre revisado por más de una persona. El lenguaje verbal es un instrumento demasiado complejo. ¿No exigimos controles de calidad en otros ámbitos? ¿No se revisa el trabajo de arquitectos, juristas e ingenieros? Resulta paradójico que, mientras se lava la imagen de los cuerpos policiales, los correctores aún carguen con el sambenito de ser la policía (represiva) de la lengua. Y no. O no siempre. Una buena corrección juega a favor de cualquier texto.

Aparte del weblog presidencial y de las hilarantes antologías de erratas que proliferan en la red, deberíamos visitar más a menudo un weblog que reivindica la figura del lingüista como http://addendaetcorrigenda.blogia.com/. Ya verán que es un espacio combativo, a cuyas críticas por fortuna nadie escapa, como este columnista ha podido comprobar.

MariusSerra@ verbalia. com

[Versión en catalán aquí.]

Hacernos pagar lo que ya está pagado: la RAE y el DPD (2.ª parte)

Hacernos pagar lo que ya está pagado: la RAE y el DPD (2.ª parte)

(Viene de aquí: http://tinyurl.com/zlagv )


La tarta, bien decorada y servida en bandeja: la campaña promocional del DPD

En cuanto a las posibilidades de negocio que ofrecían los posibles socios editoriales de la RAE, visto está que si el pastel que tradicionalmente preparaba Espasa ya era tremendamente apetecible, la tarta que les cocina y sirve Grupo Santillana es de varios pisos.

Pero, por prometedoras que sean las expectativas de distribución con GS, ningún proceso de comercialización a gran escala puede dar todos los réditos necesarios si se da margen a algún tipo de competencia (publicar en línea y gratuitamente el DPD podía serlo) y si no se despliegan todas las estrategias de difusión que una operación de esta envergadura requiere. En este sentido, la Academia —a la que sólo le ha faltado vestir a sus representantes con la correspondiente camiseta DPD, al estilo Santiago Segura—, no ha ahorrado los necesarios despliegues mediáticos para proclamar las excelencias de su «impresdindible» obra. El bombardeo promocional ha sido apabullante, y no ha habido reseña en prensa que no pueda calificarse de puramente promocional. Es más, a pesar de que otras obras anteriores, como la Ortografía de la lengua española y la edición del 2001 del Diccionario de la lengua española, recibieron múltiples y severas críticas por parte de la prensa, de numerosos lingüistas y especialistas, en el caso del Diccionario panhispánico de dudas la recepción de los medios ha sido generalmente entusiasta, hasta el punto de que muchos de ellos, en todo el ámbito hispanohablante, se han comprometido con la Academia a adoptarlo como norma básica de referencia —aunque el propio García de la Concha niegue al DPD esta condición, al declarar que el DRAE sigue siendo el instrumento normativo por excelencia—. Las críticas a esta obra en la prensa han sido anecdóticas y la única reseña crítica, tan amplia y rigurosa como certera, ha salido de la pluma de un especialista de cuya obra bebe en buena parte el Panhispánico, entre otras fuentes bibliográficas (fuentes de las que el DPD, por cierto, se apropia sin citarlas y cuyo uso la RAE no reconoce oficialmente, pero que casualmente resultan visibles en el vídeo promocional del DPD, «DPD en imágenes»).


La necesidad de adquirir el DPD

Esta misma actitud crítica mantienen en España muchos de los principales destinatarios del DPD, que, contrariamente a lo que quiere hacer creer la campaña publicitaria de venta del Panhispánico, no está destinado a cualquier hablante de español. El Diccionario panhispánico de dudas es, por su contenido, registro léxico, construcción y redacción —e incluso por su incongruencia con diversos criterios expresados en el resto de obras académicas, incluido el recientísimo Diccionario del estudiante—, un texto cuya consulta requiere un buen nivel de formación lingüística y de conocimiento de las fuentes descriptivas y normativas de la lengua, y por ello resulta útil más bien a las personas capacitadas para descifrarlo y ponerlo incluso en cuarentena: los profesionales de la lengua (traductores, correctores, profesores de español, lexicógrafos, filólogos y lingüistas), la escritura (autores y redactores), la comunicación y la edición, de los que precisamente se recoge una variada muestra en el vídeo promocional del DPD (donde no aparece, por cierto, ningún hablante de a pie).
Sin embargo, entre algunos de estos especialistas españoles (editores de libros, correctores, lingüistas y lexicógrafos, particularmente), tanto la obra académica como sus trabajos lexicográficos (CREA y CORDE) están ya muy desprestigiados, y no es de extrañar que no cunda su uso.

En América, en cambio, a falta de otros recursos y autoridades más eminentes y de una corriente más crítica con el papel y la labor de la RAE, la obra académica sigue siendo la principal fuente de consulta lingüística y lexicográfica. Esta situación aboca a muchos profesionales hispanoamericanos de la educación, la edición, la comunicación y el lenguaje a una situación paradójica: pese a disponer de menos recursos que sus colegas españoles para acceder a cualquier material formativo, cultural y documental comercializado, se ven en la obligación de adquirir el DPD de inmediato.

 

Corolario y reflexión final

 
El artículo primero de los estatutos de la RAE dice:
 

La Academia es una institución con personalidad jurídica propia que tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico. Debe cuidar igualmente de que esta evolución conserve el genio propio de la lengua, tal como ha ido consolidándose con el correr de los siglos, así como de establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección, y de contribuir a su esplendor.

Para alcanzar dichos fines, estudiará e impulsará los estudios sobre la historia y sobre el presente del español, divulgará los escritos literarios, especialmente clásicos, y no literarios, que juzgue importantes para el conocimiento de tales cuestiones [...].


Como entidad sin ánimo de lucro, además, ha de procurar perseguir fines de interés general en lugar de dar prioridad al interés propio.

Por desgracia, la ley no es ni lo bastante restrictiva ni lo suficientemente clara sobre el alcance lucrativo de las actividades que pueden desplegar este tipo de entidades, y la RAE puede permitirse, sin contravenir ninguna disposición legal, explotar como quiera y con quien quiera el DPD.
Aun así, la Academia podría al menos haber mostrado un poco más de perspicacia y seguir una política que salvaguardara su imagen sin poner en peligro sus arcas. Podría haber negociado con Santillana una reserva parcial de derechos de reproducción, que permitiera la publicación simultánea para uso no comercial de su versión electrónica en línea; probablemente podrían haberse valido para ello de algún tipo de licencia Creative Commons; no serían los primeros autores ni editores en hacerlo, pero habrían sido un magnífico ejemplo de aplicación. Subir el DPD a la Red, como material de libre acceso a todos los usuarios, a la vez que publicaba y comercializaba su versión impresa no tenía por qué significar renunciar a cualquier posibilidad de negocio. Hay mucha gente que seguiría adquiriendo el DPD impreso, entre otras razones porque un diccionario en papel le permite husmear entre sus páginas, adquirir una idea global de la obra y sus directrices, y descubrir aspectos y planteamientos que en una consulta por línea le pasarían desapercibidos. Pero, claro, renunciar por las buenas al suculentísimo negocio que supone la venta del Panhispánico a toda España y América es regalar una tajada que bien merece un poco más de desprestigio.
Si la Academia aprecia en algo su imagen pública, debería empezar ya a acometer la labor de armonizar el alcance de los márgenes legales de negocio que la ley le permite con el cumplimiento de los deberes morales y culturales que tiene con el hablante.


Silvia Senz Bueno (Sabadell, Cataluña, España)

Hacernos pagar lo que ya está pagado: la RAE y el DPD (1.ª parte)

Hacernos pagar lo que ya está pagado: la RAE y el DPD (1.ª parte)

Hace poco me llegó a través de la lista Iwetel, que a su vez recogía la información de Barrapunto, la noticia de una directiva europea que está en su fase final de elaboración, cuya aplicación, según su redactado actual, conllevaría la sujeción a copyright de la información geográfica pública, lo que implica cobrar a los ciudadanos por una información que ellos mismos han costeado con sus impuestos.

Hablando de información pública por la que quieren hacernos pagar, uno de los casos que más de cerca nos toca a los profesionales de esta ciberbitácora es la más que sospechosa decisión de la Real Academia Española de bajar de su página de Internet el avance del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), hasta entonces de acceso gratuito por línea, pocos meses antes de su publicación, y sus increíbles excusas técnicas para justificar que, una vez a la venta la versión impresa del DPD, no se haya subido inmediatamente su versión electrónica a la Red, para su consulta gratuita.

Probablemente mucha gente cree que la Academia está en su derecho de permitirse un margen de explotación comercial de sus obras, aun siendo hoy posible ponerlas a libre disposición de los hablantes. De hecho, como fundación sin ánimo de lucro, la RAE puede, según la ley 49/2002, del 23 de diciembre, de Régimen Fiscal de las Entidades sin Fines Lucrativos y de los Incentivos Fiscales al Mecenazgo, realizar explotaciones económicas de acuerdo con las actividades propias de su objeto o finalidad estatutaria e incluso explotaciones económicas ajenas a su objeto o finalidad estatutaria, siempre que su volumen de negocio no supere el 40 % de los ingresos totales de la entidad.

La explotación comercial del DPD entra dentro de la primera prerrogativa. El problema es que, cuando hablamos de fundaciones sin ánimo de lucro, patrocinio y labor cultural panhispánica, existe otra dimensión, la moral, que no debe perderse de vista. Veamos a continuación hasta qué punto la política académica de publicación y difusión de su obra hace caso omiso de esta dimensión.

Financiación y margen de negocio de la RAE como entidad sin ánimo de lucro

La Academia, como entidad sin ánimo de lucro con fines culturales y educativos (véase La fiscalidad en las entidades sin ánimo de lucro: estímulo público y acción privada, pp. 25-27), es beneficiaria de mecenazgo (o. cit., pp. 173-174), en virtud de lo cual se financia parcialmente, a través de la Fundación pro Real Academia Española (cuyo patronato preside el rey Juan Carlos I), mediante las aportaciones de donantes y patrocinadores como Telefónica (que sufragó el coste del Panhispánico), el Grupo Vocento, el Grupo Prisa, Caja Duero, IberCaja, Caja Madrid, Santander Central Hispano, Repsol YPF, Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, Fundación Endesa, El Corte Inglés, IBM, Iberdrola, Grupo Leche Pascual, Endesa, Fundación La Caixa, Espasa Calpe, Editorial Castalia, SM Ediciones, Fundación Santillana o Círculo de Lectores. Estas empresas, a su vez, se benefician de la aplicación de beneficios fiscales por estas donaciones. El resto de los fondos que recibe la RAE proceden, al menos en un 50 %, del Estado (es decir, de los contribuyentes).

Así pues, podemos decir que, cuando estas ven la luz, el coste de todas las obras académicas está ya cubierto, bien mediante donaciones de sus patrocinadores, bien con fondos públicos. ¿Por qué, entonces, no permitir inmediatamente su acceso gratuito a los hablantes? (Y cuando hablamos de acceso gratuito nos referimos sólo a su consulta en línea. Ya ni se espera de la Academia una postura de liberación como la que está llevando a la práctica el Termcat, que permita al usuario descargar gratuitamente el DPD.) ¿Tan grave es la merma de los ingresos que percibe la Docta Casa y las empresas editoriales que publican la versión impresa de los textos académicos, que no pueda contemplarse una publicación paralela de ambas versiones? Probablemente sí; las cifras hablan por sí solas.


Beneficios y beneficiarios de la explotación comercial de la obra académica

Como entidad financiada con fondos públicos, podría esperarse que las adjudicaciones de contratos de la RAE a empresas privadas tuvieran que realizarse a partir de la convocatoria de concursos públicos. Pero, legalmente, las ocho reales academias son «corporaciones científicas de derecho público», lo que las exime de cumplir la legislación de contratos de las administraciones públicas. Por tanto, la RAE elige directamente a las empresas que más pueden convenirle para publicar sus obras y acuerda con ellas las condiciones de explotación libremente.

Según un artículo publicado por El Mundo el 23 de noviembre del 2004, durante casi ochenta años la Academia publicó en Espasa Calpe (Grupo Planeta) sus obras, la venta de las cuales llegó a generar hasta el 40 % de la facturación anual de esta editorial en un año de lanzamiento. En el 2004, la RAE rompió esta larga relación para otorgar el derecho de publicación de la edición popular de El Quijote, del Diccionario del estudiante (DE) y del Diccionario panhispánico de dudas (DPD) al Grupo Santillana (propiedad del Grupo Prisa).

Curiosamente, el actual director de la Docta Casa, Víctor García de la Concha —que acaba, por cierto, de lograr que se modifiquen los estatutos de la Academia para garantizarse un tercer mandato—, compaginaba hasta el 2003 su cargo académico con los de director de la colección Austral y de la revista Ínsula (ambas de Espasa), que ejercía ya antes de ingresar en la institución. También el actual director de Ediciones Generales del Grupo Santillana (GS), Juan González Álvaro, fue director editorial de Espasa Calpe desde 1996 hasta 2000. Y recientemente contrató a la antigua responsable del Área de Referencia y Educación de Espasa y más tarde codirectora editorial de Espasa Calpe, Marisol Palés Castro, con quien trabajó en la histórica editorial. Es decir, tanto el director de la Academia como algunos de los principales ejecutivos de Espasa Calpe abandonaron la empresa poco antes de la concesión a Santillana de los derechos de publicación de las nuevas obras citadas, en algunos casos para pasar a ocupar cargos en el propio Grupo Santillana. Sin embargo, y aunque este trasvase de directivos de Espasa a Santillana pueda haber propiciado la nueva relación contractual de la RAE con Santillana, parece ser que la principal razón de que la RAE publique sus obras con este grupo es la red estructural y comercial que GS tiene en Latinoamérica (20 países de Latinoamérica, incluidos Brasil y Estados Unidos ), que ofrece excelentes perspectivas para la explotación de la obra académica más reciente, regida por la oportunamente aireada política panhispánica que sigue hoy la RAE, con su director como principal abanderado. Una política de unidad y de hegemonía lingüística compartida que parece servir sólo para vender libros. Cuando se trata de explotar el negocio de la enseñanza del español a extranjeros con la creación del Centro Internacional de Estudios Superiores del Español, (v. tb. la noticia publicada por la Fundéu el 22/02/2006 ) o de la Fundación de la Lengua Española, los académicos de uno y otro lado del charco se apresuran a dejar claro qué territorio es el propietario de la lengua castellana.

(Continúa aquí: http://tinyurl.com/pxubu)

 

Silvia Senz Bueno (Sabadell, Cataluña, España)

Tópicos y verdades, o mentiras, a medias (2.ª parte)

En su línea de combatir lo que él creía lugares comunes de la edición de libros con argumentos igualmente tópicos, Ricardo Artola añadía este cuarto contratópico:

4. Todo libro tiene su lector. Ya está bien de hacer racismo con los libros (algunos nos aconsejan con celo exterminador no contaminarnos). ¿Quién determina lo que es bueno o malo? ¿En función de qué criterio científico irrefutable? Y, sobre todo, ¿por qué estorba tanto a la alta literatura y su devenir cósmico la existencia de libros inútiles? Si a mí me cambió la vida un libro que para otro es detestable, ¿tengo que hacerme una lobotomía? Todo libro tiene su lector, y hay lectores en lugares que nunca imaginaríamos.

Y yo le respondí: «Estoy de acuerdo en que todo libro tiene su lector, por supuesto. Pero ¿y el papel de las editoriales en el ámbito de la cultura? ¿No cree que si las editoriales cribaran con buen criterio el material que editan —como hacían antes los editores— estarían fomentando que los lectores fueran más cultos?». (Aunque ahora me doy cuenta de que a lo de la lobotomía no le respondí. Igual mi despiste le molestó y por eso decidió no escribirme...).

Sus siguientes argumentaciones perdieron el poco norte que podían tener, y soltó cosas como que la razón de que las mujeres lean más que los hombres podía ser porque «simplemente, las mujeres viajen más en metro», y que las editoriales tampoco publicaban tanto; total si bajo los 60.000 libros al año «se esconden todas las reediciones (que sí, son muchas), las publicaciones oficiales, los libros de texto y hasta algunos folletos. Luego aseguraba que si prohibiéramos los libros, «habría colas de yonquis intentando chutarse libros en los parques» y que «lo mejor son los lectores. Sin ellos nos seríamos nadie».

Pero el mejor ataque contra el tópico era, sin duda, el séptimo:

7. ¡Y dale con la crisis! Llevan décadas amenazándonos con el Apocalipsis editorial. ¿A quién le pasamos la factura de todo el lexatín que hemos consumido para poder ir tirando?

Ataque directo a la yugular, al bolsillo, a la supervivencia. Y aquí mi respuesta: «Quizá usted no sienta la crisis, pero le aseguro que los profesionales autónomos que participamos en el proceso de edición no solo la sentimos, sino que la sufrimos. Las tarifas que las editoriales están pagando hoy en día por una página de corrección de estilo son inferiores a las que pagaban en el año 1993, cuando me inicié en mi actividad profesional. Sirva de ejemplo la tarifa por ustedes pagada por corrección de estilo: 1,41 euros/pág. brutos, que netos son, redondeando, 1,2 euros/pág. Con suerte (no siempre el estado del texto lo permite), el corrector puede hacer 5 páginas en una hora; por tanto, la hora le sale a 6 euros (perdone el tópico, pero las señoras de la limpieza cobran más y piensan menos). Para que un corrector pueda ganar 1200 euros, por ejemplo, ha de corregir 1000 páginas, que a 5 págs./hora le suponen 200 horas. Dato importante: de los 1200 euros se le han de restar los 229,58 euros de la cuota mensual de autónomos. Total: un corrector trabaja 200 horas al mes (frente a las 160 habituales) para ganar 970,42 euros. ¿Esto no es crisis, señor Artola? Y aquí, ya lo dejo. Además, he de ponerme a trabajar, que si no, las 200 horas se me convertirán en muchas más, y yo también tengo derecho a vivir».

A los quince días, y por si no hubiera bastado, La Vanguardia publica un artículo en el que Xavi Ayén resume algunos de los comentarios de la intervención de Jesús Badenes, director general de librerías de Grupo Planeta, en la conferencia inaugural del máster de edición de la Universitat Autònoma de Barcelona. Pero de esto ya hablamos en su día.

Dos artículos que no deben pasar desapercibidos a los que nos dedicamos a dar calidad a la edición, aunque muchas veces lo hagamos por puro amor al arte y pese a las verdades, o mentiras, a medias que unos tengan a bien soltar, y otros, publicar.

Montse Alberte, Barcelona (España)