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Lengua y cultura/Llengua i cultura

Panegírico de Arrigo Coen

Panegírico de Arrigo Coen

Este viernes 12 de enero se murió Arrigo Coen. Había nacido en Pavía, en mayo de 1913, de modo que ya tenía 93 años. Su madre fue una contralto mexicana, Fany Anitúa, que en gira constante por el mundo desde antes de la Primera Guerra Mundial, tenía por esas fechas su base en Italia.

Como buen autodidacta, Arrigo Coen había seguido sus intereses a grandes saltos y había llegado a abarcar campos extensos del uso de la lengua, de la parsimonia de la corrección de textos al vértigo de la publicidad y el periodismo. Así, fue un filólogo en el sentido lato del término, hecho en el amor y el ejercicio diario del idioma, y fue sobre todo un maestro, siempre listo para enseñar lo que sabía. En ese carácter de maestro, llegó a muchísima gente a través de la televisión y la radio.

Precisamente en la televisión, si no recuerdo mal desde la segunda mitad de la década de 1970, participaba en un programa, Sopa de Letras, que llegó a ser célebre como pocos y que cumplió una importantísima función educativa y divulgadora que nadie ha podido repetir en los 30 años que han pasado.

Escribió algunos libros. Uno de ellos, Para saber lo que se dice, fue muy leído, uno lo veía a la venta hasta en los supermercados, y llevó a Arrigo a escribir el segundo volumen, que creo que no corrió con tanta suerte. En los últimos años tuvo un programa de radio, daba clases en la escuela de escritores y fungía como asesor de dependencias el Gobierno.

A veces se desesperaba. Por ejemplo, cuando alguien le pedía sus datos para buscarlo, a él le parecía increíble que la gente no fuera capaz de mirar el directorio telefónico. No entendía en qué estribaba la dificultad de abrir cualquier libro de consulta, fuera un diccionario o el directorio telefónico. Si uno abría el directorio y buscaba la página correspondiente, veía ahí su teléfono y su dirección, en una zona de clase media sin pretensiones.

No sé por qué me infundía tanto respeto, que en las pocas ocasiones en que lo tuve cerca nunca me atreví a saludarlo. Lo vi varias veces en la calle Cinco de Mayo, en el centro de la ciudad de México. Le gustaba meterse a La Ópera, un bar de esa calle que hace esquina con Filomeno Mata. Ahí mismo está el restaurante del Club de Periodistas. Una vez, hace por lo menos 20 años, me lo encontré a unos pasos de ahí, frente a la puerta del Banco de México, hablando con el epigramista Francisco Liguori. Pensé que era mi oportunidad. Como Pancho Liguori frecuentaba la librería donde yo trabajaba, me imaginé que me reconocería y de algún modo me presentaría con Arrigo. Elucubré este plan mientras caminaba hacia ellos, pero en el momento apropiado no detuve mis pasos y ni siquiera volteé la cabeza. Lo cuento ahora lleno de arrepentimiento. Años después me encontré de nuevo a Pancho Liguori, en otra librería. Se acercó a mí con sus grandes zancadas, me tendió la mano y me dijo: «Tú me conoces». «Claro —le contesté—. Lo conozco muy bien.» Detrás venía una mujer muy guapa, entiendo que su hija. Quise preguntarle por Arrigo Coen, del que no había vuelto a saber nada. Pero tenían prisa y corrieron los dos rumbo a otra sección de la librería. Hasta el día de hoy guardo la imagen del maestro y la muchacha hermosa.

Liguori murió años más tarde, en el 2003, creo que el mismo día que otro estudioso de nuestra lengua, Nikito Nipongo. Ahora se murió Arrigo Coen. Yo me pregunto si seremos dignos del lugar que dejan vacante. Ya lo dirán nuestros hijos.

Javier Dávila (Ciudad de México)

DRAE, atributos y utilidades

DRAE, atributos y utilidades

En el menú lateral de la bitácora Lenguaje, de la lexicógrafa y periodista Margarita Marroquín, albergado en el diario digital salvadoreño La Prensa Gráfica, se está realizando una encuesta con el fin de averiguar qué función atribuye el usuario al DRAE. Estas son la cuestión planteada y las opciones de respuesta:

¿Cuál es la función que cumple para usted un diccionario de la RAE?

• Normar el uso y el significado de los términos de la lengua

• Explicar el uso de los vocablos del español

• Todas las anteriores

• Ninguna de ellas es válida

Los resultados de las 35 votaciones realizadas en el momento de redactar esta nota —ojalá les lleguen más— no son, creemos, nada sorprendentes:

La mayor parte de los que han respondido (un 42,8 %) no sabe exactamente cuál es el cometido del DRAE, o, ante la duda, le atribuye todos los posibles.

Un 25,7 % le da la finalidad de un diccionario normativo: recoger el correcto uso y grafía de los vocablos del español.

Un 17,1 % le da al DRAE el valor de un diccionario de uso, una percepción no muy alejada de lo que es la vigésimo segunda edición, que incorpora extranjerismos «crudos» en uso.

Un 11,4 % considera, como los redactores de El País, que el DRAE recoge (y, por tanto, «da permiso» para usar) las palabras que existen; las que no recoge no existen ni pueden usarse, por tanto.

Sólo un 2,8 % da otras funciones al DRAE, sin posibilidad de especificar.

Sería interesantísimo contar con encuestas más amplias que desvelaran la imagen que los hispanohablantes tienen de nuestras academias de la lengua y de sus obras (el Diccionario, la Gramática y la Ortografía). Qué duda cabe que descubriríamos ideas sorprendentes, confusas y hasta disparatadas; sobre todo si se los interroga también sobre las obras académicas de nueva planta (el Diccionario del estudiante, el Diccionario panhispánico de dudas y el Diccionario esencial).

 

 

 

Y a propósito de la utilidad del DRAE: aquí puede descargarse gratuitamente DraeÚtil, un widget para maqueros, de unos 200 KB, que facilita el rápido y completo acceso a la versión electrónica del Diccionario a través de Internet y desde Dashboard, sacando partido de las opciones de consulta que tanto el Tiger como la Academia brindan.

 

 

 

Silvia Senz (Sabadell, Cataluña, ¿España?)

Breve y disparatada teoría sobre las inexplicables razones de algunos silencios

Las academias de la lengua hispanoamericanas —generalicemos, que el espacio también es oro— se han llamado a silencio. Sus intervenciones son pocas, incompletas, elitistas. La omnipresente razón económica de las faltas de intervención en el ámbito cultural es de sobras conocido por todos. Otra razón posible, sutil y agazapada: la falta de pasión, esa que hace superar obstáculos a fuerza de persistencia. A los españoles, en cambio, esta pasión les sobra. España aúna la pasión con el comercio, allí —les hago un guiño de picardía, lectores— se «hace», «valoriza» y «defiende» el idioma «que les pertenece». A «nosotros», el mundo ancho y ajeno desparramado al oeste del Atlántico, nos gana la modorra, la molicie, la pereza ancestral...

Una variante lingüística regional es la mezcla de los idiomas que las masas migratorias han amalgamado. El lenguaje, todo lenguaje hablado y escrito por cierta cantidad de gente durante cierta cantidad de tiempo —y no es necesario precisarlo más— sí genera identidad. La lengua está subsumida en la cultura y confiere identidad. Decir que una lengua no confiere identidad es decir que a un grupo humano se le puede imponer una cultura que le sea ajena. Se puede hacer, cómo no..., a la fuerza.

A las academias de la lengua hispanoamericanas sólo les queda resistir, hacer investigaciones exhaustivas y de muy bajo perfil, en ámbitos públicos o privados. El sistema educativo, principal meta de su labor, no llegará a conocer su titánica tarea, ni a valorarla, siquiera por el mero hecho de verse reflejada en ella.

Son muy pocos los conocedores y estudiosos de la lengua, los lingüistas y académicos, españoles o hispanoamericanos, que conocen el trabajo publicado por José del Valle. Son muy pocos los que ven los riesgos de la comercialización del idioma español. Cuidar la lengua —en sus variantes regionales, siempre— enriquecerla, mimar a los escritores y autores que la usan con soltura y regocijo..., ¿para qué?

Paciencia, nos piden algunos, paciencia, tenemos las normas que dictaremos sobre el español neutro o internacional. ¿Ah, sí? Claro, nos dicen, desde los principales medios de comunicación os diremos qué hacer; estamos unidos, la lengua es una sola, nos entendemos perfectamente: todos miramos las mismas telenovelas, los mismos culebrones, la misma contracultura... ¡Yo no!, quisiera gritar. Tranquilos, nos dicen, tranquilos, que tenemos la prensa, y desde ella nos hemos de entender... Tenemos, insisten en machacarnos, los subtitulados de las películas que veis en familia los fines de semana y fiestas de guardar... Y aún falta, pienso para mi coleto, que me digan que tenemos la televisión por cable y sus aguadas traducciones al maravilloso y único español estándar.

La mayoría de los editores —y el nexo entre la industria del libro y los medios de comunicación o multinacionales es evidente— son gestores culturales que se encuentran abocados a la comercialización de la cultura para subsistir. El idioma español es un negocio que se planifica desde la península ibérica, con el aval de las multinacionales y el silencio de las academias hispanoamericanas; las editoriales —nacionales o extranjeras— publican libros «vendibles». ¿Y la cultura?

Mmm... No nos hagamos mala sangre, más bien elaboremos una propuesta fantástica, para reírnos un ratito:

● Estandarícese regionalmente la lengua desde las academias correspondientes para estudiar las variantes, conocerlas, investigarlas...

● Responsabilícese a los editores que, sin ver más allá del criterio comercial, deciden no publicar los libros aprobados por la crítica especializada.

● Restrínjase la edición de libros, revistas, periódicos, blogs, folletos, etc. a las publicaciones cuidadosas que formarán el corpus del idioma.

● Penalícense los malos usos lingüísticos (faltas de ortografía, esencialmente) sobre cualquier soporte, analógico o digital, desde los ministerios de educación correspondientes.

Soñar puede costar bien poco. Gracias a todos por aguantar hasta aquí; me estaba haciendo falta un desahogo.

Pilar Chargoñia, Montevideo, Uruguay; valchar@dinet.com.uy

Escribir en español latinoamericano

Escribir en español latinoamericano Desde nuestra separación política de los países colonizadores europeos, en América Latina se han escrito diferentes historias, muchas de ellas paralelas y algunas no tanto (comparemos, por ejemplo, a Bolivia con Surinam). Estos mismos paralelismos y divergencias los encontramos en nuestras economías o políticas aplicadas y, de la misma forma, en las lenguas habladas.

Para nadie es un misterio que en este campo las diferencias locales, regionales o nacionales son marcadas, no solo en el aspecto léxico sino muchas veces en lo sintáctico y morfológico. Estrictamente, fuera de romanticismos y de políticas lingüísticas o educativas tendientes a la homogeneización, en algunos casos con pleno derecho (y apelando a criterios de inteligibilidad) se podría reclamar el estatus de lengua para una «variante» del español hablado, digamos, en Argentina. La heterogeneidad lingüística del español en América (y en general de todas las lenguas que ocupan un territorio amplio) es un asunto arduo de estudiar, de analizar y de deslindar.

Pero dejemos esos apasionantes problemas a los dialectólogos y ocupémonos de algo que podría ser más asible: «escribir en español latinoamericano». Se dice que la escritura es un «método de intercomunicación humana que se realiza por medio de signos gráficos que constituyen un sistema». Además, ese sistema puede ser «completo» cuando «puede expresar sin ambigüedad todo lo que puede manifestar y decir una lengua determinada por medio de la oralidad» (Enciclopedia digital Encarta). Esta conceptualización no acarreó mayores problemas teóricos a lo largo de los años, pero el número de estudiosos que iban llamando la atención sobre las divergencias de correlación entre estos dos modos de expresión (oral y escrito) ha ido en aumento. Veamos lo que nos dice Walter Ong (Oralidad y escritura. Fondo de Cultura Económica. México D. F., 1987) sobre esta diferenciación:

La escritura, consignación de la palabra en el espacio, extiende la potencialidad del lenguaje casi ilimitadamente; da una nueva estructura al pensamiento y en el proceso convierte ciertos dialectos en «grafolectos» (Haugen, 1966; Hirsch, 1977, pp. 43-48). Un grafolecto es una lengua transdialectal formada por una profunda dedicación a la escritura. Esta otorga a un grafolecto un poder muy por encima del de cualquier dialecto meramente oral. El grafolecto conocido como inglés oficial tiene acceso para su uso a un vocabulario registrado de por lo menos un millón y medio de palabras, de las cuales se conocen no solo los significados actuales sino también cientos de miles de acepciones anteriores. Un sencillo dialecto oral por lo regular dispondrá de unos cuantos miles de palabras, y sus hablantes virtualmente no tendrán conocimiento alguno de la historia semántica real de cualquiera de ellas.

La misma situación sucede con el grafolecto denominado «español general» o «lengua española general». Y aquel grupo que en grado superlativo ha estado en relación directa con las letras (el grafolecto español, inglés u otro) son seres tan notables, que a su dialecto se le dirá «culto» y servirá como referente que imitar. Este dialecto en su forma escrita puede ser visto y leído en muchos textos académicos y literarios y escuchado en programas de televisión por cable muy interesantes, pero sin muchos televidentes. Y aquí sucede una simpática paradoja: si bien la influencia del habla y escritura «culta» puede sentirse en todos los estratos sociales, esta influencia queda desdibujada/deformada por la carencia de referentes directos cuyo ejemplo seguir (al menos, esto sucede en mi Perú natal). La gente sabe que «hay» una forma de hablar y escribir «correctas» y cada uno intenta (consciente o inconscientemente) hablar «mejor». Los profesores de educación primaria y secundaria desempeñan un papel preponderante en esta situación, pues «su» dialecto español será casi copiado por sus alumnos (en especial, el del profesor de lenguaje, lengua, gramática, comunicación o cómo llame la moda al curso donde se trata de nuestra lengua). Este tira y afloja de la norma española, con el habla y calidad de enseñanza de los profesores, el entorno de los alumnos y otros factores más, tiene un correlato dramático en los niños, cuyos hábitos de lectura en español y conocimiento consciente de la gramática resultan muy pobres (y nuevamente estoy hablando de mi Perú y de Lima, en especial). Pero otra vez nos estamos desviando del tema y hemos de regresar. Creo que actualmente ningún normativo enunciará que tal dialecto hablado en aquella zona de América no pertenece a la lengua española. Me parece percibir, como nunca antes, una intención de «abarcamiento» y de considerar a las variantes y distintos léxicos como «riqueza» y parte del acervo español y ya no como «deformaciones» de la norma, condenadas al ostracismo y la ley del hielo. No queda otra además, so pena de que surjan las lenguas peruana, mexicana, argentina, boliviana y etc. Aun así, la heterogeneidad no ha sido mayor en estos últimos tiempos, por efectos de la globalización económica y de los medios de comunicación masiva, que han venido en auxilio de los normativos para mantener una unidad idiomática. Claro está, unidad con fines de comunicación, y no por la preservación de la «pureza idiomática». Es así que los comunicadores han creado un léxico y reglas gramaticales que, al fin y al cabo, son utilizados solo por ellos. Si los normativos se mesan los cabellos al ver cómo se maltrata la lengua culta en casi todos los estratos sociales, los comunicadores se solazan del éxito «panamericano» logrado, importándoles muy poco las consecuencias que pudiese ocasionar su artificial construcción. Y tan artificial como esa gramática «comunicativa» son todas las gramáticas invariables con fines homogeneizantes. Y, por efecto contrario, esa «gramática» estructurada, aunque no simétrica y con gran cantidad de alternancias fonológicas, léxicas, semánticas y morfosintácticas, y que incluya todas pero todas las variantes hispanoamericanas (y yo no sé si seguirá llamándose en última instancia «gramática») sería la única que podría reclamar para sí el «español latinoamericano». Y pues, escribir en español latinoamericano es tanto el producto de alguien influenciado por alguna lengua originaria de esta parte del continente y que escribirá «del Fernando su casa», como quien escribe desde alguna universidad manteniendo una rigurosidad nacida en la península ibérica. Hay que pensar mucho sobre la «legitimidad» de un autor, si luego de soslayar un buen número de reglas normativas, y si claramente esa escritura es contraria a la norma culta, y sin embargo, sirve a los propósitos que el autor se propone (comunicativos o expresivos) y, además, es regocijadamente captado por sus lectores. Alguien diría que todo vale si el mensaje es captado. La estética y la literatura es un asunto diferente, pero no ajeno. Todo escrito vale por su mensaje y su construcción, y en la medida en que los lectores aprecien, distingan y se sientan impresionados por la combinación exacta de ciertas palabras, entonces, hablamos ya de belleza, placer o estética, en suma, de literatura.

 

Fernando Carbajal (Lima, Perú) 

El problema del dilema, más allá de la lógica

El problema del dilema, más allá de la lógica

 



El dilema

El dilema es otro silogismo expandido. Se emplea como arma en contra de un adversario, a quien se intenta poner en la obligación de admitir una de dos alternativas, ambas de las cuales le obligaría a aceptar una conclusión que no quiere admitir.

Quizás el ejemplo más conocido es la pregunta que los fariseos ponen a Jesucristo, cuando le preguntaron si es lícito para un judío pagar el tributo al César, o no.

La forma del dilema suele ser una proposición disyuntiva combinada con dos proposiciones condicionales, ambas de las cuales llevan a la misma conclusión:

O A o B.

Si A, entonces C.

Si B, entonces C.

Por tanto, si A o B, se sigue C.

Un judío debe pagar el tributo al César, o no debe pagarlo.

Si lo paga, admite la justicia del dominio romano, que es injusto.

Si no lo paga, no cumple la ley romana.

Por tanto, si lo paga o no, obra mal.

El dilema es una arma valiosa para debatir, pero no es tan fácil construir uno bueno. Las alternativas presentadas tienen que ser las únicas posibles, y ambas tienen que llevarnos a la misma conclusión.

Se puede atacar un dilema alegando que existen otras alternativas; o demostrando que una de las alternativas realmente no conduce a la conclusión.


problema. (Del lat. problēma, y este del gr. πρόβλημα). 1. m. Cuestión que se trata de aclarar. 2. m. Proposición o dificultad de solución dudosa. 3. m. Conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin. 4. m. Disgusto, preocupación. U. m. en pl. Mi hijo solo da problemas. 5. m. Planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos. ~ determinado. 1. m. Mat. Aquel que no puede tener sino una solución, o más de una en número fijo. ~ indeterminado. 1. m. Mat. Aquel que puede tener indefinido número de soluciones.

dilema. (Del lat. dilemma, y este del gr. δίλημμα, de δίς, dos, y λῆμμα, premisa). 1. m. Argumento formado de dos proposiciones contrarias disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar. 2. m. Duda, disyuntiva.

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Yo tenía una estupenda profesora de Historia, de Literatura... de todo, vaya, porque era de aquellas personas cuyo bagaje cultural no sólo era enorme, sino que continuaba creciendo sin parar y estaba vivo; con una cabeza muy bien amueblada.

—Un problema —nos decía muchas veces—, lo que tenéis no es más que un problema, muy gordo, si queréis, pero un problema, no un dilema. Un dilema es lo que tenía Hamlet, hiciera lo que hiciera, matar a su tío, el asesino de su padre o tenerse por loco, toda solución era mala; vamos, que no había solución alguna.

Desde entonces, esa palabra, dilema, la tenía yo respetuosa en cajón bajo llave para cuando uno estaba, como se suele decir, entre la espada y la pared: ser o no ser, mentir o dejar que muera gilipollas, suicidarse o malpasar la vida...

Pero el DRAE me informa de que no es más que una duda, una disyuntiva, un problema (gordo o pequeño) . Ay, mi Mariaelena del alma, si te hubieran contratado para esa entrada como lexicógrafa, cuántos matices habríamos ganado en nuestra lengua, porque, quiéranlo o no ustedes o los académicos, existen en esta vida problemas, gordos y pequeños, y dilemas.

En los diccionarios de la RAE, en el 83 aparece por primera vez como 'problema o situación ambigua' además de su definición dialéctica o lógica, recogida aquí y ejemplificada en la primera cita; en el 92, en sentido figurativo, es 'duda, disyuntiva'.

Ana Lorenzo. Rivas, Madrid, España.

Añadido el 21 de agosto

Gracias a Gonzalo G., les pongo aquí «la definición de la Moli, siempre más atenta al uso».

2 («Encontrarse, Estar, Verse, Poner en un») Situación de alguien cuando tiene forzosamente que elegir entre dos soluciones, ambas malas: ‘Me puso en el dilema de aceptar sus condiciones o marcharme’. (véase Disyuntiva).

Pero no puede uno dejar de preguntarse por qué el DRAE, si no encontró otra más adecuada, no adoptó esta definición, que hace que nuestra lengua gane o al menos no pierda en matices.

Ecología de la competencia discursiva: el delicado equilibrio del ciclo de la(s) norma(s) lingüística(s), la educación, la lectura, el lenguaje de los medios y el control de calidad de los textos

Ecología de la competencia discursiva: el delicado equilibrio del ciclo de la(s) norma(s) lingüística(s), la educación, la lectura, el lenguaje  de los medios y el control de calidad de los textos

Hace unos pocos días, en el balance que la Fundación del Español Urgente (Fundéu) hacía de su primer año de existencia, Joaquín Müller, director de la institución, decía de la situación del idioma en los medios de comunicación:

«No es alarmante pero sí al menos preocupante», porque se observa «cierta despreocupación» por el uso correcto del español y hay «una falta de sensibilidad hacia el idioma, y eso parece ilógico» dado que el idioma «es un instrumento básico del periodismo».

Y el director de la RAE y presidente de la Fundéu, Víctor García de la Concha, aseguraba:

esa falta de sensibilidad que ha observado la Fundéu «es un pecado “contra natura” porque los medios de comunicación escritos y orales son nada más y nada menos que lengua, están hechos de palabras», y son estas empresas las que deben tener «una mayor conciencia de la responsabilidad» que supone el patrimonio de la lengua, compartido por veinte países.

En una noticia posterior sobre la Memoria de la Fundéu del 2005, García de la Concha y Alberto Gómez Font (coordinador general de la Fundéu) concluían:

El exceso de confianza que suele tener el periodista en sí mismo, la premura con la que se trabaja y «el fallo del sistema educativo de base» son algunas de las causas que están detrás de los errores que se cometen a diario en los medios de comunicación de habla española [...]. «Hoy llegan a la universidad alumnos que, en otras épocas, no habrían superado el bachillerato elemental», dijo el director de la RAE tras subrayar la importancia de unos buenos planes de enseñanza. La inseguridad en las concordancias, la abundancia de leísmos, el empleo de queísmos (supresión de la preposición de en expresiones como estar pendientes que, estar seguros que), mezcla constante del estilo directo e indirecto (más en la prensa escrita) y una entonación inadecuada en los medios audiovisuales, son algunos de los errores detectados por la Fundéu en su Memoria del 2005.

Hoy, en cambio, Francisco Muñoz, secretario general de la misma Fundéu, extrae las siguientes conclusiones del seminario «Los medios de comunicación y su papel de directores del futuro de la lengua española», organizado por la Fundéu y celebrado durante los días 20 al 22 de este mes en San Roque (Cádiz) y en el que participaron también Alberto Gómez Font y Humberto López Morales (secretario general de la ASALE):

[...] hasta hace muy poco los medios de comunicación no se habían preocupado por «preservar la norma culta del lenguaje», lo que ahora es cada vez más usual, sobre todo en los medios escritos, y mediante los manuales de estilo.
El secretario general de la Fundéu aseguró que los conferenciantes se mostraron optimistas sobre el uso del lenguaje que hacen los periodistas e incidió en que, en la mayoría de los casos, el registro culto de los autores de narrativa tiene la misma calidad que la de los medios escritos.

(Los subrayados son nuestros.)

¿En qué quedamos? ¿Tanta prisa hay por legitimar a los medios de comunicación como nuevos instrumentos de legislación lingüística (también en Latinoamérica) y unidad idiomática, y a los libros de estilo periodísticos como nuevas biblias del buen español global, que ni tiempo tienen los agentes de la actual política lingüística española de pactar juicios comunes? ¿Les valdría como sugerencia recuperar el no tan viejo discurso, según el cual la norma culta y unitaria del español escrito se fija en el uso mediante los efectos sinérgicos de una exigente y continuada instrucción lingüística de los hablantes, del fomento adecuado y esforzado de la lectura y de una esmerada expresión idiomática de los medios de comunicación masiva (en los que no debería perderse definitivamente de vista la figura del corrector profesional)?

Sirvan también, como guía de declaraciones más congruentes por parte de nuestras autoridades lingüísticas, estas palabras del lingüista Francisco Marcos Marín en el capítulo «Pluralidad del español en los Estados Unidos de América» del Anuario 2005 del Instituto Cervantes, El español en el mundo:

La escasa dedicación a la lectura afecta a todas las lenguas, pero más a las más débiles y, especialmente, afecta a través de la prensa diaria. Con un bajo índice de lectura de los diarios, roto además a favor de los contenidos deportivos, la prensa en español vive en situación limitada y se sostiene gracias a un decidido apoyo de las comunidades locales y sus anunciantes. Las bajas cifras del libro y la lectura en España y en Latinoamérica son conocidas, la cultura en español es, en buena medida, una cultura oral. Las lenguas cuestan dinero; una lengua internacional, como el español, reditúa en el terreno económico, pero padece en el cultural, lo que aconseja, si se quiere mantener como seña de identidad, que esos beneficios se inviertan en cultura.

 

Silvia Senz (Sabadell, Cataluña, aún en España)

No sabemos inglés, pero ya somos políglotas

En lo’ pueblô de mi Andalusía

lo’ campaniyerô en la madrugá

me dêpiertâ con su’ campaniyâ

y con su guitarrâ me hasen yorá.

Villancico popular


Bueno, espero que ustedes hayan entendido y apreciado el comienzo del villancico (por cierto precioso, óiganlo si tienen la oportunidad; lástima que yo no escriba música fácilmente, pero me lo anoto en tareas pendientes y trato de hacerles llegar la partitura). Está escrito según la ortografía andaluza. Como lo oyen. Dice García de la Concha «que considerar el andaluz como una lengua propia, tal y como reivindicó recientemente una nueva asociación, es “un soberbio disparate, porque es español puro”», y estoy de acuerdo con él.

¿Cómo es posible que se quiera hacer de una ortografía un millón? ¿Es que nadie les ha dicho que la ortografía es lo que nos mantiene unidos a pesar de las múltiples pronunciaciones y a pesar de la diferencia del léxico? ¿Es que se muere Lázaro Carreter y ya no hay ningún lingüista que pueda hacer que la gente ponga los pies un poquito en la tierra? Porque miren el diálogo de besugos al que nos enfrentamos: «Qrizao, la eñe no ezîtte n’andalú... ezîtte la ni ete bié la ortografía d’arriba qe ê muxo mâ perfetta qe la tuya...Êtta hexa por êppertô...», le dice uno a otro en los comentarios al pie del sitio donde se expone la ortografía andaluza; y el otro replica: «Pueh ehqribe la ese y si qiereh la pronunsia qomo zeta porqe la grafía máh adequada qisá fuese çe sedilla. De toh modoh la sibilante máh usada en Andalusia eh la apicodental, y el fonema qe máh se le aprossima eh la ese. No podemoh qreá una grafía initelihible: Se trata de fasilitá el abla andalusa, no de asé heroglífiqoh fonétiqoh.
»Otra qosa, no puedeh tradusí un nombre propio. Yo soy Crysaor, el iho de Medusa: C (o K)-R-Y-S-A-O-R
»Finalmente, me sua la poyaq lo qe dise qada ehppeerto (porque no ai qonsenso). Yo pronunsio la eñe i se la ehqusho pronunsiá a toh los seviyanoh qon loh qe ablo. No te deher arrahtrá por la iqonoqlahttia de qeré dehtruí el sinbolo de la lengua ehpañola ¡qoÑo!» (los subrayados son míos).

De todas formas, quizá la cosa no empieza aquí, a lo peor empezó con la maravillosa ocurrencia de no defender que el valenciano no era una lengua independiente del catalán; por si ustedes lo dudaban, o sus corazoncitos pueden más que sus cerebros, no, no lo es: es la misma. Llámenlo catalán, valenciano, llámenlo equis pero, por favor, no hagan de las diferencias políticas leyes lingüísticas; no dejen que la defensa de sus particularidades culturales les lleve a arrojar la cultura por la ventana.

Fíjense ustedes: el portavoz del PP, Rafael Maluenda, defiende en el debate de las enmiendas al estatuto posiciones de ésas que uno dice: «Si no lo veo, no lo creo»: «Maluenda señaló que si el Estatuto de Autonomía “dice que la lengua propia de los valencianos se dice [sic] valenciano y que nuestro idioma es el valenciano, la universidad debe admitirlo así”, de forma que, según manifestó, “nosotros no tenemos que ponerlo en el Estatuto como lo dice la universidad, sino todo lo contrario, porque es nuestra carta magna”». A mí me recuerda un poco a un poema de un autor alemán, Christian Morgenstern, que conocí gracias a Primo Levi en su libro Los hundidos y los salvados. En este poema, La realidad imposible, el protagonista es atropellado en una zona donde el tráfico está prohibido; queda malherido, pero con todo y con eso, tras mucho reflexionar, llega a la conclusión de que lo que no está permitido no puede ocurrir. (Esta teoría utilizada por los psicólogos y traída a colación por Primo Levi para explicar el porqué de la negación del pueblo alemán a la existencia de los horrores del holocausto, pueden consultarla, con poema incluido, en esta bitácora, para empezar.) Bueno, cabezonería la de Maluenda, ¿no? Lo que no está permitido por mi cabeza, no puede existir, diga lo que diga la universidad, con todos los catedráticos y especialistas que tenga.

Pues nada, yo propongo que, en vista de tanta escisión del catalán y del español dentro de la península, la RAE, la Fundéu, el Cervantes y quien quiera apuntarse comience una campaña de traslado de la enseñanza del español como lengua extranjera desde este mismo verano: vayámonos a las Américas, a las Centrales y a las del Sur, que tienen un rico sistema lingüístico que aún se mantiene bajo la misma ortografía y sin tanta tontería y tanta gana de hacer agujeritos molestos, llevando la contraria al sentido común allá donde exista vacío legal.

Por si se han quedado con las ganas de aprender andalú, no dejen de visitar este enlace: curso dandalú. Aprovechen para tomarse un fino y unas tapas de ibérico.

Y como dice un amigo, les propongo lo que él me propuso, en vista de que por aquí no tenemos tanta diferencia que nos permita una escisión así, a lo comunidad autónoma —aunque mi madre diga que sacando el vocabulario y la pronunciación chula del chotís...— :

Mecagontó. A partí de txa i pa lo suncesivo me proclamo lingüít·ticamén independán de cualquié otro ésser umano y pienso de jablá en Angélico, mi own idiómar. Si sus queréi de adherí, proposo de folmá una grupasión de trabaho.

Atentamén,

 

Ana Lorenzo (Rivas Vaciamadrid, Madrid, España); con la inestimable ayuda de Silvia Senz Bueno (Sabadell, Cataluña, España) y Ángel Espinosa Gadea (Alicante, España), que no necesariamente comparten las opiniones de la autora, pero que le han proporcionado enlaces, ideas, documentación y mucho ánimo.

Ricardo Soca presenta en Montevideo “Nuevas fascinantes historias de las palabras”

Ricardo Soca presenta en Montevideo “Nuevas fascinantes historias de las palabras”

Para los pocos que aún no lo conozcan, Ricardo Soca es un periodista uruguayo, corresponsal de la Agencia France Presse (AFP) en Montevideo, su ciudad natal, donde se radicó en el 2004 después de haber vivido veinticuatro años en Río de Janeiro.

Entre 1988 y 1990 fue corresponsal en Brasil de la agencia de noticias estadounidense United Press International (UPI), y entre 1990 y 1997, del diario madrileño El País. Entre 1997 y 2004 se desempeñó en la corresponsalía carioca de la agencia alemana de noticias (DPA).

En 1996, con la llegada de la internet al Brasil, creó «La página del idioma español», un sitio web sobre nuestra lengua que hoy cuenta con una media de 12 000 visitantes diarios.

Participó en seminarios sobre la lengua española en España y Estados Unidos, así como en el II Congreso de la Lengua Española, celebrado en el 2001 en Valladolid.

En el 2002 inauguró el boletín de divulgación etimológica de su autoría, La palabra del día, que es enviado por correo electrónico y actualmente cuenta con 154 000 suscriptores.

En el 2004 publicó en Río de Janeiro el primer tomo de La fascinante historia de las palabras, en el que recogía los textos ya enviados a través de ese boletín, una serie que se completa con el segundo tomo, Nuevas fascinantes historias de las palabras. Esta segunda entrega será presentada en Montevideo el próximo jueves 25 de mayo, a las 19 horas, en la librería Puro Verso (18 de Julio, 1199, esquina Cuareim) por el escritor uruguayo Carlos Liscano.

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)