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Lengua y cultura/Llengua i cultura

Cuando las barbas de tu vecino veas pelar...

Me llega a través de una amiga el siguiente artículo de Ferran Toutain: «La incorrección de la corrección», publicado en la edición catalana de El País, y es para mí una sorpresa. Constato con admiración, y no sin algo de fascinación y cierto espanto, que o en Cataluña no tienen ni idea de cómo andamos en Madrid (iba a decir el mundo castellanohablante, pero ya no me atrevo a hablar de más allá) o en Madrid no sabemos nada de cómo hablan en Cataluña, por mucho que yo tenga allí familia y amigos, y vaya para allá de vez en cuando.

Parece ser que allí hay catalanes que creen que el fenómeno de duplicar inútilmente... todo: alumnas y alumnos, compañeras y compañeros, amigas y amigos... (porque últimamente lo veo siempre antepuesto, el femenino) es marca de la casa o denominación de origen de la cuna del cava. Pues no, no nos envidie usted, señor Toutain, qué más quisiéramos nosotros. Ayer, sin ir más lejos, le contaba yo a una amiga y mamá que ha estado un año fuera algunos cambios; nos reíamos mucho con uno de ellos. «¿De verdad es el Ampa?», me decía, incrédula. «No, peor —decía yo entre risas—, ahora es la Ampa (Asociación de Madres y Padres de Alumnos), con la, en femenino. Adiós al agua, al águila... Todo en forma femenina, no vayamos a discriminar.» «Pero tendrán que duplicar la a final, por aquello de alumnos y alumnas.» «Dirás alumnas y alumnos.» Más risas. Ya hemos apostado en qué va a parar todo esto. Yo, barruntando, digo que gana AMPTUYTAYA (Asociación de Madres y Padres y Tutores y Tutoras de Alumnas y Alumnos); ella, más puesta en cuestiones de leyes, me advierte: «Olvida lo de tutores; progenitores, Ana, ahora se lleva lo de progenitores» y su apuesta es AMPAPROPROAYA (Asociación de Madres y Padres y Progenitores y Progenitoras de Alumnas y Alumnos). Lindos nombres, ¿no? Al menos en vez de sonar a mafia, se prestan a canciones étnicas.

Muchos esperamos una reacción de los poetas, de los homicidas, de los idiotas ante tanta tontería. «Silencio en la sala. Acusado, si sigue así no tendré más remedio que expulsarle por desacato.» «Es que yo no soy presunto homicida, señora jueza, soy homicido.» «Abogada, ¿qué puede decir a favor de su cliente?» «Con todo el respeto, su señoría, mi cliente es un idioto

Es cierto que el Diccionario Panhispánico de Dudas (RAE: Diccionario Panhispánico de Dudas. Madrid: Santillana, 2005, o en línea en www.rae.es), en su entrada «Género» (n.º 2), en el punto 2, «Uso del masculino en referencia a seres de ambos sexos», deja muy claro que «el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: “El hombre es el único animal racional”; “El gato es un buen animal de compañía”. [...] Se olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva [...]». Es un consuelo que el DPD deje tan clara su postura ante un uso que se extiende y que realmente va en contra de esa economía lingüística que muchas veces ha hecho evolucionar a la lengua, no solo a la española o castellana; es tranquilizador ver que esta vez no se limita a aconsejarnos, sino que nos deja ver cuál es la norma que hay que seguir. Pero es una lástima que no se mantenga con ese carácter toda la obra.

¿Norma, sí o no? Yo sí la quiero. Primero, porque la hay, no nos hagamos los tontos, o cuántos de ustedes son capaces de no corregir a su hijo si este le escribe, por ejemplo, «mamá, felizidadesen tu cunple ce cunplas muchoss mas». Bueno, estoy de acuerdo en que se nos cae la baba y lo guardamos con las faltas, con el dibujo, que es más bonito que cuando crecen, y hasta con la mancha de mermelada de mientras merendaba a la vez que pegaba las lentejas para poner los ojos, pero coincidirán conmigo en que más pronto o más tarde le diremos que felicidades es con c, que en es una palabra y que se escribe separada, que esa n- la cambie por una m- siempre antes de la -p, etcétera. No dejaremos que escriba ojo con h ni había sin ella, ¿no? Pues con las mismas, no sé por qué íbamos nosotros a poner y quitar normas al buen tuntún. Claro que la lengua evoluciona, y claro que las normas se adaptan, pero despacito, con tranquilidad, y sin empobrecer la lengua quitándole matices a sus sustantivos y expresiones, o añadiéndole trabajos mecánicos, aburridos y malpagados a la pobre.

Y eso de quitar y poner me recuerda algo que comenzó con la Ortografía (RAE: Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa Calpe, 1999) y que continúa con el DPD y a lo que alude el señor Toutain en el artículo que ha dado lugar a este otro: los acentos diacríticos y la reforma que ha habido en la RAE, que según Toutain ha sido ejemplar, pues, según sus palabras, «La Real Academia ha reformado algunas de sus reglas en los últimos tiempos; ha eliminado, por ejemplo, los acentos diacríticos cuando no resultan imprescindibles, y tengo entendido que en las escuelas adoptan rápidamente este tipo de novedades [...]». Pero yo no tengo más remedio que decir que 1) la eliminación de los diacríticos se ha hecho solo cuando no hay riesgo de anfibología en los casos de solo adj./sólo adv. y los demostrativos este, ese, aquel, aquellos, esta, esa, aquella, aquellas adj./éste, ése, aquél, aquéllos, ésta, ésa, aquélla, aquéllas pron. En cambio, en los casos de sí/si, mí/mi, tú/tu, dé/de, sé/se, té/te... y muchos más, no se aplica esta regla nueva. ¿Es que el riesgo de ambigüedad es menor en solo y en los demostrativos? No lo creo. ¿Se ha facilitado algo con esta nueva regla? Pues... ahora hay gente que ya no pone ningún acento diacrítico, con lo que yo me he encontrado con cosas como: «si, estoy de acuerdo, si vamos a ir por la tarde si deberíamos llevar esa y sí...». También me he encontrado con textos en que el escritor no ha debido de saber qué hacer y ha decidido acentuar uno de cada tres demostrativos que cayera en sus garras, sea o no pronombre y haya o no riesgo de anfibología, así que yo me lío a quitar tildes a *ésta casa y no bendigo a la bendita Real casa por haber causado tanto follón. Pero para embrollo el de los colegios: a ver quién es el guapo que dice ahora a los alumnos que le pongan el acento solo si perciben riesgo de anfibología —antes tendremos que tratar de explicarles que no les estamos hablando de conocimiento del medio, que es como se denomina por estos lares a las ciencias naturales—. Porque ¿y si lo percibe solo un hablante? ¿Y si el hablante que escribe no lo percibe y los que lo leen sí? ¿Y si nadie lo percibe, pero el profesor sí y pone una falta al alumno? ¿Y si nadie, ni el profesor, lo percibe, nadie pone la tilde, llega el cuento a un concurso, gana, se publica, hay ambigüedad, nadie lo entiende, se manda la duda al servicio de consultas de la RAE, esta le pone la tilde...? En definitiva, ¿realmente estos cambios evitan vacilaciones al hablante común, o generan una distinta?

Una norma clara, pues, y las licencias y las rebeliones que a ustedes les dé la gana.

Ana Lorenzo (Rivas Vaciamadrid, Madrid, España)

Norma, libros de estilo, cultura escrita y monopolios lingüísticos

Norma, libros de estilo, cultura escrita y monopolios lingüísticos

Hablábamos hace poco de la visible laxitud y dosificada lentitud con la que la RAE y academias asociadas asumen su cometido de autoridad reguladora del idioma, teóricamente centrado tanto en estudiar, encauzar y depurar los usos del registro escrito de nivel culto de la lengua, como en establecer criterios claros de corrección lingüística y un modelo de lengua internacional (una norma culta hispánica común), que asegure la unidad idiomática, la comunicación entre todos los hispanohablantes y el desarrollo de negocios fundamentados en la lengua española. (Dejamos para otra ocasión comentar la falta de una labor divulgativa de lo que es la norma académica y de un enfoque didáctico de las propias reglas de uso de la lengua española, que exigiría textos específicos y comprensibles no sólo para estudiantes, sino para cualquier hablante de a pie, sin o de precaria formación o, sencillamente, no especialista en lenguaje.)

Probablemente sea esta una tarea demasiado vasta para una sola institución (entendiendo el conjunto de las academias como un solo cuerpo) y se requieran sinergias diversas y complejas, que permitan aunar esfuerzos coordinados con otras entidades académicas (universitarias) y estudiosos del lenguaje, pero tampoco parece que haya intención de promover políticas decididas y sobre todo ágiles y eficaces en este sentido.

Tradicionalmente, en las épocas en que los trabajos académicos se han revelado insuficientes para cubrir las necesidades de los hablantes, han sido los productores de textos los que han tomado en su mano la tarea de normativización, creando códigos de escritura que guiaran a quienes trabajaban con el lenguaje, especializado o no. Al margen de las academias, en el mundo de la imprenta nació y se estableció, por ejemplo, la norma ortotipográfica española, heredera de la francesa. Y para llenar el vacío normativo se crearon también los libros de estilo periodísticos y editoriales españoles, los manuales de ortografía y ortotipografía, y los diccionarios de dudas y errores, que han inspirado (y mucho) el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) académico. De hecho, la propia proliferación de este tipo de obras de referencia adaptadas a cada tipo de texto (oral o escrito, general o específico...) es indicadora de una labor normativizadora y normalizadora, ambivalente, insuficiente o incluso deficiente, mal establecida y mal divulgada por los organismos generadores de normas (RAE, ISO...).

Precisamente, con la aparición del Panhispánico, la RAE parece haberse propuesto poner freno a esta «competencia lingüística privada» de los productores de texto, publicando lo que, por una parte, es una compilación de dudas de amplio alcance geográfico y de soluciones «no coercitivas» —más que dictarse normas y desecharse firmemente usos, se desaconsejan o recomiendan opciones e incluso se ofrecen soluciones «a la carta» para un mismo problema de grafía, lo que permite en muchos casos amplios márgenes de maniobra (o de nueva duda) al profesional del lenguaje y ataja las discrepancias, porque si uno no está de acuerdo con la primera opción, puede estarlo con la segunda—; y, por otra, una obra de referencia que sirva de modelo común a todos los hispanohablantes pero sobre todo a todos los medios productores de textos en español. Como decía el coordinador general de la Fundéu, Alberto Gómez Font, en el Congreso Internacional de la Lengua Española de Rosario, «[...] en Zacatecas, con el patrocinio del Instituto Cervantes y con José Moreno de Alba y Humberto López como padrinos, Álex Grijelmo y yo presentamos un proyecto, luego conocido como “Proyecto Zacatecas”, en el que proponíamos la redacción de un libro de estilo común para todos los medios de comunicación hispanohablantes. Aquel proyecto se transformó dos años después en el embrión de una gran obra que ayer se presentó oficialmente aquí, en Rosario: el Diccionario panhispánico de dudas». En el caso de algunos medios de comunicación, parece que el DPD se está asumiendo en este sentido: como una referencia común para todos los medios; por de pronto, El País y El Periódico de Catalunya incluirán a partir de ahora en sus libros de estilo las sugerencias de las academias, y la Academia está llegado a acuerdos con otros medios para «librar juntos la batalla por la unidad de la lengua». Incluso la Fundéu, organismo dedicado a «colaborar con el buen uso del idioma, especialmente en los medios de comunicación», que preside el director de la RAE, ha incorporado las recomendaciones del Panhispánico a la última edición del Manual de español urgente y suponemos que esos criterios debe de aplicar en el cumplimiento de sus convenios de examen del lenguaje periodístico de diversos medios de comunicación, de formación de lingüistas especializados en el uso del lenguaje periodístico, y de asesoría de los profesionales de la publicidad, y en la corrección de textos necesaria para obtener el sello de calidad lingüística de pago que otorga.

En estas fechas, justamente, está celebrándose en San Millán de la Cogolla (La Rioja, España) un seminario organizado por la Fundéu y la Fundación San Millán, que reúne a profesionales y periodistas de España y América, dedicado a analizar el uso del español en los medios de comunicación de Estados Unidos. Otro de los objetivos de ese seminario es «la preparación de la segunda edición del Manual de Estilo de la National Association of Hispanic Jounarlists/Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ/ANPH), una guía del buen uso del español para los medios de comunicación de los Estados Unidos y que pretende ser el embrión de un futuro libro de estilo común para todos los medios que en el mundo publican o emiten en nuestro idioma. En este punto del seminario tendrá un papel relevante la Asociación de Academias de la Lengua Española, que estará representada por Humberto López Morales, su secretario general». Es de suponer, pues, que esa segunda edición del manual de la NAHJ (de cuya primera edición es coautor Alberto Gómez Font, autor también del Manual de español urgente) también recogerá las directrices académicas. Si cuaja, además, la idea de la presidenta de esta asociación estadounidense de periodistas hispanos, Verónica Villafañe, de crear un certificado de calidad en el uso del español para los profesionales estadounidenses, un certificado que «vendría avalado por el Instituto Cervantes o la Fundación del Español Urgente y tendría que renovarse cada cierto tiempo, aunque no de manera obligatoria», también los actuales criterios académicos que aplica la Fundéu alcanzarían a los periodistas de Estados Unidos. Habrá que ver si la consecución de este documento, que «certificaría el buen uso del idioma por parte del periodista, además de que le aportaría un plus de calidad al medio de comunicación que lo contratase», equivaldrá a constreñir la libertad estilística del periodista al margen que le permitan los criterios lingüísticos que fundamentan esa certificación; o, por decirlo más claramente, si obligará a usar en exclusiva los criterios de la RAE, plasmados por la Fundéu y la NAHJ en sus libros de estilo y sus avales, sin margen posible de crítica o disensión.

Sea como sea, lo cierto es que va a apostarse fuerte por la promoción del modelo académico de español en Estados Unidos a través de los medios, ya que, en palabras del presidente del BBVA (entidad fundadora, junto con la Agencia Efe, de la Fundéu), Francisco González, «Reforzar el español en los EE. UU. es clave para la economía del siglo xxi. [...] Y para el éxito de esos esfuerzos, el papel de los medios es esencial, como canales para mostrar los logros de la cultura y la sociedad de habla española, como auxiliares eficaces para la educación en español y para el progreso y la mejora de la comunidad hispana de los Estados Unidos. Y, también, para fijar y difundir una norma de español». Estas mismas palabras suscribe el director de la RAE, Víctor García de la Concha, al declarar que «es difícil encontrar en los Estados Unidos aliados mejores para llegar a la gran masa de hispanohablantes, que los medios de comunicación».

(Nuevamente, dejamos para otra ocasión, o para expertos hispanoamericanos independientes, la valoración del grado de hispanidad —las connotaciones históricas del término panhispanismo recomiendan desechar la palabra panhispánico— del Diccionario panhispánico de dudas, que ya se ha planteado en algunos foros —por ejemplo, el seseo se acepta en la pronunciación pero, aun siendo abrumadoramente mayoritario, no ha trascendido a la norma escrita—. Y planteamos simplemente nuestra duda sobre la eficacia real del DPD para asentar un modelo de lengua unitaria —si es que siquiera lo definea través de los medios. Una duda que se fundamenta, entre otras razones, en el hecho de que la producción y consumo de textos diversos en la Red —e incluso de obras de consulta lingüística gratuitas— y los puentes de comunicación entre los hispanohablantes —especialmente entre las clases cultas— que Internet propicia escapan de esta vía de difusión mediática y pueden contribuir a conformar un modelo distinto.)

Por lo que se refiere a las editoriales de libros (españolas al menos), pese a esta expansión del Panhispánico en las editoriales mediáticas, la acogida de esta obra —como de la Ortografía de la lengua española de 1999 y de las últimas ediciones del Diccionario de la RAE— ha sido muy tibia. A pesar de que el DPD ha «tomado prestado» (sin permiso de sus autores ni reconocimiento de sus fuentes en una bibliografía) mucho material de otras obras de consulta anteriores, que, en cierto modo, condensa y amplía, y de que ahora por fin puede accederse al DPD en línea y gratuitamente, las soluciones que aporta se presentan insuficientes y contradictorias para muchos profesionales de España y América. Correctores, traductores y otros profesionales continúan consultando las obras de referencia y los recursos terminológicos no académicos que, antes del DPD, les garantizaban soluciones, y siguen haciendo prevalecer los criterios de otras autoridades sobre los académicos; en el campo de la ortografía, la ortotipografía y el estilo, sin duda, los de Martínez de Sousa, por desgracia insuficientemente conocido en Hispanoamérica y aún marginado de la Academia.

En el campo de la edición de libros tampoco se avista ningún acuerdo entre Academia y productores comparable con el que se ha establecido con los medios de comunicación, y probablemente ni siquiera se llegue a plantear; por diversas razones: 1) las propias editoriales son tradicionales productoras de buenas (y a menudo superiores a las académicas) obras de referencia en materia de lenguaje, y muchas viven justamente de eso; 2) los libros, por su volumen de consumo, no tienen el reconocido papel difusor de un modelo de lenguaje que tienen hoy los medios a través de sus libros de estilo, y no son, pues, una buena plataforma de expansión de la norma académica; 3) salvo en el caso de los libros de enseñanza de español —y sólo si finalmente se acuerda elaborarlos según un modelo unitario de lengua—, el español que se emplea en los libros, por su variedad temática y estilística, por sus muy diversos usos y por los muy distintos perfiles de lector, ha de ser forzosamente diverso y polimorfo, y por esta razón la cobertura normativa académica resulta insuficiente; 4) los ejecutores de normas, esto es, editores de textos y correctores —pese a contar cada día con una formación tipográfica, lingüística y profesional más pobre—, tienen una larga tradición de independencia de los dictados académicos y de autorregulación, entre otras razones porque han de someter a diario las normas a una variedad de casos tan amplia y de tan compleja solución, que sólo las que se basen en criterios consistentes y polivalentes pueden salir airosas.

(He de confesar que esta perspectiva, personalmente, me consuela. Si ya me es difícil tener que aplicar ciertos criterios caprichosos de editores «creativos» en mi trabajo de traducción, edición o corrección de libros, verme obligada a seguir según qué dictados académicos podría acabar por completo con mi moral.)

Silvia Senz Bueno (Sabadell, Cataluña, España)

 

 

Artículos relacionados:

«RAE, autoridades y dilemas del corrector americano»

«Sombras del panhispanismo»

«Sobre el mercado del español en EUA, el prestigio social de la lengua, la calidad lingüística de los medios y la capacitación profesional»

«Prestigio y calidad lingüística: el futuro del mercado de la edición... en EUA»

«Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Primera parte: ¿Prescripción o descripción?»

«El español, una lengua multinacional. (Por la norma mediática, hacia una unidad de mercado en lo panhispánico)»

«Ecología de la competencia discursiva: el delicado equilibrio del ciclo de la(s) norma(s) lingüística(s), la educación, la lectura, el lenguaje de los medios y el control de calidad de los textos»

«Del purismo al desconcierto»

«Escribir en español latinoamericano»

«El expolio del oro de las palabras. La rebelión brasileña contra los corsarios del idioma, y otros acontecimientos de la mercantilización del español, a pie de página»

 

 


¡ELE! Uzea, ejpañó pa lo’tranjero. («Opá, yo vi jazé un negozio»)

¡ELE! Uzea, ejpañó pa lo’tranjero. («Opá, yo vi jazé un negozio»)

Leo una más de las últimamente ya abundantes noticias sobre las nuevas vetas de explotación de la lengua (¿española, castellana...? That is the question), descubiertas por el fino olfato de algunos empresarios y dirigentes políticos españoles (con la connivencia académica). Ya se sabe que una sabia combinación de panhispanismo y de patrimonialización del español «genuino» (en las dosis convenientes para cada ocasión) abre muchos mercados e infinitas posibilidades de negocio; amén de asegurar la pervivencia de una institución, la RAE, centrada ahora en ese nuevo papel de mediador diplomático-empresarial entre Europa y América con su moderno lema «Unidad en la diversidad» (que ya lo de limpiar, fijar y dar esplendor quedó para Mr. Propper, mucho más eficaz en estas lides, ande va a parar).

Para quien tenga ganas de seguir este hilo, vayan ahí otras informaciones de no menos interés:

Sobre definición de panhispanismo.

 

Sobre el sentido y la necesidad del panhispanismo en el futuro de la industria de enseñanza del español a extranjeros y la industria editorial subyacente..


Sobre el modelo de español que convendría enseñar a los extranjeros y sobre el que se enseña.

 

Sobre el reciente acuerdo para crear un Sistema de Certificación Internacional de Dominio del Español como Lengua Extranjera.

 

Sobre la filosofía, los precedentes, el origen y el debate en el Congreso de Rosario de este sistema de certificación internacional del español, y sobre los criterios en que se basará.


Y sobre otros proyectos —no tan «panhispánicos»— paralelos:

* El Centro Internacional de Estudios Superiores del Español (CIESE) de Comillas (Cantabria, España), que tendrá como objetivo la formación superior de profesores de español.


* La Fundación de la Lengua Española (Castilla-León, España), un proyecto que pretende convertir la comunidad de Castilla y León en un destino líder mundial de la enseñanza del español, a través de una oferta global, integrada y coordinada con otras instituciones.


* El Plan del Español para Extranjeros de Castilla y León (España), cuyo objetivo es convertir esta comunidad en referente mundial en la enseñanza y la defensa del español.


* La colección editorial «Premios Castilla y León de las Letras», plasmación reciente de los objetivos del Plan del Español que impulsa la comunidad de Castilla y León (España).


* El Instituto Castellano y Leonés de la Lengua (España) y sus cursos de español de negocios para extranjeros.


* La amplísima oferta de la Universidad de La Rioja (cuna del español) de cursos, posgrados y maestrías virtuales de formación de expertos en didáctica del español para extranjeros.

(Sigue aquí.

(Aclaración: El título de esta nota es un homenaje —¡que viva la Axarquía ...!— a una de las mejores canciones que ha dado la diversidad hispánica a la música moderna. Para que luego digan algunos que la lengua española es bastante homogénea...)

 

Silvia Senz Bueno (Sabadell, Cataluña, España)

El dígrafo ortográfico italiano zz y su transliteración en las obras de la RAE

El dígrafo ortográfico italiano zz y su transliteración en las obras de la RAE Este dígrafo representa en italiano dos sonidos: el africado dental sonoro (como el dígrafo tz en la palabra catalana tretze) y el africado dental sordo (que se obtiene pronunciando en una sola emisión los sonidos representados en castellano por la t y por la s).

Representaré el sonido africado dental sonoro con /dz/, y el africado dental sordo, con /ts/. Representaré las vocales abiertas con acento grave (por ejemplo, è, ò) y las cerradas, con acento agudo (por ejemplo, é, ó). Indicaré la sílaba tónica con un apóstrofo que la preceda.

Han penetrado en el español algunas palabras italianas que se escriben con zz. Las obras académicas las recogen sin atenerse a un criterio sistemático y no explican el porqué. Es acaso probable que esta ensalada no responda a una decisión científica, sino a los criterios distintos de los distintos redactores.

Tomo en consideración las indicaciones del DRAE 2001 y del DPD.

MOZZARELLA. Esta palabra italiana suena /mó-tsa-‘rèl-la/. El DRAE 2001 la escribe con cursiva por considerarla voz extranjera, pero sin indicar su pronunciación. El DPD propone mozarela como adaptación gráfica.

Mal servicio se ha hecho al italiano: el hablante español, al ver esta grafía, pronunciará la típica z española; el hablante latinoamericano, una sibilante sorda. Desaparecen la /ts/, la /è/ y la geminación de la l del italiano, con lo que se produce un monstruito fonético.

PIZZA. Esta palabra italiana suena /’pi-tsa/. El DRAE 2001 la escribe con cursiva como palabra extranjera, sin indicar su pronunciación. La misma obra registra en redondo pizzería, como voz castellana.

Aquí se hace buen servicio al italiano y mal servicio al castellano, puesto de que una palabra extranjera (pizza) se hace derivar una palabra castellana (pizzería). ¿Habrá que pronunciar la primera a la italiana y la segunda a la hispana o a la latinoamericana? Si pizza es palabra extranjera que debe escribirse en cursiva, ¿qué sucede cuando se escribe pizzas? Porque el caso es que pizzas es un monstruito: un plural castellano de una palabra extranjera. Propongo escribir pizzas (s de redonda). EL DPD, taimadísimo, no registra ni la una ni la otra. Ahora bien, si el DPD propone mozarela, ¿por qué no ha de proponer piza y pizería? Se habrán olvidado o no se habrán atrevido con dos palabras de difusión mundial.

ATTREZZO. Esta palabra italiana suena /at-‘tré-tso/. El DRAE 2001 registra atrezo y dice, erróneamente, que deriva del italiano atrezzo (en italiano, se escribe attrezzo). El DPD corrige la etimología errónea del DRAE 2001 y preceptúa: «Es inadmisible la grafía atrezzo, que no es italiana ni española».

Es verdad, pero esto debía tenerse en cuenta al redactar el DRAE 2001. Con la castellanización de attrezzo se pierden la geminación de la t y la /ts/ y se imponen pronunciaciones lejanísimas del original.

MEZZO. Esta palabra italiana se pronuncia /’mè-dzo/. El DRAE 2001 la registra en cursiva como palabra extranjera, sin indicar su pronunciación. Remite a mezzosoprano. El DPD no registra mezzo.

MEZZOSOPRANO. Esta palabra italiana es de género masculino y se pronuncia /‘mè-dzo-so-prà-no/. El DRAE 2001 la registra en cursiva como palabra extranjera, sin indicar su pronunciación. El DPD dice que es «extranjerismo crudo», pero señala que, si bien esta forma está «asentada en uso internacional, se puede adaptar al español en la forma mesosoprano, puesto que el elemento compositivo meso- significa, precisamente ‘medio o intermedio’».

Esta propuesta es de lo más chusco, ya que el elemento compositivo meso- es exclusivo de la terminología científica. Naturalmente, el DPD no introduce meso como sinónimo de mezzosoprano. Parecería lógico que lo hiciera, puesto que el DRAE 2001 da mezo como sinónimo de mezzosoprano.

PAPARAZZI. Esta palabra es el plural italiano de paparazzo, nombre inventado por Federico Fellini para un fotógrafo de su La dolce vita. En italiano se pronuncia /’pa-pa-‘ra-tsi/. El DRAE 2001 no la registra. El DPD propone paparazi, lo que, como en los casos anteriores, impone pronunciar de modo muy distinto del original. No es anormal que un plural entre en castellano como singular. Sin entrar en detalles, puede decirse que al fenómeno se remonta a la época de la formación de la lengua. Ahora bien, acaso pueda decirse que los sustantivos masculinos singulares terminado en –o suenan mejor que los terminados en –i.

PIZZICATO. El DRAE 2001 y el DPD registran la palabra en cursiva. Contrariamente a lo que hace con las palabras italianas de las cuales no indica la pronunciación, en este caso el DPD siente el deber de explicarse: «Por tratarse de un extranjerismo crudo, conserva su pronunciación originaria [pitsikáto]».

JACUZZI. Así aparece registrada en el DRAE 2001. Los académicos dicen que es voz inglesa. No, señora: es palabra italianísima registrada como marca comercial en los Estados Unidos. Dejemos de lado cómo se pronuncia esta palabra en italiano y consideremos cómo se hace en inglés: la j representa el sonido que esta letra representa en inglés; las zz representan una sibilante sonora (como, por ejemplo, la z en la palabra francesa azimut).

El DPD pone las cosas en su sitio proponiendo yacusi. Se ve que los académicos no osaron proponer yacuzi ateniéndose a lo hecho con las otras palabras italianas, ya que la z pronunciada a la española es muy lejana de la sibilante sonora de los ingleses. Ahora bien, la z pronunciada a la española en una palabra como mozarela también está muy lejos del sonido representado en la palabra italiana mozzarella con zz.

RAZIA. El DRAE 2001 y el DPD dicen que esta palabra deriva del francés razzia. Naturalmente, para los franceses esta palabra es aguda y zz representa el sonido sibilante sonoro (el mismo que en la palabra azimut) o bien la africada dental sonora /dz/.

La z de la palabra castellanizada razia conduce muy lejos de la pronunciación original a los hablantes de España. Digamos que el uso castellano ha convertido la palabra en llana. Ahora bien, ¿por qué la sibilante sonora de la palabra francesa razzia se representa con z en la castellanización y la misma sibilante de jacuzzi se representa con s al castellanizar la palabra en yacusi?

No he intentado pedir explicaciones a la RAE sobre su incoherencia. A mí me basta observarlas y actuar en consecuencia. O sea: tomando poco en serio a la RAE.

Jordi Minguell Roselló, periodista (Roma, Italia)

Mi estreno con el DPD en línea

Mi estreno con el DPD en línea

Yo también he decidido estrenarme y he consultado el DPD. Quiero advertir que traduzco textos de hoy, no del futuro, por si a alguien se lo pudiera parecer.

Necesitaba saber si la Real Academia Española había tomado alguna decisión respecto al término inglés router, pero no está, como tampoco están las formas espontáneamente creadas por los hablantes, como enrutador o encaminador. Tampoco está firewall, y el DPD me dice que lo más cercano es pavo real; obviamente, no me sirve. Quizá sí que incluya cortafuegos, pero no. Y digo yo: ¡Qué sería de la red de la RAE sin un router y sin un firewall!

Decido que quizá tendré más suerte y saldré de dudas si busco un término informático más básico; por ejemplo, software. El resultado es el siguiente:

software. Voz inglesa que se usa, en informática, con el sentido de ‘conjunto de programas, instrucciones y reglas para ejecutar ciertas tareas en una computadora u ordenador’. Puede sustituirse por expresiones españolas como programas (informáticos) o aplicaciones (informáticas), o bien, en contextos muy especializados, por soporte lógico (en oposición al soporte físico;hardware): «La Ley de Protección Jurídica de Programas de Ordenador [...] contrarrestará la piratería de programas informáticos» (Vanguardia [Esp.] 14.1.94); «El equipo mínimo aconsejable para poder ejecutar aplicaciones multimedia» (Bustos Multimedia [Esp. 1996]).

¡Uy, vayamos por partes! Me interesa lo de soporte lógico, pero no acabo de ver claro este significado de la voz soporte. Veamos qué acepciones recoge el DRAE:

soporte. (De soportar). 1. m. Apoyo o sostén. 2. m. Heráld. Cada una de las figuras que sostienen el escudo. 3. m. Quím. Sustancia inerte que en un proceso proporciona la adecuada superficie de contacto o fija alguno de sus reactivos. 4. m. Telec. Material en cuya superficie se registra información, como el papel, la cinta de vídeo o el disco compacto.

Descartadas las tres primeras, solo me queda reflexionar sobre la adecuación de la última (que debería ser la segunda si la RAE decidiera de una vez ordenar sus acepciones por frecuencia de uso y no por otros criterios, a veces insondables). Así, la posible definición que resultaría de aplicar la cuarta acepción al compuesto soporte lógico sería algo como ‘material lógico en cuya superficie [....]’. El resultado es un puro engendro: el software no es un material, no tiene superficie y en él no se registra información. Vaya, que la solución que me ofrece el DPD no es correcta según el DRAE.

Por otra parte, no está de más advertir que, según esta cuarta acepción, el papel pertenece al campo semántico de las telecomunicaciones (Telec.). ¡Qué cosas pasan!

Interesante también es la opción presentada para hardware: soporte físico, solución redundante donde las haya. Si soporte es material, es físico, ¿no? Pues esta tampoco me gusta.

Desgraciadamente sigo con mi duda, o con unas cuantas más que trascienden la simple duda terminológica y que me provocan indignación y decepción. Y decido que prefiero usar software y hardware, y a estas alturas ya en redonda. Demasiado tarde para andar con inventos de tan poca validez.

Montse Alberte (Barcelona, España)

Mi primera consulta al DPD en línea

Mi primera consulta al DPD en línea

He aprovechado que ya puede accederse a la tan reclamada y esperada versión en línea del Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española para hacer unas consultas que tenía pendientes para mi trabajo y que aún no había podido resolver.

Consulto la palabra geisha para saber: 1) si el DPD propone una adaptación; 2) cómo recomienda escribirla si no la adapta, 3) y, en este último caso, si permite pluralizarla (geishas).

Me responde esto:

geisha. 1. ‘Joven nipona instruida en diversas artes con el fin de entretener a los hombres’. Voz japonesa (pron. [géisha]) que contiene un grupo consonántico sh ajeno al español, por lo que debe considerarse un extranjerismo crudo y escribirse con resalte tipográfico. Es incorrecta la pronunciación [jéisha], así como la grafíaMarca de incorrección. gheisa.

2. Aunque es palabra asentada en el uso internacional con la grafía geisha, podría adaptarse fácilmente al español en la forma gueisa.

¡Fantástico! Ahora no sé si debo usar «gueisa» —sólo me dice que podría adaptarse (no que debería), dejando la decisión a mi libre albedrío e incluso permitiéndome un margen para crear mis propias alternativas— o «geisha» —esta última con no se sabe qué resalte tipográfico; ¿negrita, cursiva, versalita...?— ni si, en caso de optar por el extranjerismo, puedo pluralizarlo en «geishas», forma muy frecuente, por otra parte. Pero ¿no se suponía que el DPD era una obra normativa que pretendía orientar al hablante sobre el empleo de la lengua española?

Luego he querido aclarar las dudas que me suscita el DPD —ya han hecho bien en llamarlo «diccionario de dudas»— acudiendo al servicio de consultas de la RAE, con la intención también de hacerles notar estas carencias y ambivalencias, y me encuentro con esto:

Con el fin de acometer una reestructuración encaminada a mejorar su funcionamiento, el servicio de consultas lingüísticas permanecerá temporalmente cerrado.

Se pone en conocimiento de todos los usuarios que está disponible, para su consulta en línea, el Diccionario panhispánico de dudas, donde podrán obtener respuesta directa a la mayor parte de sus consultas.


 

¡Hale, otra vez a esperar!

Silvia Senz (Sabadell, Cataluña, España)