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Norma, libros de estilo, cultura escrita y monopolios lingüísticos

Norma, libros de estilo, cultura escrita y monopolios lingüísticos

Hablábamos hace poco de la visible laxitud y dosificada lentitud con la que la RAE y academias asociadas asumen su cometido de autoridad reguladora del idioma, teóricamente centrado tanto en estudiar, encauzar y depurar los usos del registro escrito de nivel culto de la lengua, como en establecer criterios claros de corrección lingüística y un modelo de lengua internacional (una norma culta hispánica común), que asegure la unidad idiomática, la comunicación entre todos los hispanohablantes y el desarrollo de negocios fundamentados en la lengua española. (Dejamos para otra ocasión comentar la falta de una labor divulgativa de lo que es la norma académica y de un enfoque didáctico de las propias reglas de uso de la lengua española, que exigiría textos específicos y comprensibles no sólo para estudiantes, sino para cualquier hablante de a pie, sin o de precaria formación o, sencillamente, no especialista en lenguaje.)

Probablemente sea esta una tarea demasiado vasta para una sola institución (entendiendo el conjunto de las academias como un solo cuerpo) y se requieran sinergias diversas y complejas, que permitan aunar esfuerzos coordinados con otras entidades académicas (universitarias) y estudiosos del lenguaje, pero tampoco parece que haya intención de promover políticas decididas y sobre todo ágiles y eficaces en este sentido.

Tradicionalmente, en las épocas en que los trabajos académicos se han revelado insuficientes para cubrir las necesidades de los hablantes, han sido los productores de textos los que han tomado en su mano la tarea de normativización, creando códigos de escritura que guiaran a quienes trabajaban con el lenguaje, especializado o no. Al margen de las academias, en el mundo de la imprenta nació y se estableció, por ejemplo, la norma ortotipográfica española, heredera de la francesa. Y para llenar el vacío normativo se crearon también los libros de estilo periodísticos y editoriales españoles, los manuales de ortografía y ortotipografía, y los diccionarios de dudas y errores, que han inspirado (y mucho) el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) académico. De hecho, la propia proliferación de este tipo de obras de referencia adaptadas a cada tipo de texto (oral o escrito, general o específico...) es indicadora de una labor normativizadora y normalizadora, ambivalente, insuficiente o incluso deficiente, mal establecida y mal divulgada por los organismos generadores de normas (RAE, ISO...).

Precisamente, con la aparición del Panhispánico, la RAE parece haberse propuesto poner freno a esta «competencia lingüística privada» de los productores de texto, publicando lo que, por una parte, es una compilación de dudas de amplio alcance geográfico y de soluciones «no coercitivas» —más que dictarse normas y desecharse firmemente usos, se desaconsejan o recomiendan opciones e incluso se ofrecen soluciones «a la carta» para un mismo problema de grafía, lo que permite en muchos casos amplios márgenes de maniobra (o de nueva duda) al profesional del lenguaje y ataja las discrepancias, porque si uno no está de acuerdo con la primera opción, puede estarlo con la segunda—; y, por otra, una obra de referencia que sirva de modelo común a todos los hispanohablantes pero sobre todo a todos los medios productores de textos en español. Como decía el coordinador general de la Fundéu, Alberto Gómez Font, en el Congreso Internacional de la Lengua Española de Rosario, «[...] en Zacatecas, con el patrocinio del Instituto Cervantes y con José Moreno de Alba y Humberto López como padrinos, Álex Grijelmo y yo presentamos un proyecto, luego conocido como “Proyecto Zacatecas”, en el que proponíamos la redacción de un libro de estilo común para todos los medios de comunicación hispanohablantes. Aquel proyecto se transformó dos años después en el embrión de una gran obra que ayer se presentó oficialmente aquí, en Rosario: el Diccionario panhispánico de dudas». En el caso de algunos medios de comunicación, parece que el DPD se está asumiendo en este sentido: como una referencia común para todos los medios; por de pronto, El País y El Periódico de Catalunya incluirán a partir de ahora en sus libros de estilo las sugerencias de las academias, y la Academia está llegado a acuerdos con otros medios para «librar juntos la batalla por la unidad de la lengua». Incluso la Fundéu, organismo dedicado a «colaborar con el buen uso del idioma, especialmente en los medios de comunicación», que preside el director de la RAE, ha incorporado las recomendaciones del Panhispánico a la última edición del Manual de español urgente y suponemos que esos criterios debe de aplicar en el cumplimiento de sus convenios de examen del lenguaje periodístico de diversos medios de comunicación, de formación de lingüistas especializados en el uso del lenguaje periodístico, y de asesoría de los profesionales de la publicidad, y en la corrección de textos necesaria para obtener el sello de calidad lingüística de pago que otorga.

En estas fechas, justamente, está celebrándose en San Millán de la Cogolla (La Rioja, España) un seminario organizado por la Fundéu y la Fundación San Millán, que reúne a profesionales y periodistas de España y América, dedicado a analizar el uso del español en los medios de comunicación de Estados Unidos. Otro de los objetivos de ese seminario es «la preparación de la segunda edición del Manual de Estilo de la National Association of Hispanic Jounarlists/Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ/ANPH), una guía del buen uso del español para los medios de comunicación de los Estados Unidos y que pretende ser el embrión de un futuro libro de estilo común para todos los medios que en el mundo publican o emiten en nuestro idioma. En este punto del seminario tendrá un papel relevante la Asociación de Academias de la Lengua Española, que estará representada por Humberto López Morales, su secretario general». Es de suponer, pues, que esa segunda edición del manual de la NAHJ (de cuya primera edición es coautor Alberto Gómez Font, autor también del Manual de español urgente) también recogerá las directrices académicas. Si cuaja, además, la idea de la presidenta de esta asociación estadounidense de periodistas hispanos, Verónica Villafañe, de crear un certificado de calidad en el uso del español para los profesionales estadounidenses, un certificado que «vendría avalado por el Instituto Cervantes o la Fundación del Español Urgente y tendría que renovarse cada cierto tiempo, aunque no de manera obligatoria», también los actuales criterios académicos que aplica la Fundéu alcanzarían a los periodistas de Estados Unidos. Habrá que ver si la consecución de este documento, que «certificaría el buen uso del idioma por parte del periodista, además de que le aportaría un plus de calidad al medio de comunicación que lo contratase», equivaldrá a constreñir la libertad estilística del periodista al margen que le permitan los criterios lingüísticos que fundamentan esa certificación; o, por decirlo más claramente, si obligará a usar en exclusiva los criterios de la RAE, plasmados por la Fundéu y la NAHJ en sus libros de estilo y sus avales, sin margen posible de crítica o disensión.

Sea como sea, lo cierto es que va a apostarse fuerte por la promoción del modelo académico de español en Estados Unidos a través de los medios, ya que, en palabras del presidente del BBVA (entidad fundadora, junto con la Agencia Efe, de la Fundéu), Francisco González, «Reforzar el español en los EE. UU. es clave para la economía del siglo xxi. [...] Y para el éxito de esos esfuerzos, el papel de los medios es esencial, como canales para mostrar los logros de la cultura y la sociedad de habla española, como auxiliares eficaces para la educación en español y para el progreso y la mejora de la comunidad hispana de los Estados Unidos. Y, también, para fijar y difundir una norma de español». Estas mismas palabras suscribe el director de la RAE, Víctor García de la Concha, al declarar que «es difícil encontrar en los Estados Unidos aliados mejores para llegar a la gran masa de hispanohablantes, que los medios de comunicación».

(Nuevamente, dejamos para otra ocasión, o para expertos hispanoamericanos independientes, la valoración del grado de hispanidad —las connotaciones históricas del término panhispanismo recomiendan desechar la palabra panhispánico— del Diccionario panhispánico de dudas, que ya se ha planteado en algunos foros —por ejemplo, el seseo se acepta en la pronunciación pero, aun siendo abrumadoramente mayoritario, no ha trascendido a la norma escrita—. Y planteamos simplemente nuestra duda sobre la eficacia real del DPD para asentar un modelo de lengua unitaria —si es que siquiera lo definea través de los medios. Una duda que se fundamenta, entre otras razones, en el hecho de que la producción y consumo de textos diversos en la Red —e incluso de obras de consulta lingüística gratuitas— y los puentes de comunicación entre los hispanohablantes —especialmente entre las clases cultas— que Internet propicia escapan de esta vía de difusión mediática y pueden contribuir a conformar un modelo distinto.)

Por lo que se refiere a las editoriales de libros (españolas al menos), pese a esta expansión del Panhispánico en las editoriales mediáticas, la acogida de esta obra —como de la Ortografía de la lengua española de 1999 y de las últimas ediciones del Diccionario de la RAE— ha sido muy tibia. A pesar de que el DPD ha «tomado prestado» (sin permiso de sus autores ni reconocimiento de sus fuentes en una bibliografía) mucho material de otras obras de consulta anteriores, que, en cierto modo, condensa y amplía, y de que ahora por fin puede accederse al DPD en línea y gratuitamente, las soluciones que aporta se presentan insuficientes y contradictorias para muchos profesionales de España y América. Correctores, traductores y otros profesionales continúan consultando las obras de referencia y los recursos terminológicos no académicos que, antes del DPD, les garantizaban soluciones, y siguen haciendo prevalecer los criterios de otras autoridades sobre los académicos; en el campo de la ortografía, la ortotipografía y el estilo, sin duda, los de Martínez de Sousa, por desgracia insuficientemente conocido en Hispanoamérica y aún marginado de la Academia.

En el campo de la edición de libros tampoco se avista ningún acuerdo entre Academia y productores comparable con el que se ha establecido con los medios de comunicación, y probablemente ni siquiera se llegue a plantear; por diversas razones: 1) las propias editoriales son tradicionales productoras de buenas (y a menudo superiores a las académicas) obras de referencia en materia de lenguaje, y muchas viven justamente de eso; 2) los libros, por su volumen de consumo, no tienen el reconocido papel difusor de un modelo de lenguaje que tienen hoy los medios a través de sus libros de estilo, y no son, pues, una buena plataforma de expansión de la norma académica; 3) salvo en el caso de los libros de enseñanza de español —y sólo si finalmente se acuerda elaborarlos según un modelo unitario de lengua—, el español que se emplea en los libros, por su variedad temática y estilística, por sus muy diversos usos y por los muy distintos perfiles de lector, ha de ser forzosamente diverso y polimorfo, y por esta razón la cobertura normativa académica resulta insuficiente; 4) los ejecutores de normas, esto es, editores de textos y correctores —pese a contar cada día con una formación tipográfica, lingüística y profesional más pobre—, tienen una larga tradición de independencia de los dictados académicos y de autorregulación, entre otras razones porque han de someter a diario las normas a una variedad de casos tan amplia y de tan compleja solución, que sólo las que se basen en criterios consistentes y polivalentes pueden salir airosas.

(He de confesar que esta perspectiva, personalmente, me consuela. Si ya me es difícil tener que aplicar ciertos criterios caprichosos de editores «creativos» en mi trabajo de traducción, edición o corrección de libros, verme obligada a seguir según qué dictados académicos podría acabar por completo con mi moral.)

Silvia Senz Bueno (Sabadell, Cataluña, España)

 

 

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6 comentarios

Ana Lorenzo -

La lástima es que la RAE no aproveche para establecer normas claras con un verdadero consenso entre todas las academias que conforman la AAL. ¿No es esa fu finalidad panhispánica en realidad? Ahora que la aldea global de internet y que la distribución del mismo producto-libro-folleto se hace en toda Hispanoamérica y España (de verdad que a veces tengo trabajos que luego, por las ONG que trabajan en todos esos sitios, se distribuyen sin diferenciación), deberíamos tener un español estándar bien definido, basado en una norma culta, que unificara. No hablo de un idioma forzado para comunicarnos artificialmente al hablar, pero sí al presentar un resumen o relatoría, un informe o reporte... Como dice la autora del artículo, menos pan y más hispanismo.

Marta -

Todo este asunto se reduce a pura economía: estrategias para garantizar la presencia del español en el mundo y desarrollar las industrias de la lengua. En Estados Unidos, esas estrategias pasan por convertir el español en una lengua de prestigio, y en ese camino están todas las instituciones españolas relacionadas con la lengua española y la asociación de academias hispanas. Como, tradicionalmente, ese modelo de prestigio lo establecía la RAE, es lógico que los medios se acojan (o digan acogerse) a la obra académica. (En esto de la expansión del español tienen que ir todos a una, además.)
Y no por ello va a dejar de haber disensión entre lingüistas, especialmente entre lingüistas independientes, y autoridades paralelas o alternativas a la académica. Aunque lo del certificado de calidad idiomática para periodistas sí que da un poco de susto...
Otro asunto espinoso es cómo se desarrollarán todos los negocios que permite la lengua española, especialmente teniendo en cuenta la desventaja estructural de la que parten los países hispanos, y si la expansión del español se va a hacer a costa de otras culturas y lenguas.

María -

Muy completo el artículo.

Para mí lo peor del Panhispánico no es tanto en que se constituya en la "única norma" para el español periodísitico, sino el que realmente sea totalmente insuficiente a la hora de resolver dudas, o las soluciones que aporta sean de dudosa aplicación. Es decir, es un diccionario de dudas que resuleve pocas dudas, por lo general bastantes menos que las que solucionaban en su día --no olvidemos que los tiempos avanzan-- los diccionarios de Seco o Martínez de Sousa.

En fin, esperemos que aprenda a mejorar y posteriores versiones salgan francamente mejoradas.

Sumpsi -

Ciertamente, el panhispanismo es una ideología de corte fascista, que, en el terreno de la lengua, inspiró hasta no hace mucho una política académica de hegemonía del modelo del español de Castilla como lengua de prestigio (y exclusión). Que la Academia use el término "panhispánico" en lugar de "hispánico" secas, no es precisamente de muy buen gusto. Aparte, yo destacaría del artículo un asunto del que no se habla nada y es que el Diccionario panhispánico de dudas está basado en obras que representaban, para los lingüistas y para otros especialistas que trabajan con el texto, alternativas muy superiores a la obra académica. Cuando digo que está basado quiero decir que toma esas fuentes sin reconocerlas en una bibliografía, como si la Academia hubiese creado de cero y por ciencia infusa esa obra. Esto lo señala Martínez de Sousa (una de las principales autoridades en materia de ortografía y lexicografía, y una de esas fuentes no reconocidas del DPD) en su reseña del Panhispánico de su página web. Y lo sabe le gente del medio porque se ve a las claras. Tomando las fuentes que le hacían la competencia para crear un diccionario que es, más propiamente, un libro de estilo, y pactando su obra como modelo de tantos libros de estilo como pueda, la Academia elimina esa competencia y se garantiza su continuidad, a pesar de ser una institución muy pero que muy cuestionada. Y si encima sigue una política supuestamente hispánica, sosiega los ánimos secesionistas de los países hispanoamericanos. Lo malo es que el Diccionario panhispánico de dudas es un diccionario peor que esas fuentes que toma sin reconocerlas, tremendamente confuso e incongruente con la propia obra académica (contradice el ciertos casos la propia Ortografía académica, el Diccionario de la RAE y el del estudiante) y no tan hispánico como pregona. Que una obra peor que las no académicas se haga con la hegemonía normativa no es muy buena cosa.

Gatopardo: corrigiéndome -

Esta ventanita minúscula me ha impedido darme cuenta de la equivocación: donde dice "la seguiré tendré" quería decir "la seguiré teniendo"
Vale

Gatopardo -

Es difícil que algo que provenga de la RAE actual me convenza. Pongo un ejemplo:
"Conllevar", era "Ayudar a uno a llevar los trabajos. 2. Sufrirle el genio y las impertinencias. 3. Ejercitar la paciencia en los casos adversos.
Por ignorarlo, se dio en utilizarlo en el sentido que "parecía" indicar, y la RAE, ha reconocido significados de uso que la desvirtúan:
3. tr. Implicar, suponer, acarrear. 4. tr. p. us. Contener, comprender, abarcar.
¡Guay!, interj. que denota conmiseración o asombro, acaba, por obra y gracia de la RAE, asumiendo el idiotismo "guay" y lo incluye como:
1. adj. coloq. Esp. Muy bueno, estupendo.
2. adv. m. coloq. Esp. Muy bien.
Cuando compruebe que DPD no ha empobrecido y desvirtuado el léxico, siguiendo la estela de la RAE actual, me sumaré a la celebración por esta nueva herramienta de trabajo.
Mientras tanto, aunque no suelo comentar en su bitácora, seguiré leyendo Addenda et Corrigenda con fruicción, y la seguiré tendré en mis enlaces de portada, disfrutando de cada uno de sus artículos.
Saludos cordiales
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