La patraña del gran editor
En pleno fervor promocional del premio Planeta 2006, Màrius Serra, otro de los premiados por Planeta, en su caso con el premio Ramon Llull 2005 por su novela Farsa, se sirve de las nuevas tecnologías no sólo para publicar sus últimas creaciones , sino para buscarse la necesaria promoción para Patraña (la recién publicada versión castellana de Farsa), que Planeta sólo parece dispensar a sus premiados recientes.
Màrius Serra no es un adelantado ni tampoco una excepción. Como otros autores, sufre el progresivo deterioro de los servicios que les prestan su editores —que también son sus distribuidores en las grandes editoriales; libreros incluso si disponen de cadenas de librerías— y que a menudo se reducen ya a la impresión, la encuadernación y la distribución en librerías, con una labor de edición y promoción a menudo precaria; a cambio, eso sí, de embolsarse buena parte del 90 % de precio de venta al público de cada ejemplar. Y, como otros autores, Màrius ha de convertirse en su propio publisher, esto es, ha de encargarse de hacer pública su obra, de ponerla por sus propios medios en conocimiento del lector.
Hace poco tiempo, la prolífica revista Dosdoce publicó un estudio sobre las estrategias de promoción y comunicación que utilizan las editoriales españolas, quienes, según sus conclusiones, desaprovechan el potencial de las nuevas tecnologías. Vistas las actuales tendencias en la edición, sería interesante mover el foco de ese estudio y centrarlo en las estrategias promocionales que los autores se ven obligados a utilizar. Probablemente se vería que superan —y con mucho— en ingenio a los medios que tan torpe y discriminadamente emplean las grandes editoriales.
A este paso, van a ser los grandes grupos editoriales quienes aboquen a sus autores no ya sólo a la autopromoción, sino a la autopublicación. Empresas como Lulu.com, recién desembarcada en España, que permite autoeditar muy fácilmente una obra, publicarla y promocionarla en la web e imprimirla bajo demanda, «sin intermediarios entre el autor y el comprador», y por supuesto Amazon y Google Libros los acogerán con los brazos abiertos. Y el autor, que puede elegir ya qué licencias aplicar a su obra digitalmente publicada, y hacerlo con toda facilidad, sólo necesitará solicitar un número ISBN para su obra y lanzarla a la carrera comercial vía web. También los correctores, editores de mesa, redactores, traductores, diseñadores gráficos..., tan mal queridos en las editoriales, seguiremos ahí, como un servicio independiente de un editor ya innecesario, desde el momento en que deja de aportar valor al producto y servicio al autor y al lector. Porque contrariamente a lo que afirmaba José María Barandiarán en un interesante artículo sobre el panorama de la autoedición en España («La democratización de la edición tiene, no obstante, algunos inconvenientes de cara a la calidad del producto: “Los libros son peores en cuanto a la corrección del texto, por la velocidad y la facilidad a la que puede plantearse la publicación y por el hecho de que no hay detrás un editor que se preocupe de corregir el contenido”), los libros sólo son peores cuando quien los genera entiende la edición en función de su cuenta de resultados.
Lo decía hace poco José Antonio Millán, en una entrevista publicada en la revista Eroski-Consumer.es:
¿Cree en la propiedad intelectual de la obra escrita como un medio para obtener beneficios derivados, o bien apostaría por que el creador enajenara sus beneficios de la difusión libre de su obra? ¿Estamos preparados para un escenario así o seguimos necesitando a los intermediarios (editores, agentes, correctores, impresores...)?
Creo que son dos cuestiones distintas. La licencia Creative Commons, que permite compartir sin uso comercial, a la que está sujeta parte de mi obra, es una herramienta de difusión (y por tanto de publicidad, de influencia...) muy grande. Lo explico en el artículo La gestión del entusiasmo. Pero eso no impide que cuando se quiera hacer uso comercial, mi agente literario le venda a un editor el derecho a publicarla. Los intermediarios son una cuestión distinta. Tengo la sensación de que los editores (y hablo en genérico: yo tengo hoy en día de los mejores editores que se puedan encontrar) están incumpliendo cada vez más el pacto con sus autores. En parte por la creciente degradación del circuito distribuidor-librería, y en parte porque están reduciendo costes de manera radical, y eso se nota en la calidad del producto final. Eso puede forzar a muchos a buscar medios alternativos de difundir su obra. Entre que te edite alguien que va a distribuir mal tus libros (porque los va a tener dos semanas en las librerías) y otro que los va a tener constantemente disponibles en una librería virtual, y los va a imprimir con impresión bajo pedido (print on demand) a medida que los necesite y los va a enviar a los compradores, la elección va a ser bien clara. Claro, que al final habremos sustituido un intermediario (el editor) por otro (la librería virtual, o un proyecto como Google Libros). El panorama se está rehaciendo... Respecto a los agentes y los correctores, me siguen pareciendo importantes en el medio digital.
Y, concluyendo, este es el e-correo que envía Màrius Serra, por su cuenta y riesgo, a quienes considera lectores potenciales de Patraña, en un intento de promover un boca-oreja internético:
Hola, soy Màrius Serra.
Ya sé que hoy todos los medios de comunicación hablarán del nuevo premio Planeta de novela.
Por eso yo hoy, si no te molesta, querría importunarte brevemente para anunciarte la llegada a las librerías de mi novela Patraña (también editada por Planeta, aunque con una inversión promocional mucho más humilde, me temo).
Y que conste que el título del e-mail no es una crítica a los premios literarios en general ni al Planeta en particular. Las patrañas abundan en todos los campos.
Mi Patraña es una novela compleja, pero espero que te sea gratificante.
En 1856, Robert Houdin, padre de la prestidigitación moderna, viaja a Argelia enviado por el gobierno francés para demostrar la primacía de la razón ilustrada.En la Barcelona del Fòrum 2004, un mago aplica un truco del mismo Houdin a inmigrantes sin papeles. Al salir del armario, los inmigrantes hablan catalán, tienen una visa de La Caixa y son socios del Barça. A continuación desaparecen sin dejar rastro hasta que los localizan en el Gran Casino de Barcelona.
La solución al intricado laberinto de relaciones entre ciudadanos indígenas e inmigrantes tiene que ver con el lenguaje, y más concretamente con las palabras que Saussure buscara bajo las palabras en su nunca demostrada teoría de los anagramas.
Esta parodia de la sociedad occidental de nuestros días, galardonada con el premio Ramon Llull de las letras catalanas 2006, ya ha recibido el aplauso de la crítica y de miles de lectores catalanes.
Ahora tengo el gusto de invitarte a leerla en la traducción al castellano de Roser Berdagué y anunciarte que dentro de pocos meses Meri Pozza la publicará también en italiano.
Espero que, si te gusta, la recomiendes a tus amigos castellanolectores. Seguro que al premio Planeta no le hace falta el boca a boca, pero a Patraña sí, de modo que, aun a sabiendas de ser poco original, reenvíame a discreción.
Silvia Senz (Sabadell, Cataluña, aún en España)