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La patraña del gran editor

La patraña del gran editor

En pleno fervor promocional del premio Planeta 2006, Màrius Serra, otro de los premiados por Planeta, en su caso con el premio Ramon Llull 2005 por su novela Farsa, se sirve de las nuevas tecnologías no sólo para publicar sus últimas creaciones , sino para buscarse la necesaria promoción para Patraña (la recién publicada versión castellana de Farsa), que Planeta sólo parece dispensar a sus premiados recientes.

Màrius Serra no es un adelantado ni tampoco una excepción. Como otros autores, sufre el progresivo deterioro de los servicios que les prestan su editores ­—que también son sus distribuidores en las grandes editoriales; libreros incluso si disponen de cadenas de librerías— y que a menudo se reducen ya a la impresión, la encuadernación y la distribución en librerías, con una labor de edición y promoción a menudo precaria; a cambio, eso sí, de embolsarse buena parte del 90 % de precio de venta al público de cada ejemplar. Y, como otros autores, Màrius ha de convertirse en su propio publisher, esto es, ha de encargarse de hacer pública su obra, de ponerla por sus propios medios en conocimiento del lector.

Hace poco tiempo, la prolífica revista Dosdoce publicó un estudio sobre las estrategias de promoción y comunicación que utilizan las editoriales españolas, quienes, según sus conclusiones, desaprovechan el potencial de las nuevas tecnologías. Vistas las actuales tendencias en la edición, sería interesante mover el foco de ese estudio y centrarlo en las estrategias promocionales que los autores se ven obligados a utilizar. Probablemente se vería que superan —y con mucho— en ingenio a los medios que tan torpe y discriminadamente emplean las grandes editoriales.

A este paso, van a ser los grandes grupos editoriales quienes aboquen a sus autores no ya sólo a la autopromoción, sino a la autopublicación. Empresas como Lulu.com, recién desembarcada en España, que permite autoeditar muy fácilmente una obra, publicarla y promocionarla en la web e imprimirla bajo demanda, «sin intermediarios entre el autor y el comprador», y por supuesto Amazon y Google Libros los acogerán con los brazos abiertos. Y el autor, que puede elegir ya qué licencias aplicar a su obra digitalmente publicada, y hacerlo con toda facilidad, sólo necesitará solicitar un número ISBN para su obra y lanzarla a la carrera comercial vía web. También los correctores, editores de mesa, redactores, traductores, diseñadores gráficos..., tan mal queridos en las editoriales, seguiremos ahí, como un servicio independiente de un editor ya innecesario, desde el momento en que deja de aportar valor al producto y servicio al autor y al lector. Porque contrariamente a lo que afirmaba José María Barandiarán en un interesante artículo sobre el panorama de la autoedición en España («La democratización de la edición tiene, no obstante, algunos inconvenientes de cara a la calidad del producto: “Los libros son peores en cuanto a la corrección del texto, por la velocidad y la facilidad a la que puede plantearse la publicación y por el hecho de que no hay detrás un editor que se preocupe de corregir el contenido”), los libros sólo son peores cuando quien los genera entiende la edición en función de su cuenta de resultados.

Lo decía hace poco José Antonio Millán, en una entrevista publicada en la revista Eroski-Consumer.es:

¿Cree en la propiedad intelectual de la obra escrita como un medio para obtener beneficios derivados, o bien apostaría por que el creador enajenara sus beneficios de la difusión libre de su obra? ¿Estamos preparados para un escenario así o seguimos necesitando a los intermediarios (editores, agentes, correctores, impresores...)?

Creo que son dos cuestiones distintas. La licencia Creative Commons, que permite compartir sin uso comercial, a la que está sujeta parte de mi obra, es una herramienta de difusión (y por tanto de publicidad, de influencia...) muy grande. Lo explico en el artículo La gestión del entusiasmo. Pero eso no impide que cuando se quiera hacer uso comercial, mi agente literario le venda a un editor el derecho a publicarla. Los intermediarios son una cuestión distinta. Tengo la sensación de que los editores (y hablo en genérico: yo tengo hoy en día de los mejores editores que se puedan encontrar) están incumpliendo cada vez más el pacto con sus autores. En parte por la creciente degradación del circuito distribuidor-librería, y en parte porque están reduciendo costes de manera radical, y eso se nota en la calidad del producto final. Eso puede forzar a muchos a buscar medios alternativos de difundir su obra. Entre que te edite alguien que va a distribuir mal tus libros (porque los va a tener dos semanas en las librerías) y otro que los va a tener constantemente disponibles en una librería virtual, y los va a imprimir con impresión bajo pedido (print on demand) a medida que los necesite y los va a enviar a los compradores, la elección va a ser bien clara. Claro, que al final habremos sustituido un intermediario (el editor) por otro (la librería virtual, o un proyecto como Google Libros). El panorama se está rehaciendo... Respecto a los agentes y los correctores, me siguen pareciendo importantes en el medio digital.

Y, concluyendo, este es el e-correo que envía Màrius Serra, por su cuenta y riesgo, a quienes considera lectores potenciales de Patraña, en un intento de promover un boca-oreja internético:

Hola, soy Màrius Serra.

Ya sé que hoy todos los medios de comunicación hablarán del nuevo premio Planeta de novela.

Por eso yo hoy, si no te molesta, querría importunarte brevemente para anunciarte la llegada a las librerías de mi novela Patraña (también editada por Planeta, aunque con una inversión promocional mucho más humilde, me temo).

Y que conste que el título del e-mail no es una crítica a los premios literarios en general ni al Planeta en particular. Las patrañas abundan en todos los campos.

Mi Patraña es una novela compleja, pero espero que te sea gratificante.
En 1856, Robert Houdin, padre de la prestidigitación moderna, viaja a Argelia enviado por el gobierno francés para demostrar la primacía de la razón ilustrada.

En la Barcelona del Fòrum 2004, un mago aplica un truco del mismo Houdin a inmigrantes sin papeles. Al salir del armario, los inmigrantes hablan catalán, tienen una visa de La Caixa y son socios del Barça. A continuación desaparecen sin dejar rastro hasta que los localizan en el Gran Casino de Barcelona.

La solución al intricado laberinto de relaciones entre ciudadanos indígenas e inmigrantes tiene que ver con el lenguaje, y más concretamente con las palabras que Saussure buscara bajo las palabras en su nunca demostrada teoría de los anagramas.

Esta parodia de la sociedad occidental de nuestros días, galardonada con el premio Ramon Llull de las letras catalanas 2006, ya ha recibido el aplauso de la crítica y de miles de lectores catalanes.

Ahora tengo el gusto de invitarte a leerla en la traducción al castellano de Roser Berdagué y anunciarte que dentro de pocos meses Meri Pozza la publicará también en italiano.

Espero que, si te gusta, la recomiendes a tus amigos castellanolectores. Seguro que al premio Planeta no le hace falta el boca a boca, pero a Patraña sí, de modo que, aun a sabiendas de ser poco original, reenvíame a discreción.

Silvia Senz (Sabadell, Cataluña, aún en España)

De niños y editores

De niños y editores

Hoy mi hija tiró un libro al suelo. Hoy también he leído un artículo sobre libros y basura... Los editores continúan quejándose de la falta de lectores, aunque no he visto muchas iniciativas suyas a este respecto, pero siguen lanzando libros y más libros a la palestra.

Pertenezco a un club de lectura. La iniciativa no surgió de ningún editor. Según parece, es una de las iniciativas municipales, creo que de la concejalía de la mujer, como parte del programa de fomento de la autoestima, avance intelectual, etc. y la red de bibliotecas municipales, cuando el programa terminó al cabo de un año, decidió llevarlo adelante en los distintos barrios de la ciudad. En el club de lectura nos dejan los libros un mes y allí nos reunimos para comentar gustos y disgustos, aprender un poco más sobre el libro y quién lo escribió, poner en común sensaciones, opiniones, pasados y presentes en literatura. 

Tenemos mucho cuidado con los libros, pero no resisten demasiado, aunque nos esforzamos por tratarlos bien. 

Muchos de los libros que leemos, aparte de en nuestro club, no nos gustan. Algunos han venido acompañados de bombo y platillo editorial, pero no dejan poso en el lector. Leo todos los libros que lee mi hija y he encontrado en ellos ilustraciones muy hermosas... y faltas de ortografía e incoherencia en la puntuación y el estilo general. 

Me dicen, y veo patente en el resultado final, que los periódicos no emplean ya correctores. 

Y poniéndolo todo junto, digo yo: ¿no deberían los editores quejarse menos y editar mejor? ¿Ofrecer un libro digno, encuadernado de modo que pueda durar y corregido por correctores que conozcan su oficio y bien pagados? 

Quizá es el momento de hacer restructuración en el sector editorial, que queden sólo aquellos que dan al libro la importancia que se merece, los que recuerdan que hubo tiempos en que la gente moría y mataba por un libro, por leerlo y por defenderlo. 

Quizá no sea necesaria tanta cantidad, pero sí que se echa en falta la calidad, el olor y el tacto de un buen libro, que pueda ponerse en la biblioteca porque está bien escrito, se ha corregido bien y merece la pena que lo lean y compartan los que vienen después. 

Mar Rodríguez

Del purismo al desconcierto (1.ª parte)

Del purismo al desconcierto (1.ª parte)

Los discursos de incorporación a las academias suelen ser esclarecedores sobre las ideas e intenciones del académico de turno. El del argentino José Luis Moure es difícil de resumir; además de estar escrito de manera amena y humorística, los conceptos que expresa son particularmente sintéticos, propio de quien sabe qué quiere decir e intenta no cansar al auditorio con su prolijidad. Este hijo de gallegos inmigrantes titula con acierto Del purismo al desconcierto. ¿Qué hacer con el idioma? su discurso de incorporación a la Academia Argentina de Letras, el 12 de junio del 2003.

En esta primera parte transcribo parte de su discurso sobre la evolución lingüística en América durante los siglos XVIII y XIX:

 

Si las lenguas están destinadas a cambiar de manera inevitable [...], y si la ciencia lingüística dice que esos cambios imparables son consustanciales al lenguaje humano, cómo debía yo justificar mi alianza con el desprecio general hacia formas rústicas, como cáido o léido (empleadas no sólo por nuestros hombres de campo sino por el insospechable Espronceda), mientras debía tolerar, cantar y aplaudir, con el mismo rostro y con patriótica inimputabilidad el Óid, mortales de nuestro Himno, las correctísimas formas reina y vaina, en tanto la sana evolución habría prescrito reína (REGINA) y vaína (VAGINA), y en tanto los mismos españoles, gracias a un provenzalismo, se salvaron de pasar del latín hispaniolos a *españuelos, así como el bendito galicismo monjes liberó a los monachos de ser *mongos (MOMO). Fui así llegando a la afrentosa conclusión de que un profesor de castellano lleva sobre sus hombros una misión paradojal: explicar a los alumnos el apasionante e inevitable itinerario del cambio lingüístico, entusiasmarlos con la promesa de que es precisamente el cambio el que permite desencorsetar la lengua para que se abra hacia nuevos itinerarios expresivos y creativos, elogiar a los novelistas y poetas que violaron las normas de puntuación y el orden sintáctico enseñados, pero prohibir con energía a esos mismos alumnos que en sus exposiciones y escritos den testimonio personal de ese cambio lingüístico. El profesor de lengua viene a ser así una suerte de héroe trágico [...], encargado de impedir con inflexibilidad, durante un lapso que él no puede medir, las transformaciones lingüísticas que su ciencia le demuestra irrefrenables. Su discurso sincero, imbuido de una —digamos— sana esquizofrenia, desafía a diario los axiomas básicos de la lógica aristotélica: «Esto está mal, pero en realidad está bien...»; o «todos hablan bien, pero algunos hablan mal...». Se dice objeto y sujeto, pero jamás dotor o «presidente eleto», aunque el mismísimo Juan de Valdés lo habría suscripto (o suscrito...). Decir haiga es motivo de sanción barrial, pero decir caiga es prueba de conjugación impecable. Naturalmente, las aporías de este tipo podrían multiplicarse y extenderse al plano de la morfología y de la sintaxis.

El español de América ha sido víctima selecta de estas picanas correctoras. Como algunos nuevos ricos, amnésicos de su pasado familiar, la normativa académica española del siglo XVIII y sus secuelas inauguraron el horror hacia muchas formas y construcciones de rancia estirpe peninsular, cuyo único pecado no fue su incorrección raigal, sino simplemente haber sobrevivido en la desmesura territorial transoceánica.

Corolario de lo que acabamos de exponer es la cruel evidencia de que el conocimiento lingüístico y las normas de corrección han avanzado por caminos de creciente divergencia. Se ha señalado que la gramática se constituye en la historia como una instrumentación de las lenguas que, en cuanto arte o techné, se presenta como un modo de enseñar a leer y a escribir correctamente. La gramática instaló, en el dominio de los estudios lingüísticos, la cualidad de la corrección. En un primer momento, una cierta armonía fue posible sobre la base de fundamentos que podríamos llamar simbólicos, casi éticos. Y sobre la antigua idea de la analogía, que postulaba una forma inicial perfecta del lenguaje que habría sido víctima de desviaciones y corrupciones sucesivas, el siglo XVIII se propuso preservar la pureza de la lengua sancionando su intrínseca dignidad y exigiendo su reposo [...]

La cruzada purista era noble en sus propósitos e ingenua en su fe: la lengua debía fijarse en una etapa de su evolución, y debía glorificarse ese estado como norma ideal e intangible, a la que todos los desvíos debían someterse. En el escenario de la América colonial, la forma pura significó, naturalmente, la peninsular. Andrés Bello, el insigne gramático venezolano, criado intelectualmente por el racionalismo dieciochesco, autor de una gramática renovadora de larga vigencia, propulsor de una sensata reforma ortográfica al servicio de una mayor coherencia del código gráfico, consideraba, no obstante, «importante la conservación de la lengua de nuestros padres —se refería a los españoles— en su posible pureza», y llegó a manifestar su aflicción, por ejemplo, por que fuese cosa desesperada restablecer en América los sonidos castellanos de s y z. Que el seseo fuese general en América y en parte no despreciable de la Península era, para el purismo de Bello, no un testimonio de limpia simplificación y evolución fonológicas, sino la desafortunada extensión de una infección irreversible.

Rufino José Cuervo, el inmenso filólogo colombiano (el «descubridor lingüístico» de América [...]), tuvo que modificar sustancialmente su perspectiva purista inicial, de fidelidad a su maestro Bello, a medida que acrecentaba sus conocimientos lingüísticos y de historia de la lengua. Y en los diecisiete años que mediaron entre la primera edición de sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (el lapso que va de 1867 a 1884), hubo de abandonar su inicial voluntad casi exclusivamente purista, que se había iniciado estigmatizando académicamente las corruptelas del habla de sus compatriotas en la forma de un libro de correcciones del lenguaje, para llegar a hacerse cargo y verse forzado a exponer la impensada evidencia de que el «instinto popular» es una de las fuerzas que determinan la vida de la lengua, que buena parte de los vulgarismos que se denunciaban son el resultado de la obediencia a las leyes del castellano y corresponden al desarrollo natural del lenguaje. Mientras, por el contrario, son muchas las formas cultas, fieles a las exigencias académicas de naturaleza fonético-etimológica, las que contrarían el genio de la lengua. Así se afianzó en Cuervo la certeza de que el español de América no es el mero dominio de la corrupción provocada por los naturales, sino una variedad legítima, en ocasiones más fiel a los orígenes del idioma que las evoluciones peninsulares y, para peor, científicamente indispensable, si se la quiere ver como un aporte testimonial a la historia de la lengua, que la variedad académica europea no siempre está en condiciones de ofrecer.

Así fue como el estudio de la realidad lingüística de América condujo a Cuervo a considerar en clave lingüística lo que inicialmente había enfrentado con la mirada de un gramático preceptista. A la sombra de Bello había visto las desviaciones como barbarismos, como abusos cuya proscripción era lícita; pero su conocimiento posterior le permitió forjar la oposición entre dos entidades legítimas: el lenguaje popular y el lenguaje literario, y proclamar que, aun siendo la variedad lingüística americana legítima y autónoma, no debería seguir su curso por separado, sino estableciendo el criterio de corrección en una instancia supranacional; es decir, observando las características propias de la lengua, su «tipo», y no prescribiendo como modelo un uso determinado. El uso de los buenos escritores, decisivo para Bello, será en cambio atendible para Cuervo sólo en tanto sea reflejo de ese «tipo» de lengua española, el que resulte de un desarrollo fiel a las leyes del idioma. [...] La evolución de su pensamiento lo llevaría finalmente al escepticismo, y sería una pequeña obra de nuestro compatriota (y miembro de esta Academia) Francisco Soto y Calvo, más precisamente, un léxico añadido a su poema rural Nastasio (1899), el que instalaría definitivamente en Cuervo la idea de que el español de América, al calor de su ímpetu evolutivo, del andar del tiempo y de las transformaciones ordinarias de las sociedades, habría de diversificarse en una pluralidad de dialectos diferenciados.

El purismo, al que renunció Cuervo por honestidad científica, había sido ya rechazado ideológica y precursoramente por la voluntad emancipadora americanista de la generación argentina de 1837, detrás de la cual anidaban el ideario romántico, el pensamiento de la filosofía herderiana y la escuela histórica del derecho, de Savigny, reivindicadores de las fuerzas creadoras del pueblo, de la unicidad de su historia y de la lengua como elemento configurador de una particular cosmovisión.

Las últimas formulaciones de Cuervo —y recurro una vez más a la autoridad de Guitarte— casi no fueron conocidas en el mundo hispánico. Esta ausencia conceptual determinó, en las estribaciones finales del siglo XIX, la paralela inexistencia de una política lingüística americana que pudiera encarnar la nueva situación del continente y, en consecuencia, una oscilación entre la adhesión a la norma española, claramente manifiesta en la fundación de academias nacionales correspondientes a la española, y conatos independentistas radicales, que se extremaron en el criollismo y en la voluntad de crear lenguas propias en la Argentina y en Chile. Fueron esbozos de proyectos de efímera duración, pero conflictos de identidad nacional que, en todo caso, explican la demora en la creación de nuestra Academia Argentina de Letras hasta 1931, sesenta años después de la colombiana, cincuenta y siete, de la ecuatoriana, y cincuenta y seis de la mexicana.

[Continuará en una segunda parte, donde transcribiré la información que nos da J. L. Moure sobre la evolución lingüística en América desde el siglo XX hasta nuestros días.]

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

 

Breve y disparatada teoría sobre las inexplicables razones de algunos silencios

Las academias de la lengua hispanoamericanas —generalicemos, que el espacio también es oro— se han llamado a silencio. Sus intervenciones son pocas, incompletas, elitistas. La omnipresente razón económica de las faltas de intervención en el ámbito cultural es de sobras conocido por todos. Otra razón posible, sutil y agazapada: la falta de pasión, esa que hace superar obstáculos a fuerza de persistencia. A los españoles, en cambio, esta pasión les sobra. España aúna la pasión con el comercio, allí —les hago un guiño de picardía, lectores— se «hace», «valoriza» y «defiende» el idioma «que les pertenece». A «nosotros», el mundo ancho y ajeno desparramado al oeste del Atlántico, nos gana la modorra, la molicie, la pereza ancestral...

Una variante lingüística regional es la mezcla de los idiomas que las masas migratorias han amalgamado. El lenguaje, todo lenguaje hablado y escrito por cierta cantidad de gente durante cierta cantidad de tiempo —y no es necesario precisarlo más— sí genera identidad. La lengua está subsumida en la cultura y confiere identidad. Decir que una lengua no confiere identidad es decir que a un grupo humano se le puede imponer una cultura que le sea ajena. Se puede hacer, cómo no..., a la fuerza.

A las academias de la lengua hispanoamericanas sólo les queda resistir, hacer investigaciones exhaustivas y de muy bajo perfil, en ámbitos públicos o privados. El sistema educativo, principal meta de su labor, no llegará a conocer su titánica tarea, ni a valorarla, siquiera por el mero hecho de verse reflejada en ella.

Son muy pocos los conocedores y estudiosos de la lengua, los lingüistas y académicos, españoles o hispanoamericanos, que conocen el trabajo publicado por José del Valle. Son muy pocos los que ven los riesgos de la comercialización del idioma español. Cuidar la lengua —en sus variantes regionales, siempre— enriquecerla, mimar a los escritores y autores que la usan con soltura y regocijo..., ¿para qué?

Paciencia, nos piden algunos, paciencia, tenemos las normas que dictaremos sobre el español neutro o internacional. ¿Ah, sí? Claro, nos dicen, desde los principales medios de comunicación os diremos qué hacer; estamos unidos, la lengua es una sola, nos entendemos perfectamente: todos miramos las mismas telenovelas, los mismos culebrones, la misma contracultura... ¡Yo no!, quisiera gritar. Tranquilos, nos dicen, tranquilos, que tenemos la prensa, y desde ella nos hemos de entender... Tenemos, insisten en machacarnos, los subtitulados de las películas que veis en familia los fines de semana y fiestas de guardar... Y aún falta, pienso para mi coleto, que me digan que tenemos la televisión por cable y sus aguadas traducciones al maravilloso y único español estándar.

La mayoría de los editores —y el nexo entre la industria del libro y los medios de comunicación o multinacionales es evidente— son gestores culturales que se encuentran abocados a la comercialización de la cultura para subsistir. El idioma español es un negocio que se planifica desde la península ibérica, con el aval de las multinacionales y el silencio de las academias hispanoamericanas; las editoriales —nacionales o extranjeras— publican libros «vendibles». ¿Y la cultura?

Mmm... No nos hagamos mala sangre, más bien elaboremos una propuesta fantástica, para reírnos un ratito:

● Estandarícese regionalmente la lengua desde las academias correspondientes para estudiar las variantes, conocerlas, investigarlas...

● Responsabilícese a los editores que, sin ver más allá del criterio comercial, deciden no publicar los libros aprobados por la crítica especializada.

● Restrínjase la edición de libros, revistas, periódicos, blogs, folletos, etc. a las publicaciones cuidadosas que formarán el corpus del idioma.

● Penalícense los malos usos lingüísticos (faltas de ortografía, esencialmente) sobre cualquier soporte, analógico o digital, desde los ministerios de educación correspondientes.

Soñar puede costar bien poco. Gracias a todos por aguantar hasta aquí; me estaba haciendo falta un desahogo.

Pilar Chargoñia, Montevideo, Uruguay; valchar@dinet.com.uy

Se publica «Copyleft. Manual de uso»

Se publica «Copyleft. Manual de uso»

Anuncian en Rebelión la publicación del libro Copyleft. Manual de uso, obra de varios autores publicada por Traficantes de Sueños. En la Wiki del Hackmeeting 2006 de Sindominio proponen una mesa redonda para la presentación de la obra.

El libro —bajo licencia Creative Commons, por supuesto— cuenta con una web propia, donde puede descargarse la obra en pdf, además de adquirirse, al precio de 10 euros.

Pese a que la obra nace como libro, se proyecta como web colectiva y cooperativa: anuncian que en breve se publicará la guía en formato wiki, para permitir revisiones y actualizaciones.

Según manifiestan en la web del manual, esta obra, que surge de los grupos de trabajo de las Jornadas Copyleft realizadas en Donostia en junio del 2005 —de entre los que ya reseñamos aquí las «FAQ sobre edición y copyleft» de Traficantes de Sueños— pretende aclarar los conceptos de cultura libre y copyleft —¿izquierdo de autor?—y dar las necesarias referencias prácticas de manejo para las personas que trabajan en los distintos ámbitos de la creación y el trabajo intelectual (músicos, escritores, programadores, artistas, editores, juristas, mediactivistas y un larguísimo etcétera).

Más explícito, de todos modos, es su contenido:

0 Introducción

01 Guía del software libre: Jesús M. González Barahona

Introducción

Aspectos legales

¿Por qué se produce software libre?

Consecuencias principales

Unas breves conclusiones

02 Guía del autor de música libre: musicalibre.info

Introducción

Aspectos legales y licencias

Grabación

Página web

Promoción

Venta y distribución de CDs

Los problemas con las entidades de gestión

03 El copyleft en el ámbito de la edición: Emmanuel Rodríguez

Qué es la edición

El copyleft en la edición

¿Cómo aplicar una licencia copyleft?

La batalla por el copyleft

Hacia una comunidad copyleft en el ámbito de la edición

A modo de epílogo: ¿más allá del copyleft?

04 Arte y copyleft: Natxo Rodriguez

Producción, legislación y derechos de autor en el ámbito del arte

Tipos de licencia

Licencias y tipografías

¿Por qué utilizar Creative Commons?

Cómo proteger nuestro trabajo con licencias copyleft

Pasos para licenciar una obra plástica como copyleft

Dificultades materiales para la expansión del copyleft en el arte

Comunidad copyleft en el arte

Ejemplos de producción copyleft

Recursos online

05 Licencias libres y creación audiovisual: Maria Concepción Cagide y Nerea Fillat Oiz

Algunas características del mundo de la producción audiovisual

Características generales de la LPI en las producciones audiovisuales

Aplicación de licencias libres a creaciones audiovisuales

Dificultades materiales en la producción de vídeos libres

Experiencias de producción de materiales libres en el mundo audiovisual

A modo de conclusión

06 El derecho es copyleft. O la libertad

de copiar las leyes: Javier de la Cueva

Introducción

Los materiales de trabajo

Uso cotidiano

Conclusión

07 Activismo copyleft. Liberar los códigos de la producción tecnopolítica: Teresa Malina Torrent

Sombras sobre la oportunidad de un cambio histórico

El copyright contra la comunidad en la era de la redes informáticas

Embriogénesis de los cuerpos políticos del copyleft

Comunidad, tecnociencia, trabajo y cooperación en la constitución del activismo copyleft

Esbozo de una cartografía reticular a través de algunas trayectorias activistas

Algunos principios tácticos a modo de conclusión

08 Activismo copyleft. Liberar los códigos de la producción tecnopolítica: Eben Moglen

Silvia Senz Bueno (Sabadell, Cataluña, aún en España)

Escribir en español latinoamericano

Escribir en español latinoamericano

Desde nuestra separación política de los países colonizadores europeos, en América Latina se han escrito diferentes historias, muchas de ellas paralelas y algunas no tanto (comparemos, por ejemplo, a Bolivia con Surinam). Estos mismos paralelismos y divergencias los encontramos en nuestras economías o políticas aplicadas y, de la misma forma, en las lenguas habladas.

Para nadie es un misterio que en este campo las diferencias locales, regionales o nacionales son marcadas, no solo en el aspecto léxico sino muchas veces en lo sintáctico y morfológico. Estrictamente, fuera de romanticismos y de políticas lingüísticas o educativas tendientes a la homogeneización, en algunos casos con pleno derecho (y apelando a criterios de inteligibilidad) se podría reclamar el estatus de lengua para una «variante» del español hablado, digamos, en Argentina. La heterogeneidad lingüística del español en América (y en general de todas las lenguas que ocupan un territorio amplio) es un asunto arduo de estudiar, de analizar y de deslindar.

Pero dejemos esos apasionantes problemas a los dialectólogos y ocupémonos de algo que podría ser más asible: «escribir en español latinoamericano». Se dice que la escritura es un «método de intercomunicación humana que se realiza por medio de signos gráficos que constituyen un sistema». Además, ese sistema puede ser «completo» cuando «puede expresar sin ambigüedad todo lo que puede manifestar y decir una lengua determinada por medio de la oralidad» (Enciclopedia digital Encarta). Esta conceptualización no acarreó mayores problemas teóricos a lo largo de los años, pero el número de estudiosos que iban llamando la atención sobre las divergencias de correlación entre estos dos modos de expresión (oral y escrito) ha ido en aumento. Veamos lo que nos dice Walter Ong (Oralidad y escritura. Fondo de Cultura Económica. México D. F., 1987) sobre esta diferenciación:

La escritura, consignación de la palabra en el espacio, extiende la potencialidad del lenguaje casi ilimitadamente; da una nueva estructura al pensamiento y en el proceso convierte ciertos dialectos en «grafolectos» (Haugen, 1966; Hirsch, 1977, pp. 43-48). Un grafolecto es una lengua transdialectal formada por una profunda dedicación a la escritura. Esta otorga a un grafolecto un poder muy por encima del de cualquier dialecto meramente oral. El grafolecto conocido como inglés oficial tiene acceso para su uso a un vocabulario registrado de por lo menos un millón y medio de palabras, de las cuales se conocen no solo los significados actuales sino también cientos de miles de acepciones anteriores. Un sencillo dialecto oral por lo regular dispondrá de unos cuantos miles de palabras, y sus hablantes virtualmente no tendrán conocimiento alguno de la historia semántica real de cualquiera de ellas.

La misma situación sucede con el grafolecto denominado «español general» o «lengua española general». Y aquel grupo que en grado superlativo ha estado en relación directa con las letras (el grafolecto español, inglés u otro) son seres tan notables, que a su dialecto se le dirá «culto» y servirá como referente que imitar. Este dialecto en su forma escrita puede ser visto y leído en muchos textos académicos y literarios y escuchado en programas de televisión por cable muy interesantes, pero sin muchos televidentes. Y aquí sucede una simpática paradoja: si bien la influencia del habla y escritura «culta» puede sentirse en todos los estratos sociales, esta influencia queda desdibujada/deformada por la carencia de referentes directos cuyo ejemplo seguir (al menos, esto sucede en mi Perú natal). La gente sabe que «hay» una forma de hablar y escribir «correctas» y cada uno intenta (consciente o inconscientemente) hablar «mejor». Los profesores de educación primaria y secundaria desempeñan un papel preponderante en esta situación, pues «su» dialecto español será casi copiado por sus alumnos (en especial, el del profesor de lenguaje, lengua, gramática, comunicación o cómo llame la moda al curso donde se trata de nuestra lengua). Este tira y afloja de la norma española, con el habla y calidad de enseñanza de los profesores, el entorno de los alumnos y otros factores más, tiene un correlato dramático en los niños, cuyos hábitos de lectura en español y conocimiento consciente de la gramática resultan muy pobres (y nuevamente estoy hablando de mi Perú y de Lima, en especial). Pero otra vez nos estamos desviando del tema y hemos de regresar. Creo que actualmente ningún normativo enunciará que tal dialecto hablado en aquella zona de América no pertenece a la lengua española. Me parece percibir, como nunca antes, una intención de «abarcamiento» y de considerar a las variantes y distintos léxicos como «riqueza» y parte del acervo español y ya no como «deformaciones» de la norma, condenadas al ostracismo y la ley del hielo. No queda otra además, so pena de que surjan las lenguas peruana, mexicana, argentina, boliviana y etc. Aun así, la heterogeneidad no ha sido mayor en estos últimos tiempos, por efectos de la globalización económica y de los medios de comunicación masiva, que han venido en auxilio de los normativos para mantener una unidad idiomática. Claro está, unidad con fines de comunicación, y no por la preservación de la «pureza idiomática». Es así que los comunicadores han creado un léxico y reglas gramaticales que, al fin y al cabo, son utilizados solo por ellos. Si los normativos se mesan los cabellos al ver cómo se maltrata la lengua culta en casi todos los estratos sociales, los comunicadores se solazan del éxito «panamericano» logrado, importándoles muy poco las consecuencias que pudiese ocasionar su artificial construcción. Y tan artificial como esa gramática «comunicativa» son todas las gramáticas invariables con fines homogeneizantes. Y, por efecto contrario, esa «gramática» estructurada, aunque no simétrica y con gran cantidad de alternancias fonológicas, léxicas, semánticas y morfosintácticas, y que incluya todas pero todas las variantes hispanoamericanas (y yo no sé si seguirá llamándose en última instancia «gramática») sería la única que podría reclamar para sí el «español latinoamericano». Y pues, escribir en español latinoamericano es tanto el producto de alguien influenciado por alguna lengua originaria de esta parte del continente y que escribirá «del Fernando su casa», como quien escribe desde alguna universidad manteniendo una rigurosidad nacida en la península ibérica. Hay que pensar mucho sobre la «legitimidad» de un autor, si luego de soslayar un buen número de reglas normativas, y si claramente esa escritura es contraria a la norma culta, y sin embargo, sirve a los propósitos que el autor se propone (comunicativos o expresivos) y, además, es regocijadamente captado por sus lectores. Alguien diría que todo vale si el mensaje es captado. La estética y la literatura es un asunto diferente, pero no ajeno. Todo escrito vale por su mensaje y su construcción, y en la medida en que los lectores aprecien, distingan y se sientan impresionados por la combinación exacta de ciertas palabras, entonces, hablamos ya de belleza, placer o estética, en suma, de literatura.

 

Fernando Carbajal (Lima, Perú) 

La patria común del español

La patria común del español

Gregorio Salvador, vicepresidente de la Real Academia de la Lengua, ofrece hoy una conferencia en el Instituto Leonés de Cultura dentro del ciclo de la Fundación Hullera Vasco Leonesa Académicos de la Española en León. En esta entrevista, el catedrático de Lengua Española habla acerca del futuro del español y del desarrollo de las lenguas vernáculas.

—Usted dijo en una ocasión que la función del idioma es entenderse, no crear identidades. ¿Cuál es entonces hoy en día la función de las lenguas vernáculas?

—Convertir el lenguaje en bandera es prescindir de él. Fíjese que la función del abanderado en las guerras era esgrimir la enseña para que las lanzas no pudieran tocarle. El valor de la lengua, para empezar, no siempre es el mismo, es mensurable. De ahí que idiomas internacionales como el español o el inglés no se utilicen como bandera.

[Extracto de una entrevista al vicepresidente de la RAE, publicada en El Diario de León.]

Resultaría difícil encontrar mejor introducción que esta para el artículo «La lengua, patria común. Política lingüística, política exterior y el posnacionalismo hispánico», del sociolingüista José del Valle , originalmente publicado en libro, y hoy ya en la red, a disposición de cualquier lector interesado en la actualidad de la planificación lingüística del español.

No podría resultar más llamativo el contraste entre estas y otras declaraciones anteriores del polémico académico, y el preciso y riguroso análisis que el profesor José del Valle realiza «de las políticas lingüísticas llevadas a cabo (o proyectadas) en España, de la estructura conceptual del nacionalismo lingüístico y de la presencia implícita de esta ideología en la actual promoción de una lengua trasnacional como el español».

Cabe matizar que la lectura de este artículo permitiría una visión más amplia, si cabe, de estos temas si se hubiera escrito tras la creación y puesta en marcha de la Fundéu, hoy una de las piezas clave de la política económico-lingüística española, de la conformación y extensión de un español global —necesario para el desarrollo del español como recurso económico y de la promoción del español en Estados Unidos—, y del traslado a los medios de comunicación de la tarea de difundir un modelo normativo unitario y ejemplar. Como decía Alberto Gómez Font, coordinador general de la Fundéu, en una ponencia reciente: «Hay que tener presente que los verdaderos maestros del español son los medios de comunicación, que se encargan de difundir los nuevos usos de la lengua; hasta tal punto es evidente ese papel de la prensa que la Real Academia Española, al redactar la última edición de su diccionario (22.ª, 2001), utilizó los textos de la prensa como referencia y les dio la misma importancia, o quizás más, que a los textos surgidos de las plumas de los grandes escritores».


El presidente de México veta el régimen de precio único del libro

En una nota anterior me referí a la promulgación en México de la nueva Ley de Fomento de la Lectura y el Libro, que instituía el régimen de precio único. Entonces hablaba de las bondades del régimen y señalaba como siguiente tarea superar dos obstáculos inmediatos: la centralización excesiva y problemas de distribución.

Pero en estos días el presidente Fox vetó la disposición del precio único (no toda la ley) basándose en una opinión de la Comisión Federal de Competencia, según la cual, para citar las palabras del director de la comisión, Eduardo Pérez Motta, «el esquema del precio único impediría a todos los participantes en el mercado de los libros ofrecer a los consumidores precios más bajos, aunque estuvieran en condiciones de hacerlo por operar eficientemente, debido a que esta práctica quedaría fuera de la ley». Hace un año, el 5 de octubre de 2005, la CFC ya había hecho pública su oposición, así que no es ninguna sorpresa su postura.En cambio, sí sorprende la metodología que siguió para fundar su opinión. Explica José Ángel Quintanilla, presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, que todo lo que hizo la comisión fue consultar en el sitio electrónico de Amazon el precio de dos libros en seis mercados, tres de precio único y tres de precio libre. Con esa «muestra», la comisión concluyó que el precio único aumenta el costo para los consumidores hasta treinta por ciento.

No es el único pecado de la Comisión Federal de Competencia. También pasó por alto la opinión casi unánime de libreros y editores, que viven a diario la concentración del mercado y que tienen que enfrentar la presión de las empresas más grandes por conseguir descuentos que nunca están al alcance de las librerías pequeñas, tanto las especializadas como las que atienden a lectores de ciudades alejadas o poco pobladas. Ignoró también la opinión de intelectuales cercanos al medio editorial. El resultado, como era de esperar, ha sido la reprobación general (para tres ejemplos accesibles, véase el artículo del periodista Fernando Escalante, que da un repaso al veto del presidente, la nota de la poeta Coral Bracho, en la que revisa el régimen del precio único en otros países y el comentario de Alberto Ruy Sánchez, sobre la debilidad de las explicaciones del presidente y sus consejeros).

Las editoriales y las librerías no compiten con precios, sino, por ejemplo, con su catálogo. En las situaciones ideales, compiten también en el terreno de la calidad y el cuidado editorial. El veto del régimen de precio único es una de esas equivocaciones bien intencionadas de las que es difícil retractarse. Por si fuera poco, México empieza estos días la transición del gobierno federal, de modo que no se avizoran cambios en varios meses. Llegará, sin embargo, la hora del arrepentimiento. Seguramente retomaremos el régimen de precio único y, con suerte, daremos otros pasos mejor encaminados. Esperemos que sea pronto.

Javier Dávila, ciudad de México