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Instituciones y políticas culturales y lingüísticas/Institucions i polítiques culturals i lingüístiques

25 476 escobazos

Quizá porque la Academia ha tenido en los últimos años una clara imagen de casposa —en su imagen pública predominaba reírse del güisqui y preguntarse con alharacas por qué no daba cobijo a tal o cual coloquialismo rabioso o anglicismo informático—, esta ha ido concediendo sus últimos sillones difuntos a articulistas que escriben con regularidad en la prensa dominical. Como en un modelo ejemplar de simbiosis, ellos se benefician del prestigio de la institución —raro prestigio el de lo rancio, pero que no da menos peso en las balanzas— para vender novelas o conferencias con faja y pedigrí; y a la insti, pues la prensa la critica un poco menos, siempre que acometa un lavado de imagen con su tantito de reconcome, o de atrición, si es que era ese el tecnicismo. Siempre que barra un poquito o al menos lo haga ver.

Yo entiendo que valía más mandar a la prensa a lavarse los calzones, que falta le hacía y le hace, y seguir siendo un maestro de vara, casposo, pero coherente y por ende respetable. Ahora ese ex maestro se parece más a aquellos deportistas que, de tanto no meter goles ni acertar con los reveses, se pasaban a vender implantes contra la calvicie. Caspa o bisoñé láser, yo vuelvo a quedarme con la caspa.

La cuestión de cómo debe ser un diccionario académico estaba resuelta por su misma historia: era un diccionario prescriptivo; no de uso, sino indicativo de lo que la Casa consideraba correcto. Es decir, válido para resolver dudas, para determinar soluciones, para vestirnos el disfraz de revolucionario y denunciar su falta de apertura a los nuevos tiempos, para planchar las hojas del herbario, para seguir usándolo al par que la obra maestra de doña Moliner, para recordar que (nos guste o no) la aristocracia está siempre vigente bajo una u otra forma, para caer mal como todo aquel que representa a la norma. Criticable, pero definido y, por tanto, útil. No hay fútbol sin árbitro y no hay justicia sin jueces, según prefieran la reflexión más lúdica o la más altisonante. Dejémoslo en una palabra: era la Autoridad.

Ahora su diccionario es un chiste, un árbitro vestido con la falda de lo políticamente correcto y un juez que hace votar a la sala si al reo habrá que condenarlo o mejor no. ¿Es exagerado lo que digo? Sí, claro que lo es. Pero como en el primer párrafo de la edición más reciente ya da vergüenza la desvergüenza de la docta Corporación, qué menos que el derecho a la pataleta. Veámoslo; así es como termina el párrafo inicial de su Preámbulo:

«Atenta a la evolución del uso, la Academia va revisando de continuo las entradas del Diccionario para prescindir de aquellas que han perdido vigencia y que, por su naturaleza, tienen mejor acomodo en el Diccionario histórico. De los 83 014 artículos registrados en la anterior edición han sido suprimidos, por ese u otros conceptos, 6008, al tiempo que de las 154 480 acepciones de lema se ha prescindido de 17 337, y de las 23 882 formas complejas se han eliminado 2131. Todo ese material queda, naturalmente, accesible para su consulta en el Nuevo tesoro lexicográfico editado por la Corporación.»

Solo señalaré tres cosas al respecto de estas frases de pulcra apariencia. La primera, la puñetera obsesión por hacerse con el prestigio —este sí de peso en oro— del diccionario de uso de María Moliner. La segunda, que ese Diccionario histórico sigue inédito y no hace precisamente poco que echó a andar, por ser lo menos mordaz posible con la desgraciada historia de un intento lexicográfico que murió sin ver la letra D y que no se espera reviva antes de 2019. La tercera, que la «natural accesibilidad» del Nuevo tesoro se limita a quien disponga de un ordenador más 196 € o una conexión estable a la red, algo que datos en mano no resulta de tan «fácil acceso» ni en toda España ni en toda América.

Pero mi sorpresa es en el fondo más sencilla: ¿Tanto molestaban los arcaísmos en quien no obstante sigue definiendo el mundo con términos que en paz descansen: «mujer de su casa. La que con diligencia se ocupa de los quehaceres domésticos y cuida de su hacienda y familia»? ¿Es de veras preciso barrer —y haciendo gala y matemática de los escobazos— las voces desusadas, las que ha dejado atrás la técnica, las que eran vida cotidiana de quienes hablaban nuestra misma lengua hace trescientos años? ¿No es más sencillo precisar su carácter de tal arcaísmo o, a poder ser, los siglos de vigencia de la acepción?

Para responder a eso, veamos cómo lo resuelven otros diccionarios. Cuando uno quiere saber qué significa copesmate en el verso de Shakespeare «Misshapen time, copesmate of ugly Night», es probable que un anglohablante no baste para sacarnos de la duda; la voz ha perdido su vigencia. Pero puede consultar el Webster’s, que le indicará bien: «socio, amigo, compañero [Obs.]» Es voz obsoleta; sabe que cuando hagas amigos en inglés, no les podrás llamar copesmate sin que te miren raro. El diccionario cumple su doble función sin más problema: resuelve la duda y precisa la vigencia de la acepción. Naturalmente, también podemos consultar el Shakespeare Glossary de C. T. Onions, accesible en cualquier biblioteca filológica; pero ¿eso es razón para omitir la entrada del Webster’s?

El New Shorter Oxford Dictionary lleva la precisión al extremo, sin necesidad de barrer: copesmate es una variante extinta de copemate, que surgió a mediados del siglo XVI y, en sus diversas acepciones, tuvo vigencia hasta no más allá de mediados del XVIII. ¿Es un mal modelo el New Shorter para una Real Academia?

Lo mismo ocurre si queremos saber qué es la Allongeperücke que lleva el barón Hüpfenstich en uno de los relatos de Brentano. El Wahrig —un diccionario que se encuentra en cualquier librería alemana— nos explica sin más que es una peluca con rizos largos, propia de los siglos XVII y XVIII. Te digo lo que es y, de paso, que la pedirías en vano en una pelu.

Y es que hay mil formas de advertir al lector que la palabra está anticuada, es desusada o arcaica, es decimonónica, ilustrada, áurea, barroca, renacentista o incluso bajomedieval; que pertenece a la historia pasada; que, sencillamente, ya no se usa o no en ese sentido. ¿Qué diccionario español al alcance real de todos los lectores cumple hoy ese cometido? Si la respuesta es «ninguno», ¿a qué privar de esa función al de la Academia, cuando bastaba con añadir a la entrada una breve explicación o una abreviatura, y eso sí se podía haber expuesto entre sus méritos?

Gonzalo García (Moratalla, Murcia, España)

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Tercera parte: La región rioplatense, nuevo centro de estandarización

[Viene de aquí.]

Una más que suficiente razón sociohistórica para ilustrar por qué la región rioplatense merece ser un nuevo centro de estandarización del idioma español: más de un tercio de su población tiene origen italiano.

En 1825, año de la independencia nacional, Uruguay contaba con una población predominantemente rural; cerca de 74 000 habitantes. En su capital y principal puerto, Montevideo, vivía casi el 20 % del total de su población, de los cuales poco más de un 3 % eran esclavos africanos o sus descendientes. La acentuada política de fomento inmigratorio multiplicó la población por 32 veces. Desde ese año 1825 hasta la década de 1950 llegaron grandes masas de inmigrantes. Provenían de empobrecidas regiones rurales españolas (mayoritariamente de Galicia) e italianas (Nápoles y Génova, entre otras). A su llegada, la tierra estaba monopolizada por pocos propietarios, un resultado de los tiempos coloniales. Al no encontrar aquí las tierras a las que no podían acceder en sus países, se vieron obligados a vincularse a los centros urbanos y a las actividades portuarias, nutriendo el proletariado incipiente. Este proceso de formación de la nueva población fue casi idéntico al que se dio en la Argentina. Las sociedades platenses se distinguen así del resto de las americanas, donde los modelos hispánicos y las huellas de las culturas indígenas han dejado una impronta más notoria. La gran mayoría de los individuos con apellidos italianos pertenecen a familias con arraigo en la región de hasta ocho o diez generaciones precedentes. Tan importante y notoria presencia italiana en las sociedades platenses dejó profundas marcas en su cultura popular, al punto que los elementos que han venido a distinguirla se perciben generalmente como originarios de estos sitios y no como adaptaciones de aquellos modelos.

Un indicio del origen étnico de los uruguayos lo da el estudio hecho en 1992 por Ricardo Goldaracena (Con nombre y apellido. Una historia de cómo se llama la gente): un 43 % de los uruguayos tiene un primer apellido de origen español; un 38 %, lo tiene de procedencia italiana, y los de otros orígenes presentan porcentajes mínimos.

Actualmente, las influencias italianas, que han incidido sobre la cultura ibérica básica, se perciben en muchos de sus valores éticos, familiares, religiosos y artísticos: en el lenguaje —literario y coloquial—, en la gesticulación que lo acompaña, en las formas de trato, en la música popular y en las letras de sus canciones, en los hábitos culinarios, etc. En el lenguaje callejero y doméstico —en particular en el lunfardo, originario de la jerga carcelaria— se daban formas dialectales propias del xeneise y del napolitano. En el idioma español también se introdujeron los italianismos sintácticos y modalidades de pronunciación que se alejan del español de España o de otras partes de América. Los hábitos culinarios son un ejemplo de este legado italiano: en las mesas de Uruguay y Argentina abundan las pastas. Las milanesas, entre otros platos, son tan populares que se cree que han sido inventadas en la región. De Nápoles nos llegó la pizza, la mozzarella, la figazza, el calzone; de Génova, el fainá; del Piamonte, la Lombardía y el Véneto, la polenta; de los Apeninos, la buseca y la minestra; de la llanura del Po, el risotto; de Milán, el ossobuco. También hemos integrado la salsa bolognesa, varios fiambres (el salami), vinos (los chiantis, el marsala) y los panes (pan dulce). A estas comidas continuamos llamándolas con sus nombres italianos originales, aunque transcriptos a las reglas de la pronunciación española rioplatense y con la grafía de esa lengua: ravioli: ravioles, gnocchi: ñoquis, tagliarini: tallarines. La gran pasión lúdica, la quiniela, es de origen italiano; en el aspecto religioso, san Cono es uno de los santos más convocados; también se han adoptado muchas supersticiones (la yeta, la mufa, el mal de ojo). En la música arraigó el tango, con las letras de sus canciones que remiten a la guappería napolitana.

En los años transcurridos, la sociedad rioplatense ha cambiado mucho, el ascenso social que se les restringió a los inmigrantes que buscaban «hacer la América» fue posible para sus descendientes porque, en los inicios del siglo XX, los países del Plata ofrecían un amplio y gratuito sistema de educación generalizada: carreras universitarias y profesiones liberales. El proceso de adaptación de un inmigrante puede ser visto como un continuum: separación-integración-asimilación-identificación. La gran mayoría de los inmigrantes forman de inmediato el camino de la integración al procurarse medios de vida y de trabajo, relacionándose con individuos distintos a los de su propio origen. Asimismo, necesitan adquirir rudimentos de la lengua del lugar y así alcanzan la asimilación. En las generaciones sucesivas lograrán la identificación. Al encontrar en el Río de la Plata un ambiente cultural similar al propio, imposibilitado el retorno —por distintos factores— y dados los valores compartidos con la cultura hispanocriolla, se produjo una asimilación rápida y profunda de los inmigrantes italianos.

Estos conceptos fueron extraídos de la conferencia del antropólogo uruguayo Renzo Pi Hugarte: Elementos de la cultura italiana en la cultura del Uruguay (Universidad de Bolonia, 2001).

Para finalizar, debo destacar que desde la década de 1970 el proceso se ha invertido: hemos dejado de ser una «sociedad aluvional» o un país con «legado de inmigrantes» para pasar a ser un «país de emigración» más.

Otra de las razones etnohistóricas que corroboran la necesidad de un centro de estandarización lingüística rioplatense se determina en los componentes indígenas y africanos que conforman la identidad regional, si bien estos valores son cuantitativamente menores y no resultan decisivos a la hora de la propuesta que nos ocupa.

[Seguirá en: «Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas): Conclusiones».]

Pilar Chargoñia, correctora de estilo. Montevideo, Uruguay. valchar@adinet.com.uy

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Segunda parte: Relación entre planificación lingüística y contexto sociohistórico

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Segunda parte: Relación entre planificación lingüística y contexto sociohistórico [Viene de aquí.]

La política lingüística del Estado uruguayo mantiene el típico carácter homogeneizador de los estados nacionales. El país tampoco ha sido ajeno al purismo lingüístico que sostiene ideológicamente el idioma español estándar y que se manifiesta discursiva y planificadamente.

En 1877, la Ley de Educación Común propuso la enseñanza del idioma español en todas las escuelas, a pesar de la existencia de grupos lingüísticos no hispanohablantes. El idioma portugués, en la frontera con Brasil, siguió vital y dio lugar a la formación de la variedad dialectal del portuñol, a pesar de los esfuerzos de la ley en sentido contrario. Entre los grupos migratorios (italianos, gallegos, armenios, rusos, vascos, griegos, etc.), en cambio, la planificación sí fue eficaz porque, entre otras razones, ya estaban en franco retroceso.

Durante la dictadura militar (1973 a 1985) recrudeció el discurso prescriptivo xenófobo y purista, dándose sustancialmente sobre el léxico y la gramática. La planificación, desarrollada sobre todo durante el año 1979, apuntó a defender al idioma español de la «amenaza» del portugués, por un lado, y, por otro, a preservar su «pureza» frente a la «contaminación» de expresiones «incorrectas». El Ministerio de Educación y Cultura, las Inspecciones Docentes y el Consejo Nacional de Educación, por medio de la prensa, la radio y la televisión, se propusieron aumentar las horas dedicadas a la enseñanza del idioma español y limitar la influencia de la radio y televisión brasileñas. En los discursos contra el portugués se utilizaron términos y conceptos negativos: amenaza, lucha, combate, guerra sin cuartel, barrera defensiva, contra el portugués... Por el contrario, el discurso de la campaña purista dirigida a fomentar «el buen uso del idioma» —reflejo de la ideología propia de una lengua estándar— acentuaba la función unificadora del idioma español con conceptos positivos: lengua como pilar de la soberanía y la unidad nacional; lengua de la libertad, del heroísmo y del amor...

El purismo lingüístico se ha dado en momentos históricos particulares, para defender, demarcar y proteger aquello que constituye lo propio. Campañas de este tipo buscan unificar a la comunidad en torno a valores de una lengua común, a la que se exalta desmedida e incondicionalmente. La información se presentaba a la manera típica de los actos correctivos: expresión incorrecta seguida del uso correcto y su fundamentación, luego la firma del agente planificador por excelencia (el poder y la decisión estatales), cerrando con un eslogan de carácter nacionalista (buen uso del idioma = cultura + valores).

La prescripción léxica se dio en dos direcciones: los extranjerismos y los vulgarismos, estigmatizando tanto lo foráneo como lo inculto. A nivel fónico, donde las diferencias sociolectales que señalan a un individuo se perciben más, sin embargo, casi no caben prescripciones: la estandarización es exitosa sobre la lengua escrita, es allí donde están sus referentes.

Los objetivos últimos de una planificación no son solo lingüísticos sino también políticos, sociales, identitarios, etc. El concepto problema lingüístico suele referirse al lenguaje como cultura y comportamiento social, por lo que las soluciones lingüísticas propuestas forman parte de objetivos más amplios. Cuando la norma prescriptiva entra en conflicto con la norma social, aquella es rechazada por la comunidad y por tanto pierde credibilidad. En la práctica, el mejoramiento en el uso del lenguaje resulta mínimo. Estas campañas idiomáticas tienen, por tanto, una función solo simbólica: la comunidad preserva su lengua, lengua como patrimonio de nacionalidad, preocupación institucional paternalista...

El objetivo primordial, para el Gobierno de aquel período nacional, fue la afirmación de la autoridad: planificación lingüística y planificación de identidad son conceptos relacionados; actuando en una se incide sobre la otra, y viceversa.

Otro intento menor de campaña purista se dio en el año 1999. Desde el Ministerio de Educación y Cultura se propuso la defensa idiomática frente a las «malas palabras» empleadas en un programa televisivo argentino. La reacción del público y autoridades no se hizo esperar, manifestando su descontento. La Academia Nacional de Letras adoptó una actitud crecientemente cautelosa, que impidió al Ministerio implementar su campaña.

Estos conceptos han sido extraídos de Política lingüística en el Uruguay: las campañas de defensa de la lengua (2005), de la sociolingüista Graciela Barrios (Universidad de la República, Uruguay) y la socióloga Leticia Pugliese (Universidad de la República, Uruguay).

[Sigue en: «Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Tercera parte: La región rioplatense, un nuevo centro de estandarización».]

Pilar Chargoñia, correctora de estilo. Montevideo, Uruguay, valchar@adinet.com.uy

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Primera parte: ¿Prescripción o descripción?

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Primera parte: ¿Prescripción o descripción? La Academia Nacional de Letras uruguaya fue fundada en 1943 para, como toda Academia, promover el mejor uso del idioma español a través de la investigación, la enseñanza y el asesoramiento lingüístico. En la misma época de su fundación, la lingüística moderna concluía afirmando que cualquier lengua servía para expresar cualquier contenido, que no existían diferencias entre las lenguas, ya que todas eran aptas como continentes de la cultura en la que habían surgido y se habían desarrollado. Un concepto tan drástico como este promovió, en la década de 1950, la contemporización de que si bien no hay lenguas mejor o más perfectas que otras, sí hay diferencias dentro del contexto social. Y si hay «diferencias sociales», y de otro tipo, entre lenguas, entonces hay conflicto. Y si hay conflicto es que hay desigualdades, y estas desigualdades deberían minimizarse con la planificación lingüística. La planificación lingüística puede darse sobre el corpus de la lengua o sobre su estatus; o, dicho de otro modo, sobre el aspecto formal de la lengua o sobre su relación con los agentes sociales. Al condenar un uso determinado, por ejemplo, la Academia está incidiendo sobre el corpus de la lengua; al emitir opinión y aprobar acciones concretas sobre la situación del idioma español en la frontera uruguaya con Brasil, está planificando sobre el estatus.

¿Realmente se puede planificar el lenguaje? La respuesta no es fácil. Digamos que el lenguaje admite ser modificado desde fuera porque, privilegiado instrumento de comunicación que pertenece a un tiempo y un lugar determinados, es variable por causa de su contingencia humana. Esta variable social es la que permitiría (atención al condicional) que la lengua pudiera sujetarse a normas o planificarse. Estas planificaciones crearían un «ideal de lengua». El resultado de este proceso de planificación será la lengua estándar. Toda lengua estándar cuenta con tres herramientas elementales: una gramática, un diccionario y un atlas lingüístico. La gramática elige los elementos formales que le parecen mejores e implícitamente condena al resto; lo mismo hace el diccionario, con el léxico, y el atlas lingüístico muestra las variaciones geográficas de la lengua (geolingüística). A su vez, este lenguaje estándar, resultado de un proceso de planificación básico cimentado en la gramática, el diccionario y el atlas, adopta los cambios inherentes a su contexto social. La sociolingüística opone estas lenguas a las que carecen de historicidad, estandarización, vitalidad y homogeneidad. Las funciones más importantes de una lengua estándar son las de unificar (servir de lazo de unión entre sus hablantes y por tanto forjar una identidad común), separar (establecer diferencias aislando a los usuarios de una lengua con respecto a los de otra), prestigiar (conferir estatus de prestigio a unas lenguas en detrimento de otras que no vivieron este proceso) y servir de marco de referencia (al contener una norma codificada en la cual contrastar usos particulares).

El idioma español de España, desde la Real Academia Española, cumple estas funciones para los países hispanoamericanos. Pero... la situación americana es muy rica y compleja, debido a la difusión del idioma en su gran extensión geográfica y a sus más de 300 millones de usuarios. Por esta razón es que hoy día la estandarización no puede funcionar con tan solo un centro de irradiación. En este sentido, el Río de la Plata debería ser otro de esos centros de estandarización. El panhispanismo, la fusión del trabajo en común entre la Real Academia Española y la Academia Americana de la Lengua, ya lo tiene más claro. El resultado, desde la Real Academia Española, es la evolución hacia un carácter cada vez más descriptivo de su gramática, diccionario y atlas. Asimismo, incluye la aceptación creciente de autores hispanoamericanos en sus ejemplos de uso de la lengua.

Exagerando la dicotomía, podemos expresar que mientras los lingüistas aceptan los usos de los hablantes, los académicos se rigen por las normas. Entre estos extremos está el equilibrio: la autoridad es necesaria, sobre todo en el lenguaje escrito que se toma como modelo en la educación, pero las variaciones de las lenguas no deben desconocerse.

La prescripción, por tanto, no emana de las academias sino de los usos cultos del lenguaje, tanto oral como escrito. O dicho de otro modo —idea presente ya en Andrés Bello—, las academias, oscilando en la disyuntiva entre descripción y prescripción, deberán documentar las prescripciones tomando en cuenta la descripción del uso. La Escuela de Praga, a mediados del siglo XX, introduce dos conceptos plenos de contenido en este sentido: intelectualización y estabilidad flexible.

La que suscribe piensa, pobrecita ella, que estos cambios hacia otro centro de estandarización rioplatense van muy lentos. Pero este es un comentario recalcitrantemente subjetivo; por ahora, aquí quedan estas ideas, basadas en el discurso de ingreso del lingüista Adolfo Elizaincín a la Academia Nacional de Letras del Uruguay, en Montevideo, agosto del 2003.

[Sigue en: « Políticas lingüísticas de las Academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas). Parte II: La relación entre la planificación lingüística y el contexto sociohistórico uruguayo».]


Pilar Chargoñia, correctora de estilo. Montevideo, Uruguay

valchar@adinet.com.uy

Sombras del «panhispanismo»

Por qué las connotaciones históricas del término panhispanismo despiertan suspicacias sobre la nueva política panhispánica de las academias de la lengua y desaconsejan el empleo de palabras afines.

1. Sobre el significado histórico de panhispanismo y su filiación ideológica:

Fernando Ortiz: «El panhispanismo», en: La Reconquista de América. Reflexiones sobre el panhispanismo, París: Librería de Paul Ollendorf, p. 5. (Citado en Mely del Rosario González Aróstegui: «Fernando Ortiz y la polémica del panhispanismo y el panamericanismo en los albores del siglo XX en Cuba», Revista de Hispanismo Filosófico, vol. 8):

El panhispanismo [...] significa la unión de todos los países de habla cervantina no sólo para lograr una íntima compenetración intelectual, sino para, también, conseguir una fuerte alianza económica, una especie de zollverein (asociación), con toda la trascendencia política que ese estado de cosas produciría para los países unidos y en especial para España, que realizaría así su misión tutelar sobre los pueblos americanos de ella nacidos.

Antonio Teodoro Reguera Rodríguez: «Fascismo y geopolítica en España», Cuadernos Críticos de Geografía Humana, año xvi, núm. 94, julio de 1991:

Si [a principios de los años cuarenta del siglo xx] España había tenido un pasado imperial que la elevó a la categoría de “gran entidad geopolítica del Universo”, si conservaba revalorizada una situación geofísica óptima, si estaba implantando un nuevo régimen que imponía la uniformidad del sistema político sobre todos los pueblos peninsulares —incluido Portugal por similitud de regímenes— y era filial de otros que estaban adueñándose de Europa, y si el crecimiento demográfico era un reflejo de la potencialidad biológica del pueblo y del estado, entonces cabía pensar en una nueva versión de una Hispanidad floreciente llamada a cumplir misiones históricas, tal y como se había señalado con insistencia desde la Falange. Estos son precisamente los argumentos que recoge J. Vicens Vives en su tesis del panhispanismo, concluyendo así su obra España. Geopolítica del Estado y del Imperio.

Con el mismo carácter de síntesis que en esta obra, fueron reproducidas las claves de este movimiento panhispanista en la revista italiana Geopolitica, con el título de “Panispanismo”. En una breve presentación que hace la revista se valora esta obra de J. Vicens Vives como “síntesis del pensamiento geopolítico de los geógrafos de la nueva España” (Vicens Vives, 1940b,p. 295). Como tal movimiento de unificación, el panhispanismo apela a la idea de Imperio para extender los valores de la Hispanidad y con ellos la presencia de España en su mundo. Ahora bien, ¿de qué idea imperial se trata? Aquí es donde salen a flote las aspiraciones y las limitaciones, porque J. Vicens Vives habla de Imperio en el sentido clásico y mediterráneo; es decir, el Imperio puede o no ser territorial, ya que se define por el “predominio del espíritu y no de la economía, y en el que la unidad se logra a través de afinidades morales y no por la opresión material”. Los elementos geopolíticos que impulsarían este movimiento de unificación serían, en palabras de J. Vicens Vives, el idioma y la raza, teniendo así el panhispanismo “sólidos puntos de arranque en la Biología y en la Historia”. En términos geográficos, el movimiento de unificación panhispanista debería proyectarse preferentemente hacia América del Sur, “tierras y paisajes de epopeya donde la Hispanidad ha de cumplir de nuevo una misión histórica”. El criollismo y el panhispanismo —sigue señalando J. Vicens Vives en el último capítulo de su obra— habrían de ser los factores de la nueva estructuración del equilibrio americano, reconstruido sobre la base de que el Centro y el Sur de América se emanciparan del “imperialismo del dotar”, protegido por la Secretaría de Estado de los Estados Unidos al garantizar los intereses de las grandes empresas norteamericanas en toda la zona. [...] En la apoteosis final del panhispanismo sentencia J. Vicens Vives—, España no ha de limitarse a ser la cabeza de puente de América y África en Europa, sino que “ha recabar para sí sola, exclusivamente, el honor y la gloria de estructurar la Hispanidad en el Universo” (Vicens Vives, 1940, p. 211). Desde el momento que el panhispanismo no incluye en sus actitudes las reivindicaciones territoriales como cuestión esencial, marca unas diferencias apreciables con otro de los movimientos más conocidos de la misma familia, el pangermanismo. Sin embargo, algo hay que los une en una relación que podría ser de hermandad o de filiación: los principios. Si el idioma y la raza eran las energías geopolíticas que impulsaban el movimiento de unificación panhispanista, según J. Vicens Vives, el objetivo del pangermanismo de agitar el sentimiento nacional alemán se apoyaba en los parentescos raciales y culturales de todos los germanos. Y aun —lo comprobaremos mas adelante— las vinculaciones entre ambos serán más estrechas cuando, para “purificar” las Hispanidad, se hagan algunas propuestas xenófobas.

2. Sobre los peligros del actual panhispanismo académico:

Victoriano Colodrón Denis: «La lengua española veranea en Santander. (Crónica de dos cursos en el Palacio de la Magdalena)», Cuaderno de Lengua: crónicas personales del idioma español, núm. 40, 25 de julio de 2005, Majadahonda (Madrid):

En los últimos años del siglo —explicó el experto en enseñanza del español [Francisco Moreno], ahora en la Universidad de Alcalá— ha irrumpido con fuerza la visión panhispánica del idioma, fundada en tres realidades: la lengua española se siente “como una” en todo el mundo hispánico; no existen graves rechazos por los hablantes de las variedades del español distintas de la propia; y hay una tendencia clara a la homogeneización gracias a los medios de comunicación social. Este panhispanismo es el que inspira la nueva política lingüística de las academias de la lengua, que tuvo su primer fruto en la Ortografía de 1999, continuó con la edición del diccionario de 2001 y pronto mostrará nuevos resultados, como el esperado Diccionario panhispánico de dudas. Francisco Moreno concluyó su charla alertando de los riesgos del panhispanismo: en primer lugar, el empobrecimiento de la lengua, por la posible tendencia a una excesiva uniformización en desmedro de la diversidad; y en segundo lugar, las tentaciones “neoimperialistas” que pueden acompañar a este nuevo modelo de política lingüística (o la sola percepción en algunos países de su existencia, aunque sea una percepción equivocada, es decir, la preferencia de una “unanimidad mal entendida” en lugar de unas “mayorías consensuadas”).

Jaime Otero: «Los argumentos económicos de la lengua española», ARI, núm. 42/2005, 31/3/2005, Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos:

Seguramente es España, entre los países hispanohablantes, el que está en mejores condiciones de obtener provecho económico de la difusión del español, por su capacidad productiva, por el desarrollo de sus industrias culturales, por su posición geográfica intermediaria entre continentes y por un cierto prestigio cultural que conserva entre las naciones de habla hispana. De un modo quizá parecido al de Irlanda, el mayor crecimiento relativo de España en Europa podría relacionarse no sólo con las ayudas comunitarias o los beneficios de una política monetaria favorable, sino también con la pertenencia a una gran área lingüística y cultural que ha favorecido el progreso de algunas de las industrias más dinámicas de la economía dentro del sector de los servicios.

De hecho, los esfuerzos oficiales que se han invertido tanto en la cohesión interna de la lengua como en su promoción internacional —Asociación de Academias, Instituto Cervantes, Congresos de la Lengua— han tenido un marcado protagonismo español, que no se ha producido sin recelos por parte de otros países hispanohablantes. No deja de ser cierto que para los sucesivos gobiernos españoles, la defensa del idioma no ha sido sólo una apuesta comercial, o no principalmente, sino que es sobre todo una cuestión de interés nacional, una causa “que dista de ser estética, y llega a ser decididamente política”, como argumentaba Fernando Lázaro Carreter en la apertura del Congreso de Sevilla.

Si de la comunidad lingüística y de la difusión internacional del español puede España sacar partido político y ganar influencia en el mundo, es asunto de otro debate. En cualquier caso, es claro que, político o económico, el español no es asunto exclusivo de España, donde vive apenas uno de cada diez hispanohablantes, y ni siquiera de los países donde es la lengua oficial o mayoritaria. El mundo de la empresa es libre y en torno a la industria del español se han creado intereses en todos aquellos países donde su enseñanza ha alcanzado cierta difusión. Son pocas las multinacionales de la edición, de la comunicación o de la producción de contenidos culturales que no hayan entrado de un modo u otro en el mercado hispano. Así lo han comprendido autoridades y empresarios españoles, y la misma conciencia ha empezado a extenderse por los principales países hispanohablantes, o al menos esa parece ser la intención de los itinerantes Congresos de la Lengua. [...]

El lema del Congreso de Rosario ha sido identidad lingüística y globalización. El presidente de la Academia Argentina de Letras declaró que los debates del congreso buscarían la integración de dos objetivos: la adaptación de la lengua a los cambios globales sin perder su unidad comunicativa, y el respeto a sus “sustratos aborígenes” y a las distintas expresiones literarias. Una palabra clave en Rosario fue plural. Los hispanohablantes desean verse como una comunidad lingüística en la que caben una amplia variedad de lenguas y culturas. Como dijo el profesor Julio Ortega, de la Universidad de Brown, el español es lo que el quechua y el catalán, el nahuatl y el gallego tienen en común. [...] Trece años después del Congreso cero, en Sevilla, el español sigue teniendo buenas perspectivas, pero también presenta algunas sombras. Los países hispanohablantes tienen en conjunto un índice de desarrollo humano (renta, esperanza de vida y nivel educativo) medio alto, pero aún padecen graves desigualdades sociales y obstáculos institucionales al desarrollo. En muchos países hispanohablantes crece la conciencia del peso internacional de la lengua, y con ella también los esfuerzos por hacer compatibles el aumento de los niveles educativos y de integración social con el respeto a las culturas minoritarias.

 

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Me ha parecido necesario, vistas algunas respuestas a la nota humorística precedente «¡ELE! Uzea, ejpañó pa lo’tranjero. (“Opá, yo vi jazé un negozio”)», comentar con más detenimiento su contenido, sin duda diluido por el tono y la dispersión de la información.

Como profesional de la lengua española y de la edición, hace tiempo que me interesa analizar el escollo que supone la variedad lingüística del español a quienes explotan el ERE (español como recurso económico).

Nótese que cuando hablo de español como recurso económico me refiero básicamente a:

* Servicios lingüísticos: planificación lingüística, servicios lexicográficos, documentación, terminología y traducción.

* Enseñanza de español para extranjeros.

* Sector editorial.

* Medios de comunicación.

* Productos editoriales para la enseñanza del español.

* Tecnologías de la lengua.

* Audiovisual.

* Música.

Y cuando hablo de escollo me refiero a los esfuerzos de localización de estos productos que obliga a realizar la demanda de los consumidores o de los estudiantes extranjeros de español en cada lugar.

Estos esfuerzos de adecuación lingüístico-cultural al consumidor suponen al productor no sólo una mayor inversión de recursos, sino —lo que es más grave en un mundo globalizado— la imposibilidad de crear empresas transnacionales con mercados amplios.

Para superar este inconveniente se están poniendo en marcha ciertas iniciativas encaminadas a crear acuerdos iberoamericanos que permitan desarrollar estándares de diversa índole. En el ámbito de la enseñanza del español a extranjeros y la edición de materiales educativos se han dado los primeros pasos para crear un sistema de certificación internacional del español. Según palabras de Jaime Otero, del Real Instituto Elcano, «Los sistemas de certificación de las competencias lingüísticas tienen una gran importancia no sólo por sus repercusiones económicas en el caso de aquellos idiomas que dan lugar a una industria de la enseñanza de lengua extranjera, sino también como elemento esencial de política lingüística, al contribuir a codificar una variedad común que permite mantener la función comunicativa del idioma y por tanto la unidad lingüística». Sin embargo, de momento, su desarrollo parece centrarse sólo en criterios de evaluación de contenidos y gestión de las acreditaciones, pero no en lo que resultaría primordial: decidir qué lengua enseña y evalúa este sistema unitario.

Aunque se ha puesto en evidencia la conveniencia de enseñar un modelo unitario de lengua, en referencia a los que se usan en la enseñanza a extranjeros de otras lenguas (francés e inglés), y se han hecho propuestas para conjugar las diversas variantes del español en el aula de ELE, decidir qué español enseñar es una labor que topa con múltiples suspicacias nacionales, infraestructuras económicas preexistentes e intereses institucionales, y que resulta tremendamente difícil de abordar. Veamos sólo algunos:

1. De forma general, reticencia de los propios hablantes/consumidores a aceptar una variante estándar, que ven como una artificio extraño e impuesto y un desplazamiento intolerable de su variante natural.

2. Particularmente, en el caso de los estudiantes extranjeros de español, necesidad de aprender un español que les permita tanto comunicarse internacionalmente como desenvolverse en el país hispanoamericano donde aprenden español y residen. (Una necesidad muy difícil de cubrir, por cierto.)

3. Desarrollo, en los países señera de la cultura española (Argentina y México, en especial) de sus propios planes y certificaciones de enseñanza de ELE. Las respuestas, por parte de las instituciones argentinas dedicadas a la enseñanza del español, al sistema internacional de certificación de ELE propuesto por el Instituto Cervantes en el Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en el 2004 en Rosario han sido muy cautas y muy exigentes. Seguramente no quieren perder así como así la buena posición que les deparan sus acuerdos con Brasil, y en un futuro con Paraguay y Uruguay. Tampoco quieren —y razones fundamentadas tienen para ello— que un sistema internacional de certificación suponga la imposición de un modelo ajeno a la diversidad lingüística del español de América y de las lenguas de Hispanoamérica.

(Subterráneamente, sigue cociendo el caldo de cultivo del rechazo y la crítica abierta al nuevo imperialismo económico de España en América, a la hegemonía del español como lengua única (en España o en América), al modelo de norma española basado en la lengua culta castellana, a la supeditación de las academias americanas de la lengua a las directrices españolas, y al panhispanismo que exhibe la RAE.)

4. Creación, paralela a la propuesta del sistema internacional y único de certificación de ELE (que supuestamente implicaría un modelo de lengua común), de todo tipo de instituciones internacionales de estudio de la lengua española y centros de referencia mundial de ELE en Castilla-León, La Rioja comunidad cuyo presidente integra el patronato de la Fundéu, junto al presidente del Instituto Cervantes, entre otras autoridades relacionadas con la políitica lingüístico-cultural de España y Cantabria (España). En estos centros, que cuentan con el apoyo de miembros destacados de la cúpula académica española e hispanoamericana, se vende el castellano como modelo de prestigio en la enseñanza de ELE.

Estas son las instituciones y centros aludidos:

* El Centro Internacional de Investigación de la Lengua Castellana (CIILE) en San Millán de la Cogolla (La Rioja).

* El Centro Internacional de Estudios Superiores del Español (CIESE) de Comillas (Cantabria, España), cuya papel en la proyección del español y la cultura española en los EUA empieza a evidenciarse.

* La Fundación de la Lengua Española (Castilla-León, España).

* El Plan del Español para Extranjeros de Castilla y León (España), cuyo objetivo es convertir esta comunidad en referente mundial en la enseñanza y la defensa del español.

* El Instituto Castellano y Leonés de la Lengua (España) y sus cursos de español de negocios para extranjeros.

* La amplísima oferta de la Universidad de La Rioja (cuna del español) de cursos, posgrados y maestrías virtuales de formación de expertos en didáctica del español para extranjeros.

5. Aparente renuencia de la RAE a elaborar un modelo estándar de lengua, que sin duda la haría muy impopular en América. Hay que decir que, como estándar, serviría la lengua culta (modelo de lengua normativa), en concreto una lengua culta hispánica general. La RAE (y las academias asociadas), como única autoridad lingüística con capacidad prescriptiva, podría aplicarse a la labor de establecer esa norma común si no fuera porque los académicos han dejado completamente de lado su labor normativizadora. La obra académica reciente ya no prescribe (el prescriptivismo ya no se lleva), sino que recomienda (lo que significa dejar la lengua al libre albedrío de cada hablante); por si fuera poco, se contradice a sí misma, y no establece criterios claros de adaptación o grafía de extranjerismos.

En cuanto a los textos académicos básicos, la ortografía, que Lázaro Carreter consideraba garantía de la unidad de la lengua, es, a decir de muchos, lamentable, y aún no hay nueva gramática.

Por lo que se refiere a la necesaria labor de regulación terminológica pendiente, apenas se ha puesto en marcha el trabajo en lenguas de especialidad, que de momento sólo desarrolla en España el organismo catalán Termcat. Hoy por hoy, la RAE ha centrado su tarea lexicográfica en la compilación de unos usos que no acaba de regular.

Eso sí, cualquier paso que dé la Real Academia Española, cualquier presencia académica (o real) en los medios aparece siempre encabezada por una política panhispánica de unidad en la diversidad de resultados lingüísticos poco tangibles —si no hay norma unitaria, no hay lengua común y no hay, por tanto, unidad— y de dudosos fines, que proyecta no pocas sombras, pero que resulta muy útil para guardar las formas en cuanto a corrección política, en una época en que el negocio del español precisa la aplicación de una cuidada estrategia diplomática dentro y fuera de España .

Precisamente —siendo esta una bitácora de correctores y editores de texto— esa dejación tan jipi de la labor normativa de la RAE («Dejemos que la lengua fluya») no sólo tienen parte de responsabilidad en la caída en desgracia de la tarea de corrección lingüística siendo como es sumamente necesaria por muchas razones que en otra ocasión comentaré, sino que pone en entredicho la necesidad misma de una academia de la lengua.

Silvia Senz (Sabadell, Cataluña, España)

(Artículos relacionados:

«Norma, libros de estilo, cultura escrita y monopolios lingüísticos»

«Sombras del “panhispanismo”»

 

«El expolio del oro de las palabras. La rebelión brasileña contra los corsarios del idioma, y otros acontecimientos de la mercantilización del español, a pie de página»)

De premios, entrevistas y palabras

De premios, entrevistas y palabras

Víctor García de la Concha recibió un nuevo premio, esta vez el Emilio Castelar por su labor en la «unificación del castellano –como lengua viva– en ambas orillas del océano», de lo que podría deducirse que el español estaba necesitado de esa «unificación» a ambos lados del ¿único océano existente en este planeta?

Ya sabemos que las entrevistas tienen el don de la inmediatez y padecen de los avatares de la transcripción, pero los textos impresos están y en ellos se basan estos comentarios que tienen en cuenta la insigne procedencia de las declaraciones y el cargo que ocupa el entrevistado.

La entrevista fue publicada el miércoles 1 de febrero de 2006 en el Diario de Cádiz.

Nos dice el director de la Real Academia Española:

Bueno, por ahí comienza mi discurso, recordando una frase de Steiner, en la que se dice que San Juan afirma: «En el principio era la palabra», pero no nos dice que ése era el final. Vivimos en una civilización preferentemente visual y audiovisual, y ello afecta en buena medida al empobrecimiento de los modos de hablar.

Diría yo que el empobrecimiento procede menos de lo «visual y audiovisual» y más de un arrinconamiento de lo poético en un sentido amplio, pues la poesía, según fray Luis de León (recordado por Ángel Valente en La experiencia abisal) nos había sido dada «para que las palabras y las cosas fuesen conformes».

Pero el señor García de la Concha continúa:

Y por tanto merece la pena reflexionar qué función tiene la palabra. Efectivamente, en el principio fue la palabra y la palabra fue creadora. Y la palabra nace como necesidad de comunicación, pero también es la que da sentido a las cosas. Antes de que el primer hombre, utilicemos el mito bíblico, usara las primeras palabras y fuera poniendo nombre a las cosas, éstas simplemente estaban ahí. El hombre les da sentido cuando las nombra y eso es lo que las pone en relación, de manera que la palabra nace para crear la relación y para crear el sentido.

La verdad es que no sé cómo usa nuestro académico el mito bíblico, porque según el mito la palabra es divina y no humana, no es el «primer» hombre el que nombra. En el Evangelio de San Juan se lee: «En el principio era el Verbo / y el Verbo estaba con Dios / y el Verbo era Dios». Y no parece descabellado decir que San Juan hace alusión a las primeras líneas del Génesis en las que Dios nombra y crea: «Entonces dijo Dios “Haya luz”, y hubo luz».

Por tanto, el mito hace a la palabra creadora, según el mito las cosas «simplemente NO estaban ahí. Si utilizamos el mito la palabra es creadora, pero hay que utilizarlo bien, y sin utilizar el mito la palabra sigue siendo creadora, aunque no es que las cosas sean creadas por las palabras: «La palabra es la creadora no sólo del mundo, sino de todos los mundos», dice usted, y eso es algo que puede quedar muy brillante en el discurso, es cierto que la palabra puede ser creadora de mundos, pero lo es porque es interpretadora del mundo y la interpretación es una recreación sin límites marcados.

Después dirá el filólogo:

Hoy se habla poco. No es nuestra época especialmente propicia al diálogo, la televisión nos hace estar callados, comiendo, etcétera. Falta esa dimensión de la lectura asimilada, de la palabra cultivada. Aparte de eso, hay épocas en las que el común de las gentes se preocupa más por el cuidado del decir, por lo que llamamos guardar las formas, respetar las convenciones, y hay otras épocas de la historia que son, en ese sentido, muy destructivas. Hoy se han roto las convenciones, y tampoco hay ese cuidado en el decir ni ese respeto por unas formas convenidas que antes existían. Y eso lleva a una etapa en la que el lenguaje se ha vulgarizado en el peor sentido de la palabra.

En cambio, yo diría que hoy se habla mucho y se dialoga poco, para no establecer esa proximidad reductora que hace que hablar sea lo mismo que dialogar, oír lo mismo que escuchar, y ver lo mismo que mirar. Al margen del desliz en la «palabra», ahora ya «término», resulta que a Don Víctor se le escapa el hálito (literariamente hablando) elitista con reminiscencias decimonónicas. Me pregunto si en algún momento de la Historia, la gente de la calle, aquello a lo que algunos se refieren como las masas, se ha preocupado realmente por el «cuidado del decir» o si el «cuidado del decir» no es la marca comercial que distingue a algunos como un triste «carné», mientras se beben un «güisqui»o  escuchan la música de un «cederrón». ¿Quién vulgariza?

Sigo yo saboreando los matices del whisky y escuchando cedés sin que se me caigan los anillos, ¿puede alguien decirme en qué calle se escuchó lo de cederrón antes de que lo incluyese la Academia en su flamante y normativo Diccionario? Sin embargo nos dice el académico:

Acabamos de publicar el Diccionario Panhispánico de Dudas, y ha sido un éxito de difusión y de interés. No somos guardias de la circulación del idioma, pero la gente sí quiere que las academias señalen, describan lo que es la norma, que es el buen uso acordado por los hablantes.

Yo le recordaría que el citado diccionario estaba en la Red y fue quitado en nombre de no sé qué problemas técnicos. El nombre de esos problemas técnicos es muy sencillo: negocio, hay que vender muchos ejemplares. No sé si la gente quiere que las academias señalen la norma, pero sí que lo que desean es que la información sea accesible y que esté bien documentada. A los señores académicos, entre los que hay más de un filólogo, se les olvidó citar las fuentes consultadas, algo que también pertenece a ese «guardar las formas» y al rigor que se le supone a quienes pertenecen a tan prestigiosa entidad.

El gusto de la lectura en voz alta, de la expresión en voz alta, de la declamación, de la escritura, de aprender a expresar por escrito lo que uno quiere, lo que prefiere, lo que busca, hay que cultivarlo en la escuela.

¿Y la lectura en voz baja? ¿No será ésta la que realmente ayuda a pensar y a comprender, a integrar las palabras en una dimensión más completa que la de su sonido, la que abre el camino a la escritura como cómplice necesaria de la memoria? También habla de esto el académico, pero desde el barullo mental. Yo quisiera saber si la Academia colabora de alguna forma con la escuela o sólo dialoga con los entendidos, no suelen ser sus diccionarios un ejemplo de flexibilidad o de adaptación a la docencia, y no me digan que lo hacen con el Diccionario Escolar, porque entonces no conozco a los escolares de nuestro tiempo.

Dice María Zambrano: «El conocimiento puro, que nace en la intimidad del ser, y que lo abre y lo trasciende, “el diálogo del alma consigo misma” que busca aún ser palabra, la palabra única, la palabra indecible; la palabra liberada del lenguaje».

La palabra no es algo concreto, y nuestro académico mezcla en su discurso muy distintas acepciones del término palabra, empezando en San Juan y acabando en el DRAE. Todo queda muy bonito, pero no esconde la confusión de criterios, el no saber muy bien cuál es hoy día la función de la Academia, el ir corriendo al encuentro de un mundo real decorado con palabras que no están en el DRAE, tal vez porque la RAE se convirtió en un mundo de palabras cada vez más aisladas.

Por no hablar de un español de América reivindicado más, no nos engañemos, por su potencial económico que por un convencimiento real.

Víctor García de la Concha se ha instalado en lo políticamente correcto y en el «recorta y pega», y es premiado por ello, como tantos otros, uno ya se cansa de este mundo de apariencias y de salones anacrónicos. Nuestros académicos no dejan de parecerse a nuestros políticos, en su voz de premiada oratoria la palabra es todo menos palabra creadora. Y la intención podrá ser buena, pero es y será siempre otra cosa, sólo hay que mirar el diccionario. Les recomiendo el de María Moliner, a quien, por cierto, no aceptaron en la Real Academia Española.

Francisco Javier Cubero