Blogia
addendaetcorrigenda

Instituciones y políticas culturales y lingüísticas/Institucions i polítiques culturals i lingüístiques

Uruguay: minorías lingüísticas, lenguas fronterizas y políticas lingüísticas actuales

Uruguay: minorías lingüísticas, lenguas fronterizas  y políticas lingüísticas actuales

La sociolingüista uruguaya Graciela Barrios nos presenta una exhaustiva investigación, profusamente documentada, sobre las distintas planificaciones del lenguaje regional.[1] Este resumen nunca reemplazará la lectura completa, que ofrecemos en estos enlaces: «Planificación lingüística e integración regional: el Uruguay y la zona de frontera@» y «Minorías lingüísticas y globalización: el caso de la Unión Europea y el MERCOSUR».

Planificación lingüística

Definición: «Cualquier tipo de acción deliberada sobre las lenguas, planificada y ejecutada por agentes institucionales».

La planificación lingüística adopta dos direcciones: la planificación del estatus (selección entre lenguas o variedades de una lengua por su funcionalidad) y la planificación del corpus (proceso de estandarización de las lenguas). Si bien están relacionadas en un todo, las legislaciones estatales se centran en la primera: qué lenguas cumplen determinadas funciones. La planificación lingüística elige la variedad que se juzga más conveniente, porque considera que todo cambia (la lengua, las relaciones entre lenguas) y que podemos intervenir deliberadamente en ese cambio.

Suelen usarse indistintamente los términos planificación y política en relación con el lenguaje: la planificación lingüística implica la puesta en marcha de los medios necesarios para la aplicación de una política lingüística, mientras que esta última se refiere más a los contenidos ideológicos de una planificación. Las políticas del lenguaje han existido «desde que los seres humanos se organizaron en sociedades y extendieron sus relaciones de contacto, intercambio y dominación hacia otras sociedades cultural y lingüísticamente diferentes. En la mayoría de estas relaciones, las lenguas juegan un papel de primer orden, tanto para organizar la dominación y hegemonía de un pueblo sobre otro, como también en los procesos de resistencia y liberación.», según Rainer E. Hamel.

La planificación lingüística implica una serie de pasos.

1) diagnóstico de la realidad sobre la que se va a actuar,

2) determinación de los objetivos —sociales, económicos, políticos—,

3) instrumentación de medidas —el sistema educativo cumple un rol fundamental—,

4) evaluación de los resultados —idealmente, en forma periódica—.

A la autora le interesan las tres primeras, y nos reseña la política lingüística llevada adelante en Uruguay; luego expresa la encrucijada frente a la política de integración económica regional (Mercado Común del Sur: Mercosur), remarcando la situación lingüística de la frontera con Brasil.

Planificación lingüística en Uruguay

El nacimiento de Uruguay a la vida independiente no fue consecuencia de los reclamos de una nación claramente definida política y socioculturalmente. Dentro del territorio nacional pueden seguir reconociéndose dos regiones distintas: la región norte y noreste, con un sustrato cultural y lingüístico portugués —los pobladores portugueses entraron en contacto con los hispanohablantes, mientras el gobierno de Montevideo fundaba varias ciudades limítrofes con el objetivo de contener su avance (las ciudades gemelas uruguayo-brasileñas: Artigas/Quaraí, Rivera/Livramento y Rio Branco/Yaguarón se convertirían en paradigmas de convivencia bicultural)—, y la región centro-sur y litoral oeste, con un sustrato hispánico —al que se agregaría la fuerte influencia de los inmigrantes europeos (italianos, sobre todo) que arribaron en grandes oleadas desde mediados del siglo pasado y hasta mediados del xx.

La planificación lingüística apunta a la resolución de problemas comunicativos o identitarios, por lo que los objetivos últimos no son lingüísticos, sino políticos, sociales, económicos, etcétera. La política lingüística en Uruguay se dirigió siempre a terminar con las diferencias lingüísticas existentes dentro de su territorio, considerando que así se fomentaba la unidad y se fortalecía la nacionalidad. Mediante el sistema educativo, los gobiernos implementan sus políticas lingüísticas; la variedad seleccionada como lengua nacional se enseña en la escuela y el maestro es el ejecutor de la planificación.

A través de la Ley de Educación Común (1877), en Uruguay se impuso la obligatoriedad de la enseñanza primaria y del idioma español como lengua de enseñanza. Las distintas regiones del país respondieron de forma diferente: en el centro-sur, las lenguas migratorias se restringieron y actualmente se completa un proceso hacia el monolingüismo español; en el norte, se llegó a las variedades subestándar del portugués con fuerte influencia del español: dialectos portugueses del Uruguay (o dpu). El español, como lengua nacional, ha cumplido las funciones de unificación y separación propias de las lenguas estándares.

Diglosia

El resultado de la planificación lingüística en Uruguay fue un aumento del bilingüismo diglósico en la zona fronteriza: el español es la variedad «alta», adecuada para las situaciones formales —incluida la educación— y los dpu son la variedad «baja», adecuada para las situaciones familiares e informales.

Luis E. Behares distingue dos matrices de bilingüismo:

1) una para las clases bajas: un dialecto del portugués como lengua primaria y el español estándar como lengua superpuesta;

2) otra para las clases medias y altas: el español como lengua primaria y el portugués como secundaria.

Por ello, los escolares de nivel social bajo expanden su repertorio lingüístico desde la variedad B hacia la A, en tanto que los de nivel medio y alto lo hacen en sentido contrario. Cabe razonar que el español (como variedad A) tiene, entre los hablantes de nivel medio y alto, un espectro amplio de posibilidades estilísticas (más o menos formales): la adquisición del español como lengua primaria les permite manejar los estilos más familiares, mientras que la escuela les inculca los más formales. En los niños de clase baja, la variedad B (los dpu) no se expande; queda limitada a un estilo informal. Tampoco la variedad A (el español) presenta para ellos variación estilística, ya que sólo podrán manejar los modelos enseñados en la escuela.

El hecho no debería constituir ningún perjuicio para los hablantes, ya que ese comportamiento coincide con el de muchas comunidades bilingües. Las estrategias comunicativas de los hablantes fronterizos no son extrañas ni contraproducentes, sino una de las tantas posibilidades que existen de adecuar el uso de lenguaje a las distintas situaciones comunicativas; incluso se argumenta que los recursos expresivos son mayores. Nuestra diglosia fronteriza es atípica porque distintos grupos se comportan diferente, por la relación entre las variedades A y B y por el modo en que se adquieren.

Sin embargo, todos los hablantes saben dónde usar una y otra variedad para no cometer errores de actuación. Así, la sociedad fronteriza se conforma como una comunidad en el sentido que le da William Labov: una comunidad de habla no se define tanto por un acuerdo real en el uso del lenguaje, como por el conocimiento que tienen los hablantes de cuáles son las normas de uso que lo gobiernan, en la comunidad en cuestión. Es en los dominios públicos y formales que el hablante presta especial atención a la forma de su mensaje y donde el planificador puede tener éxito en la tarea de convencerlo de que la alternativa seleccionada es la correcta, castigándolo o premiándolo por su actuación (como ocurre en el ámbito escolar).

Por el contrario, resulta mucho más difícil para los aparatos institucionales influir en los usos lingüísticos cuando una persona está empleando un estilo menos controlado, como ocurre en los ámbitos privados; son estas situaciones las que involucran la mayor parte de las producciones lingüísticas de un individuo a lo largo de su vida. Es por esta razón que las sociedades diglósicas pueden mantenerse estables durante mucho tiempo. La variedad A funciona en los ámbitos controlados por las instituciones, mientras que la variedad B continúa empleándose en los ámbitos menos accesibles para ese control. No obstante, el comportamiento privado de los hablantes no siempre se mantiene totalmente ajeno a la planificación lingüística estatal; ésta puede llegar a influir en las elecciones de los individuos en situaciones comunicativas informales. Esto ocurre cuando las políticas lingüísticas, al elevar el estatus de una lengua y estigmatizar otra, fomentan actitudes particularmente positivas hacia la primera y negativas hacia la segunda, de modo tal que los hablantes consideren que la lengua estigmatizada es un obstáculo para las posibilidades de ascenso social.

La expansión funcional del español en la zona de frontera ha sido el resultado de la planificación estatal, tanto de un modo directo como indirecto. En Uruguay muchos hablantes cuya lengua materna no es el español —sino el portugués, el italiano, el gallego— tratan de transmitir a sus hijos aquella variedad desde el hogar, con el fin de facilitarles el futuro desempeño social en una sociedad que se prevé como monolingüe española. El uso de una determinada variedad lingüística en los dominios informales está estrechamente relacionado con la identidad de los hablantes, por lo que planificación lingüística y planificación de identidad son dos conceptos íntimamente relacionados, y actuando sobre una se puede incidir sobre la otra, en ambos sentidos.

Cuando la planificación lingüística llega a crear conciencia social de la necesidad de introducir la lengua A en ámbitos que por definición escapan al control institucional, se puede prever un cambio sustancial: el desplazamiento de una lengua por otra y un resquebrajamiento de la situación diglósica. Las comunidades diglósicas pueden mantenerse estables en tanto se conserve la división de funciones de las lenguas involucradas. Por esto resulta arriesgado imaginar el futuro de la comunidad fronteriza como estable si el español avanza sobre los dpu también en los ámbitos menos formales, particularmente en las localidades urbanas.

Integración regional

En l994 se puso en funcionamiento el Tratado del Mercosur (Mercado Común del Sur), convenio económico entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Los objetivos son básicamente económicos, pero incluyen referencias de tipo cultural y sobre política lingüística. El artículo 4 de las Declaraciones del Protocolo de Intenciones (13/12/91) manifiesta el interés de difundir el aprendizaje de los idiomas oficiales del bloque (español y portugués) a través de los sistemas educativos. Uruguay deberá instrumentar los mecanismos para cumplir con dicho propósito, que implica la enseñanza del portugués. Surge la expectativa de que una planificación lingüística que fomente el uso del español y del portugués como medio eficaz para planificar la identidad regional.

Se debe construir una identidad regional; pero, igual que con la nacional, se apela a la manipulación de las lenguas como un medio de alcanzar objetivos que en última instancia no son lingüísticos sino políticos, económicos, sociales y culturales. Se da la paradoja de que el Estado uruguayo, que tanto enfatizara a lo largo de su historia la necesidad de unificar y homogeneizar hacia dentro, pero también de marcar fronteras políticas y lingüísticas en relación con sus vecinos —en especial los del norte—, se enfrenta a la necesidad de plantearse objetivos lingüísticos y culturales opuestos. El discurso oficial tradicional minimizó los alcances de la diversidad lingüística en el norte del país —combatiendo lo que se negaba a aceptar que existía—; la introducción del portugués en el currículo educativo pasa a ser un tema molesto para quienes temen por la crisis de una identidad nacional, que parecen concebir sólo en términos de un modelo hispánico común.

Hacia fines de l995, una Comisión del codicen (Consejo Directivo Central de la Administración Nacional de Educación Pública) elevó una propuesta: a) el fortalecimiento de la lengua materna; b) el establecimiento del inglés como primera lengua extranjera; y c) el cumplimiento del compromiso, asumido al ingresar al Mercosur, de reconocer la existencia de dos idiomas oficiales: español y portugués. Por el momento, no hay ninguna acción concreta que apunte a contemplar la zona de frontera como un caso particular dentro de la planificación lingüística de la integración; se necesitará un replanteamiento de su planificación lingüística interna, más allá de las propuestas estatales.

Asimismo, se vio frustrada la propuesta de cooficialización del guaraní en el ámbito del Mercosur —lengua hablada en tres de los cuatro países del bloque y, desde 1992, cooficial en el Paraguay—; pero la propuesta no tuvo eco, se creyó que era engorroso implementar la enseñanza de español y portugués y además incluir al guaraní en el esfuerzo, y que sería costoso redactar los documentos oficiales en tres lenguas distintas. La oficialización del guaraní no implicaba, sin embargo, una instrumentación inmediata de su enseñanza en todos los países del Mercosur, ni un uso estricto como lengua de trabajo en los ámbitos de este organismo, pero las aclaraciones no sirvieron para vencer la desconfianza de los detractores de la propuesta.

Hoy

La diferente interpretación y valoración de la diversidad (considerada ya como problema, ya como patrimonio cultural) es un tema central para entender las políticas lingüísticas en distintos períodos. Concepciones opuestas se traducen en tratamientos de las minorías lingüísticas también opuestos, tanto en el discurso como en las prácticas político-lingüísticas. El portugués está presente en el repertorio lingüístico de la frontera a través de los dpu; la presencia del portugués estándar, por el contrario, es marginal. Es claro que actualmente la alfabetización en español es la solución a la realidad sociolingüística de la región. Difícilmente pueda concebirse un desplazamiento del español en las funciones que cumple, y difícilmente el portugués estándar pueda sustituirlo en ese aspecto; incluso para los hablantes que tienen a los dpu como lengua primera, la realidad les indica que la lengua segunda que necesitan para actuar en sociedad es el español y no el portugués estándar. La enseñanza del portugués no puede concebirse para sustituir funcionalmente ni al español ni a los dpu, pero sí en la función participativa que se extrapola del tratado del Mercosur y que fundamenta su inclusión en el resto del territorio del Uruguay. Si el español y los dpu son las variedades locales necesarias para funcionar adecuadamente en las comunidades fronterizas, el portugués —encarado como lengua extranjera— será cada vez más necesario como lengua de la integración regional.

Cualquier decisión que se tome en relación con el estatus curricular del portugués en la zona de frontera deberá pasar por un diagnóstico actualizado de la realidad sociolingüística de la región, una adecuación didáctico-pedagógica de la enseñanza de dicha lengua (no olvidemos que allí no se parte «de cero») y un estudio serio que recoja las expectativas que en materia lingüística tienen los propios habitantes de la frontera.

El niño tiene derecho a que no se le exija el uso de una variedad que aún no conoce, pero también tiene derecho a que se le enseñen otras variedades que son funcionalmente necesarias en su comunidad, y sin cuyo conocimiento no podrá ser lingüística y socialmente competente. La recomendación imprescindible es que, en todos los casos, el docente tome conciencia de que su tarea consiste en una «ampliación» de los repertorios, y no en una sustitución de una variedad por otra. Esa tarea debe realizarse con la profunda convicción social de que las variedades B cumplen una función tan importante dentro de la sociedad como las variedades A. La represión indiscriminada de una variedad B es nefasta no sólo por los conflictos de identidad que acarrea el hecho, sino porque dentro de la comunidad los hablantes la necesitan efectivamente para comunicar con eficacia determinados mensajes y matices estilísticos. La variedad B es la que el niño maneja con sus pares. La prueba más fehaciente de su funcionalidad la encontramos en las mismas localidades fronterizas, cuando los niños que entran a la escuela siendo monolingües de español, aprenden los dpu en la interacción con sus compañeros. Si la variedad A es la lengua para las relaciones laborales, educacionales y para la escritura, la variedad B es la lengua para las relaciones familiares y de amistad; ambas son igualmente importantes.

Globalización

Los procesos de integración regional requieren de instrumentos para su consolidación, como los requerían los Estados nacionales con la misma finalidad. La lengua, referente primordial para la cristalización de identidades, se presenta una vez más como un instrumento válido para avanzar en la construcción, en este caso, de una cultura de globalización. La decisión sobre cuáles deben ser las lenguas oficiales y de trabajo de los tratados y organismos internacionales perpetúa la condición jerárquica de los estándares y, más concretamente, de las lenguas oficiales (o de uso oficial) de los países miembros. Y los criterios para determinar las lenguas oficiales de los organismos internacionales atraen la atención sobre el estatus de las demás lenguas, por lo que se genera una discusión sobre el estatus de las lenguas «minoritarias» con acotado o nulo reconocimiento oficial.

Aunque las facilidades de comunicación y desplazamiento han permitido el contacto entre comunidades que hasta hace poco se desconocían totalmente, también es cierto que estos mismos parámetros acentúan las distancias económicas entre ellas. Para paliarlas, han sacrificado sus lenguas como un modo de adecuarse a los requerimientos de los nuevos mercados. Sin embargo, asistimos a un paradójico revival étnico y lingüístico: evitaremos la «voracidad globalizadora» si mantenemos la diversidad cultural y lingüística. Esta toma de conciencia de la diversidad es sostenida por la movilización de activistas e intelectuales en reclamo de los derechos culturales y lingüísticos de las minorías, mientras que en los organismos internacionales se instala un discurso de la diversidad como patrimonio cultural y punto de partida para la paz internacional que es necesario evaluar en sus alcances.

La legislación lingüística compromete sobre todo el estatus de las lenguas, y sirve para consolidar y promover una lengua mayoritaria de uso oficial, o para defender una lengua minoritaria eventualmente amenazada en su supervivencia. Las disposiciones político-lingüísticas pueden tener alcance internacional, nacional o regional, y variar en sus niveles de intervención: cuestiones lingüísticas pueden mencionarse en la misma Constitución de un país, ser objeto de ley, o constituir una simple recomendación. Respecto de las minorías lingüísticas, no siempre se traducen en leyes, o las leyes en reglamentos y acciones prácticas que faciliten su aplicación.

La legislación que alude a derechos de las minorías tiene un punto de referencia ineludible en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, donde se afirma la fe «en los derechos humanos fundamentales, en la dignidad y en el valor de la persona humana y en la igualdad de los derechos de hombres y mujeres», y se recuerda que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos» (art. 1), «sin distinción alguna de raza, color, sexo, lengua, religión, opinión política, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición» (art. 2). La Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos (Barcelona, 1996) recoge este espíritu y tiene como antecedente más específico los acuerdos y declaraciones que, en el ámbito de distintos organismos internacionales como la onu, el Consejo de Europa, la oit o la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, llamaron la atención sobre los derechos lingüísticos de las minorías. La Declaración de Barcelona alerta sobre la estrecha relación existente entre lenguas amenazadas y subordinación política, económica y social, adoptando una posición crítica hacia las políticas homogeneizadoras de los Estados nacionales: «el universalismo se tiene que basar en una concepción de diversidad lingüística y cultural que supere a la vez las tendencias homogeneizadoras y las tendencias al aislamiento exclusivista».

Como factores que provocan desigualdad y subordinación, se señala tanto «la secular tendencia unificadora de la mayoría de los estados a reducir la diversidad y a favorecer actitudes adversas a la pluralidad y al plurilingüismo lingüístico», como «el proceso de globalización de la economía y, en consecuencia, del mercado de la información, la comunicación y la cultura» y «el modelo economicista de crecimiento propugnado por los grupos económicos transnacionales». El objetivo es lograr una «paz lingüística planetaria justa y equitativa, como factor principal de la convivencia social». La identificación entre paz lingüística y respeto a la diversidad es un concepto fuerte y novedoso, si tenemos en cuenta que tradicionalmente la diversidad ha sido evaluada como amenaza para la paz y armonía de una nación, en tanto concebida como generadora de conflictos y resultado del «castigo divino» (la Torre de Babel).

La responsabilidad de organizar la diversidad lingüística es asignada a los organismos internacionales y a las propias comunidades involucradas, quitándola del ámbito exclusivo de los Estados. Los derechos lingüísticos deben ser pensados «a partir de una perspectiva global, para que puedan ser aplicadas en cada caso las soluciones específicas adecuadas»; se parte «de las comunidades lingüísticas y no de los Estados», en un intento de alejar el centro de decisiones político-lingüísticas de los Estados y pasarlos a las comunidades, amparadas por organismos internacionales. El artículo 4 de la Declaración reconoce el derecho y el deber de los inmigrantes a la integración (entendida como un tipo de socialización adicional, que no implica la renuncia a las características culturales de origen), y señala que su eventual asimilación (aculturación) no debe ser nunca forzada o inducida, sino el resultado de una opción totalmente libre.

El discurso de la diversidad

Dentro del contexto regional, Uruguay mantiene una política lingüística particularmente conservadora en lo que a minorías étnicas se refiere. El hecho de no tener ya grupos indígenas encubre la necesidad de contemplar otro tipo de minorías lingüísticas, como las poblaciones luso-hablantes de la frontera uruguaya con el Brasil, o los inmigrantes. Y el hecho de que la principal minoría lingüística de Uruguay hable una variedad dialectal de una de las lenguas oficiales del Mercosur (el portugués) no ha sido argumento para que se reconozca algún tipo de derecho a esta minoría, como ocurre con los germanófonos y francófonos del norte de Italia, por ejemplo. Muy por el contrario, los dialectos portugueses hablados en el Uruguay han sido históricamente combatidos y las actitudes negativas que generan en el endo- y el exogrupo son el resultado directo de una política lingüística ferozmente represora, acompañada por un discurso oficial estigmatizante.

Los cambios políticos y económicos de la región sitúan a Uruguay frente a una situación paradójica: la integración regional (en lugar de la diferenciación regional) y la implantación del portugués (en lugar de su represión). Para lograr la uniformidad lingüística, el Estado uruguayo ha luchado más o menos explícitamente durante décadas contra el portugués; ahora, se espera que fomente su uso y aprendizaje. Los fundamentos esgrimidos para la inclusión del portugués en estos programas educativos aluden básicamente al contexto del Mercosur y no al hecho histórico, sociolingüístico y cultural de que el portugués es la segunda lengua hablada en el Uruguay y la lengua materna de una buena parte de su población.

El discurso de la diversidad está presente en los dos bloques regionales (ue y Mercosur), pero con distinto énfasis y preeminencia: dentro de las minorías étnicas, las autóctonas y de más antiguo arraigo tienen mayores posibilidades de entrar en el argumento del «patrimonio cultural» y por lo tanto de ser reivindicadas, y el hecho de hablar lenguas minoritarias que son oficiales en otros países no garantiza algún tipo de privilegio en términos de reconocimiento. La tutela de los inmigrantes es prácticamente ignorada más allá de la Declaración de Barcelona, y no aparece en esa legislación la más mínima referencia a la discriminación que sufren los hablantes de variedades no estándares.

En la legislación de ambos bloques se da una suerte de jerarquización de la diversidad, una aceptación de lo diferente ma non troppo, que deja fuera a los extranjeros. En el contexto europeo esta posición excluye básicamente a los inmigrantes recientes, mientras que en América deja fuera también a migraciones que, por su arraigo, podrían ya considerarse «históricas». Graciela Barrios ha llamado la atención sobre la discriminación de que son objeto estos hablantes en el Uruguay, a pesar de ser hablantes nativos de español, y ha propuesto que, en tanto grupos lingüísticamente marginados (aunque eventualmente mayoritarios desde el punto de vista numérico), sean interpretados como un caso particular de minoridad lingüística: «Quisiera hacer extensivo el concepto de minoría lingüística a otros grupos sociales que, por el hecho de ocupar un lugar marginal dentro de la sociedad y, concomitantemente, no manejar la variedad estándar, son también discriminados y objeto de representaciones negativas que conducen a acciones político-lingüísticas que reproducen y consolidan la estigmatización y la marginación (si bien no la eliminación del grupo como tal, recurso que en este caso resultaría obviamente más engorroso)».

Como señala Müller de Oliveira para el caso del portugués, la discriminación de hablantes de variedades no estándares de esta lengua es mantenida a través de un establishment (escuelas, mass media, reparticiones públicas) que desvaloriza «o conteúdo do que falam por causa da forma como falam» (destacado del autor). Observa que la misma Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos soslaya este asunto, “«estringindo-se apenas aos direitos dos falantes de línguas específicas, definidas político-lingüisticamente, e deixando a descoberto a regulamentação de políticas lingüísticas dentro dos idiomas, área evidentemente muito mais polêmica e sujeita mais fortemente às tradições e conjunturas internas dos vários países» (destacado del autor). El vacío legal es el correlato de la menor visibilidad político-lingüística que tienen las variedades no estándares en relación con las estándares (no se puede legislar sobre variedades que «no existen»). Invisibilidad que no mitiga la discriminación de que son objeto los hablantes de esas variedades por alejarse de la norma prescriptiva. No hay acciones político-lingüísticas que apunten a limitar la discriminación hacia hablantes de variedades no estándares y que combatan el purismo lingüístico, pero sí hay acciones político-lingüísticas que apuntalan la discriminación, llevadas adelante por organismos oficiales mediante campañas idiomáticas de corte purista que complementan la lucha contra las lenguas minoritarias. Durante el período de dictadura militar en el Uruguay, por ejemplo, el gobierno instrumentó dos tipos de campañas idiomáticas: una contra quienes hablaban portugués, y otra contra quienes hablaban un español catalogado como «incorrecto»; para ser «un buen oriental» (uruguayo) no bastaba con hablar español en lugar de alguna otra lengua, sino que había que adherirse a una determinada variedad de español. La aplicación de requisitos lingüísticos tan estrictos acentúa la discriminación lingüística de los grupos no hispanohablantes, pero también de cualquier hablante que no maneje la variedad estándar.

Son múltiples y variados los canales de discriminación social a través del lenguaje, con la función de mantener el statu quo de los grupos de poder. El respeto a la lengua y cultura de comunidades y grupos lingüísticos minoritarios (o minorizados) debe canalizarse no sólo con legislación específica, sino propiciando un cambio de actitudes que vaya más allá de las cuestiones lingüísticas y que se vincule con un respeto y reconocimiento expresos de la diversidad. Esto es particularmente válido en el ámbito lingüístico, en que las consideraciones y los debates trascienden los canales del Estado, y donde los medios de comunicación masiva juegan un rol preponderante en la reproducción de representaciones sociales y lingüísticas.

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)


1. «Planificación lingüística e integración regional: el Uruguay y la zona de frontera» (A. Menine Trindade y L. E. Behares [orgs.], en: Fronteiras, Educaçao, Integraçao, 1996, Santa María, Pallotti, pp. 83-110) y «Minorías lingüísticas y globalización: el caso de la Unión Europea y el Mercosur» (G. Barrios, 2006, Revista Letras, Santa María, 32, pp. 11-25.

Del purismo al desconcierto (3.ª parte)

Última parte del discurso del académico argentino José Luis Moure, Del purismo al desconcierto. ¿Qué hacer con el idioma? [Viene de aquí.]

Luego de informarnos sobre la evolución lingüística en América durante los siglos XVIII y XIX, y continuar —en su impecable prosa— con los elementos más sustanciales que se dieron desde el siglo XX hasta nuestros días, Moure nos expresa algunas de sus convicciones. Las siguientes palabras merecen una lectura atenta, deben ser leídas captando la entrelínea, valorando todo cuanto expresa.

En un dominio lingüístico de gran extensión, como el que hoy conforman las veinte naciones en las que el español es lengua oficial [...], y si se admite la premisa, ya anticipada, de que exista la voluntad de la unidad —que no es condicionamiento menor—, no parece quedar alternativa que no sea la custodia y promoción compartida de una variedad estándar idealmente panhispánica. El amplísimo arco de variedades diatópicas y diastráticas que ese complejo alberga, denuncia la complementaria posibilidad teórica y la necesidad real de la existencia de una variedad o, mejor expresado, de una constelación de variedades particulares fijadas social y tradicionalmente, modelos de uso fundados en criterios de prestigio. En el caso de nuestra lengua, signada por la pluralidad de ciudades capitales difusoras de norma, se trata de la aceptación y cultivo de una variedad que, convencionalmente, se superpone al conjunto de variedades geográficas, sociales y estilísticas del español. Cada nación puede incorporar al estándar panhispánico aquellos usos que sus historias particulares han legitimado, y debe procurar que esas diferencias, sospecho que todavía insignificantes, no afecten la naturaleza del español, el tipo de que hablaba Cuervo.

De inmediato, el académico explica las limitaciones y salvedades —unas cuantas— a la expresión variedad estándar. Por ejemplo: que esa variedad no es la lengua de todos, la común ni la general. Que la normalización de la variedad estándar es deliberada e impuesta y responde a una planificación. Que en esta variedad es inevitable que prevalezcan los usos lingüísticos propios de un grupo social prestigioso y especialmente de las situaciones formales. Que al construirse a partir de manifestaciones escritas, el registro oral sólo la reflejará en algunas ocasiones formales. Que la labor de codificación y normativización de la variedad estándar compete a los lingüistas. Que la norma institucionalizada debe transmitirse en la escuela; estudiarse, promocionarse y afianzarse en las instituciones de formación docente, en los medios y en las academias de la lengua. (Extraño orden; supondríamos que debería ser «en las academias de la lengua, las instituciones de formación docente y los medios», pero el orden dado en el discurso del académico no es para nada inocente.) Resalta la importancia de los comunicadores en los medios, por llegar a la población pobremente escolarizada.

En suma: claridad de ideas y aceptación de la realidad lingüística que nos rodea. Para pensar si nos cabe otra opción, realmente. Luego se explaya en la difícil misión docente, que debe:

[D]espojar la variedad estándar de la sacralidad de que la dotó el purismo. Debe insistirse en la idea de que el estándar no es la única lengua verdadera y legítima, frente a la cual las restantes variedades son corrupciones. [...] [D]esacreditado y despojado el purismo, se nos impone realzar y probar, en la práctica, la extraordinaria eficacia de la lengua estándar y el valor de su exclusividad, como instrumento siempre inconcluso y perfectible al servicio de una realidad cultural de complejidad creciente, de la que deberá dar cuenta como medio de comunicación panhispánica, como herramienta de exploración intelectual y como material de arte. La importancia de prestigiar la normativa estandarizadora se advierte si se toma debidamente en cuenta que, en razón de las diferentes posibilidades de acceso de los estratos de la población a su aprendizaje, el logro de una actitud positiva hacia ella será más importante y alcanzable en términos de opinión o representación que su cumplimiento efectivo para todas las funciones que le son propias.

Obvio es sentar que la variedad estándar no debe tener otro centro referencial que el congreso atópico y virtual del mundo hispanoamericano de un lado y otro del Océano, y que se expresará a través de los mecanismos de consenso que hoy ya funcionan, o de los que puedan hacerlo en el futuro.

[...] Como argentinos, sabernos copartícipes igualitarios en el cultivo y mantenimiento de la variedad estándar de un idioma empleado por centenares de millones de hablantes, no debe ser obstáculo para admitir y comprometernos con nuestra identidad lingüística. Sobre la base de la reciprocidad, nuestro país deberá exigir la aceptación de los usos legitimados por nuestra historia, sin perjuicio de que a través de la educación se conserven pasivamente y se difundan aquellos que, siéndonos hoy ajenos, pertenecen al patrimonio del español general. Y la Argentina deberá seguir bregando, a su vez, contra el inaprensible fantasma de la minusvalía lingüística, sin otro asidero ni sustento que las largas secuelas del viejo purismo de orientación peninsular, alimentado por las alarmas de aquellos ilustres filólogos que, alejados de su hábitat lingüístico y enfrentados abruptamente a la realidad de una variedad oral que llevaba siglos de desarrollo (el venezolano Bello en Chile; el colombiano Cuervo leyendo el dialecto rural bonaerense; los españoles Américo Castro y Amado Alonso en la cosmopolita Buenos Aires), necesitaban darse, y darnos, pronósticos pesimistas o explicaciones basadas en presuntos desórdenes esenciales de nuestra conformación nacional, en irrefrenables tendencias a desapegarnos de toda norma o en morbosos recelos contra las formas cultas de expresión. Desde luego, hubo también no pocos puristas argentinos de buena fe que incentivaron el prejuicio y nuestra inseguridad lingüística. El voseo fue, quizá, el más preciado de los blancos, y a cuya destrucción más tardíamente se renunció («viruela del idioma», lo llamó Capdevila; «lacra crónica de nuestro organismo social», dijo José León Pagano; Borges lo calló en su inolvidable réplica a Américo Castro; Berta Vidal de Battini recomendó a los maestros su eliminación, y algunos manuales vigentes recurren todavía a los infinitivos para eludirlo en sus consignas). Se me ocurre pensar cuán tolerantes con nuestra modalidad se habrían vuelto todos si hubiesen tenido oportunidad de viajar hoy en un subterráneo madrileño con adolescentes recién salidos de la escuela...

Pero así como confieso mi descreimiento en el diagnóstico de esas insignes figuras, a quienes la historia no les dio razón, no puedo sino coincidir con aquella vieja recomendación de Amado Alonso, a la que quiere ser afín el espíritu de mi exposición, en la que instaba a acercar la variedad culta local a las normas cultas generales y a tratar de que éstas alimenten el modelo de las prácticas lingüísticas, que es el objetivo primero de la enseñanza escolar de la lengua.

Esta conciencia, trabajada desde la escuela, porque no dependerá de un decreto, puede sí ser esclarecedora para fundar una política lingüística que, hacia afuera de nuestras fronteras, fije nuestros derechos y deberes en el escenario hispanohablante, y hacia adentro, contribuya a construir fundadamente una imagen autorrespetuosa de nuestra modalidad, proteja nuestro patrimonio lingüístico en las zonas de contacto y vele por un aprendizaje sólido del estándar y por su correcta utilización en la enseñanza, en las alocuciones formales y en los medios. La literatura argentina ha alcanzado un reconocimiento universal; las producciones de sus cultores mejor dotados deben seguir siendo los nutrientes esenciales de ésa, nuestra variedad lingüística prestigiosa.

Lo que antecede pretende ser más que un desiderátum de academicismo inocente. Es a la vez un reclamo de construcción identitaria que nos habilite para pasar de la declaración retórica a la acción, para que nuestras escuelas, profesorados y universidades defiendan sus incumbencias, se preocupen por el bien lingüístico común y colaboren con las autoridades en el trazado de una política lingüística inteligente, que vaya más allá de un neopurismo casticista, preocupado por la invasión de extranjerismos. Sólo una grave inadvertencia o la indiferencia hacia los institutos y universidades donde se investiga el idioma y se forman los docentes de lengua puede explicar, por ejemplo, que el recentísimo decreto del Poder Ejecutivo, por el cual se crea la Comisión Ejecutiva del próximo III Congreso Internacional de la Lengua Española, que se realizará en Rosario el año entrante [fue en el 2004], no los incluya de manera explícita.

Moure se pregunta también si la indiferencia nos la hemos ganado —es una pregunta válida para los argentinos, y también para buena parte de los americanos castellanohablantes— «a fuerza de enajenarnos de las expectativas públicas», y ofrece los datos de una encuesta hecha en Buenos Aires. Los resultados son desalentadores, son respuestas poco atentas a la realidad de la lengua.

El académico termina su exposición planteando la vieja dicotomía sobre si la Academia Argentina de Letras debe ser un cuerpo de escritores o de lingüistas:

Aun suponiendo que ambas condiciones fueran excluyentes, nada mejor para aventar dudas que el decreto de creación de la Entidad, cuyo primer considerando señala: Que el idioma castellano ha adquirido en nuestro país peculiaridades que es necesario estudiar por medio de especialistas. Y dos de los cuatro fines explícitos establecidos en sus estatutos dicen: a) Contribuir a los estudios lingüísticos y literarios [...]; y c) Velar por el uso correcto y pertinente de la lengua, interviniendo por sí o asesorando a las autoridades nacionales, provinciales, municipales o a los particulares que lo soliciten.

La Academia Argentina de Letras es una academia de la lengua, y la sociedad la mira y la reclama como tal.

Parafraseándolo, diríamos que las academias de la lengua hispanoamericanas deben ocuparse de establecer las adecuadas políticas lingüísticas. Nos están haciendo falta.

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

Del purismo al desconcierto (2.ª parte)

[Viene de aquí.]

Luego de informarnos sobre la evolución lingüística en América durante los siglos XVIII y XIX, Moure continúa —en su impecable prosa— con los elementos más sustanciales que se dieron desde el siglo XX hasta nuestros días:

Los inicios del siglo XX, aliviando los malos presagios de Cuervo y contrariando una desafortunada baladronada de Azorín, aportaron la sensatez de Unamuno pidiendo que España renunciara a su absolutismo sobre la lengua e incorporara en su beneficio la legitimidad y razón del sello americano. Menéndez Pidal habría de proveer, en 1944, los necesarios argumentos lingüísticos que avalaban la unidad de un «idioma común», noción a partir de la cual la Real Academia Española abandonó finalmente la preocupación por la pureza de la lengua y replanteó su política de cara a los territorios ultramarinos. [...] [H]ubo que esperar hasta 1956 para que el II Congreso de Academias de la Lengua Española recomendara a la Real Academia [Española] el reconocimiento de la legitimidad del seseo. Acaso la demora haya sido una inconsciente revancha histórica contra aquel episodio de 1820, cuando el teniente coronel colombiano Hermógenes Maza, tras identificar a los prisioneros españoles haciéndoles pronunciar la palabra «Francisco», y como sus intenciones no eran precisamente dialectológicas, ordenó que todo realizador de ce interdental fuese decapitado y arrojado al río Magdalena.

Si nos hemos demorado en este excurso, poco original por cierto, del ascenso y decadencia del purismo casticizante como criterio de corrección de nuestro idioma, es porque la renuncia académica a sostenerlo no implicó la desaparición de sus efectos. Creemos, por el contrario, que tanto su sobrevida irreflexiva como el radicalismo de sus detractores han tenido, al menos en nuestro país, consecuencias nocivas para la enseñanza y defensa de la lengua, entendida ésta como la variedad estándar, codificada y normalizada, la que estoy empleando en este momento, la que deseo encontrar en los diarios, la que querría oír en los noticieros, aquella en la que leo a Borges y a Torrente Ballester, la variedad elaborada que me permite escribir y ser entendido por los lectores instruidos que la dominan, y los que deberían dominarla en todo el ámbito del español.

Fue precisamente una formulación de Guillermo Guitarte [...], coincidente con algo que muchas veces pensé sin atreverme a decirlo, la que me dio ánimos para hacerlo hoy: «Hay que decir que la desaparición del concepto de pureza de la lengua crea, a su vez, el problema de encontrar otro criterio que guíe la política lingüística. La falta de un criterio de valor, reemplazado acaso por nociones puramente lingüísticas o sociológicas, puede a la larga ser más perjudicial a la conservación de la lengua que la vieja idea de la pureza.» (Guitarte, Guillermo. «El camino de Cuervo al español de América». En Philologica Hispaniensia in honorem Manuel Alvar. Madrid: Gredos, 1983, I, p. 81.)

[...] Nuestra preocupación por estas cuestiones, los desvelos, nada novedosos, por plantearnos la necesidad de un criterio de corrección admisible y compartido, el trabajo conjunto de las academias y aun su estoica resistencia frente a burlas y desprecios, la circunstancia misma de querer seguir discutiendo sobre la materia, sólo se sostienen sobre la convicción extralingüística de que la unidad de la lengua española es un bien posible y deseable, y sobre la convicción profesional de que los argentinos tenemos voz y voto en ese proyecto.

[...] No podemos pasar revista aquí a las múltiples y ricas corrientes de la lingüística contemporánea, pero me atrevería a decir que la prescripción fue unánimemente vista como intrusa dentro del campo de análisis, o —en una llamativa inversión de papeles— como petición de principio para dar por sentada la «corrección» de las estructuras pasibles de los análisis, que la lingüística realizaría en procura de dar cuenta de la estructura de la langue. De la misma forma, la inserción de las perspectivas antropológica y social, así como ampliaron enriquecedoramente el campo de estudio al quebrar la concepción de la unidad y autonomía de lo lingüístico, y al forzar a admitir la injerencia connatural de elementos que previamente habían sido considerados externos, relegaron aún más la atención hacia el prescriptivismo, y dirigieron su atención antes a los efectos de la sociedad sobre la lengua que a las funciones sociales de ésta, como lo son las actitudes de la gente hacia el uso del idioma.

Y nos parece de suma importancia, porque está en el centro de lo que deseamos decir, la paralela observación de James y Leslie Milroy, en un libro ya clásico (aunque publicado en 1985 [Authority in language, Investigating Prescription and Standardization, London, Routledge and P. Kegan]), acerca de las consecuencias de la desatención de los lingüistas hacia la prescripción, en tanto desde la década de 1950 advierten que es notoria una declinación de la enseñanza de la gramática en las escuelas inglesas. Algunos educadores —dicen estos mismos autores— parecen haber interpretado los ataques a la gramática prescriptiva como ataques a la enseñanza de la gramática en general, e incluso algunos especialistas han denunciado una declinación de la alfabetización (literacy) como resultado de esta tendencia.

[...] [J]unto con el rechazo por el purismo se desconfió del prescriptivismo, que no tiene por qué ser su sinónimo.

Los Milroy [...] destacan —y yo mismo pude comprobarlo— la decepción que habitualmente sienten las personas, cuando los lingüistas nos negamos científicamente a expedirnos sobre dudas concretas acerca de la corrección de alguna de las producciones que nos someten. Afortunadamente, la sociolingüística ha debido aceptar que no es posible estudiar el lenguaje sin atender a la influencia ejercida por los conocimientos que los propios hablantes tienen sobre el valor social de los elementos de su lengua.

[En la tercera y última parte se desarrollarán las convicciones del académico sobre la actualidad lingüística hispanoamericana.]

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

Del purismo al desconcierto (1.ª parte)

Del purismo al desconcierto (1.ª parte)

Los discursos de incorporación a las academias suelen ser esclarecedores sobre las ideas e intenciones del académico de turno. El del argentino José Luis Moure es difícil de resumir; además de estar escrito de manera amena y humorística, los conceptos que expresa son particularmente sintéticos, propio de quien sabe qué quiere decir e intenta no cansar al auditorio con su prolijidad. Este hijo de gallegos inmigrantes titula con acierto Del purismo al desconcierto. ¿Qué hacer con el idioma? su discurso de incorporación a la Academia Argentina de Letras, el 12 de junio del 2003.

En esta primera parte transcribo parte de su discurso sobre la evolución lingüística en América durante los siglos XVIII y XIX:

 

Si las lenguas están destinadas a cambiar de manera inevitable [...], y si la ciencia lingüística dice que esos cambios imparables son consustanciales al lenguaje humano, cómo debía yo justificar mi alianza con el desprecio general hacia formas rústicas, como cáido o léido (empleadas no sólo por nuestros hombres de campo sino por el insospechable Espronceda), mientras debía tolerar, cantar y aplaudir, con el mismo rostro y con patriótica inimputabilidad el Óid, mortales de nuestro Himno, las correctísimas formas reina y vaina, en tanto la sana evolución habría prescrito reína (REGINA) y vaína (VAGINA), y en tanto los mismos españoles, gracias a un provenzalismo, se salvaron de pasar del latín hispaniolos a *españuelos, así como el bendito galicismo monjes liberó a los monachos de ser *mongos (MOMO). Fui así llegando a la afrentosa conclusión de que un profesor de castellano lleva sobre sus hombros una misión paradojal: explicar a los alumnos el apasionante e inevitable itinerario del cambio lingüístico, entusiasmarlos con la promesa de que es precisamente el cambio el que permite desencorsetar la lengua para que se abra hacia nuevos itinerarios expresivos y creativos, elogiar a los novelistas y poetas que violaron las normas de puntuación y el orden sintáctico enseñados, pero prohibir con energía a esos mismos alumnos que en sus exposiciones y escritos den testimonio personal de ese cambio lingüístico. El profesor de lengua viene a ser así una suerte de héroe trágico [...], encargado de impedir con inflexibilidad, durante un lapso que él no puede medir, las transformaciones lingüísticas que su ciencia le demuestra irrefrenables. Su discurso sincero, imbuido de una —digamos— sana esquizofrenia, desafía a diario los axiomas básicos de la lógica aristotélica: «Esto está mal, pero en realidad está bien...»; o «todos hablan bien, pero algunos hablan mal...». Se dice objeto y sujeto, pero jamás dotor o «presidente eleto», aunque el mismísimo Juan de Valdés lo habría suscripto (o suscrito...). Decir haiga es motivo de sanción barrial, pero decir caiga es prueba de conjugación impecable. Naturalmente, las aporías de este tipo podrían multiplicarse y extenderse al plano de la morfología y de la sintaxis.

El español de América ha sido víctima selecta de estas picanas correctoras. Como algunos nuevos ricos, amnésicos de su pasado familiar, la normativa académica española del siglo XVIII y sus secuelas inauguraron el horror hacia muchas formas y construcciones de rancia estirpe peninsular, cuyo único pecado no fue su incorrección raigal, sino simplemente haber sobrevivido en la desmesura territorial transoceánica.

Corolario de lo que acabamos de exponer es la cruel evidencia de que el conocimiento lingüístico y las normas de corrección han avanzado por caminos de creciente divergencia. Se ha señalado que la gramática se constituye en la historia como una instrumentación de las lenguas que, en cuanto arte o techné, se presenta como un modo de enseñar a leer y a escribir correctamente. La gramática instaló, en el dominio de los estudios lingüísticos, la cualidad de la corrección. En un primer momento, una cierta armonía fue posible sobre la base de fundamentos que podríamos llamar simbólicos, casi éticos. Y sobre la antigua idea de la analogía, que postulaba una forma inicial perfecta del lenguaje que habría sido víctima de desviaciones y corrupciones sucesivas, el siglo XVIII se propuso preservar la pureza de la lengua sancionando su intrínseca dignidad y exigiendo su reposo [...]

La cruzada purista era noble en sus propósitos e ingenua en su fe: la lengua debía fijarse en una etapa de su evolución, y debía glorificarse ese estado como norma ideal e intangible, a la que todos los desvíos debían someterse. En el escenario de la América colonial, la forma pura significó, naturalmente, la peninsular. Andrés Bello, el insigne gramático venezolano, criado intelectualmente por el racionalismo dieciochesco, autor de una gramática renovadora de larga vigencia, propulsor de una sensata reforma ortográfica al servicio de una mayor coherencia del código gráfico, consideraba, no obstante, «importante la conservación de la lengua de nuestros padres —se refería a los españoles— en su posible pureza», y llegó a manifestar su aflicción, por ejemplo, por que fuese cosa desesperada restablecer en América los sonidos castellanos de s y z. Que el seseo fuese general en América y en parte no despreciable de la Península era, para el purismo de Bello, no un testimonio de limpia simplificación y evolución fonológicas, sino la desafortunada extensión de una infección irreversible.

Rufino José Cuervo, el inmenso filólogo colombiano (el «descubridor lingüístico» de América [...]), tuvo que modificar sustancialmente su perspectiva purista inicial, de fidelidad a su maestro Bello, a medida que acrecentaba sus conocimientos lingüísticos y de historia de la lengua. Y en los diecisiete años que mediaron entre la primera edición de sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (el lapso que va de 1867 a 1884), hubo de abandonar su inicial voluntad casi exclusivamente purista, que se había iniciado estigmatizando académicamente las corruptelas del habla de sus compatriotas en la forma de un libro de correcciones del lenguaje, para llegar a hacerse cargo y verse forzado a exponer la impensada evidencia de que el «instinto popular» es una de las fuerzas que determinan la vida de la lengua, que buena parte de los vulgarismos que se denunciaban son el resultado de la obediencia a las leyes del castellano y corresponden al desarrollo natural del lenguaje. Mientras, por el contrario, son muchas las formas cultas, fieles a las exigencias académicas de naturaleza fonético-etimológica, las que contrarían el genio de la lengua. Así se afianzó en Cuervo la certeza de que el español de América no es el mero dominio de la corrupción provocada por los naturales, sino una variedad legítima, en ocasiones más fiel a los orígenes del idioma que las evoluciones peninsulares y, para peor, científicamente indispensable, si se la quiere ver como un aporte testimonial a la historia de la lengua, que la variedad académica europea no siempre está en condiciones de ofrecer.

Así fue como el estudio de la realidad lingüística de América condujo a Cuervo a considerar en clave lingüística lo que inicialmente había enfrentado con la mirada de un gramático preceptista. A la sombra de Bello había visto las desviaciones como barbarismos, como abusos cuya proscripción era lícita; pero su conocimiento posterior le permitió forjar la oposición entre dos entidades legítimas: el lenguaje popular y el lenguaje literario, y proclamar que, aun siendo la variedad lingüística americana legítima y autónoma, no debería seguir su curso por separado, sino estableciendo el criterio de corrección en una instancia supranacional; es decir, observando las características propias de la lengua, su «tipo», y no prescribiendo como modelo un uso determinado. El uso de los buenos escritores, decisivo para Bello, será en cambio atendible para Cuervo sólo en tanto sea reflejo de ese «tipo» de lengua española, el que resulte de un desarrollo fiel a las leyes del idioma. [...] La evolución de su pensamiento lo llevaría finalmente al escepticismo, y sería una pequeña obra de nuestro compatriota (y miembro de esta Academia) Francisco Soto y Calvo, más precisamente, un léxico añadido a su poema rural Nastasio (1899), el que instalaría definitivamente en Cuervo la idea de que el español de América, al calor de su ímpetu evolutivo, del andar del tiempo y de las transformaciones ordinarias de las sociedades, habría de diversificarse en una pluralidad de dialectos diferenciados.

El purismo, al que renunció Cuervo por honestidad científica, había sido ya rechazado ideológica y precursoramente por la voluntad emancipadora americanista de la generación argentina de 1837, detrás de la cual anidaban el ideario romántico, el pensamiento de la filosofía herderiana y la escuela histórica del derecho, de Savigny, reivindicadores de las fuerzas creadoras del pueblo, de la unicidad de su historia y de la lengua como elemento configurador de una particular cosmovisión.

Las últimas formulaciones de Cuervo —y recurro una vez más a la autoridad de Guitarte— casi no fueron conocidas en el mundo hispánico. Esta ausencia conceptual determinó, en las estribaciones finales del siglo XIX, la paralela inexistencia de una política lingüística americana que pudiera encarnar la nueva situación del continente y, en consecuencia, una oscilación entre la adhesión a la norma española, claramente manifiesta en la fundación de academias nacionales correspondientes a la española, y conatos independentistas radicales, que se extremaron en el criollismo y en la voluntad de crear lenguas propias en la Argentina y en Chile. Fueron esbozos de proyectos de efímera duración, pero conflictos de identidad nacional que, en todo caso, explican la demora en la creación de nuestra Academia Argentina de Letras hasta 1931, sesenta años después de la colombiana, cincuenta y siete, de la ecuatoriana, y cincuenta y seis de la mexicana.

[Continuará en una segunda parte, donde transcribiré la información que nos da J. L. Moure sobre la evolución lingüística en América desde el siglo XX hasta nuestros días.]

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

 

La patria común del español

La patria común del español

Gregorio Salvador, vicepresidente de la Real Academia de la Lengua, ofrece hoy una conferencia en el Instituto Leonés de Cultura dentro del ciclo de la Fundación Hullera Vasco Leonesa Académicos de la Española en León. En esta entrevista, el catedrático de Lengua Española habla acerca del futuro del español y del desarrollo de las lenguas vernáculas.

—Usted dijo en una ocasión que la función del idioma es entenderse, no crear identidades. ¿Cuál es entonces hoy en día la función de las lenguas vernáculas?

—Convertir el lenguaje en bandera es prescindir de él. Fíjese que la función del abanderado en las guerras era esgrimir la enseña para que las lanzas no pudieran tocarle. El valor de la lengua, para empezar, no siempre es el mismo, es mensurable. De ahí que idiomas internacionales como el español o el inglés no se utilicen como bandera.

[Extracto de una entrevista al vicepresidente de la RAE, publicada en El Diario de León.]

Resultaría difícil encontrar mejor introducción que esta para el artículo «La lengua, patria común. Política lingüística, política exterior y el posnacionalismo hispánico», del sociolingüista José del Valle , originalmente publicado en libro, y hoy ya en la red, a disposición de cualquier lector interesado en la actualidad de la planificación lingüística del español.

No podría resultar más llamativo el contraste entre estas y otras declaraciones anteriores del polémico académico, y el preciso y riguroso análisis que el profesor José del Valle realiza «de las políticas lingüísticas llevadas a cabo (o proyectadas) en España, de la estructura conceptual del nacionalismo lingüístico y de la presencia implícita de esta ideología en la actual promoción de una lengua trasnacional como el español».

Cabe matizar que la lectura de este artículo permitiría una visión más amplia, si cabe, de estos temas si se hubiera escrito tras la creación y puesta en marcha de la Fundéu, hoy una de las piezas clave de la política económico-lingüística española, de la conformación y extensión de un español global —necesario para el desarrollo del español como recurso económico y de la promoción del español en Estados Unidos—, y del traslado a los medios de comunicación de la tarea de difundir un modelo normativo unitario y ejemplar. Como decía Alberto Gómez Font, coordinador general de la Fundéu, en una ponencia reciente: «Hay que tener presente que los verdaderos maestros del español son los medios de comunicación, que se encargan de difundir los nuevos usos de la lengua; hasta tal punto es evidente ese papel de la prensa que la Real Academia Española, al redactar la última edición de su diccionario (22.ª, 2001), utilizó los textos de la prensa como referencia y les dio la misma importancia, o quizás más, que a los textos surgidos de las plumas de los grandes escritores».


Academias y académicos: qué lejos de los profesionales de la lengua

Academias y académicos: qué lejos de los profesionales de la lengua

Admiro a Alicia Zorrilla por muchas cosas. Por su trabajo en el ámbito lingüístico, sobre todo. Leo ahora —qué tarde, dirán ustedes; pues sí, supongo— su discurso de entrada en la Academia Argentina de la Lengua. Y, quizá por estar acostumbrada a esos discursos eruditos que no se casan con nada, que no son nunca la declaración de intenciones a la que nos tienen acostumbrados nuestros académicos, los de la RAE, éste de Alicia Zorrilla me atrae y me produce a la vez mucho rechazo. Pero, como dice mi hija pequeña —imitando seguramente a su abuela, que gusta mucho de refranes—, «quien tiene boca se equivoca». Vamos, que el discursito tiene tela, pero también es cierto que esta señora se moja, y hay otros que ya quisiera uno que se mojaran un poco.

Como varias partes del discurso me encienden un poco y no sé si mi autocontrol llega a tanto, vayan por delante, a la manera de un sabio escritor que conozco, mis disculpas.

Habrán oído ustedes muchas veces las historias de los niños criados en el más absoluto aislamiento por los faraones, por los reyes, por Napoleón..., con la intención tan absurda como pretenciosa e inútil de que, al echarse a hablar, la primera palabra diera con el habla de Dios o de los dioses, que, claro está, todos creían firmemente la suya propia. Bueno, nunca me ha gustado que nadie trate de apropiarse de nada en nombre de lo sagrado —bien es sabido que eso ha dado lugar a muchas guerras y sigue haciéndolo—, y tampoco me gusta que la señora Zorrilla afirme al comenzar su discurso:

El hombre de nuestros días parece espiritualmente solo, con las raíces en el aire, y esa soledad, fruto de tantas carencias y de tantas penumbras, lo obliga a salir de sí y a atraer hacia sí un ídolo material que se disfraza con las mil máscaras del oportunismo para encantarlo con la frivolidad y con la ignorancia, para vaciarlo de principios y de convicciones, para arrancarle, uno a uno, sus valores; para despojarlo del orden y de su dignidad en el decir. Se aleja de la verdad —ésta ya no es un bien, sino un mito— y, desnudo de fe, se refugia en el vacío de su incertidumbre, donde no encuentra demasiados espacios para crear ni para depurar su creación imprescindible. Y esa ausencia de verdad, que es olvido de Dios, se transforma en espejo de su expresión rota, enviciada de muletillas, de verbos descarriados que responden a la desintegración de los tiempos, de sustantivos a medias, de adjetivos débiles, descoloridos, y de preposiciones perturbadas, cuya omisión es también metáfora de tantas ausencias. En esa sintaxis del desasosiego, un vocablo devora a otro, y los que permanecen confunden sus arquitecturas y desangran sus significados. Todo pesa. No podemos decir con Octavio Paz: «Un espacio hecho de aire y en el que todas las formas poseen la consistencia del aire: nada pesa».

No creo que el hombre descreído sea un fenómeno de la sociedad de hoy; creo que ha existido desde siempre. Pero achacar la falta de cuidado por el lenguaje y la pobreza en el uso de la lengua a una falta de creencia en Dios, es como reclamar el buen escribir para los justos. No cabe en cabeza alguna que una bondad sea patrimonio de unos pocos, y que el discernimiento de qué pocos lo merecen sea llevado a cabo por un criterio como el de la religión: el que es católico (pues parece que en las primeras líneas Alicia se identifica como tal) lo único que tiene a su lado es la fe que posee; ni más ni menos, señora mía, y eso ya es mucho. Pero deje al César lo que es del César: ni Teresa de Calcuta reclamó para sí y para las suyas la bondad y la abnegación en el cuidado de los enfermos. En una entrevista dijo que ellas vivían para Dios y que sus actos eran para ellas secundarios; que mucha gente acudía a Calcuta con la intención de hacer el bien tanto o más que ellas, y en esto ella les aclaraba que si lo que querían era ayudar al prójimo, sin fe ninguna en Dios, montaran una ONG, que ella los ayudaría. Ya ven, ni la bondad y la generosidad son patrimonio de nadie: sólo la fe es algo que uno tiene o no. Achacar a la falta de valores la incorrección en el lenguaje es simplista; no creo que esas crisis cíclicas que se denuncian a menudo de desarraigo y de falta de creencias (hace mucho decía un autor, no recuerdo cuál, aunque un amigo me apunta que se le atribuye a Chesterton: «When Man stops believing in God, he doesn't then believe in nothing, he believes anything» [Cuando el hombre deja de creer en dios es capaz de creer en cualquier cosa]) se traduzcan en un empobrecimiento del lenguaje y de la expresión: el hombre sigue escribiendo y creando y buscando, y cambiando la lengua, como siempre.

Habla Alicia Zorrilla de que se ha perdido el afán de hablar bien y de escribir bien; estoy de acuerdo, lo constato en el mil veces oído «Si, total, se entiende». Pero cabría preguntarse si las Academias no han sido en parte culpables de esto: por no haberse unido antes en ese hispanismo que tanto echamos de menos para no encontrar a España siempre como la pauta; por no dejar claro su carácter normativo; por no alcanzar un consenso argumentado y permanente en sus decisiones, tantas veces contradichas en sus propias publicaciones; por hacer que esas publicaciones vigentes se desdigan las unas a las otras; por no tener esa transparencia ni esa gratuidad en la elección de sus miembros, en la elección de sus editores, en la distribución de sus publicaciones... (sobre esto hay varios artículos en este mismo blog).

Habla también Alicia Zorrilla de que «El desposeimiento de la palabra es intolerable; el exceso de palabras también, sobre todo, cuando se apartan de lo justo y lo sensato». Esto me parece peligroso: es fácil decir lo que es correcto e incorrecto, lingüísticamente hablando —ya, ya sé que a veces no es nada fácil—, pero desde luego sólo conozco pocos casos de gentes que se han atrevido a discernir entre lo que era justo o sensato y lo que no, y lo han llevado a sus últimas consecuencias: Fidel Castro, Franco..., dictadores que se creen que los demás no saben qué es lo justo o sensato y que ellos tienen que decidir por los demás. Es terreno pedregoso. No me parece acertado y quiero entender que lo que intenta decir es que la gente ya habla por hablar, sin el menor cuidado, y mete la pata. Un desacierto en su expresión.

Ay, el humor. Cuando habla de los errores que causan risa y no los entiende y se mete con no sé cuántos escritos que estudian la risa... Menos pensar y más sentir: esas erratas son las que por una hermosa forma de ser que tiene la lengua (la doble articulación), que establece pares mínimos (¿se acuerdan ustedes de formar pares mínimos para ver qué es fonema y qué alófono en una lengua?), el error hace que estos pares, a veces con una simple errata, se intercambien y la errata confiera un nuevo sentido a toda la frase, pero dejando traslucir lo que quiso decir el autor, apareciendo así un puro chiste. Como ese que cita el discurso del periodista que quiso «dedicar un cumplido a la hija del dueño del diario, quiso decir: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta”, pero se publicó “la tonta”». Esto es lo mejor de las erratas, o lo único bueno.

Habla de que no hay tiempo para la cultura y en eso coincidimos todos, supongo, pero es también labor de las Academias, en su deber de velar por el idioma, la de llamar la atención a los medios, las editoriales, las instituciones... para que se tomen ese tiempo y ese dinero. Tienen además que proponer soluciones: en España aún no se ha hecho nada por las exigencias de los correctores; y los correctores son una de las mejores —cuando no la mejor— herramientas con las que cuentan para que estos errores (todos los que Alicia Zorrilla recoge y lamenta) no aparezcan, o aparezcan muchísimo menos.

En cuanto a su «se yerra porque no se sabe», es lo que menos me preocuparía: hay que corregirlo con una educación gratuita de calidad, con libros, revistas, medios, etcétera, editados con cuidado y corrección. Y aquí de nuevo hablamos de tiempo y dinero que deberían reclamar las Academias o los ministerios de educación para no horrorizarse con los resultados: exijan correctores, reconózcanlos, cuídenlos, fórmenlos. Se corregiría con un permanente cuidado y atención de las instituciones a la base del español: el español lengua de aquí; si el E/LE es una inversión fácil y a corto plazo, el E/LA es una inversión a largo plazo básica para la otra y, además, moralmente exigible a todas las instituciones que cuidan de esta lengua y viven de ella, cuánto más a las Academias.

Más adelante:

Según el doctor Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, «la norma lingüística se establece sobre la base de lo que es el “uso normal que de ella hacen los hispanohablantes de formación media culta”. [...] Cuando un hecho gramatical se convierte en un hecho de costumbre de ese conjunto de personas, la Real Academia Española y las hispanoamericanas consagran lo que es normal como norma lingüística».

Es muy bonito lo de que las normas las establecen los hablantes y las academias las consagran; yo ahí pediría un poco más de valentía, como hacía un artículo en este blog y hemos pedido tantas veces. Además, no encuentro tan holgada la manga de la Academia, ni me gusta encontrarla así: recuerdo que Lázaro Carreter defendía que el uso que no empobrecía la lengua era el que merecía imponerse. ¿Qué quieren?, yo estoy de acuerdo con Lázaro Carreter más que con Alicia Zorrilla y su cita de García de la Concha.

En «Cada norma culta es tan valiosa como la de Madrid», el título me chirría. Primero, porque, aunque vivo en Rivas, soy de Madrid y estoy un poco harta de que aludan a Madrid como si fuera ¿qué?, ¿acaso es la lengua culta? ¿Han oído ustedes hace poco hablar aquí? ¿Y hace mucho? Porque en Madrid, hace veinte años, nadie era de aquí; y ahora, ya nadie es de aquí. Bueno, paro con esto. Me chirría porque no es tan valiosa: es más, simplemente por número de hablantes; en España somos ¿cuántos?, de los cuáles usamos el fonema zeta ¿cuántos? Pues eso, minoría absoluta. Yo creo que lo del hispanismo las Academias empiezan a catarlo, de forma titubeante: el DPD no deja de ser una muestra que un autor envía a su editor con la promesa de elaborar una obra, ¿o no? Falta un diccionario hispánico real, trabajo monumental. Falta una gramática hispánica, que incluya, por ejemplo, el voseo. La ortografía, sin embargo —aparte de la tarea pendiente de enmendar sus errores y contradicciones, y a no ser que se proponga una simplificación (no una complicación), tipo pasemos del minoritario ceceo e instituyamos el seseo—, no creo que presente problemas hispánicos más allá de la separación silábica del consabido tl en los dos tipos de pronunciación (en dos sílabas/en una sola). (Sobre el asunto de España como principal foco de irradiación y la necesidad de que esto cambie, se pueden leer, además de los artículos referidos, otros publicados también en este blog.)

Y, nada más, sólo que yo, si me atacara un atacante, en vez de usar el FIRST DEFENSE, le daría el alto y le sacaría el folleto explicativo: no tiene desperdicio, es desternillante. A lo mejor con el humor, que todo lo puede... Lo malo sería que no entendiera el español; mala suerte.

«Planiando para defensa personal. Quizas el aspecto más importante para el plan de defensa personal es aprender a confiar en sus presentimientos-si las cosas no parecen correctas, seguro que no están. Salgase inmediatamente de donde estás. FIRST DEFENSE ni cualquier otro producto puede garantizar su seguridad personal. [...]. Posesión de los productos de FIRST DEFENSE no es substitución para sentido común. [...]. Nunca usa FIRST DEFENSE como una arma ofensiva. Una técnica importante para usar si eres amenazado por un atacante es poder, dominar con aseveración. Muchos atacantes se desaniman cuando la víctima muestra fuerza y confidencia. Con el rostro hacia el atacante, levante la mano que no es dominante (usualmente la izquierda) con la palma señale al atacante ALTO, después grite lo más fuerte y agresivo que puedas “ALTO... Mantengase Atrás!”. Estudios han muestrado que personas que tienen tensión o ansiedad aumentado no oyen lo que se dice. Armonice la intensidad de lo que diga y como lo dices. Haga SU demanda fuerte y recio, no pasivo como “no me hagas daño” o “que quieres?”. [...] NO, siempre, significa NO! Practique gritar regularmente estas palabras poderosas. Si el atacante continúa, esté preparado a usar FIRST DEFENSE. [...]. Agarre firme su unidad personal de FIRST DEFENSE con cuatro dedos y pulgar. [...]. Tambien si el chorro está más corto de cuando era nueva es tiempo para reemplazarlo. [...]. Cuando estés confrontado con un atacador tenga y tome una posicion con los pies seguros y que sea facil de mover. Acuerdas... que si no encuentras el producto no puedes usarlo».

Ana Lorenzo (Rivas Vaciamadrid, España)

Barcia, un fenómeno mediático

Barcia, un fenómeno mediático Si a alguien podemos considerar principal benefactor de esta bitácora, sin duda es al doctor Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras. Pocos académicos demuestran en su discurso público un sentido tan alto de la relevancia informativa.

De estas declaraciones que a continuación reproducimos, apenas sazonadas con algún enlace ilustrativo y una pizca de resalte para lectores de vista cansada, no hay ni una sola palabra que pueda desaprovecharse, nada vano, ninguna concesión a la retórica vacía. Todo es nutritivo, todo engorda, todo se aprovecha.

Gracias, doctor Barcia, por hacernos todo el trabajo y servirnos semejante manjar en bandeja. En esta redacción estábamos muy necesitados de vacaciones.

PEDRO LUIS BARCIA EN ADEPA (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas)

«La lengua es la portadora de todos los bienes culturales»

El presidente de la Academia Argentina de Letras (AAL) habló acerca del uso de la lengua, cuestionó a la televisión y destacó la importancia de la lectura del diario para un mejor aprendizaje del lenguaje.


Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, criticó el uso de los adjetivos en los medios y dijo que «las campañas contra la chabacanería de los medios audiovisuales no prosperan porque las autoridades no operan y el gobierno no actúa porque ponerse los medios en contra, sobre todo los medios televisivos que son tan impresitos, es medio difícil».
Barcia fue el orador invitado a la cena mensual de ADEPA que se realizó a principios de marzo en el Salón Pur Sang, de Avenida Quintana 191, en Buenos Aires.
En la presentación, el presidente de ADEPA, Gustavo Víttori, señaló que «a medida que la educación en la Argentina se fue degradando, el nombre de Barcia ha ido tomando predicamento. Los medios de difusión fueron dándole cada vez mayor espacio».
Víttori resaltó la preocupación de ADEPA por el destino de la lectura y de la comprensión de lo que se lee. «La construcción de una sociedad se realiza a través de los conceptos y estos a su vez se construyen mediante las palabras, porque a partir de las palabras se crean mundos, se crean universos, se construye la sociedad y se construye el país». Pedro Barcia agradeció la iniciativa de ADEPA para que junto con la Academia trabajen a favor del lenguaje y opinó que hasta ahora las academias han sido «paquidérmicas, elefantiásicas, han tenido poca adecuación a la realidad» y criticó la falta de contactos con la prensa. «La escuela, la academia y los medios de comunicación deben trabajar para mantener la unidad del idioma», señaló.
El presidente de la Academia Argentina de Letras anticipó que el 27 de marzo de 2007 serán anunciadas las nuevas correcciones de la ortografía y que la Real Academia Española junto con Microsoft están preparando un corrector de textos «que va mucho más allá que el simple corrector de la ortografía, va a la concordancia entre los términos, va a la correspondencia de las palabras».
Ese corrector «cuesta millones de pesos pero el negocio será para ambos», afirmó Barcia, sobre el acuerdo con Microsoft.
Por otra parte, Barcia se refirió del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) que se presentó, en octubre del año pasado ante los reyes de España. «Es único, es ejemplar, va a la cabeza de todos los diccionarios porque es de todas las academias de la lengua española».
«El Diccionario Panhispánico de Dudas es realmente un instrumento fundamental para los escritores, para los periodistas, y los manuales de estilo van a tener que revertirse en función de la unidad básica que va adoptando el consenso de los treinta y cinco medios que participaron de la presentación», subrayó.
Barcia definió a la cultura y la lengua: «La cultura es el conjunto de soluciones —dijo— que una comunidad cualquiera le da a los problemas básicos de la vivienda, de la vestimenta, del alimento, de la defensa propia y de la comunicación. La lengua es la portadora de todos los bienes culturales porque gracias a la comunicación nos endoculturamos».
El presidente de la Academia recordó cuando Ernesto Quesada publicó en 1922 un análisis de la prensa de Buenos Aires donde se señala la reacción a favor de la lengua por parte de La Prensa y La Nación que «al cambiar el lenguaje cambiaron la realidad lingüística del país, porque la gente aprendió a escribir con el diario como los hijos de los inmigrantes aprendieron a hablar con la radio».

Los tres peligros de la lengua
«La vulgaridad de la lengua escrita y de la lengua hablada da la imagen del país y ese es el primer peligro que enfrenta porque la degradación ha sido siniestra en este campo», aseguró Barcia, quien responsabilizó a la escuela que formó «discapacitados» que no saben como expresarse cuando salen en busca de trabajo.
La pobreza es el segundo de los peligros señalados por Barcia. «Para leer y comprender el diario es necesario conocer por lo menos mil ochocientos caracteres y eso está muy lejos de los apenas seiscientos con los que se manejan los jóvenes».
«Más de la mitad de los jóvenes están por debajo de la línea de pobreza lingüística. Esos jóvenes no pueden ejercer el derecho a la libertad de expresión, no pueden opinar por lo tanto no están habilitados para la democracia», sentenció el catedrático.
Para Barcia, el tercer peligro es la lengua neutra. «La estandarización de la lengua por parte de los medios es buena porque extiende la unidad del idioma y es malo porque vamos perdiendo los matices regionales. Pero el negocio impera, ya que vender una telenovela o una publicación en lengua estándar es mucho mas fácil que cuando se utilizan los regionalismos que no son entendibles para todos».
Para el presidente de la Academia Argentina de Letras los diarios on line en español son un avance para nuestra lengua porque antes la mayoría de estos periódicos electrónicos estaban editados en inglés.
Por otra parte, anunció su participación en Fundéu, la fundación formada por EFE y el BBVA, instalada [ya] en Buenos Aires, que tiene por objetivo monitorear a los diarios y tomar la media común en cada gran capital del mundo.
Así también anunció para fines de marzo la presencia de todas las academias en el IV Congreso Internacional de la Lengua que se realizará en Cartagena de Indias, Colombia, donde tendrá lugar un debate sobre el uso del lenguaje en los medios de comunicación.

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas): Conclusiones

Políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas (o la falta de ellas): Conclusiones

[Viene de aquí.]

Las conclusiones de esta serie son bien breves y sencillas de enunciar:

Dentro de las políticas lingüísticas de las academias de la lengua hispanoamericanas no existe el propósito de establecer nuevos centros de estandarización. Sí hay una convicción generalizada de que esta situación debería modificarse.

Muchas veces los rioplatenses tenemos el sentimiento de que «hablamos mal» o de que usamos una variedad del español de menor prestigio respecto de otras variedades. Este sentimiento se pone en evidencia, por ejemplo, en el uso del voseo. La peculiaridad lingüística de nuestra variedad —detallada en Español como lengua extrajera. Aspectos descriptivos y metodológicos de V. Bertolotti y L. Masello— comienza en el momento mismo de la introducción del español en América, ya entre los siglos XVI y XVII, en que se efectúa el poblamiento de la mayoría de las regiones, y se producen grandes cambios en el sistema de fórmulas de tratamiento empleadas en español. En el Uruguay, el tuteo y el voseo se alternan de una manera singular. Dicho con las palabras del profesor Carlos Hipogrosso Revista de la Educación del Pueblo, n.º 91, 2003, en las cuales he basado las presentes conclusiones—, el sistema educativo formal ha aplicado hasta ahora una política lingüística, implícita en la enseñanza del español como lengua materna, que no ha tenido en cuenta las singularidades rioplatenses. La visión proyectada por el sistema formal sobre la superficie del mundo hispanohablante es monolingüe, anula las diferencias y atenta contra las identidades. Si alguna vez se han reconocido estas formas en las políticas lingüísticas educativas de nuestro país, ha sido para estigmatizarlas colocándolas en un plano de secundariedad y de desprestigio que merece ser revisado.

En la primera entrega de esta serie quedó expresada, con palabras del lingüista y académico Adolfo Elizaincín, la necesidad de un nuevo centro de estandarización que regulara la norma de la variedad rioplatense. En la segunda parte, al documentarse la relación entre las políticas lingüísticas y el contexto sociohistórico, por las sociolingüistas Graciela Barrios y Patricia Pugliese, se deduce que tal estandarización es necesaria, no por imposición autoritaria de los usos normativos propios del español peninsular y ajeno a los usos regionales sino por absorción de los usos literarios y académicos propios. Con las palabras del antropólogo Renzo Pi, en la tercera parte, se estableció una de las principales razones históricas, de raíz étnica, de esta necesidad: más de un tercio de la población tiene origen italiano. También el portugués y el guaraní aportan su caudal lingüístico dentro de la variante rioplatense.

La Academia Nacional de Letras del Uruguay es, como muchas otras academias hispanas, una institución de muy escasos recursos económicos. Esta realidad nacional no permite planificar un centro que se ubique en su capital. Es en Buenos Aires, capital del vecino país, en cambio, donde debería establecerse el centro de estandarización rioplatense. La significativa cantidad de hablantes de esta variedad se calcula sumando la mayoría de los habitantes del país argentino (unos 37 millones de habitantes en total) a la mayoría de la población uruguaya (unos 3 millones de habitantes en total). Es una cifra de peso, que permite distinguir mejor qué se agrupa dentro de ese 90 % de hispanohablantes americanos (unos 340 millones). Parafraseando al escritor español Clarín (1852-1901), nos gustaría proclamar que «La lengua también es nuestra». Hoy día, esta posibilidad se ve acrecentada por la supervivencia de la alianza del Mercado Común del Sur (el Mercosur), desde donde se sigue buscando definir una identidad política regional basada en acuerdos comerciales. Las fronteras lingüísticas, como bien señala Klaus Zimmermann, no coinciden con las fronteras estatales o nacionales.

Si, tal como precisa Félix Córdoba Rodríguez, la primera recopilación de voces americanas fue hecha en el siglo XVI, con el Diccionario de voces americanas, y permaneció, quizá muy significativamente, inédito hasta 1995..., ya es hora de inducir los cambios necesarios dentro de las academias de la lengua hispanoamericanas. Pero la política lingüística española actual, por su lado, soporta la impronta de un probable interés no solo investigativo sino también comercial, enfocado en la capacidad de expansión de una lengua de la que se distingue su «potencial económico». Esta política está siendo llevada adelante por la Real Academia de la Lengua Española, el Instituto Cervantes y sus patrocinadores.

¿Seremos los hispanoamericanos los más dignos herederos del genial Cervantes? ¿Continuaremos esforzándonos en ver en los gigantes, y más allá de los límites de la razón —como en un particular negativo fotográfico revelado en el margen oeste del Atlántico—, no a los gigantes, no..., sino a amables y muy amistosos molinos de viento?

Pilar Chargoñia, correctora de estilo, Montevideo, Uruguay. valchar@adinet.com.uy