Blogia

addendaetcorrigenda

Carme Serrallonga, pedagoga i traductora. (Un petit homenatge)

Carme Serrallonga, pedagoga i traductora. (Un petit homenatge)

Ahir, a la Biblioteca Vapor Badia de Sabadell, vaig poder visitar —tant com els meus fills em van deixar— l’exposició itinerant «Traductores», que fa una ullada històrica a una activitat (la traducció de textos estrangers al català) considerada sovint subalterna, i que mostra la trajectòria de 12 dones traductores i escriptores catalanes. Passejant entre les fileres que formaven els 12 panells de la mostra vaig tenir l’agradable sorpresa de poder llegir, fil per randa, la vida literària de qui va ser fundadora i directora d’una de les escoles on em vaig formar: Carme Serrallonga, una dona que mai no va deixar d’aprendre noves llengües i noves cultures per tal de poder gaudir de l’art literari sense «traïcions» i que, conseqüent amb aquest desig, mantenia la literalitat com a premissa metodològica.

En aquest article sobre dones traductores, Pilar Godayol, una de les comissàries de l’exhibició, glossava la seva figura:

Fundadora, amb altres companys i companyes, de l’Institut Escola, inspirat en la Institución Libre de Enseñanza, i creadora el 1939 de l’escola Isabel de Villena, Carme Serrallonga (1909-1997), gira al català una vintena d’obres del teatre universal dels grans autors. Traductora de l’anglès, el francès, l’italià, i especialment de l’alemany, Serrallonga explicava que havia començat a aprendre la llengua germànica per poder conèixer a fons l’obra de Brecht, del qual el 1966 tradueix La bona persona de Sezuan, a proposta de Ricard Salvat, i després cinc obres més. De l’alemany també porta al català autors com Friedrich Dürrenmatt, Peter Handke, Goethe, Mozart o Alfred Döblin. Així mateix, Serrallonga fa petites incursions en les literatures anglesa, nord-americana i italiana. Entre d’altres, de l’anglès tradueix Una habitació amb bona vista (1986) d’E. M. Forster, El dret d’escollir (1987) de Brian Clarke i A la glorieta (1992) de Jane Bowles; de l’italià, El jardí dels Finzi-Contini (1967) de Giorgio Bassani, El difunt Mattia Pascal (1986) de Luigi Pirandello i la famosa Una jornada particular (1984) d’Ettore Scola; i del francès, Kean: adaptació de l’obra d’Alexandre Dumas de Sartre. Malgrat ser pedagoga, fins que el 1983 l’editorial La Galera li encarrega la traducció d’En Jim Botó i en Lluc el maquinista de Michael Ende, Serrallonga no havia traduït mai literatura infantil. A partir d’aquell moment es concentra en la gesta de fer accessible al públic jove català obres de més d’una quinzena d’autors i autores d’aquest gènere. Als vuitanta-quatre anys, després de traduir més d’una quarantena d’obres, Carme Serrallonga es posa a estudiar rus pel plaer de poder llegir Txékhov en la seva llengua. Sembla que, abans de morir, provava de traslladar un llibre de poemes d’una altra russa universal, Anna Akhmàtova.

Com a capdavantera del retorn a la docència en català, i per la seva aferrissada lluita per la conservació i l’avenç cultural de la seva llengua en un període especialment dur, la Facultat de Filologia de la Universitat de Barcelona va instituir el Premi Carme Serrallonga a la qualitat lingüística, que honora, any rere any (i en fan catorze), la tasca traductora i docent de «La Serrallonga» —merescuda feminització del nom del bandoler mític, amb la qual l’anomenavem els seus alumnes.

I, per cert, casualitats de la vida, el guardó d’enguany l’ha obtingut la segona empresa senyera de la ciutat on visc, als establiments de la qual hom pot assaborir el català més genuí del món de la restauració: «¡¡¡Oíiido: un zipi-zape paseao, un biki y una de patataaas!!!».

 

Silvia Senz (Sabadell)

 

Los cuerpos del rey y el cuerpo de Michon

Los cuerpos del rey y el cuerpo de Michon

Imagen: © Jean Luc Bertini

Anagrama suele traernos autores y libros que merecen la pena. Dice Jorge Herralde, su editor, que los textos recogidos por esa casa editorial tienen un valor literario y no son escogidos por motivos comerciales o mercadológicos (vía Infoeditexto). Lo cierto es que leo y compro muchos libros de esta editorial, aunque creo que alguno se les cuela o nos cuelan, como Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, que sin duda no llega a la calidad que nos dio el autor en Los restos del día.

Este libro de Pierre Michon es una edición en castellano de dos de sus obras, publicadas en distintos años en Éditions Verdier: Corps du roi, 2002, y Trois auteurs, 1997, en el 2006 por Anagrama. Es un acierto de esta editorial el haber publicado los dos libros conjuntamente, así como haber elegido el título Cuerpos del rey, porque aunque Pierre Michon no lo diga, considera literatura personificada también a Balzac y al mucho menos conocido Cingria; qué decir de Faulkner, tercero de los protagonistas, que es para el autor «el padre del texto» (p. 146), el que le proporcionó «[…] la llave, el secreto, la postura, el imparable incipit a partir del cual el texto se despliega sin esfuerzo.» (p. 146).

La traducción está espléndidamente realizada por María Teresa Gallego Urrutia. Me ha sorprendido leer en una crítica que esta excelente traductora haya cambiado el título, pasando el Corps de roi original [sic] a Cuerpos del rey. He buscado en Éditions Verdier y no he encontrado ninguna edición de Corps de roi de Pierre Michon, todas son Corps du roi. Aunque la crítica le saca un jugo estupendo a esta ausencia de artículo, me temo que sea una simple errata de Anagrama, que sí imprime en la contraportada: « Título de las ediciones originales: / Corps de roi (2002) y Trois auteurs (1997) / © Éditions Verdier / Lagrasse »

Pierre Michon nos obsequia (gracias también a su traductora) con una prosa excelente, varios relatos cortos que giran en torno a grandes autores literarios. El orden de Corps du roi parece haberse cambiado en la edición castellana Cuerpos del rey, aunque se ha respetado la división de los dos libros que componen este último, y así aparece en primer lugar «Los dos cuerpos del rey», que parte de una fotografía de Beckett —maravillosa, «[...] es guapo, hermoso como un rey; con pupilas de hielo, la ilusión del fuego bajo el hielo; con boca rigurosa y perfecta; y ese noli me tangere que le viene de nacimiento [...]», (p. 16) y es que «casi no es posible hacerle una foto al saccus merdæ llamado Samuel Beckett sin que surja en ese mismo instante el retrato del rey» (p. 16)—, y en el que Michon introduce el juego en el que nos va a adentrar: «Sabido es que el rey tiene dos cuerpos: un cuerpo eterno, dinástico, que el texto entroniza y consagra, y al que arbitrariamente llamamos Shakespeare, Joyce, Beckett, o Bruno, Dante,Vico, Joyce, Beckett, pero se trata del mismo cuerpo inmortal ataviado con pasajeros andrajos; y hay otro cuerpo mortal, funcional, relativo, el andrajo, que se encamina a la carroña; que se llama, y nada más se llama, Dante y lleva un gorrito que le baja hacia la nariz chata; o nada más se llama Joyce, y entonces tiene anillos y mirada miope y pasmada; o nada más se llama Shakespeare, y es un rentista bonachón y robusto con gorguera isabelina.» (p. 15).

Autor tras autor (Beckett, Flaubert, Muhamad Ibn Manglî, Faulkner, Villon, Victor Hugo), Michon fabula, recrea, imagina, relata, retrata, adivina e inventa esos cuerpos mortales que han sido portadores de lo sublime, que han sido reyes, ya por ser «literatura personificada», ya por una obra —como en este libro Villon por su Balada de los ahorcados—, ya por una frase perfecta —como la del ensayo de caza escrito a los sesenta años por Muhamad Ibn Manglî sobre el halcón: «Cuando bate de par en par, es desmedido; cuando sacia su hambre, va presto; cuando ataca, daña; cuando pica, hiende; y cuando hace presa, se harta» (p. 45), tal como la muerte.

Podemos así viajar con él por el hombre de carne y hueso que existe bajo el peso o gracias al placer de la escritura perfecta. Lo disfrutaremos, sin tener por qué estar de acuerdo[1], saboreando su prosa y sabiendo que mucho de lo que hay ahí es Pierre Michon, gran lector, gran conocedor de estos autores, pero siempre Pierre Michon, escribiendo entre el ensayo y la ficción, sin renunciar a esa parte de creación a la que él tiene derecho y que un día le fue concedido materializar a través del gran Faulkner, no con el peso de la «g» brillante y castrante de Victor Hugo (p. 30).

El titulado «El cielo es un hombre pero que muy grande» es el último de la parte «Cuerpos del rey» y el que da entrada a «Tres autores»; y no creo que sea una casualidad. En este relato, Michon se ha desprendido un tanto del cuerpo mortal —que no del sagrado— de los autores (Villon y Victor Hugo) para terminar de ocupar él ese espacio. En los tres relatos de la segunda parte, es Pierre Michon, sin juegos, el cuerpo mortal y carroñero; más que carroña, el que nos pasea de la mano entre los juegos de la literatura y la vida: los encuentros reales e inventados de Balzac y otros literatos, esas deliciosas escenas que Michon quiere que hayan ocurrido, que nos cuenta como si hubieran ocurrido. O los bailes de Cingria, sí, pero, sobre todo, el relato es una introducción a esa publicación del texto de este autor en la Nouvelle Révue Française gracias a su frase «Las hortalizas llegan por añadidura, en silencio, de noche.» (p. 140), exclusivamente gracias a ese baile de las comas, que no solo consigue que Paulhan publique la reseña, sino que Gide se apacigüe y se ría.

Y el último de los relatos es un reencuentro con Faulkner, y una confesión, un texto sincero de un autor que entra en la literatura como creador, gracias a una obra que se le hace cercana, que no le pesa, que le da una llave para abrir esa puerta que todo autor ha cruzado. «Sí, lo que me dio Faulkner fue permiso para entrar en la lengua a hachazos, y el atrevimiento del enunciado, la poderosa voz invencible que echa a andar dentro de un hombrecillo inseguro. Fue la violenta libertad.» (p. 147). Pues no es poco.

 

Decía Marcos Taracido en su Textos del cuervo intitulado Europa o el vislumbre de una nueva ficción:

Cuando ahora leo el Austerlitz de Sebald me aturdo con la niebla de Kafka, inmerso en las fabulaciones de Calvino, lucho y braceo con las hostilidades de Goytisolo, acaricio la sensibilidad de Coetzee (británico, tan británico), me enmascaro con Pessoa y navego por la lenta y precisa prosa de Marcel Proust. La hermosa historia de un hombre en busca desesperada de su origen, vapuleado por la angustia de un talud en su infancia, con el arte arquitectónico como único bastón, vestigio de las ruinas que quedan de su cuna, ruinas también de la devastación —y nueva fundación— de Europa en la Segunda Guerra Mundial. Austerlitz ama las estaciones como se ama el paso; el viaje, una huida constante hacia el pasado y a un tiempo la aspiración del mundo. Cuando escuchando a una familiar remota se da cuenta de que, sin entenderla, comprende la lengua de sus padres, yo escucho a Wim Mertens y el lenguaje imaginario de sus composiciones, y creo que en esa ficción tan cercana al ensayo (la que construye el Microcosmos de Magris o las novelas de Vila-Matas) es el camino, si ha de haberlo, hacia la nueva novela europea.

No es novela lo de Michon, son relatos, pero comparten la característica de ser «esa ficción tan cercana al ensayo». Y es bueno no perder de vista que lo que tenemos entre manos es eso: ficción.

Ana Lorenzo, Rivas Vaciamadrid (Madrid), España.



[1] Por ejemplo, a mí, «Cuerpo de palo», sobre Flaubert, me decepcionaría si fuera un estudio o ensayo; desde el momento en que lo tomo como ficción, que sé que el que más se describe ahí es el propio Pierre Michon en su relación con Gustave Flaubert, no me supone ningún problema; simplemente, yo no haría así ese retrato, salvando las distancias de la prosa.

Pistas para seguirle la huella a la política lingüística y cultural (neoliberal) del español

Pistas para seguirle la huella a la política lingüística y cultural (neoliberal) del español

Al margen de las notas y artículos que solemos publicar en esta bitácora sobre política lingüística, editorial y cultural del español, al lector habitual de A&C tal vez le interese conocer nuestras fuentes de primera mano:


1. Al lector neófito le interesará abrir boca con este par de estudios críticos y compilatorios:

* Elvira Narvaja de Arnoux: «“La lengua es la patria”, “nuestra lengua es mestiza” y “el español es americano”: desplazamientos significativos en el III Congreso de la Lengua Española».
* José del Valle: «La lengua, patria común: Política lingüística, política exterior y el post-nacionalismo hispánico».
* Rita Cancino: «El español - la empresa multinacional: El impacto de la lengua y cultura española en el mundo actual».

Tampoco le conviene al lector curioso perder de vista los sucesivos encuentros, proyectos y estudios que se desarrollan (desde España) en torno a la expansión y promoción de la lengua española, a saber:

 

2. Las publicaciones de los sucesivos CILE (Congreso Internacional de la Lengua Española) y la reseña que del último acaba de publicar el organismo encargado de «realizar un estudio exhaustivo de los intereses de España y de los españoles en la sociedad internacional, para ponerlo al servicio de la comunidad».

 

3. Los sucesivos anuarios El español en el mundo que, desde 1998, viene publicando el Instituto Cervantes.

 

4. Las sucesivas ediciones del Acta Internacional de la Lengua Española:

* Qué son, quiénes las impulsan y qué se proponen.
* Las ponencias y conclusiones de la primera de las cinco ediciones anunciadas.
* Sus primeras consecuencias.

* Su segunda edición, que se celebrará este mes de junio, sobre el mundo editorial en español (y sólo en español).


5. La página del Real Instituto Elcano, especialmente el área de Lengua y Cultura.

 

6. Los sucesivos seminarios sobre «El valor económico del español», promovidos por Telefónica.

 

7. Los seminarios «El español, un activo estratégico para las industrias culturales iberoamericanas» (que acaban de arrancar con esta primera edición y declaración final).

 

 

8. El fruto de los estudios econométricos que se desarrollan en este marco:

* Francisco Moreno y Jaime Otero: Atlas de la lengua española en el mundo (1.ª parte, en pdf; 2.ª parte, en pdf).

* J. L. García Delgado, J. A. Alonso, y J.C. Jiménez: Economía del español.

* «El idioma español pierde valor económico».

* José Antonio Alonso y Juan Carlos Jiménez: «Aspectos conceptuales y analíticos. El valor de la lengua como capital social».

* En «Publicaciones: Documentos de trabajo: El valor económico del español» del Instituto Complutense de Estudios Internacionales:

Alonso, José Antonio
«Naturaleza económica de la lengua».

Carrera, Miguel; Bonete, Rafael; Muñoz de Bustillo, Rafael: «El programa ERASMUS en el marco del valor económico de la Enseñanza del Español como Lengua Extranjera».

Criado, María Jesús: «Inmigración y población latina en los Estados Unidos: un perfil sociodemográfico».

Gutiérrez, Rodolfo: «Lengua, migraciones y mercado de trabajo».

Jiménez, Juan Carlos
«La Economía de la lengua: una visión de conjunto».

Quirós Romero, Cipriano; Crespo Galán, Jorge: «Sociedad de la Información y presencia del español en Internet».

Moreno Fernández, Francisco; Otero Roth, Jaime: «Demografía de la lengua española».

* El número 13 de la revista Circunstancia (Fundación José Ortega y Gasset), cuyo sumario es:

José Luis García Delgado: «El valor económico del español: una incitación».

Rodolfo Gutiérrez: «Inmigración, lengua y mercado de trabajo».

Juan Carlos Jiménez y Aránzazu Narbona: «Economía y lengua: el español en el comercio internacional».

Miguel Carrera Troyano y José J. Gómez Asencio: «La industria de la enseñanza del español como lengua extranjera».

Guillermo Rojo: «El español en la red».

José Antonio Alonso y Juan Carlos Jiménez: «El valor de la lengua: aspectos conceptuales y analíticos».

Osvaldo Hurtado: «El camino económico de la lengua española».

 

 

Francisco Moreno Fernández y Jaime Otero Roth: «El español en su dimensión demolingüística».

Julio María Sanguinetti: «La lengua como activo».

 

9. Los convenios y planes de financiación del ICEX para la promoción del español y sus industrias culturales:

* Dossier ABC «La Industria Cultural Española»

* Monográfico de La Vanguardia «Aprendiendo a Exportar Contenidos Culturales para El Mundo» (enero del 2008)

 

10. El Foro de Marcas Renombradas Españolas, el Plan Estratégico 2006-2010 de Marcas Renombradas Españolas, y el Proyecto Marca España (del Instituto Español de Comercio Exterior [ICEX], el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, el Foro de Marcas Renombradas Españolas y la Asociación de Directivos de Comunicación DIRCOM, con el apoyo institucional del Ministerio de Asuntos Exteriores), proyecto en el que la lengua española se presenta como la única y exclusiva marca identitaria y de prestigio de la cultura española, y el único objeto de promoción internacional, estratégicamente ligada a la imagen país que España quiere proyectar al mundo, a la actual política exterior de alianzas iberoamericanas y a la política panhispánica de unidad del idioma; véase (las negritas son mías):

La estrategia de imagen de España debe ser un proyecto a largo plazo, un esfuerzo sostenido en el tiempo cuya gestión y responsabilidad se sitúe por encima de la legislatura política. Debe ser un proyecto de Estado, a partir de una estrategia definida que diseñe las distintas acciones a desarrollar, tanto en el aspecto político y comercial como en el cultural. Se ha destacado en este sentido la importancia estratégica de coordinar el esfuerzo de todas las instituciones públicas y privadas mediante un ente que tenga responsabilidad al más alto nivel, que actúe como «Guardián de la marca», con responsabilidad total y absoluta sobre estas cuestiones. En esta misma línea se ha subrayado la necesidad de actuar en el ámbito diplomático sobre las instituciones multilaterales, mediante la creación y desarrollo de lobbies específicos que representen los intereses de la marca España. La coordinación institucional de la imagen de España debe ir acompañada, además, de una estrategia común con el ámbito empresarial, y en especial, con aquellas empresas que ejercen de importantes embajadores de la marca España. La estrategia de marca España debe basarse, según se ha sugerido, en una idea dominante (como, por ejemplo, el concepto de prestigio) que pueda ser utilizada por todos los públicos objetivos de la marca España, tanto en el sector turístico, el empresarial, el cultural o el político. Pero sobre todo, debe establecerse una relación importante entre la marca España y el concepto globalizador de la lengua española, como uno de los principales atributos de la marca España. [P. 19.]

***

Desde la perspectiva de los representantes diplomáticos, ésta es el área que más prestigio ofrece al país. Lo que más prestigio produce a largo plazo es la cultura. Hay que buscar la esencia y la realidad de un país y comunicarla. Es decir, crear la identidad de la marca a partir de su propia esencia. Esta idea es defendida, también, por otras instituciones como el Instituto Cervantes e incluso por el ICEX, al centrarse en el idioma español, como uno de los principales activos para posicionar la marca España en los mercados internacionales.

En este sentido, también se amplía la idea de la lengua española más allá del concepto de España.

El español y la cultura en español es el activo más importante para el prestigio de una imagen de España en el mundo, teniendo en consideración que el español se diluye a escala internacional en el concepto más genérico de hispánico. La creación de la marca España es inseparable de la relación cultural que nos liga a Iberoamérica y, por tanto, la creación de una marca España debe dejar una puerta abierta a la asociación de una marca hispánica. Por ejemplo, la imagen en Estados Unidos del español está más ligada a lo hispánico que a España. Como idioma, el español es el gran competidor del inglés.

El inglés es hegemónico pero ligado a uno o dos países. El español se encuentra ligado a dos continentes y está convirtiéndose en una gran lengua internacional de comunicación. Va acotando distancias frente al inglés, gracias a su relativa homogeneidad y unidad de normas entre países. También la concentración del idioma (Latinoamérica, España, California y Florida), son factores que favorecen el español frente a la fragmentación del inglés, tanto geográfica como lingüística. En estos momentos, la percepción de la imagen de la lengua y cultural del español es muy buena, por no decir excelente.

El problema subyace en que no existe una estrategia definida y coordinada para aprovechar esta coyuntura propicia. Esta estrategia no existe, aunque sí la voluntad de coordinar esfuerzos. En este sentido, se hace de nuevo énfasis en la necesidad de una mayor coordinación con otros organismos afines, como por ejemplo el Ministerio de Educación. [P. 43.]

***

Deseamos igualmente resaltar que la cultura y la lengua españolas son activos de primer orden que están infrautilizados. Es urgente reforzar y coordinar la acción cultural exterior, en especial las instituciones públicas y los programas de apoyo a la enseñanza privada de la lengua y cultura españolas.

Cuando sea necesario, porque no haya los suficientes recursos propios, habrá que fortalecer la acción del Instituto Cervantes con alianzas estratégicas, como la lograda con México en Estados Unidos.

Una medida a tener en cuenta son los programas de subvención a traducciones y libros de texto de español o en español (sobre historia, etc.), que cumplan unos requisitos de imagen, por ejemplo que recojan aspectos positivos de la cultura e historia españolas. [P. 103.]


11. Lo que publica en relación con la lengua y la cultura españolas, y la marca país (aquí, aquí y aquí) el diario El Exportador Digital, del Instituto Español de Comercio Exterior.

 

12. Las noticias que ofrece el portal del Instituto Cervantes.

 

13. Las noticias y artículos que ofrece la web de la Fundéu.


Silvia Senz (Sabadell)


Y comí gambas en la Feria con cuchillo y tenedor. (Sobre el concepto de «corrección» en la lengua)

Y comí gambas en la Feria con cuchillo y tenedor. (Sobre el concepto de «corrección» en la lengua)

Hace unos días, mientras me tomaba unas gambas y unas cervecitas en una caseta de la Feria de Sevilla, uno de los allí reunidos me preguntó —con un muchísimo de guasa y un todavía más de manzanilla— cómo era posible que yo, siendo lingüista, estuviera hablando del arcarde, que eso era una incorrección, que lo correcto era decir «el alcalde».[1] Para explicárselo con la misma guasa, pedí un cuchillo y un tenedor y, mientras comenzaba a comerme con ellos las susodichas gambas, le pregunté si ya lucía lo bastante fino como para hablar del «excelentísimo señor alcalde». Y todos nos echamos a reír; incluido el camarero, claro, que al verme pelar las gambas con los cubiertos debió de pensar que no estaba en mis cabales.

El caso es que es ciertamente llamativo lo quisquillosos que podemos llegar a ser en cuanto al concepto de corrección idiomática. Quienes gustan de academias y entes normativos —los que suelen confundir corrección con purismo— defienden esta palabra con pasión, con uñas y con dientes, aunque con pocos argumentos más: «Este uso es incorrecto porque lo dice la Academia»… y sanseacabó. Quienes, por el contrario, creen que tal noción es un invento —los que confunden corrección con imposición— achacan a los primeros un ilegítimo afán de dominación clasista: «No hay formas de hablar más correctas que otras, así que nadie tiene por qué decirles a los demás cómo deben hablar».[2]

En el caso hispano, y haciendo un ejercicio de mera retórica, se podría decir que la Real Academia Española[3] nos ha inculcado a fuego esta noción de corrección dogmática.[4] Claro está, también podría decirse que quienes no creen en este concepto tienen igualmente comido el seso por los descriptivistas del «todo vale», que con idéntico dogmatismo defienden que no existe eso que llaman «la lengua correcta». Y seguiríamos en las mismas. Permítanme, pues, que hable sin retóricas, sin dogmatismos —y principalmente como sociolingüista— sobre este esquivo y polisémico concepto de la corrección en la lengua.

Lo primero que aprende un lingüista es que cualquier lengua, cualquier dialecto, cualquier modalidad, cualquier uso, responde a un patrón perfectamente sistematizado; da igual que quien hable sea un cabrero o un catedrático, da igual que sea chileno o andaluz, y da igual que esté contando un chiste o escribiendo una tesis doctoral. Así, el concepto de corrección, de bueno o malo, de usos mejores o peores que otros, suele traernos al fresco a los lingüistas; para nosotros, lo importante en todo caso es si el uso es gramatical o no. Luego, se puede decir que, desde el punto de vista lingüístico, la corrección no existe; en todo caso existe la gramaticalidad, la pertenencia o no al propio sistema de la lengua.[5]

Sin embargo, lo primero que aprendemos los sociolingüistas —y les confieso que esto me resulta deliciosamente paradójico— es que el anterior postulado de la lingüística teórica es sólo eso, teoría, ya que deja de tener validez en cuanto nos bajamos al ruedo de la práctica. En el día a día, la teoría lingüística descriptiva no llega a explicar por qué, si todos los usos gramaticales son igualmente correctos, la gente opina que los hay mejores o peores; un fenómeno que ocurre en todas las lenguas, exista o no academia normativa de por medio.[6]

Para un lingüista, decir me s’a caío no es ni mejor ni peor que decir se me ha caído. Un lingüista sabe —como descriptivista que es— que el sistema de la lengua española admite este tipo de realizaciones múltiples que se producen sobre todo en el terreno léxico y fonético.[7] Un sociolingüista, por el contrario, sabe —como descriptivista que también es— que los dos usos no son iguales; que, dependiendo del lugar y del grado de formalidad, hay hablantes para quienes me s’a caío es una incorrección, o que incluso lo consideran incorrecto siempre. Esta valoración social de los hechos lingüísticos es lo que diferencia a la sociolingüística de la lingüística teórica. Y a este tipo de paradoja se enfrenta cualquiera que investigue el lenguaje humano en sociedad con espíritu científico. Quien no sea capaz de admitir la paradoja caerá irremisiblemente en la contradicción. [8]

Esta supuesta incongruencia entre un axioma lingüístico (todo lo gramatical vale) y un axioma sociolingüístico (no todo es gramática en la lengua) se explica porque para la lingüística el ser humano es homo loquens; mientras que para la sociolingüística es —además, y principalmente— zoon politikon.[9] Por eso, cuando estudiamos el uso del lenguaje en sociedad, comprobamos cómo el concepto de corrección no sólo existe, sino que puede llegar a adquirir una importancia principal. Nuestra forma de expresarnos es el traje que viste nuestros pensamientos, y todos tenemos una opinión sobre nuestra indumentaria y sobre las indumentarias ajenas. La corrección es, pues, un concepto cultural y social más que lingüístico, es obvio; pero no por ello su existencia y relevancia es menos nítida.[10] En toda sociedad hay usos considerados mejores y peores que otros, y la lengua —una herramienta social donde las haya— no iba a ser ajena a este fenómeno.[11]

Visto así, el concepto de corrección no es tan difícil de comprender. Basta con recordar las diferencias que existen entre comer con los dedos y comer con cubiertos. Ambas formas alimentan igual, pero ni de lejos podemos decir que sean lo mismo, ni que puedan utilizarse en las mismas ocasiones: una la sabe hacer cualquiera, la otra hay que aprenderla; una sirve para andar por casa, la otra para andar por casas ajenas. Quien no vea esta realidad tendrá problemas a la hora de usar la lengua en sociedad; como los tendría quien sólo supiera comer con las manos y como los tendría quien se empeñara en usar los cubiertos para comerse un plato de jamón en un chiringuito playero. Por eso, lo mejor es no confundir purismo con corrección.

Tampoco conviene confundir corrección con imposición clasista. Hay quien pone en cuestión, por ejemplo, la existencia y utilidad de la denominada norma culta,[12] de un uso formal y prestigioso de la lengua adecuado para determinadas situaciones comunicativas; y ello a pesar de que seguramente la utilice todos los días si ha recibido un mínimo de educación. Son personas que dicen: «El español culto es un invento de los poderosos, ¿es que acaso hay también un español inculto? Además, yo hablo como me da la gana», y cosas por el estilo. Si practicaran lo que predican, irían vestidos con bermudas y chanclas a una boda de postín. No son sino la cara opuesta de los que te sueltan mientras te tomas una cervecita: «No se dice caío, se dice caído; caío es incorrecto». Estos serían capaces de ir de esmoquin a la playa.

Puede que algunos de ustedes piensen que los sociolingüistas no hablamos de usos correctos, sino de usos adecuados, apropiados o admisibles según las circunstancias. Y llevan razón; pero en realidad, y a efectos prácticos, hablamos de lo mismo. Si usted fuera en bermudas a la boda de antes, más de uno pensaría que iba haciendo el ridículo, aunque quizá luego —y por pura educación— le comentara tan sólo que no iba «vestido para la ocasión». Eso sí, es cierto que cualquiera puede romper las normas, que cualquiera puede vestir, hablar y escribir como le venga en gana, pero usualmente sólo son los poderosos quienes pueden permitirse el lujo de convertirse en transgresores; los hablantes comunes y corrientes sabemos por propia experiencia que saltarse las reglas no es tan fácil como parece. Es el precio que pagamos por vivir en sociedad.

Todo esto que les cuento sobre la corrección y el uso de la lengua adquiere especial importancia cuando de la lingüística teórica pasamos a la lingüística aplicada, a la enseñanza. A los niños no se les debe impedir en el colegio que usen su vernáculo, la lengua que aprenden de sus familiares, amigos y compañeros. El purismo prescriptivo en estos ámbitos es un injustificable e innecesario crimen lingüístico[13] (crimen muy académico, por cierto). Sin embargo, poco a poco —y a medida que los niños crecen— hay que ir enseñándoles las reglas que conforman los estilos formales de su lengua, hay que ir mostrándoles la realidad lingüística que se van a encontrar en cuanto salgan del ámbito coloquial de su propio terruño.[14] Por eso, es necesario enseñar a nuestros estudiantes que en el uso de la lengua en sociedad hay normas que no responden a razones estrictamente lingüísticas, pero que conviene cumplir igualmente; hay que enseñarles que, a la hora de emplear su lengua materna o cualquier otra lengua, ni vale todo ni todo vale igual; que hay usos mejores que otros a pesar de que todos sean igualmente correctos; que, en definitiva, una lengua no es sólo el vernáculo, que hay algo más que es preciso conocer y dominar. Ese algo más es la norma culta, compuesta por los usos más formales y prestigiosos de su propia comunidad.[15] Si no enseñamos estas diferencias, estaremos engañando a nuestros alumnos, ya que la norma culta es tan útil y tan necesaria como el vernáculo. El «todovalismo lingüístico», por más anticlasista que parezca, es otro crimen injustificado e innecesario que —como el purismo— también es propio de una actitud paternalista.

En resumen, expresarse con corrección consiste en saber cambiar de registro, en saber amoldarse a las circunstancias; consiste en ser capaces de emplear la lengua en cualquier tipo de situación comunicativa que podamos encontrarnos. Por eso quien habla como un libro no se estará expresando con corrección cuando se dirija a sus vecinos en el ascensor. Y por la misma razón, quien habla como si siempre estuviera en la barra de un bar no se estará expresando con corrección cuando tenga que exponer un trabajo académico en clase, o cuando tenga que leer las noticias en televisión.[16]

Así pues, una adecuada educación lingüística debe conseguir que todos los ciudadanos adquieran de manera eficaz los recursos suficientes para que puedan manejarse en cualquier situación de sus vidas. Si no queremos ser clasistas, démosles primero a todos esta educación —enseñémosles a no avergonzarse de sus vernáculos a la par que les mostramos la reglas que sustentan la norma culta de su comunidad—, y luego dejemos que sean ellos mismos quienes decidan si quieren cumplir, transgredir, cambiar o abolir las reglas de esa norma culta. Esto suele ser bastante simple de aceptar para quienes comprenden que las actitudes de los hablantes hacia su lengua —uno de los motores más poderosos del cambio— están en continua evolución, por lo que las propias reglas lingüísticas no tienen carácter de inmutabilidad.

Quizá por esta razón los sociolingüistas sean los más indicados a la hora de establecer normas y elaborar políticas lingüísticas;[17]carecemos tanto del purismo normativo propio de muchas academias de la lengua, como del escepticismo propio de muchos lingüistas teóricos; los sociolingüistas sabemos que las reglas existen y tienen su importancia, pero también entendemos que la mejor norma —en realidad la única con un mínimo de sentido común— es aquella que mejor se adapta a la propia realidad sociolingüística de los hablantes; aquella que mejor refleja las creencias y actitudes de los ciudadanos hacia su propia lengua.[18]

En fin, cualquiera entiende que la lengua materna se mama, que no hay que reglarla en absoluto y que, además, no te la tienen que enseñar. Sin embargo, también es fácil comprender que los usos formales de la lengua, ya sean orales o escritos, hay que aprenderlos, que son una técnica, una convención que se nos impone por ser miembros de una comunidad donde la variación es moneda corriente.[19] Sin este conocimiento, sin esta educación que todos los ciudadanos deberíamos recibir, es posible que rompamos reglas por puro desconocimiento, que nuestro comportamiento sea malinterpretado sin desearlo, o incluso que demos la impresión de carecer de la mínima educación. ¿Realmente alguien desearía correr ese riesgo? ¿Es este el tipo de comportamiento lingüístico que alguien querría para sus hijos tras pasar años en la escuela?[20]

Yo creo que no.[21] Yo creo que todos tenemos el derecho a poseer un buen ropero lingüístico donde quepan tanto las bermudas como los chaqués, donde quepa tanto la lengua de andar por casa como la lengua de las grandes ocasiones; y luego que cada uno se ponga lo que le venga en gana. Yo creo, en definitiva, que todo el mundo tiene derecho a una educación lingüística completa y cabal, donde la palabra corrección no sea ni anatema ni dogal.

Así que —si me aceptan el consejo— no se dejen confundir ni por académicos puristas ni por escépticos idealistas: tanto los unos como los otros se equivocan porque todos padecen de la misma miopía lingüística. Y, sobre todo, recuerden que lo mejor y más sensato es tomarse siempre este tipo de cuestiones lingüísticas con mucho sentido del humor. Por eso, cuando se topen con alguien que les diga que la corrección en la lengua no existe, sonrían por fuera y ríanse por dentro; seguramente, quien así les hable será una persona culta y de clase desahogada —quizás un catedrático de Yale— que no permitiría que sus hijos tuvieran faltas de ortografía ni que comieran sólo con las manos. Y si se topan con un purista, pues ríanse igual: ¿a quién en sus cabales se le ocurriría comer gambas en la Feria de Sevilla con cuchillo y tenedor?

Luis Carlos Díaz Salgado

Miembro del grupo de investigación Sociolingüística Andaluza,

de la Universidad de Sevilla



[1] La pronunciación de la l final de sílaba como /r/ es un fenómeno muy común en el andaluz coloquial que, poco a poco, parece ir calando en los estilos formales. Sin embargo, todavía es visto como pronunciación vulgar por muchos hablantes andaluces. De ahí que este uso no forme parte de la norma culta andaluza. Veremos lo que ocurre en el futuro.

[2] Este es el punto de vista del famoso divulgador galés David Crystal y el de muchos otros lingüistas anglos, que sienten una especial antipatía por los que denominan language watchdogs (perros guardianes de la lengua).

[3] En la actualidad, existen 50 academias en el mundo que legislan sobre 45 lenguas diferentes. La situación hispana no es, pues, excepcional en absoluto.

[4] La realidad nos demuestra, sin embargo, que el concepto de corrección purista existe también en países donde no funciona una academia normativa. Pueden comprobarlo en este ensayo de Steve Pinker, donde —al estilo de Crystal— se critica a los puristas, o language mavens del inglés.

[5] Así se manifiesta en este artículo, publicado en The New York Times, el profesor de la Universidad de Yale, William Deresiewicz, quien afirma: «In fact, there is no such thing as Correct English, and there never has been» (De hecho, ni existe ni nunca ha existido eso del «inglés correcto»). Luego comprobaremos cuán difícil le resulta mantener esta afirmación que hace al comienzo de su artículo.

[6] Los estudios sobre la conciencia sociolingüística de los hablantes —y sobre las actitudes de aceptación o rechazo hacia determinados usos lingüísticos que se derivan de ellas— se producen en todas las lenguas y son imprescindibles para comprender los cambios que estas pueden experimentar.

[7] La gramática es un sistema más cerrado que el léxico y el fonético, y por lo tanto menos proclive a la variación.

[8] Esto es lo que les ocurre a muchos descriptivistas, como el profesor Deresiewicz, quien para describir el concepto de «inglés estándar» (un inglés normativo donde los haya, y por lo tanto sujeto a un estricto criterio de corrección) nos dice: «Standard English, at least the way Crystal and other “descriptivists” understand it, is something like Correct English without the attitude, the language as it's used in formal contexts […]» (El inglés estándar, al menos según lo entienden [David] Crystal y otros descriptivistas, es algo así como el inglés correcto sin la actitud, la lengua usada en los contextos formales […]). Resulta difícil entender que el inglés estándar sea definido como «el inglés correcto sin la actitud» cuando poco antes se había establecido que «el inglés correcto ni existe ni había existido nunca». Esta contradictio in terminis —motivada por confundir purismo con corrección— es un claro ejemplo de lo que podríamos denominar «la miopía del lingüista teórico».

[9] Que vive en sociedad, en compañía de otros.

[10] Puede que su jefe hable coloquialmente siempre que quiera, puede que no sea ni siquiera cortés, puede incluso que sea muy aficionado a los anacolutos y que hasta cometa faltas de ortografía; pero tenga por seguro que exigirá un comportamiento muy diferente a quien se encargue de responder al teléfono, de atender a los clientes o de redactar una nota para la prensa.

[11] Llama la atención que, viviendo en sociedades tan clasistas y estratificadas socialmente como las del mundo occidental, los descriptivistas se asombren de que los usos lingüísticos también lo sean. No parecen llegar a entender que los hablantes tienden a imitar los usos que consideran más prestigiosos porque creen que eso les interesa socialmente. Criticar sin llegar a comprender la hipercorrección de los inmigrantes que intentan aprender el Standard English para prosperar —como hace el profesor Deresiewicz— es un «menosprecio de corte y alabanza de aldea» que en poco ayuda a los realmente desfavorecidos.

[12] Un ejemplo de esto que les digo.

[13] Son absurdas, por ejemplo, las críticas a la ortografía abreviada que solemos emplear —especialmente los jóvenes— a la hora de enviar mensajes escritos desde el móvil; esta ortografía «coloquial» es utilísima para este tipo de mensajes. Claro está, más absurdo aún sería no exigir una ortografía correcta en clase.

[14] Según el sociolingüista estadounidense William Labov, la adquisición de la primera gramática se produce en la primera infancia, el vernáculo se asimila de los 5 a los 12 años; a partir de los 14 comienza a desarrollarse la percepción social de la lengua, así como su variación estilística. En la primera edad adulta se adquiere un uso adecuado del estándar. Por último, sólo las personas educadas y especialmente preocupadas por el uso de la lengua llegan a adquirir todos los recursos lingüísticos que la propia lengua les brinda.

[15] Como verán, no es tan difícil definir la norma culta.

[16] En estos casos en los que la planificación del discurso adquiere un papel principal —frente, por ejemplo, a la improvisación típica del estilo coloquial— es donde más claramente funciona la conciencia sociolingüística. Una frase como «María es una amiga que le gusta mucho bailar» es propia de un discurso coloquial; sin embargo, si tuviéramos que escribir esta oración dentro de una noticia, seguramente diríamos: «María es una amiga a la que (a quien) le gusta mucho bailar».

[17] A Robert Hall, autor del famosísimo Leave your language alone (Deja tu lengua en paz), donde se rechazaban las políticas de intervención lingüística, le respondió precisamente un sociólogo del lenguaje, Joshua Fishman, con una no menos famosa obra: Do not leave your language alone (No dejes tu lengua en paz).

[18] En una lengua con una variación geográfica tan extensa como la española, es necesario aceptar lo que la propia realidad demuestra: que existen muchas normas cultas. Por ello debemos respetar y fomentar todas y cada una de ellas, sin privilegiar ninguna. De esta forma quedan claros tres objetivos principales: que nuestra intervención en la lengua es mínima; que es necesario dominar los estilos formales de la lengua, y que la norma culta castellana no es la única referencia de buen uso idiomático.

[19] Frente a la variedad intrínseca de todas las lenguas, existe una tendencia a la unidad que se revela en las semejanzas de las diferentes normas cultas. Esta es otra de las paradojas lingüísticas —unidad y variedad a la vez— que muchos no atinan a comprender.

[20] Las numerosas críticas a la falta de competencia lingüística de muchos alumnos de español como lengua materna deberían hacernos reflexionar sobre este punto.

[21] A esta misma conclusión llega el profesor Deresiewicz cuando dice: «The student who says “the bag of books are heavy” should be corrected, but the student who says “he be walkin’ by” needs instead to learn the distinction between his first language and Standard English.» (Al estudiante que dice «la bolsa de libros son pesada» habría que corregirlo, pero el estudiante que dice «él estar paseando» [en algunos tipos de inglés coloquial no declinar el verbo to be es algo relativamente común] lo que necesita es aprender la distinción entre su primera lengua y el inglés estándar.) Como ven, es evidente que el profesor Deresiewicz no permitiría que un estudiante utilizara un coloquialismo en un texto formal. Si esto ocurriera, si el estudiante no apreciara la diferencia entre el vernáculo y el estándar, seguro que no dudaría un segundo en corregirlo, aunque eso significara admitir finalmente que la corrección sí existe y conviene enseñarla.

El valor de la cultura (con ce de «copyright»)

El valor de la cultura (con ce de «copyright»)

Los estudios econométricos de la riqueza que la cultura y la(s) lengua(s) de un país son capaces de generar están a la orden del día.

En el caso de la lengua española, con un creciente peso demográfico y primacía política y sociolingüística en la mayor parte de países donde se habla, respaldada asimismo por una política lingüística dispuesta a disputar al inglés un lugar destacado entre las principales lenguas francas y a convertirla en motor económico de las comunidades hispanohablantes —capaces de desarrollar y explotar productos en español o relacionados con el español—, los análisis de su potencial económico impregnan también buena parte de los resultados de los estudios nacionales sobre el valor económico de las culturas hispanoamericanas, incluso en el caso de estados plurilingües y pluriculturales.

Pero no sólo la política de promoción y expansión del español deja su huella en estos análisis. Dado que su objeto de estudio son bienes culturales susceptibles de explotación económica, y que buena parte de ellos son productos de creación impulsados por una industria y protegidos por el paraguas de los derechos de autor, estos estudios suelen estar asimismo inscritos en políticas activas de persecución y erradicación de las prácticas que vulneran la propiedad intelectual, contrarias a los intereses ya no tanto del autor como de las industrias culturales.

No es casual, pues, el desarrollo paralelo de análisis nacionales de la contribución de estos elementos identitarios al PIB de cada país, y resultan, por tanto, inevitables las comparaciones.

Recientemente, el Ministerio de Cultura español presentó el trabajo El valor de la cultura en España, en la estela de los publicados en otros países hispanohablantes, como el que desarrolló en México Ernesto Piedras, ¿Cuánto vale la cultura? Contribución económica de las industrias protegidas por el derecho de autor en México (resumido aquí por el autor y reseñado aquí por Luis Fernando Lara, del Colegio de México), cuyos resultados —en especial en lo que concierne al sector de la edición— probablemente interese comparar al lector de A&C con los obtenidos por el MCU.

Silvia Senz (Sabadell)

Lecciones magistrales de disección: el anticipo caserónico de la «Nueva Gramática de la Lengua Española»

Lecciones magistrales de disección: el anticipo caserónico de la «Nueva Gramática de la Lengua Española»

La RAE quiere mostrarnos que trabaja y que emplea en algo productivo los caudales que recibe a espuertas: casi cuatro millones de euros sólo de nosotros, los hablantes y contribuyentes españoles (véase aquí, p. 20); muchísimo más de sus benefactores privados (y sirvan como muestra este botón y este Botín), que deben de estar ansiosos por tener ya esa norma unitaria del español, panhispánicamente consensuada, pues, como afirmaban los dos últimos directores de la Docta Casa y recogía Jaime Otero[1] en este artículo:

«La presencia hispánica, actual y futura, en el concierto o desconcierto del mundo, depende decisivamente de la unidad idiomática», decía el entonces director de la Real Academia, Fernando Lázaro Carreter, en la inauguración del Congreso de la Lengua de Sevilla de 1992. Para el actual director, Víctor García de la Concha, «nuestra fuerza, nuestra riqueza y nuestro futuro es América Latina, y por eso la política lingüística debe ser panhispánica» (declaraciones a El País, 3 de mayo del 2004). La globalización tiende a reducir el número de lenguas internacionales de comunicación. Y al igual las empresas que invirtieron en América Latina, para sobrevivir hay que crecer, «hay que ser una lengua de uso de gran número de personas, tener un idioma unitario, estar muy presente en las tecnologías y ser una lengua importante en la diplomacia y los foros internacionales».

Es tal el fervor académico por poner en nuestras manos pruebas de su productividad, y de contribuir con su labor uniformadora a incrementar el (supuesto) valor económico del español que, a su ya conocida política de publicación por goteo del código normativo del español,[2] añade las prácticas más astutas del márquetin editorial moderno, con la prepublicación de un anticipo en pdf de su incesantemente anunciada Nueva gramática de la lengua española.

Para utilidad de los lectores de A&C, nuestro erudito filólogo de guardia, Jordi Minguell, nos ofrece esta minuciosa disección de lo que parece una más que probable rana académica:

 

Primera fase de la disección: incisiones cutáneas de la pared torácica y abdominal

He abierto deprisa el anticipo de la gramática de la RAE y, al examinarlo, me he encontrado con diversas anomalías.

En la presentación se afirma: «La norma de corrección no la proporciona un solo país, sino que tiene carácter policéntrico». Pocos renglones después se asevera que se va a describir «la norma culta común del español general».

El concepto de norma policéntrica se puede entender de dos modos:

1) Se trata de una norma única, concertada por distintos centros en perjuicio de determinados usos.

2) Se trata de una norma variable, establecida por acuerdo de distintos centros.

Si bien no se define el concepto de norma culta (algo verdaderamente arduo), los autores de la gramática no dudan de que el castellano general tenga UNA SOLA norma culta, visto que el anticipo disponible es una colección de variantes, de entre las que los autores suelen «recomendar» una. Tras la recomendación está, de hecho, la norma única.

Así, pues, parece que debe creerse que estos autores hacen propia la definición 1 de norma policéntrica y parece harto probable que esta cacareada norma policéntrica sea precisamente eso: una norma única concertada por el Caserón Neoclásico de Los Madriles y los Virreinatos de Ultramar.

No solo los redactores parecen estar convencidos de que el castellano tiene una sola norma culta, sino también de que tiene UN SOLO ESTÁNDAR. En efecto, escriben: «Registrar aquellas variantes conversacionales de la lengua no estándar atestiguadas en el mundo hispánico [...]». Evidentemente, no definen el concepto de estándar (otro cometido —parece— muy arduo).

 

Segunda fase de la disección: incisiones musculares y sección de la cintura pectoral, y descripción general de las vísceras

Adentrémonos ahora en el detalle anatómico de la morfología normativa.

Claramente normativa es la gramática respecto al género no marcado para seres animados: «Se trata del masculino», dicen los autores. Yo no puedo estar más que
de acuerdo, porque este es el funcionamiento del castellano. Con esta norma la RAE se pronuncia de modo claro sobre el mamarracho este del lenguaje «no sexista».

La escritura, sin embargo, traiciona de vez en cuando el pensamiento no manifiesto de los redactores de la gramática. Dicen: «En el lenguaje de la política, en el administrativo, en el periodístico, en el de los textos escolares y en el de OTROS MEDIOS OFICIALES [...]». Diríase que, para los redactores, los escritores de textos escolares y los periodistas pertenecen a los «medios oficiales». Los redactores no explican algunas decisiones léxicas que me resultan incomprensibles. Recogen fiscala, jueza y jefa al lado de la fiscal, la juez y la jefe, pero no queda claro por qué optan. Sin embargo, desaconsejan asistenta social, aun reconociendo que es una forma difundida. No aceptan soldada como femenino de soldado, pero sí perita como femenino de perito. Del mismo modo, tienen documentado miembra como femenino de miembro, pero desaconsejan su uso.

A propósito de miembro, los redactores escriben esta comicidad: «El sustantivo masculino ‘miembro’ designa ciertas extremidades articuladas». Enseguida pensé: «¿Donde estará la articulación del pene, llamado también el miembro o miembro viril? Hallándome en tanto berenjenal, acudí al DRAE para ver qué dice de pene. Reza esta obra: «Miembro viril». Voy a miembro y no encuentro miembro viril. Sin embargo, encuentro esta acepción de miembro: «Órgano de la generación en el hombre y en algunos animales». Esta definición es muy cómica, por dos razones:

1) Hombre (género no marcado) indica a la humanidad, por lo que la RAE cuenta que las mujeres tienen pene.

2) Procrear significa «perpetuar la especie», por lo que la RAE dice que el pene es el único órgano necesario para reproducir la especie.

Los redactores del anticipo son poco precisos. Escriben: «Los pronombres personales tónicos [...] y todos los átonos, a excepción de lo, la y sus plurales, se comportan gramaticalmente, EN CIERTA MEDIDA [¿qué significará?], como los sustantivos comunes en cuanto al género». Pocos renglones después, la situación cambia, desaparece la «cierta medida». En efecto, se lee: «Parece apropiado entender, por consiguiente, que las formas de concordancia descritas ponen de manifiesto que los pronombres personales arriba mencionados se comportan como los sustantivos en cuanto al género». ¡Qué exactitud!

Encuentro encantador que el adelanto se refiera al castellano de España llamándolo «español europeo». Notoriamente, Europa está repleta de países donde se habla normalmente el castellano. Algo así como las Américas, vaya.

Hablando del género de ánade y de áspid, el anticipo menciona solamente los nominativos de los étimos (anas y aspis), que al lego en latín y etimología ni siquiera le sugieren por qué a partir de tales forma el castellano llegó a las de ánade y áspid. El colmo de la inutilidad es que los redactores indican la longitud de las vocales de los étimos: dos breves en anas, breve la i de aspis. Copiaron, copiaron muy bien: de hecho, los diccionarios latinos no indican la longitud de la a de aspis, porque es larga por naturaleza, al aparecer ante dos consonantes.

Si los redactores del anticipo querían decir algo a los lectores al citar los étimos, debían haberlo hecho en acusativo, del cual derivan: aspidem (con i breve, que indica que la tónica cae en la vocal anterior) y anatem (con la segunda a breve, que indica que la tónica cae en la vocal anterior). Aun no sabiendo latín ni gramática histórica, los acusativos dan indicaciones mucho más certeras sobre las formas castellanas.

El adelanto no se ahorra alguna que otra afirmación arriesgada. Por ejemplo, dice: «Corresponde a los diccionarios, como es obvio, informar del género que presentan los sustantivos, no del sexo que poseen los individuos que estos pueden designar». ¿Cómo habrá que definir las palabras oveja, vaca, yegua y demás heterónimos? ¿Cómo habrá que definir, por ejemplo, la palabra mula, que no es un heterónimo. Como se quiera; pero, como cuentan los del Caserón Neoclásico, el hacerlo no es cometido de los diccionarios.

El anticipo, remitiendo a un parágrafo aún no escrito (el del adjetivo) habla de «uso anafórico de ‘mismo’» («Con el mismo tono de siempre») y de uso intensivo o enfático («Lo autorizó el mismo Sr. Presidente»). Cabe esperar que, en el parágrafo sobre el adjetivo, los redactores expliquen qué es el «uso anafórico». A ojo de buen cubero, diría que muchísimos de los potenciales lectores de la obra no tienen nada claro lo del «uso anafórico».

Y luego los egregios hablan de furbo. Perdónalos, Padre, porque no saben lo que dicen. Hablan de un inexistente club italiano «Firenze». Querían decir «Fiorentina», pero, como se dice en mi tierra, «Tot és bo el que l’olla cou» (bueno es todo lo que el puchero cuece). Tras señalar que la mayor parte de equipos de fútbol italianos se designan con el artículo femenino, los caserónicos redondean desde lo alto de su torre ebúrnea: «En italiano se suple en estos casos el sustantivo femenino squadra». ¡Pues no, señor! Se suple sencillamente società o associazione, palabras que figuran casi siempre en la denominación oficial de los clubes.

Hubiera hecho bien la Corporación siguiendo el ejemplo de la nueva gramática del catalán que elabora la Secció Filològica del IEC y permitiendo a los expertos discretas disecciones previas de su gramática preceptiva.

Jordi Minguell, Roma



[1] Investigador de Lengua y Cultura del Real Instituto Elcano, una fundación privada cuya tarea fundamental es «realizar un estudio exhaustivo de los intereses de España y de los españoles en la sociedad internacional, para ponerlo al servicio de la comunidad», y cuyo patronato presenta curiosas coincidencias con los benefactores de la RAE que financian sus trabajos.

[2] Recordemos que, en los dos últimos años, la RAE y las academias hispanoamericanas asociadas han sacado a la luz el Diccionario del estudiante (con Santillana), el Diccionario panhispánico de dudas (o DPD; con Santillana) el Diccionario esencial (con Espasa) y, durante el reciente IV CILE, el Diccionario práctico del estudiante (una mínima adaptación para América del académico Diccionario del estudiante, que, según comentan en la página de Santillana, no se vende en España, aunque sí se siga vendiendo en algunos países de Latinoamérica el Diccionario del estudiante original). Todas estas obras, sin anular la validez normativa del Diccionario (2001), la Gramática (1931) y la Ortografía (1999) vigentes, han ido avanzando paulatinamente algunas de las novedades de norma que incorporarán el nuevo Diccionario académico (previsto para el 2013), la nueva Gramática (prevista para el 2008) y la nueva Ortografía (prevista para marzo del 2007), de tal modo que, para conocer la norma actual del español hay que manejar hoy al menos seis obras distintas (dos de ellas no libremente consultables por línea).

Pero lo más grave no es esa dispersión y goteo de la norma culta del español, sino las clamorosas contradicciones que se detectan entre unas obras académicas y otras, la ausencia de criterios y metodologías comunes y diversos errores de bulto, que están llevando a la RAE —según se cuenta en los mentideros lingüísticos— a plantearse la corrección, a menos de un año de su publicación, de la versión en línea del DPD, lo que invalidaría su primera edición en papel, que en sólo cinco meses se convirtió en superventas.

Términos clave de la edición (de textos)

Términos clave de la edición (de textos)

Una pequeña selección de conceptos básicos de edición (especialmente de textos), extraídos del material didáctico que imparto a profesionales en activo, del Manual de edición y autoedición de José Martínez de Sousa, y de mis artículos «“En un lugar de la ‘Mancha’”... Procesos de control de calidad del texto, libros de estilo y políticas editoriales» (Panace@, vol. VI, n.º 21-22, septiembre-diciembre del 2005), y «La edición impresa, una cuestión de estilo» (Páginas de Guarda, n.º 2, nov. 2006, pp. 80-95):


Proceso editorial: conjunto de los procesos de preedición, preimpresión, impresión y publicación

Preedición: conjunto de estudios, gestiones y pasos necesarios para decidir sobre la conveniencia de editar una obra (libro o revista) o un conjunto de obras (colección).

Preimpresión (edición): conjunto de procesos a los que se somete un original de texto, y de ilustración en obras ilustradas, para darle forma tipográfica, adecuándolo al uso y al lector al que irá destinado.

Impresión (producción o fabricación): en edición en papel, conjunto de procesos a los que se somete un texto e imagen ya tratados, compuestos y compaginados, con forma tipográfica virtual, con el fin de darles forma impresa.

Publicación: operaciones necesarias para sacar a la luz pública una obra ya editada (e impresa en edición en papel), para lo cual es necesario darla a conocer al lector y ponerla a su alcance, por diversas vías.



Edición de textos: conjunto de tareas de preparación, revisión y corrección de un texto.

Preparación (tipográfica): señalización que se realiza en el texto original, según marcas y símbolos específicos, de las pautas tipográficas de composición y compaginación (tipos de letra, tipos de párrafo, márgenes, medidas de caja, sangrías, cuerpos e interlineados, filetes, orden de la compaginación, etc.).

Revisión: en edición de textos, entendemos por revisión todo trabajo de supervisión de un texto, cuyo objeto es evaluar su adecuación a diversos estándares de calidad y a las exigencias del propio editor.

Corrección: en edición de textos, entendemos por corrección todas y cada una de las modificaciones, de fondo o de forma y más o menos sustanciales, que se introducen en un texto, con objeto de ajustarlo a diversos estándares y parámetros de calidad y estilo exigidos por el editor.



Estilo: en edición se entiende por estilo ciertas formas de escritura y composición tipográfica que obedecen a:

La manera peculiar de escribir de un autor, es decir, las elecciones que este hace entre una serie de recursos lingüísticos y elocutivos a su alcance, en razón de una voluntad comunicativa, y también estética y creativa en los textos literarios.

Esta elección está condicionada:

1) por la personalidad del propio escritor y sus gustos estéticos y hábitos expresivos;

2) por el conocimiento que el escritor tenga del código lingüístico y particularmente del código escrito del idioma en el que escribe;

3) por su dominio de los procesos de composición y autorrevisión del texto;

4) por factores contextuales, como los usos que exige el entorno en el que escribe, su campo epistemológico, el lector a quien se dirige, y el momento cultural y tecnológico en el que escribe.

La manera peculiar de una editorial de dar forma tipográfica al texto de una autor, que viene determinada por:

1) la sensibilidad y gusto estético del profesional (diseñador gráfico, editor...) que decide el aspecto gráfico que va a tener una obra;

2) por su conocimiento de las formas canónicas de composición y compaginación tipográficas y de los sistemas de producción y reproducción gráfica;

3) por su capacidad interpretar un texto, realizando la síntesis de aquellos parámetros comunicativos (mensaje, tema, estructura y función del texto, destinatarios...) que exigirán reinterpretación;

4) por factores contextuales, como el momento cultural y tecnológico en el que escribe.



Calidad estilística y competencia textual:

En una obra original de autor, se entiende por calidad estilística la plasmación de la competencia comunicativa escrita, o competencia textual, del autor, definible por la suma de cuatro subcompetencias:

1) Competencia gramatical. Consiste en el dominio del código lingüístico convencional de la lengua usada: vocabulario (repertorio léxico), reglas de formación de palabras (morfología), de construcción de sintagmas y oraciones (morfosintaxis y sintaxis), significado (semántica), y reglas de representación gráfica (ortografía). La competencia gramatical del autor/emisor permite al lector/receptor una comprensión precisa del significado literal de las expresiones lingüísticas.

2) Competencia sociolingüística. Atañe a la producción adecuada a los elementos contextuales de la comunicación (cotexto, situación, conocimiento del mundo compartido por emisor y receptor, y variedades lingüísticas, niveles de lengua y registros propios del emisor y/o del receptor, del tema o del campo de conocimiento).

3) Competencia discursiva. Consiste en el dominio de la combinación de formas lingüísticas para elaborar un texto (escrito u oral) en diferentes géneros o tipos de texto. Incluye conocimientos de coherencia y cohesión textuales.

4) Competencia estratégica. Incluye capacidades concretas, verbales y no verbales, para reparar errores ocasionales o deficiencias sistemáticas de los hablantes, o para reforzar la eficacia comunicativa.

La competencia textual se sustenta en la suma de los siguientes saberes y destrezas:

1) Adecuación: saber escoger la variedad (dialectal/estándar; coloquial o culta) y el registro (general/específico, oral/escrito, objetivo/subjetivo y formal/informal) más adecuada a cada situación de comunicación.

2) Coherencia (coherencia global): saber discriminar y seleccionar la información relevante, y saber organizarla globalmente —siguiendo si es preciso estructuras convencionales predeterminadas—, de forma progresiva y congruente.

3) Cohesión (coherencia lineal): saber utilizar los recursos lingüísticos que articulan las distintas frases de un texto, de forma que las ideas en él contenidas progresen de manera trabada y congruente.

4)Corrección ortográfica y gramaticalidad: conocer las reglas ortográficas de una lengua, y las reglas morfológicas y sintácticas que permiten construir frases aceptables por una comunidad que comparte un mismo sistema lingüístico.

5) Eficacia comunicativa: saber formular el mensaje para un receptor ausente pero conocido, utilizando el estilo expresivo (la selección de recursos y estrategias elocutivas) que mejor se acomode al lector y aplicando refuerzos discursivos que optimicen la comprensión del escrito.

En obras de traducción, la calidad estilística del trabajo de un traductor será el reflejo del grado de asunción de competencias textuales específicas, propias no sólo de su competencia escrita, sino también de su profesión:

1) Competencia textual: conocimiento del código lingüístico, insuficiente, sin embargo, para explicar las equivalencias de mensaje en la traducción.

2) Competencia enciclopédica: conocimiento de las cosas y del mundo, de todas las realidades que conforman nuestro universo físico y mental (especialmente de los entornos espaciales, temporales y culturales en los que se inscribe el texto original —en la lengua meta—, y los entornos espaciales y culturales de la lengua destino en la misma época del texto original).

3) Competencia comprensiva: la que permite comprender o interpretar un texto. Consiste en la capacidad de realizar la síntesis de todos los parámetros de la comunicación: autor, mensaje, función del texto, destinatarios, etcétera.

4) Competencia reexpresiva: es la capacidad de reformular lo comprendido en otro idioma, a partir de ciertas técnicas de expresión y redacción.

Calidad textual: resultado óptimo que se persigue en la creación y producción editorial de un texto.

Control de calidad textual: proceso de edición de textos especialmente complejo y meticuloso, cuyo objetivo es lograr un texto legible, comprensible y estilísticamente reconocible, sin traicionar la voluntad expresiva y comunicativa del autor.

Calidad editorial: resultado óptimo global que se obtiene de la aplicación de diferentes procesos de control en la elaboración de una publicación, con la intención de obtener un producto que se distinga en el mercado por su excelencia y que satisfaga las expectativas del lector de disfrute de la obra y de enriquecimiento cultural.



Legibilidad: cualidad de los elementos tipográficos que facilita la percepción visual del texto.

Afecta a procesos perceptivo-visuales de la lectura.

Las condiciones de legibilidad varían no sólo en función de los rasgos de los tipos, sino también de diversas características del lector (capacidad visual, capacidad cognitiva, conocimiento y capacidad de reconocimiento –entrenamiento lector– de los signos y convenciones gráficas del código escrito...).

Comprensibilidad (o lecturabilidad): cualidad de determinados usos del código escrito (construcción sintáctica y textual, puntuación, selección léxica...) y de ciertas disposiciones de los elementos tipográficos en la página, que facilita e incluso optimiza la comprensión de un texto.

Afecta a procesos cognitivos de la lectura.

Las condiciones de comprensibilidad varían en función del idioma y de diversas características del lector (capacidad y madurez cognitiva, conocimiento del código escrito del idioma, nivel académico y cultural, entrenamiento lector...).



Tipo: letra o caracter de imprenta.

Tipografía: arte y técnica de componer e imprimir, reproduciendo lo escrito por medio de caracteres de imprenta, según modelos canónicos.

Canon tipográfico: reglas tradicionales de composición y disposición tipográficas (escritura tipográfica) de los elementos de un texto, forjadas durante siglos de práctica en las imprentas y las editoriales, y perfeccionadas gracias a los avances tecnológicos y a la aplicación sistemática de criterios de estética, y de funcionalidad y eficacia comunicativas.


Silvia Senz (Sabadell)

¿Hasta cuándo, Academia, hasta cuándo? El ninguneo de la RAE a los cantes y bailes flamencos

¿Hasta cuándo, Academia, hasta cuándo? El ninguneo de la RAE a los cantes y bailes flamencos

Permítanme que comience este artículo de forma antiperiodística. Les confieso que lo que se disponen a leer ya lo han contado antes muchos otros, de forma más completa y cabal e incluso de manera más entretenida. No se llamen a engaño, pues: no les voy a descubrir nada nuevo sobre la discriminación que los cantes y bailes flamencos sufren en el Diccionario de la Real Academia (DRAE), ni sobre las carencias metodológicas de este mismo diccionario. Si se esperaban una perspectiva diferente o novedosa, no sigan leyendo: se aburrirán. Y ahora pido disculpas a la editora del blog por decir esto.

Mucho se habla de que el DRAE es un mal diccionario, y si nos ceñimos al ámbito del flamenco, no podemos sino estar de acuerdo con los que así opinan.[1] Primero, porque de los cincuenta y tantos nombres de cantes y bailes flamencos, la RAE recoge sólo la mitad; segundo, porque la Academia no sigue un criterio uniforme a la hora de definir estos términos; y tercero, porque las definiciones que ofrece son insuficientes y poco esclarecedoras. No es extraño, pues, que muchos se hayan quejado del errático comportamiento lexicográfico que sigue la Real Academia Española al elaborar su diccionario general.[2]

Imaginen por un momento a un japonés aficionado al flamenco —y les aseguro que hay muchos— que, después de asistir a un tablao de Tokio, llega a su casa y se va al DRAE en línea para saber algo más de los cantes y bailes que figuran escritos en su folleto. Imaginen que busca tangos y se topa con que es ¡un baile argentino!; imaginen que busca luego milonga y resulta que es ¡otro baile argentino!; imaginen que —un poco mosqueado ya— busca rumba y comprueba con estupor que lo que acaba de oír en el tablao es ¡un son cubano!; imaginen por último que busca guajira, y se encuentra —ya con la boca abierta de par en par— con que es ¡otro son cubano! Díganme, ¿pensaría nuestro aficionado nipón que la Academia ha hecho bien en no incluir las acepciones flamencas de estas palabras en el DRAE, o diría al estilo de Obélix: «¡Están locos estos hispanos!»?

Y lo peor es que no hablamos de locura, sino de dejación; porque, como recogen los propios bancos de datos académicos,[3] hay testimonios escritos que revelan, por ejemplo, que los tangos flamencos son incluso más antiguos que los argentinos, con los que comparte únicamente la etimología. Por otro lado, la existencia de milongas, rumbas y guajiras —ejemplos de cantes de ida y vuelta[4] está igualmente atestiguada, y es bien conocida dentro y fuera de Andalucía. Y, si no, que levante la mano el que no haya bailado una buena rumbita flamenca poco antes de que se lo llevaran de la fiesta por tomar en demasía. No son los tangos y las milongas únicamente cantos y bailes argentinos, no; como tampoco son la rumba y la guajira exclusivamente sones cubanos. Bastaría con que la RAE incluyera estas acepciones flamencas en el Diccionario para remediar esta parte del entuerto, pero parece que —entre tanto congreso y viaje intercontinental— a nuestros académicos no les queda el tiempo suficiente para realizar labor tan simple. El caso es que, sea por esto o por cualquier otra razón que se me escapa, ya tenemos ninguneados a cuatro cantes y bailes flamencos; desgraciadamente —y como veremos—, no son los únicos.

Casos igual de graves, por lo huérfano que lo dejan a uno, es no encontrar en el DRAE palabras hermosas como cantiñear (que mi procesador de textos insiste en transformar en cantinera). Está derivado este verbo de cantiña, otro cante flamenco que tampoco figura en el DRAE, uno más. Cantiñear es cantar flamenco a media voz, sin explotar, como cantando para uno mismo o al estilo de las nanas. Créanme si les digo que oír a la pareja de uno cantiñear a la par que lee o teclea en el portátil es buen síntoma: una de esas pequeñas alegrías que nos regala la vida en común. Lamento que la RAE los prive a ustedes de darle nombre a este canturrear flamenco que tan grata sensación produce. Como también lamento que los prive de conocer la acepción flamenca del término pellizco, que es la capacidad que tiene el intérprete flamenco de sentir —y fundamentalmente de transmitir— un sentimiento de especial autenticidad y jondura. Tener pellizco es una cualidad altamente apreciada en el mundo flamenco, que la RAE, como en tantas otras ocasiones, pasa inexplicablemente por alto.

Así las cosas, más de uno podría pensar ya que esta dejación académica se produce porque los andaluces seguimos siendo hablantes de segunda para casa tan docta y castellana, pero este no sería un comportamiento científico y moderno; y la Academia es un organismo cientifiquísimo y modernísimo, bien que lo repite la prensa. Podríamos maliciar que la desidia de la RAE se debe a que está más interesada en revender sus diccionarios que en perfeccionarlos, pero este no sería un comportamiento científico; y nuestra academia de la lengua —ya les digo— sabe mucho de ciencias. Podríamos creer que, para la Real Academia, el vocabulario plebeyo no casa bien con su concepción patricia del Diccionario, pero ese no sería un comportamiento científico; y —cómo no insistir en ello— la Academia es ante todo una entidad científica. Podríamos concluir que todo se debe a que en la RAE abundan más las celebridades que los lingüistas, pero eso no sería científico y… No, mejor dejo ya de remedar a Marco Antonio, que es cansino el desvarío shakesperiano, y sigo con la exposición.

Punto y aparte merecen aquellas palabras que, aunque nacidas fieles a la fonética andaluza, el DRAE insiste en disfrazar de castellanas: seguidillas en vez de siguiriyas o seguiriyas, alboreadas en vez de alboreás, granadinas en vez de granaínas; ya puestos, no sé cómo la RAE no se empeña en llamar bacalado al bacalao, sonaría también mucho más fino, dónde va a parar. En fin, costó un verdadero mundo que la Academia aceptara a los bailaores y a los cantaores (que no son ‘bailadores’ ni ‘cantadores’, claro), pero un universo entero será necesario para que admita también a los tocaores (que por supuesto, no son ‘tocadores’). Pobrecitos míos, qué culpa tendrán ellos de que en Andalucía nos comamos las letras y no sepamos nombrar castellanamente a los guitarristas flamencos. Si hasta parece que la Academia les tuviera ojeriza, ya les digo. Porque, no contenta con negarles el nombre a los tocaores, tampoco les permite que puedan estar al toque, aunque los bailaores estén al baile, y los cantaores al cante.[5] Para la RAE, al toque es —exclusivamente— peruanismo por de inmediato. ¡Qué arte y poderío más grande tiene esta RAE, Dios mío! «De inmediato», dicen; y llevan los tocaores toda la vida al toque, y en el casón neoclásico no se enteran ni a la de tres.

En fin, como les decía, de los alrededor de cincuenta tipos de cantes y bailes flamencos, el DRAE recoge chispa más o menos la mitad. Son estos: alegrías, bulerías, cañas, caracoles, carceleras, deblas, fandanguillos, farrucas, jaberas, livianas, malagueñas, martinetes, mineras, peteneras, polos, rondeñas, serranas, sevillanas, soleares, tanguillos, tarantas, tientos, verdiales y zorongos. A las ausencias ya nombradas de tangos, milongas, guajiras, rumbas, vidalitas, colombianas, y cantiñas —casos en los que o bien la entrada no figura en el Diccionario o bien no se incluye la acepción flamenca del término—, hay que sumar las siguientes: bamberas, bandolás, cabales, campanilleros, canasteras, cartageneras, fandangos, garrotín, jabegotes, levanticas, marianas, mirabrás, murcianas, nanas, romances, romeras, saetas, tonás, tarantos, villancicos, zambras y zapateados. Y a todos ellos hay que añadir los términos que no figuran con su grafía andaluza: seguiriyas, alboreás, granaínas y medias granaínas. Disculpen que todavía me asombre, pero es ciertamente increíble que, siendo el flamenco un arte que ha transcendido las fronteras de Andalucía y que incluso sirve para representar internacionalmente a España, no estén recogidos en el Diccionario general del español los nombres de los palos o estilos propios de este arte. Realmente, ¡están locos estos [académicos] hispanos!

Podría añadir ahora que este desinterés de la RAE por el léxico flamenco es el mismo que muestra ante los andalucismos en general; pero prefiero no hacerlo, la verdad, no me tiren de la lengua. Además, en realidad los cantes y bailes flamencos no tienen de andalucismo más que el nacimiento. Estos nombres no son una mera variación léxica de ámbito regional; no estamos ante formas diferentes de llamar a una misma cosa, caso de auto, carro, coche, etc. Los nombres de los cantes y bailes flamencos son la única y exclusiva manera de llamar a realidades antes inexistentes, por lo que su exclusión del Diccionario es una pérdida irreparable para todos los hablantes. Hace bien, pues, la RAE en no tratar a estas palabras como regionalismos ni como tecnicismos, y por ello mismo resulta todavía más evidente cuán incompleta es su labor al respecto, y cuán heterogéneo y falto de coherencia es su criterio lexicográfico.

Les decía antes que no andaría yo muy errado si achacara esta incuria académica al secular ninguneo que la RAE muestra al léxico propio de Andalucía. Si no lo hago, es porque no quiero que suceda como la última vez que hubo quejas al respecto. No insistan, pues; no quiero decirles lo que ocurrió tras la proposición no de ley que se presentó en el Parlamento de Andalucía para fomentar el uso del andaluz en la comunidad y para instar a la RAE a que admitiera un mayor número de andalucismos en su Diccionario. Prefiero no contarles que a los lingüistas andaluces promotores de la iniciativa, encabezados por Antonio Rodríguez Almodóvar, ni siquiera tuvieron que contestarles entonces desde Madrid, porque fueron once catedráticos de Lengua de universidades andaluzas los que, con cifras en la mano, dejaron bien claro que, comparando el número de hablantes de Andalucía con los de México —ese fue el ejemplo que pusieron—, los andalucismos no estaban discriminados en absoluto, sino que su situación era incluso ventajosa.[6] Lo que no llegaron a decir estos catedráticos fue cuál era el número exacto de palabras que, demográficamente hablando, nos correspondía inventar a los andaluces. Podrían haber empezado por ahí, especificando nuestro cupo, y así nos ahorraríamos en el futuro el trabajo de crear para nada. Tampoco explicaron estos mismos catedráticos por qué, en vez de andar con la calculadora en la mano, no se dedican ellos mismos a algo un poco más lingüístico; algo parecido a lo que yo estoy haciendo en estos momentos: a investigar con un mínimo de rigor decenas de palabras nacidas en Andalucía que tienen un uso más que comprobado dentro y fuera de nuestra tierra, y que, sin embargo, no figuran en el Diccionario de la Academia. No, les repito que no seré yo quien hable de este tema, ya sé que no serviría para nada.

La segunda crítica que hay que realizarle al DRAE es la escasa uniformidad existente en la redacción de las definiciones. Es evidente que no todas las voces relacionadas con el flamenco se incorporaron al Diccionario en la misma época, pero aun así es chocante que cada entrada parezca estar redactada por personas diferentes; eso sí, todas ellas con el mismo —y limitado— conocimiento del flamenco. Si yo les preguntara a ustedes qué tienen en común una trucha, un besugo y un atún, seguramente todos me contestarían que los tres son peces. Y llevarían razón, claro; de hecho, pez es el hiperónimo que engloba a estos tres animales. Sin embargo, si usted le pregunta al Diccionario académico qué tienen en común bulerías, soleares y alegrías, no se encontrarán con la respuesta lógica: que son cantes y bailes flamencos. Como si los hiperónimos no existieran, la Academia emplea en unas ocasiones cante, en otras canto, en otras aire musical, en otras copla y en otras canción popular. Así, y según el DRAE, la bulería es un «cante popular andaluz»; la carcelera, un «canto popular andaluz»; la caña, una «canción popular andaluza»; la malagueña, un «aire popular de la provincia de Málaga»; la rondeña, una «música y tono característicos de Ronda», y la serrana, una «canción andaluza variedad del cante hondo». En fin, que parece que los cantes y bailes flamencos no existieran como tales. ¿Ningún lexicógrafo académico se da cuenta de algo tan evidente como esto?

Y nos queda la tercera crítica. La falta de claridad y precisión de las definiciones. En muchos casos no se especifica el étimo de las palabras, por lo que nadie puede saber que bulería,[7] por ejemplo, viene de burlería, y de ahí el carácter festero de esta variedad de cante y baile flamencos. En otras ocasiones, no se aclara si estamos ante un cante, ante un baile o ante ambas cosas, y sólo en algunas entradas se nos precisa qué tipo de métrica y compás tiene el cante en cuestión. Así, si busca usted petenera, se encontrará con que es un «aire popular parecido a la malagueña, con que se cantan coplas de cuatro versos octosílabos», pero se quedará sin saber que la petenera también es un baile. Si busca seguiriya (bueno, seguidilla gitana, según la RAE), conocerá usted la métrica del cante, pero no su compás; y justo lo contrario le sucederá con las soleares, entrada en la que se especifica el compás pero no la métrica. Un auténtico desatino lexicográfico, ya les digo. Puro DRAE.

Bueno, voy a ir terminando; y como ya remedé antes a Shakespeare, voy a cambiar de palo y a intentarlo ahora con Cicerón; a ver si ironizando con los clásicos latinos, los patricios de la lengua se dan por aludidos, que ya sé que no: ¿Hasta cuándo, Academia, hasta cuándo? ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia flamenca? ¿Por cuánto tiempo se va a seguir burlando de nosotros los cabales este delirio tuyo llamado Diccionario? ¿Cuántos más como yo ahora tendrán que volver a escribir de lo mismo, a insistir en lo mismo, a repetir lo tantas veces repetido? ¿Cuántas tonás tendremos que cantarte, cuántas cantiñas, cuántas seguiriyas, cuántos mirabrás? ¿Cuándo tendremos de una vez el Diccionario que nuestra lengua se merece?

En fin, pura retórica, señal de que he dicho suficiente, así que acabo. Y como empecé de manera antiperiodística, no puedo sino terminar de la misma forma. Disculpen si dejé lo importante para el final:

El ninguneo del léxico flamenco es una de las deudas que, por antigua y por grosera, más mancha el ya manchado prestigio lexicográfico de la Real Academia Española y su diccionario general. Una deuda que los señoritos del idioma no quieren pagar porque a sus reales excelencias no les da su real y excelentísima gana. Una deuda contraída con los más desheredados: con los gitanos, con los jornaleros, con los analfabetos, con los arrabaleros, con todos los andaluces que tuvieron la osadía de utilizar la lengua de sus padres para crear nuevas palabras con las que cantar y bailar sus penas y alegrías. Una deuda con los verdaderos dueños y señores de la lengua.

Luis Carlos Díaz Salgado. Sevilla



[1] El problema que representa un DRAE lexicográficamente pobre estriba, sobre todo, en que el resto de diccionarios generales del español bebe de esta obra académica. Además, el DRAE es el diccionario con más prestigio de todos los existentes, y por eso debería ser científicamente impecable.

[2] Especialmente recomendables son las críticas de José Martínez de Sousa.

[3] El CREA y el CORDE. Ambos se pueden consultar en línea en la página web de la Real Academia Española.

[4] Los cantes de ida y vuelta son la guajira, la rumba, la milonga y la vidalita; aunque ninguno de ellos figure en el DRAE con su acepción flamenca (la vidalita ni siquiera eso). Todos ellos nacieron en América y fueron posteriormente aflamencados en Andalucía. La colombiana, otro cante flamenco también sin sitio en el diccionario académico, es — a pesar de su nombre— un cante nacido en España sin influencia americana, uno de los denominados cantes de levante.

[5] Según el DRAE, cante es la acción de cantar como baile es la acción de bailar; sin embargo, toque no figura como la acción de tocar (un instrumento).

[6] Esta fue la respuesta de Antonio Rodríguez Almodóvar publicada en el diario El País.

[7] También hay quien opina que proviene de bullería, de bulla. En casos como este se echa en falta la opinión académica propia de un diccionario normativo.