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Perlitas de la lengua oriental

Perlitas de la lengua oriental

Sabemos —o podemos imaginarnos fácilmente— cómo las gastan las campañas nacionales de alfabetización en tiempos de autoritarismos. La ideología del período de la dictadura militar en Uruguay (1973-1985) se reflejó en su política lingüística: nacionalismo, xenofobia, patriotismo, afirmación de la autoridad y preservación de la moral y las buenas costumbres. Sin embargo, también puede provocarnos una sonrisa: durante la Campaña Nacional de Alfabetización del año 1982, analizadas aquí por las lingüistas Graciela Barrios y Pilar Asencio a partir de los extractos de la prensa de la época, encontramos algunas perlitas (las negritas son mías).

El objetivo de la campaña: «eliminar el analfabetismo del territorio nacional» (El País, 12/9/1982). Este fue su desarrollo en la República Oriental del Uruguay, según refieren Barrios y Asencio:

Antes del inicio de cursos se realizó un entrenamiento a los maestros que participaron en la experiencia, y se distribuyó material didáctico en diferentes centros de estudio. Los cursos se llevaron a cabo entre el 10/5/1982 y el 8/9/1982; en Montevideo hubo más de 12 000 alumnos inscriptos, 10 000 de los cuales culminaron los cursos. De acuerdo con lo planificado, se anunciaba que «las personas que asistan regularmente a los cursos [...] aprenderán a leer, escribir y comprender lo que leen en un período de cuatro meses» (El Día, 10/5/1982).

Con una finalidad propagandística, las autoridades enfatizaron, en distintos eventos internacionales, que el costo de la campaña sería casi nulo. El mundo entero, y muy especialmente América Latina y el Caribe, se sorprendieron en los cónclaves educativos de México y Santa Lucía cuando la ministra Lombardo de de Betolaza, en la capital azteca, y el subsecretario López Estremadouro, en la isla caribeña, declararon ante sus pares del continente que la Campaña Nacional de Alfabetización no aparejaría prácticamente costo alguno al Uruguay. Un silencio sobrecogedor, según informaciones trascendidas de la propia UNESCO, rodeó las palabras de los jerarcas uruguayos. Un sentimiento de estupor y curiosidad llevó a los ministros de Cultura de todo el mundo y a los funcionarios docentes de distintos países a interiorizarse agudamente sobre las realizaciones uruguayas en ese sentido. La explicación vendría enseguida. Primaria abarca con su infraestructura todo el territorio nacional —no existe paraje donde no se levante una escuela pública—, y además los maestros que ejecutaron la campaña donaron a su pueblo las doscientas mil horas de clase que permitieron que 10 000 nuevos ciudadanos aprendiesen a leer y escribir (El País, 12/9/1982). [...]

La eliminación del analfabetismo constituye un acto de planificación lingüística que responde a una decisión de política lingüística: la de ampliar el acceso a la lengua escrita en la población. El crecimiento del nivel de alfabetización, legitimado mediante un discurso nacionalista, hace posible que la lengua estándar actúe más eficazmente como instrumento unificador de la comunidad.

[...] el discurso oficial de la época, reproducido por una prensa básicamente oficialista, establecía un estrecho vínculo entre alfabetización y distintos referentes de carácter patriótico:

«Asistirán [al acto de clausura de la campaña], con las personas recién alfabetizadas, el cuerpo de maestros, se cantará el Himno Nacional, y luego se continuará con la programación» (El País, 7/8/1982).

«Inmediatamente después de la celebración en el Cine Plaza, los noveles alfabetos, familiares y maestros se dirigirán por la Avda. 18 de Julio hacia la Plaza Independencia para depositar una ofrenda floral al pie del Monumento a Artigas. Cada alumno de los Centros de Alfabetización depositará su flor ante el Prócer» (El País, 2/9/1982).

La actitud de orgullo hacia la lengua estándar se manifestaba en varias referencias a los altos índices de alfabetización que ostentaba el Uruguay de la época:

«La campaña de alfabetización que se está cumpliendo en el Uruguay pone de manifiesto un loable propósito de alcanzar la perfección, poniendo al tope de la escala mundial en la materia, a un país cuyo índice de analfabetismo figura entre los más bajos del orbe» (El País, 2/6/1982).

En el mismo período en que se desarrollaba la campaña de alfabetización, las autoridades del gobierno de facto recorrían el país anunciando los «buenos resultados de la lucha contra la penetración idiomática»: «[...] la Dra. Raquel Lombardo de De Betolaza fue interrogada en torno a la labor que cumplen las autoridades de la enseñanza para evitar la penetración idiomática en regiones lindantes con Brasil.

»Sobre este tema anunció “buenos resultados” de la campaña. “Venimos cumpliendo varias realizaciones”, destacó [...]. “Hay móviles con material didáctico diverso, maestros dedicados a esta actividad y conjuntos folklóricos de coros y bailes quienes así tratan de contrarrestar la invasión idiomática extranjera”» (El País, 14/9/1982).

La campaña de alfabetización masiva subrayó también la estrecha relación existente entre el buen uso del idioma y las buenas costumbres del individuo. El inspector Adolfo Rodríguez Mallarini señalaba que «el éxito total de la empresa alfabetizadora» se obtendría si se lograba «plasmar hombres letrados y dignos» [¡en cuatro meses!, no puedo evitar la acotación]. La vinculación con lo ético conseguiría que quienes hicieran un «buen uso» de la lengua fueran poseedores de una superioridad moral respecto a quienes no cumplen con esta condición.

¿Más perlitas? En el artículo completo: aquí o aquí

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

Un metro de libros

Un metro de libros

La primera vez que vi un cajón de “Un metro de libros” no fue en la estación del tren subterráneo que está a dos calles de mi casa, sino en la estación Copilco, una de las dos que colindan con la Universidad de México. Tengo la impresión de que ahí, en la estación Copilco, empezó a materializarse la iniciativa. Dos estaciones al norte, la estación Miguel Ángel de Quevedo es la parada obligada para ir a la primera librería Gandhi, que ahora está escindida en dos locales, uno frente al otro, casi como si la avenida pasara por en medio de la librería o como si la librería se hubiera cruzado la calle por el subsuelo. Antes, había ardillas en los árboles del camellón. Pero ahora no voy a hablar de ardillas ni de la primera librería Ghandi (ya hablaremos otro día de las librerías de la ciudad de México), sino de los cajones “Un metro de libros”.

La librería Gandhi siempre ha tenido buenas ideas y “Un metro de libros” es la última. Consiste, simplemente, en instalar en lugares públicos cajones de unos cinco metros de largo por dos de ancho, que al destaparse forman un pequeño exhibidor de libros. En general, los cajones están dispuestos en pares, uno junto al otro. Uno tiene libros, discos y revistas de interés general y variado, y el otro, literatura infantil. El criterio de selección de la oferta se descubre al primer examen: son saldos baratos, materiales que han pasado por sus segundos mercados y reciben, quizá, la última oportunidad de venderse. El surtido es muy parecido en todas las estaciones del metro, aunque también se descubre que los encargados de cada cajón tienen su margen de iniciativa que les confiere una mínima personalidad, un toque vaguísimo de originalidad. Por ejemplo, en los cajones de la estación Cuatro Caminos hay más libros con reproducciones de obras maestras que en los otros que conozco. En Zapata se aprende a confeccionar horóscopos y en División del Norte se venden discos compactos para oscuros fines salutíferos, como hacer ejercicio o aprender a relajarse. Ahí completé mi colección, lo confieso ruborizado, de videos de la madre Wendy, justo ahora que ya no hay reproductores de VHS y no puedo mirar el documental. En un cajón del metro Balderas compro ejemplares de La luz en la pintura, un libro español pequeño y modesto, atinadísimo, que regalo tenazmente a mis amigos, para que vean que precisamente es la luz la que distingue a la pintura de la fotografía.

No voy a hacer un recuento de todo lo que me he comprado en esos cajones apetitosos. Lo que quiero es señalar sus dos virtudes: la primera, que están al paso de la gente, como los quioscos de periódicos y revistas pero dentro de las instalaciones del metro. La mayoría de los cajones reciben a los viajeros en cuanto cruzan los torniquetes y en silencio los invitan a llevarse algo para leer.

La empresa de “Un metro de libros” empezó casi al mismo tiempo que una iniciativa del gobierno de la ciudad de México, que consistió en imprimir grandes tirajes de una obra que se prestaba a los viajeros. Éstos estaban obligados a devolver la pieza a la salida (como es de imaginar, casi nadie devolvía el libro que había tomado, de modo que al paso de los días los estantes de esta biblioteca ambulante se quedaban vacíos, en espera de la siguiente tirada). Por esta coincidencia, la gente pensaba que los libros de los cajones eran un préstamo y esto hacía abrigar dudas sobre la viabilidad del modelo de venta. Pero la iniciativa del gobierno local fracasó, se suspendió con el cambio de régimen y, hasta donde sé, el nuevo gobierno de la ciudad no tiene pensado recuperar la biblioteca itinerante. En cambio, los cajones siguen en su lugar y quiero creer que son rentables para quienes los trabajan.

La segunda virtud de la empresa es que los libros no cuestan prácticamente nada. Dado que son saldos que en otro caso se venderían como papel, su precio es bajísimo. Si nos concentramos en lo mejor de la oferta, por 20 pesos (menos de dos dólares) uno lee a Kierkegaard, a Shakespeare o a Darío. Cuesta 10 pesos (menos de un dólar) un ejemplar atrasado de Saber Ver o de Letras Libres. Con 90 pesos uno se lleva el Diccionario Anaya. Con 30, un volumen de alguna historia universal. Se venden los libritos de Mondadori “Mitos poesía” y los de Aldvs. A veces se encuentran clásicos de Cátedra y de Rei. Entre los libros infantiles hay delicias. Si el catálogo está lejos de ser interminable, basta de todas maneras para surtir un pequeño librero en la casa de una familia de pocos recursos.

Estas dos bondades, la cercanía y la baratura, son un hecho concreto que fomenta el hábito de leer, que acerca la tentación de un libro a todos sin discursos ni aspavientos. Ya me quejaré en otra nota de lo que no me gusta de Gandhi, que no es poco. Ahora quiero decir que simpatizo mucho con esta iniciativa que ha resultado buena y práctica y a la que le deseo prosperidad y larga vida.

Javier Dávila (ciudad de México)

 

Posdata a «Un metro de libros» (10/05/2007)

Decía apenas ayer, a propósito del préstamo de libros en las estaciones del metro, que “el nuevo gobierno de la ciudad no tiene pensado recuperar la biblioteca itinerante”. Pero esta tarde se anunció que el 4 de junio se reiniciará el programa “Para leer de boleto en el metro”. El nuevo libro es una antología de autores mexicanos contemporáneos, entre los que están Juan Villoro, Elena Poniatowska, Ignacio Solares, Eduardo Langagne, David Martín del Campo y Silvia Molina. El tiraje es de 250 mil ejemplares.

En el boletín de prensa dice la coordinadora de Fomento a la Lectura de la Secretaría de Cultura del Distrito Federal, Paloma Saénz: “De lo que se trata es de ganar nuevos lectores, consolidar a los eventuales y proporcionar lecturas a quienes no pueden adquirir libros por problemas económicos”.

El programa se reanudará en una línea del metro. Si al cabo de tres meses funciona, se extenderá a otra y así sucesivamente, con la intención de abarcar toda la red, que suma 175 estaciones.

 

Lengua, edición, lectura y profesionales del libro en la FIL de Buenos Aires

Lengua, edición, lectura y profesionales del libro en la FIL de Buenos Aires

 

Durante las 23.as Jornadas de Profesionales organizadas por la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que se realizaron entre el 16 y el 19 de abril, las Editoras del Calderón, y editoras de Páginas de Guarda, realizamos un evento cultural para festejar la aparición del tercer número de la revista, e invitamos a esta celebración a distintos profesionales del libro: editores, diseñadores, correctores, libreros, bibliotecarios, trabajadores de la industria gráfica y editorial. Los profesionales acudieron a pesar del cansancio, luego de dos días de trajín, en los que estuvieron ocupados con cuestiones de todo tipo, desde las más simples y domésticas, como la organización de sus propios stands dentro de la Feria, hasta las más complejas, como la compra y venta de derechos, las relaciones comerciales, etc.

El lunes 16, las Jornadas comenzaron con un discurso de bienvenida y un breve panorama acerca de la situación editorial en la Argentina, a cargo de Horacio García, presidente de la Fundación El Libro. A continuación, el escritor mexicano Carlos Monsiváis dio la conferencia inaugural «América Latina, la fuga y el reencuentro de las identidades». Entrevistado luego por la periodista cultural Susana Reinoso, Monsiváis comentó que él, en Latinoamérica, percibe una fuerte tendencia a la integración, debida en parte a la comunicación. Según el escritor mexicano, las especificidades regionales han disminuido y, aunque persistan determinados usos lingüísticos, estos no impiden la comprensión de los textos. A pesar de esta creciente tendencia integradora, la industria editorial sigue muy concentrada en manos españolas, situación que vuelve invisible aquello que se publica en Latinoamérica.

Por la tarde, el BIEF (Bureau International de l’Edition Française) realizó un seminario profesional, en el que se trató el tema «La edición en ciencias sociales y humanas: relaciones entre Argentina y Francia», con el propósito de fomentar el intercambio cultural entre ambos países.

Al día siguiente, los negocios continuaron con el Encuentro Sectorial entre Latinoamérica y Europa (AL-Invest). Por otro lado, se realizó la presentación de la plataforma digital de Google, que pretende impulsar la digitalización de los libros y facilitar su búsqueda.

En el medio de tantas actividades, las Editoras del Calderón, y editoras de Páginas de Guarda, pensamos que debíamos ofrecer a los profesionales un espacio de encuentro, en el que pudieran disfrutar con todos sus sentidos de lo que, en realidad, más les gusta: la lectura. Por eso, luego del agradecimiento a los presentes, por parte de María Marta García Negroni (directora de la revista) y de la presentación del staff por parte de la editora científica Andrea Estrada, tuve el agrado de introducir la proyección de dos cortos, uno llamado Escenas de lectura y otro, Los libros y el cine. En ellos, los realizadores (Sergio Venturini y Valeria Forster, en el primer caso; Eduardo de la Serna, en el segundo), luego de un rastreo breve pero intenso en la cinematografía nacional y extranjera, desde los comienzos del cine hasta hoy, mostraron variadas imágenes de lectura. Bellas, terroríficas, curiosas, alejadas o cercanas en el tiempo, las imágenes fueron reunidas por los realizadores siguiendo las mismas –y mínimas– consignas impartidas por Páginas de Guarda. Los cortos resultaron muy distintos en estilo pero no en calidad, si bien en algunos casos reprodujeron las mismas películas, aunque en tomas diferentes.

Escenas de lectura en el arte cinematográfico, pero también en el arte dramático y fotográfico. En cuanto al arte dramático, la narradora, escritora, narradora y directora teatral Ana María Bovo relató una serie de textos (de Clarice Lispector y de su propia obra teatral, Emma Bovary), cuyo eje continuó siendo la lectura: desde la descripción del dolor que produce en una adolescente la negación del préstamo de un libro muy deseado, hasta el detalle de los síntomas de esa extraña enfermedad producida por la lectura y que el escritor argentino Ricardo Piglia llama «bovarismo» (ver estos conceptos en su novela El último lector, Anagrama, 2005), que lleva a quienes la padecen a desear ser lo que son los héroes de las novelas (en este caso, las heroínas). Con respecto al arte fotográfico, el evento también sirvió para presentar un concurso de fotografía documental, destinado a estudiantes de fotografía y titulado «Lectores de Buenos Aires». Una de las integrantes del jurado, la licenciada en Historia de las Artes Virginia Cavalli, presentó la propuesta. Dijo que el concurso pretendía acercar al espacio de la revista la mayor cantidad posible de testimonios vivientes sobre la lectura en Buenos Aires: acerca de sus lectores, de qué leen y dónde. En qué rincones del ámbito de la ciudad, si leen en medio del ruido o en algún recóndito espacio silencioso, quizás secreto. Y aseguró que, cuando la exposición final estuviera montada, en la Feria del Libro de 2008, y las fotografías elegidas fueran publicadas en la revista, seríamos nosotros los «otros» lectores de aquellos (lectores) que habían sido sorprendidos por las cámaras un tiempo atrás.

Ojalá este pequeño oasis, en medio del fárrago de las actividades de las Jornadas, haya contribuido a que los profesionales del libro abandonaran por un rato su negotium para dejarse subyugar por las mieles de un otium siempre bienvenido.

 

Ana Mosqueda

Editora científica

Páginas de Guarda

(Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires)

«Follow the money» en la Ley del libro

«Follow the money» en la Ley del libro

El pasado 29 de abril, en la Feria del Libro de Valladolid, el crítico y editor Constantino Bértolo practicó el sano ejercicio del follow the money con esta muy hispánica Ley de la lectura, el libro y las bibliotecas, que anda ahora en capilla. Lo reprodujo ayer Rebelión en el artículo «Ni ley de la lectura, ni ley del libro, ni ley de bibliotecas».

Atención a lo que comenta Bértolo acerca del oropel humanista con el que se engalana la ley. La estrategia propagandística del altruismo-bienintencionista-consensuador ofrece al capital tan buena vaselina, que suele revestir hoy la presentación de casi cualquier producto, y, por razones obvias (el supuesto beneficio social derivado de toda promoción educativo-cultural), parece resultar especialmente idónea para los productos lingüístico-culturales.

Debe de ser para mejor servir a esa propaganda por lo que se han incluido en ese proyecto de ley las vacuas —y falaces, en el caso de los correctores— afirmaciones sobre el papel cultural de la cadena de profesionales de la edición, que no llevarán, sin duda alguna, a ninguna mejora, porque, como cantaba Mina, sonno soltanto parole, parole, parole.

Silvia Senz (Sabadell)

Ricardo Soca, en el suplemento «Ñ», de «Clarín»

Ricardo Soca, en el suplemento «Ñ», de «Clarín»

La versión impresa del suplemento cultural Ñ, del diario Clarín, publica hoy el artículo «Las normas, la historia y las autoridades lingüísticas», de Ricardo Soca, aparecido originalmente en esta modesta bitácora.

Gracias, Ricardo; gracias, Clarín.

Grupo A&C

Profesionales del libro y lengua correcta en el Proyecto de Ley de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas. Algunas reflexiones personales

Profesionales del libro y lengua correcta en el Proyecto de Ley de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas. Algunas reflexiones personales

El texto del Proyecto de Ley de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas ha sido ya aprobado por el Congreso de los Diputados y remitido al Senado. Así queda el texto, por el momento, en lo que atañe a traductores, correctores y a otros profesionales del libro. (Y, por comparación, aquí puede verse qué queda de lo propuesto.)

Preámbulo

[...]

El apoyo de los poderes públicos al libro, como modelo de expresión cultural, se recoge explícitamente en esta Ley, pero también se reconoce la labor de sus diversos protagonistas. Por un lado, se valora la labor de los creadores, incluyendo entre éstos además de los escritores y autores, a los traductores, ilustradores y correctores en el ejercicio de su función, sin los cuales no existirían las obras que toman la forma de libro, y sin perjuicio de la protección que se regula en la legislación de propiedad intelectual; por otra parte, se recoge la promoción de la principal industria cultural de nuestro país, el sector del libro, con un especial reconocimiento a la labor de los libreros como agentes culturales.

[...]

Desde el ámbito normativo se ha dado un paso de extraordinaria relevancia: por primera vez, la Ley Orgánica de Educación, en su artículo 113, recoge la obligación de que en todo centro escolar público exista una biblioteca escolar, recordando que ésta debe contribuir a fomentar la lectura y a que el alumnado acceda a la información en todas las áreas del aprendizaje como dinámica imprescindible para participar en la sociedad del conocimiento. El acceso de los alumnos a la información debe contar con la garantía de unos textos adecuados en el contenido y en la forma, pero también en el uso correcto del lenguaje. Sólo si los modelos son ejemplares en su ortografía, expresión y gramática, nuestros escolares podrán adquirir las habilidades requeridas en la sociedad de la información: comprender y expresarse con claridad. Un texto cuidado es el mejor recurso para los docentes y sus alumnos.

[...]

Promoción de los autores y de la industria del libro

Artículo 5. Promoción de los autores.

[...]

3. En las campañas de promoción de los autores se dará especial importancia al reconocimiento de su labor creadora, y la de todos aquéllos que, con sus traducciones, han permitido el acceso a obras escritas en otras lenguas, así como al respeto y protección de sus derechos de propiedad intelectual.


Algunas reflexiones al respecto:

1. La complejidad e imbricación de los distintos pasos del proceso editorial (en especial, el del libro) es enorme, como fiel reflejo de la diversidad de autores, funciones, usos, contenidos y lectores de las publicaciones (de nuevo, los de los libros en especial). Si hay que reconocer a todos los responsables de esta circular e intrincada cadena de creación-producción-comercialización-difusión del libro-lectura, reconozcámoslos a todos. Sin embargo, como ya observamos, no todos aparecen en este proyecto de ley, y los que lo hacen no tienen ni el espacio ni el reconocimiento debido, tal vez porque no es el lugar para ello, o tal vez porque no caminan a la par.

¡Qué bueno sería un acercamiento y una acción conjunta de todos ellos, a imagen de iniciativas foráneas, para dar a conocer su labor y trabajar unidos por el reconocimiento social y el respeto empresarial de su papel cultural!

2. Si la tónica cada vez más general es la de endilgar al autor su propia promoción, ¿de veras espera alguien que los editores siquiera mencionen, en los actos de promoción, a los traductores de las obras que publican? Me doy con un canto en los dientes si esta ley sirve para modificar la sempiterna confinación del traductor a la invisibilidad.

3. Se dice: «El acceso de los alumnos a la información debe contar con la garantía de unos textos adecuados en el contenido y en la forma, pero también en el uso correcto del lenguaje. Sólo si los modelos son ejemplares en su ortografía, expresión y gramática, nuestros escolares podrán adquirir las habilidades requeridas en la sociedad de la información: comprender y expresarse con claridad. Un texto cuidado es el mejor recurso para los docentes y sus alumnos».

Últimamente no dejo de leer textos que atribuyen propiedades desopilantes al dominio de la lengua normativa y de la ortografía en particular. Desopilantes teniendo en cuenta que la norma académica no es más que un restringido código lingüístico, común a un área lingüística determinada y convencionalmente establecido por autoridades lingüísticas (las academias de la lengua en el caso del español), que afecta en especial a un cierto registro (la lengua escrita) de un cierto nivel (el nivel culto). Eso es todo. El conocimiento y dominio de la norma académica no nos hace más guapos, ni más inteligentes, ni más estupendos; ni siquiera más «democráticos», aunque se nos quiera persuadir de lo contrario. En esta nota (y sus correspondientes comentarios) del blog La Peña Lingüística, Miguel Rodríguez Mondoñedo reproducía algunas falsas creencias sobre los atributos «espirituales» que, según gramáticos prescriptivistas como Gómez Torrego o Lázaro Carreter, denotan el conocimiento y aplicación de la ortografía. Recientemente, en el transcurso del IV CILE, el director del Instituto Cervantes, César Antonio Molina, comparaba las convenciones ortográficas —que no deciden los hablantes, precisamente— con el consenso democrático, y su falta de observación con una especie de traición sancionable (?) a la convivencia: «saltarse las normas ortográficas, ya sea en los escritos tradicionales o electrónicos, “es una falta de solidaridad con la sociedad que ha pactado la manera de escribir” [...] “La ortografía es como la democracia, que también es un pacto entre ciudadanos y quien lo contraviene es sancionado”».

Con la afirmación, carente de base científica y de argumentación que la avalen, de que «Sólo si los modelos son ejemplares [sic] en su ortografía, expresión y gramática, nuestros escolares podrán adquirir las habilidades requeridas en la sociedad de la información: comprender y expresarse con claridad. Un texto cuidado es el mejor recurso para los docentes y sus alumnos», esta ley contribuye a extender, ahora entre los profesionales del libro, la falacia de que el texto de un libro lingüísticamente «correcto» —presumimos que ese es el modelo ejemplar al que se alude: el de la norma académica—, sin más virtudes retóricas ni expresivas, permitirá que un lector joven desarrolle habilidades de comprensión y expresión lingüística, oral y escrita, y se integre en la sociedad «de la información».

Atenerse a las normas académicas (muchas de ellas, discutibles y discutidas) no bastará para que un texto editado y publicado sea más legible, ni comprensible, ni más ameno y cercano al lector. Ni bastará con aplicarlas en el proceso de corrección de un libro para que su posterior lectura fomente el desarrollo de competencias lingüísticas en el receptor.

Para contribuir a que un lector joven desarrolle el gusto por la lectura y adquiera destrezas de comprensión de ciertas manifestaciones del código escrito —el libro, mezcla de código lingüístico, código gráfico y código iconográfico, no reúne todas las formas de lo escrito, pese a su variedad—, un autor que escriba para niños y jóvenes ha de crear su obra teniendo en cuenta la edad, el nivel formativo, la lengua o variedad lingüística del lector, su manera jergal de expresarse incluso, sus intereses y las estrategias didácticas apropiadas para el aprendizaje del código escrito. Y un editor, en todo el proceso de edición de la obra de un autor, no ha de desatender tampoco el perfil y necesidades del lector y del propio texto, y para ello ha de procurar que se apliquen los controles de calidad pertinentes con la vista siempre puesta en el lector, y que con ese mismo espíritu trabajen el diseñador (otro gran ausente de este proyecto de ley) que dé forma gráfica a cada obra y el ilustrador. Si quiere formar lectores y ayudarlos a adquirir destrezas de comprensión lectora, el editor también ha de ofrecer al niño y al joven obras que lo guíen por una senda de progresiva complejidad lingüística (amén de encomendarse a educadores, animadores y organismos culturales, padres y bibliotecarios para que lo estimulen a leerlas). Y con todo ello, de paso, y si logra hacer del niño un amante de la lectura, también lo ayudará a asimilar las convenciones ortográficas de su lengua.

Los procesos minuciosos y profesionales de edición y control de calidad textual —que sobrepasan, con mucho, el campo de la corrección normativa— hacen la comprensión de un texto más asequible cuando un autor (escritor o traductor) muestra carencias expresivas, y favorecen también el disfrute de la lectura. Nada menos. Pero también nada más. Aun teniendo en cuenta toda su complejidad y la afinada capacidad de mejorar la eficacia comunicativa de un texto, los procesos de revisión de una obra no son claves en la adquisición de competencias lingüísticas, como mucho menos lo es la simple corrección normativa de un texto. Hace falta mucho, mucho más. Que aquí todos seamos o hayamos sido correctores no justifica andar vendiendo motos.

Si se sigue creyendo que la corrección editorial y la edición de textos consiste es aplicar la normativa académica a palo seco, y que la lectura de un texto normativamente correcto tiene las mágicas propiedades para la sociedad, el ser humano y el individuo en formación que los interesados le atribuyen, mal lo tenemos los editores de texto y los correctores (de español, sobre todo) en estos tiempos de mercantilización institucional de la lengua «correcta». Mucho me temo que las instituciones normativas y paranormativas que ya utilizan este engaño para justificar su injerencia en la enseñanza y la promoción de la lectura, tendrán aún mas justificación, al amparo de esta ley, para seguir explotando comercialmente sus productos editoriales de «español correcto» (véanse: 1, 2, notas a 3, y 4), de calidad tan a menudo puesta en duda (véanse: 1, 2, 3, 4, 5...), y sus certificaciones de calidad lingüística de pago.

 

Silvia Senz (Sabadell)

Las normas, la historia y las autoridades lingüísticas

Las normas, la historia y las autoridades lingüísticas

La devoción de los hispanohablantes —y sólo nuestra— por las normas y por las academias tiene un origen histórico. Nos ha sido infundida tan tempranamente y desde hace tantas generaciones que tal vez la llevemos incorporada ya en los genes.

El caos lingüístico que reinaba en la España del siglo xviii y la necesidad de un idioma homogéneo para consolidar el imperio llevaron a la creación de la Real Academia Española, que en menos de un siglo cumplió su misión con dos obras magníficas para la época: el diccionario y la gramática. Con ellas se unificó la enseñanza de la lengua en España y en las colonias, y se hizo posible la situación que vivimos hoy, en que hablantes nativos de veinte países nos comunicamos sin dificultades.

Esa historia de hace dos o tres siglos y esa gran obra infundió en la mente de los hispanohablantes la noción de que debe haber alguien que nos siga diciendo, hasta hoy, cómo debemos hablar y escribir y en qué sentido debe evolucionar la lengua. Todos hemos visto terminar debates sobre temas lingüísticos con un inapelable «El Diccionario de la Real Academia Española dice esto» u oído afirmaciones tales como «Esta palabra no existe; no está en el diccionario» o «La Real Academia Española no la admite». Ante esta noción de autoridad, que hemos mamado desde la infancia, me parece explicable la aparición de empresas dispuestas a ganar dinero vendiendo certificados de español correcto y llamando a batallas contra ignotos molinos de viento de fabricación angloestadounidense.

No soy partidario del caos lingüístico ni de la inexistencia de normas —que todos los idiomas tienen, aunque los hablantes las apliquen sin conocer su enunciado—. Sin embargo, cada año egresan de las universidades miles de lingüistas capacitados —o en condiciones de capacitarse— para interpretar el habla de la gente, de la prensa y de la literatura, a fin de descubrir y enunciar las leyes que la rigen. Me pregunto por qué tiene que ser un organismo estatal o paraestatal de un país determinado el que establezca los estándares de una lengua hablada por nativos de más de veinte países, y aun dé su espaldarazo para quienes venden servicios de consultoría lingüística. Y no quiero ni pensar en las academias de la lengua hispanoamericanas, cuya mera existencia es una proeza y cuya producción suele brillar por la escasez.

La enseñanza de inglés es un rubro muy importante en la economía británica, pero a nadie se le ocurre decirles a los anglohablantes qué palabras «existen» ni cómo deben hablar. Se ha dicho que ese papel lo cumplen los buenos diccionarios y las buenas gramáticas; no es que el Diccionario de la Real Academia Española sea un pésimo diccionario: apenas es demasiado pobre e incompleto para las ínfulas y la fanfarria con que es presentado y para el dinero que se invierte en generar tan magros resultados. Todos los que trabajamos con el idioma sabemos que los productos de la RAE no llegan a los tobillos de un Merriam Webster, pero es lo que tenemos.

No conozco mucho sobre los congresos de la lengua; sólo estuve en el de Valladolid por razones de trabajo y me pareció (tal vez no tanto en aquel momento, pero sí hoy) una rimbombante exposición mediática armada con el fin de impulsar la venta de productos. Eso no está mal, las exposiciones comerciales tienen esa finalidad y nadie las critica. Lo que ya no me parece tan bien es que entidades públicas se atribuyan una autoridad que no tienen, para justificar la exclusividad —para sí o para terceros— en la venta de determinados productos editoriales y servicios de consultoría. Y que académicos de un mérito indiscutible se presten a esa fiesta de los dueños del dinero. No lo hacen por mal; creen que tienen ese derecho porque también a ellos se les imbuyó muy tempranamente la noción de que los académicos son los guardianes de la lengua, no se sabe contra qué enemigo.

A ningún profesor estadounidense se le ocurriría decirle a un alumno: «No digas papaya, que es un hispanismo, di paw-paw, que es la forma nuestra». Pero los hispanohablantes nos ponemos la armadura y allá vamos con nuestra triste figura. Hace algunos días se contaba en Babelia que el español «libra su gran batalla territorial en Estados Unidos», y se llamaba a «coordinar la defensa conjunta del idioma». Un caprichoso —aunque no raro— uso de la palabra defensa. Similar al del Pentágono.

Ricardo Soca (Montevideo, Uruguay)

Artículos relacionados:

Adrián Pablo Fanjul: «Suya, La Lengua». (Tb. en Rebelión, 30/03/2007.)

Leonor Acuña: «La certificación internacional del español como lengua extranjera: entre la megalomanía y la necesidad de los hablantes».

Silvia Senz: «El IV Congreso Internacional de la Lengua €$pañola, un fenomenal expositor de nóminas editoriales».

Silvia Senz: «Norma, libros de estilo, cultura escrita y monopolios lingüísticos»

Silvia Senz: «Sobre el mercado del español en EUA, el prestigio social de la lengua, la calidad lingüística de los medios y la capacitación profesional».


Suya, La Lengua

Suya, La Lengua

Desde la primera vez que vi anunciado, hace algunos años, un Congreso Internacional de la Lengua Española, hubo algo en el nombre que me llamó la atención, que me resultaba disonante como nombre de congreso, simposio u otro tipo de evento científico a los que estamos acostumbrados. Analizando el nombre parte a parte, me percaté de que lo que sonaba raro era el artículo definido la.

Veamos: ¿cuándo los nombres de congresos, simposios, encuentros, etc., llevan artículo definido y cuándo no lo llevan? Solemos ver el artículo cuando el evento enuncia la organización que lo lleva a cabo: Congreso de la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina (ALFAL), Congreso de la Federación Internacional de Gimnasia, Congreso de la Sociedad Física de Córdoba; o, en la lengua del país donde vivo, Congresso da União Internacional dos Advogados, Congresso da Associação Brasileira de Hispanistas, etc. En cambio, no aparece artículo cuando el evento denomina a la disciplina de estudio o trabajo: Congreso Nacional de Periodismo Digital, Simposio de Análisis Económico, Seminario de Lingüística Informática.

Una determinada lengua aparece en esa denominación sin artículo definido cuando se sobrentiende que el evento convoca estudios sobre ella. Así tenemos, por ejemplo, cada dos años en este país el Congresso Brasileiro de Língua Portuguesa, que es «de» estudios sobre esa lengua (ya va por la octava edición y nunca lo llamaron «da Língua Portuguesa»). Esa operación metonímica de sustituir la disciplina de estudio por su objeto es bastante común en los nombres de eventos, pero siempre sin artículo: Congreso de Patologías Derivadas del Estrés, Congreso de Energía Solar. Por eso es extraño el artículo en los «congresos internacionales de la lengua española», y la extrañeza invita a reflexionar sobre los efectos de sentido de ese particular modo de determinación.

Primero consideremos su diferencia con los que no llevan artículo. Sugiere que la lengua española no está puesta en un lugar de objeto de estudio. Un congreso de lengua española se entendería como de disciplinas que tengan instrumentos conceptuales para estudiarla. Y en ese congreso, los especialistas de esas disciplinas tendrían como objeto esa lengua. Pero éste es un congreso de la lengua española. Y realmente, si observamos la programación y composición del Congreso, es evidente que no se hace para estudiar ni la vida ni el funcionamiento del español. No se abre a presentación de ponencias, funciona por invitación y aunque incluye a grandes especialistas, no está centrado en ellos. Los especialistas actúan de un modo bastante indiferenciado entre artistas, escritores, políticos y empresarios. Nada en contra de esos gremios, pero es evidente que no trabajan con ciencias del lenguaje. Tampoco son especialistas de disciplinas afines, no se trata de interdisciplinariedad. Y del mismo modo que un gran bailarín no por lograr belleza estética con su cuerpo discurre sobre fisiología del organismo humano, ni lo hace un estilista a pesar de vestir tal cuerpo con las ropas que vende, ciertamente tampoco ellos escribirán sobre lingüística del español. Y hacen muy bien, claro.

Veamos ahora el otro efecto de determinación, el que lo asocia con los eventos en cuyo nombre hay presencia de artículo. Congreso de la Lengua. En él, la Lengua se reúne, delibera. La Lengua es una organización y convoca a sus representantes. Y no se trata, en esa peculiar figuración, de la lengua como institución en el sentido de Saussure. El ginebrino empleaba «institución» como «convención» y jamás hubiera concebido la lengua como organización cuyas unidades pudiesen reunirse a discutir. No se trata aquí del orden de lo lingüístico, del funcionamiento real en que la demarcación entre lenguas «específicas» es siempre incierta, sino, paradójicamente, de lo que tiene que ver con el recorte de una lengua.

Y ese recorte, parafraseando a un gran lingüista de la Universidade de Campinas, Kanavihlil Rajagopalan,[1] es del orden de lo geopolítico. En efecto, hablar de la lengua española, la lengua portuguesa, la lengua francesa, etc., es hablar de constructos político-lingüísticos asentados en fuertes percepciones de identidad, que alcanzan predominio en espacios sociales desiguales. Toda «la lengua X» es una representación, que no por ser necesaria es menos representacional, menos del sentido común. ¿Será que los «congresos de la lengua» estudian esas representaciones, que las tienen como objeto, como podría ser un congreso sobre políticas lingüísticas o sobre imaginarios de lengua? A juzgar por lo que la prensa machaca todos estos días, parece que tienen mucho que ver con esas representaciones, pero no porque las estudien críticamente sino lamentablemente por todo lo contrario: porque están concebidos desde el interior de las mismas y desde la maquinaria ideológica que les da continuidad, con el objetivo de otorgar el más alto estatuto de «saber» posible a ese imaginario.

Por eso la imagen metafísica de la lengua reuniéndose cuaja bastante bien con las muchas declaraciones extasiadas que vemos estos días en los diarios que cubren el evento, y que otorgan a «la lengua» cualidades verdaderamente místicas. La mayoría de esos testimonios tienen que ver con una bienintencionada sensibilidad hacia la belleza que un hablante puede encontrar en lo que su cultura produce verbalmente. Pero me preocupa un tono mucho más altisonante, que entre tanto éxtasis retumba con un imperativo de generalización y expansión. «La lengua de todos» es imparable y debe expandirse, y es un mandato que todos debemos sentir.

Ese mandato me produce un profundo rechazo, no sólo como hablante de español, nacido en Argentina; también como trabajador de la educación del país en que hace ya tiempo vivo, Brasil. Me referiré a ambos rechazos, en ese orden.

Como cualquier hispanohablante, es el español la primera lengua-representación en que me reconozco. Pero mi amor en ella es algo que no tiene que ver con esos mandatos, nunca sentí que tuviera que defenderlo de nadie, y sobre todo, no me habla en ese tono. Y como pasa con cualquier hablante, puedo sentir en ella también la voz de lo que no quiero. Y eso de «la lengua de todos» me suena autoritario, porque excluye al que así no se siente y porque no veo ninguna razón para que así se sienta (argentinos, ¿se acuerdan de «La fiesta de todos»?). Pienso en otros congresos «de la» que fundan imperativos. ¿Congreso de la Nación? (no digamos de la República, porque parece claro que esta «la lengua» tiene vocación monárquica). Para cualquier latinoamericano la nacionalidad es una representación crítica, pero sea cual sea su alcance, no creo que coincida con el perímetro de esta-La-Lengua, sus inclusiones y exclusiones. Aunque el castellano, el español (no sé si «la lengua»), seguro algo importante tienen que hacer allí.

Análogamente, en el país donde vivo, uno de los máximos objetivos de la Cruzada expansiva, hay adoradores acríticos de esta-La-Lengua (claro que no me refiero a los que se dedican con pasión crítica al español, sino a los encandilados por espejitos de colores) y suelen ser reproductores de lo que el sociolingüista local Marcos Bagno[2] denomina «baja autoestima lingüística» de muchos brasileños en relación con su lengua nacional. Creo que el aporte que puede hacer la enseñanza de castellano, a la que me dedico, no tiene nada que ver con una expansión «imparable», sino con el crecimiento integral del educando, con el enriquecimiento de su mirada sobre sus propias (y riquísimas) lengua y cultura, y con el desarrollo de una perspectiva latinoamericana. Cuánto «La Lengua» se hable es, en ese marco, lo que creo que menos importa. Y es más que conocida (no voy a repetir referencias aquí) la total falta de respeto con que los promotores de la «expansión» a cualquier precio vienen tratando con este sistema educativo.

Que nuestro amor ineludible por esto-que-hablamos, que nuestra pasión por lo que estudiamos y enseñamos no nos lleve a ser súbditos de «La Lengua». Por más que a veces la embellezcan llamándola mestiza.

 

Adrián Pablo Fanjul, profesor en la Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas da Universidade de São Paulo, Brasil, área de Lengua Española



1. K Rajagopalan (1998): «O conceito de identidade em Lingüística: é chegada a hora para uma reconsideração radical?», en: Inês Signorini (org.): Língua(gem) e identidade. Campinas: Ed. Mercado de Letras, pp. 21-45.

2. Marcos Bagno (2000): Dramática da língua portuguesa. Tradição gramatical, mídia e exclusão social. São Paulo: Ed. Loyola.