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Traductors: pagar per treballar

Traductors: pagar per treballar

Un capítol més del descens als inferns que patim tots el professionals de la llengua i de l’edició, (vegeu 1, 2 i 3), mercès a la conjunció entre els nous marges de benefici que permet la tecnologia d’una banda, i la cobdícia, la manca d’ètica laboral i de responsabilitat empresarial d’altra:

Pagar per treballar

Diari Avui,

13/10/10 02:00 - Ferran Esteve 

Qui conegui una mica el món de la traducció al nostre país, sap que cal una dosi considerable de temeritat o insensatesa per voler guanyar-se la vida treballant en el mercat editorial, i no pas perquè aquest país llegeixi cada vegada menys, sinó perquè el col·lectiu continua treballant per les mateixes tarifes que es cobraven fa 15 anys (és a dir, que, amb l’arribada de l’euro i l’augment del cost de la vida en aquests anys, hi ha sortit perdent, i molt). Als traductors que buscaven una sortida econòmicament més solvent, sempre els quedava l’opció de treballar per a un mercat privat en què, tot i que les tarifes també estaven lluny de la retribució mitjana de la resta d’Europa, els preus eren, si més no, dignes.

Però, ai las, va arribar la crisi. I aquí va començar la picaresca: que si la situació és molt delicada i tots hem de posar-hi alguna cosa de part nostra per tirar endavant (demà diré a la companyia del gas que ells hauran de posar-hi alguna cosa de part seva quan jo no pugui pagar), que si haurem de rebaixar les tarifes per continuar sent competitius (puc abaixar jo també la qualitat de la meva feina?), que si ara només et puc pagar aquesta tarifa però et recompensaré en la propera feina (truqui’m quan rebi la propera feina), que si... Condicions que sempre porten implícit un “no són negociables”. És a dir, imposicions.

I la crisi continua, i cada vegada són més les empreses d’aquest sector que, com que una situació així és el moment ideal per treure a passejar tota la indecència que portem a dins, han optat per adherir-se a una pràctica que era relativament freqüent en el món de les agències que es dediquen a la interpretació de conferències: el cobrament d’un cànon, bé aplicat a priori –per mantenir el traductor en la llista de col·laboradors amb els quals es pot treballar–, bé aplicat a posteriori –calculat en funció de la quantitat de feina que s’hagi proporcionat al traductor. Dit d’una altra manera, un impost revolucionari que s’ha de satisfer llevat que vulguis quedar desplaçat del mercat. (No oblidem que aquestes companyies ja guanyen diners amb la seva tasca pel simple procediment de cobrar als clients que demanen els seus serveis normalment el doble del que elles mateixes paguen al traductor; per tant, amb aquesta mesura busquen cobrar dels dos vèrtexs restants del triangle laboral que s’ha format.)

Un servidor creia haver-ho vist tot en la manera com les autoritats han protegit els causants d’aquesta crisi, els continuen protegint i fan el que els manen, però aquesta instauració del “pagar per treballar” (sobretot en un sector en què els preus ja eren ridículs) sembla, de moment, el darrer esglaó en aquesta ascensió vertiginosa cap a l’absurd que fa un temps que vivim i que segur que ens portarà alguna sorpresa desagradable més. Ja ho advertia fa anys Warhol, quan discutia amb William Burroughs qui havia de pagar, si la puta o el client: “Ella és la prostituta, però també és qui va calenta; per tant, és qui ha de pagar”. De tan warholiana com sembla la situació, demanaria als responsables de totes aquestes empreses que assumeixin el seu paper de xulos i es comprin una cadeneta d’or ben gruixuda la propera vegada que ens vulguin oferir feina. Així no ens costarà gens posar-nos a traduir vestits només amb un conjunt i unes mitges.

Traductor

Darrera actualització ( Dimecres, 13 d’octubre del 2010 02:00 )

 

Informació complementària:

¿Pagar por trabajar? Coloquio con los afectados de Lionbridge (Madrid, 30 de septiembre)

Reseña del acto "¿Pagar por trabajar? Coloquio con los afectados de Lionbridge" (Madrid, 30.9.2010)  

RAE y Asale pisan a fondo para llegar a la próxima campaña de Navidad

RAE y Asale pisan a fondo para llegar a la próxima campaña de Navidad

Como ya hicieran el año pasado con la Nueva gramática de la lengua española (NGLE) que llegó a las librerías a inicios de diciembre todavía incompleta (faltaba y sigue faltando el volumen de Fonética y Fonología) para así aprovechar el tirón de las ventas navideñas, la RAE y la Asale anuncian, por boca del aún director de la primera, que acelerarán el proceso de realización de su nueva Ortografía para salir al mercado en esas mismas fechas que tan buenos resultados comerciales les han procurado.

Nos consta que la obra no está en las condiciones que debería (no está siquiera aprobado su texto original, según confiesan) para publicarse antes de Navidad y que los lingüistas que en ella participan trabajan bajo una presión enorme, condiciones productivas que indefectiblemente dan lugar a ediciones defectuosas, en fondo y forma. La aceleración del proceso de elaboración será, pues, fuente de nuevos errores que los usuarios que nos veamos obligados a seguir esta Ortografía deberemos sufrir hasta que se revise nuevamente esta próxima edición. Ya los fallos detectados en los dos primeros volúmenes de la NGLE, causados probablemente por las mismas codiciosas prisas, han llevado a sus responsables a anunciar una nueva edición revisada al poco de publicarse la primera, costosísima.

De hecho, esta nueva Ortografía académica corrige errores detectados por otros especialistas en las producciones académicas con contenido ortográfico vigente y publicados en reseñas y obras críticas. Pero una de las reseñas críticas más prolijas de la norma ortográfica académica actual está aún pendiente de publicación (en prensa, como suele decirse), lo que supone que su contenido no habrá sido asimilado por las academias en el momento de dar a luz su nueva Ortografía. Más errores, pues, en perspectiva. 

Por supuesto, tampoco en esta ocasión se anuncia ninguna versión de libre acceso, pese a la parte de esta obra que pagamos con nuestros impuestos.

 

Silvia Senz

John Lennon, Google i la tipografia

D’aquesta senzilla manera, el monstre Google, ogre de tendre cor i tendència mitòmana, ret avui homenatge al John Lennon en el trentè aniversari del seu assassinat:

 

A Mario Taboada, in memoriam (homenaje particular)

Hace sólo un día la casualidad quiso que releyera un comentario en este blog, ya de hace unos años, de una de esas personas a quienes siempre valía la pena leer y considerar, se estuviera de acuerdo o no con él, gustara o no lo que dijera, se le apreciara más o menos. Pensé al leerlo que su autor, Mario Taboada, tenía ese don de la sabiduría intuitiva, innata, que pocos tienen, y que por ser intuitiva surge cuando surge pero siempre cala en los demás. 

Mario, el Quincaller, murió repentinamente hace 13 días. Lo he sabido ahora. No dudo de que su muerte habrá sido y es muy lamentada entre los que lo conocieron y entre los que, sin conocerlo, lo trataron. Quienes no lo conocieron sabrán apreciar lo que dice de él el modo en que intercedió en una de las trifulcas que se dan con demasiada frecuencia en los debates sobre el mundo de la lengua, particularmente en la Hispania, como él decía:

 

Autor: Quincaller

Como lector profesional y escriba ocasional, os leo con cierto pavor. No hay otro país donde la lengua sea motivo de tales, talísimas, malas leches. Algo tiene que estar muy podrido para que los profesionales de la lengua pidan que se reglamente la corrección. Tan absurdo es esto como la euforia imperial de los adalides panhispánicos y los innumerables enchufados que danzan en derredor de esa entelequia. En el fondo, es el mismo autoritarismo enraizado. Lo dijo uno (quizá Cernuda): Pobre Hispania, donde hasta los anarquistas son autoritarios. Yo propongo que se ejerza el derecho a callarse, el derecho al silencio. ¿Os imagináis una Hispania callada? Pues el ruido contamina, pudre, destruye. Lo digo yo, que no soy nadie, pero lo digo porque es cierto.

 

Quedas en la memoria, Mario.

 

Silvia Senz

La nueva Ortografía académica, o cómo seguir saqueando impunemente

La nueva Ortografía académica, o cómo seguir saqueando impunemente

Ya hemos hablado aquí otras veces de la reconocida (por los propios académicos) tendencia de la RAE (mancomunada con la Asale) al saqueo de la obra ajena, especialmente cuando está realizada con un esfuerzo y una brillantez de los que las academias no suelen hacer gala. Decimos saqueo porque, aunque extraoficialmente se reconocen fuentes teóricas ajenas y se admite lo mucho que se ha tomado de ellas, nunca jamás se referencian en una bibliografía final, ni siquiera en esa nueva Gramática que alardea de científica.

Que en este país semejante práctica parasitaria (con cierta solera en la institución) no sea sistemáticamente censurada por los usuarios de la obra académica —por algunos de los autores afectados sí lo es—, ni por las asociaciones profesionales, ni por (lo que es más grave) el mundo universitario, es una prueba más de que vivimos en una monarquía cocotera (García Viñó dixit), repleta de pusilánimes que, con su silencio, otorgan patente de corso a una institución que debería actuar con un mínimo de honestidad y ejemplaridad.

Pudiera parecer que, más allá del atropello a la ética intelectual y al rigor científico que esta práctica supone, no tiene mayor trascendencia que el daño moral que pueda causar a los autores víctimas del expolio. Quienes así piensan se equivocan de medio a medio. La historia académica nos enseña que en aquellas épocas en que la institución española ha gozado, como en el presente, del apoyo político y del sostén económico necesarios para copar el mercado de obras didácticas y de referencia sobre la lengua española —sin particular merecimiento, a tenor de la escasa calidad de sus obras— su predominio ha lastrado tremendamente el desarrollo gramatical, ortográfico y lexicográfico del castellano. Por ejemplo, con respecto a la no tan lejana época de monopolio escolar de que gozaban la Ortografía y la Gramática de la RAE, analizada aquí por J. J. Gómez Asencio, concluye este autor (pp. 1323-1324; la negrita es nuestra):

 

[...] No se favoreció precisamente el desarrollo de una gramática escolar independiente destinada a la enseñanza pública, aunque sí se siguieron publicando textos escolares, sea sin especificación de destinatarios, sea dirigidos a establecimientos particulares. Los modestos autores de gramáticas escolares debieron ver claramente mermados su público y ventas, y limitada su vocación. Se repercutió pues en el modelo de gramática escolar que pudo pensarse y ejecutarse en España en esos años.

[...] Se fomentó el seguimiento de la doctrina oficial (en uso, en teoría y en norma), cuando no su mera copia, simple imitación o incluso burdo remedo. De ahí las frecuentes menciones a la rae ya desde los propios títulos de las gramáticas de autores particulares [...] [debidas] probablemente a la conveniencia de ajustar cualquier texto a esa doctrina, porque era la conocida y la oficial, según qué casos y para qué destinatarios la única permitida, y, desde luego, la que mejor podía hacer presumir una cierta venta al impresor empresario. [...]

[...] Se desalentó el crecimiento de una gramática modernizante e innovadora al margen de la oficialista: investigar libremente en busca de una gramática renovada (sea en su faceta de teoría, sea en su aspecto pedagógico) debió de resultar tarea complicada en este contexto a veces incluso hostil; introducir novedades o proponer reformas fue considerado algo bastante próximo a ser crítico; mantener la independencia se convirtió a algo casi equivalente a estar en la oposición, a actuar en contra. Parece que [...] incluso se coadyuvó a la confusión entre «libro de lectura obligatoria», lo que es una cosa, y «doctrina (teoría lingüística + uso de la lengua) de seguimiento obligatorio», lo que constituye otra.

[...] Se suscitaron, en consecuencia, recelos, enfados y hasta enconos de autores individuales no conformes con el statu quo. [...]

[...] no parece aventurado sostener que la seguridad de la venta y la certeza de los ingresos, la obligatoriedad del texto, la inutilidad efectiva de una eventual crítica externa o de una eventual mejora promovida desde dentro por sectores o individuos reformistas —de cuya existencia no cabe dudar—, el amparo legal de la doctrina emanada de la corporación y de los usos por ella prescritos y descritos, su admitida infabilidad, la protección estatal, la seguridad casi autocomplaciente, el apego de muchos profesores y maestros a la rutina consagrada, la preocupación por complacer las expectativas de ese público conservador en materia de gramática... debieron de ser factores que coadyuvaran al inmovilismo, segaran la capacidad de autocrítica, fomentaran la pasividad, adormecieran la necesidad de cambios, la creación, la capacidad de ser influidos por autores particulares, o retrasaran la modernización. De poca sustancia y no mucho calado, son, en efecto, los cambios que —salvando el caso de 1870— la grae experimenta entre 1858 y 1916.

[...] Su peso sociológico, su influencia [...] en algunos de los prejuicios y actitudes lingüísticas aún hoy vigentes [...] fueron inconmensurables.

 

Tenga el lector en cuenta que todas las obras de referencia, de enorme calidad, que los que llevamos 20 o más años en el mundo de la edición, la corrección, la prensa y la traducción tenemos como libros de cabecera, se elaboraron en el largo periodo de letargo que la RAE vivió desde la década de 1930 hasta inicios del siglo XXI. Gracias al parcial enmudecimiento al que la abocó la pérdida del monopolio escolar debida a la extinción práctica de la ley Moyano, pudieron florecer obras (y casas editoras) como las siguientes, algunas de académicos que sólo pueden brillar al margen de la institución: la primera edición del Diccionario general ilustrado de la lengua española (Barcelona: Vox, 1953), supervisado por el académico Samuel Gili Gaya y prologado por Ramón Menéndez Pidal; el ya clásico Pequeño Larousse Ilustrado o el Diccionario Planeta de la lengua española usual (Barcelona: 1990) dirigido por Francisco Marsà, y los diccionarios, gramáticas, manuales de estilo y ortografías (teóricas y prácticas) de María Moliner, Joan Coromines, Julio Casares, Fernando Corripio, Manuel Seco, Samuel Gili Gaya, Salvador Fernández Ramírez, Emilio Alarcos Llorach, José Polo o José Martínez de Sousa, por citar sólo algunos de los principales. Los periodos de coma de la RAE suelen ser vida para la proliferación de obras de este tipo, concebidas con libertad y rigor.

Por eso si la RAE y la Asale continúan nutriendo su actual hiperactividad a base de parasitar (peor que mejor) la obra ajena, y siguen lanzando luego al mercado publicaciones no siempre adecuadas a las necesidades del hablante y raramente de calidad, que se convierten de inmediato en superventas gracias a campañas de márquetin de enorme repercusión y al prejuicio que otorga crédito y autoridad automáticos a todo lo que estas instituciones publican, nos preguntamos quién va a ser la editorial o el autor que se arriesgue a crear nada de propia cosecha. Por de pronto, el panorama de la lexicografía española independiente es un puro páramo; al menos en España. Y esto coloca a la RAE y la Asale como uno de los principales peligros para el equipamiento del castellano. Los defensores del idioma deberían empezar a defendernos de ellas.

En la misma tónica, la publicación del avance de la nueva Ortografía académica (cuyos referentes ya se filtraron a la opinión pública) es una prueba más de que las academias de la lengua española se resisten a arriar la bandera pirata. Para quienes tenemos buena memoria de las ortografías académicas precedentes y conocemos qué obras se han realizado en este campo de manera independiente, un simple cotejo entre el índice de esta Ortografía en proyecto y el de la Ortografía y ortotipografía del español actual de José Martínez de Sousa (Trea: 2008, 2.ª ed.) nos muestra a las claras —aunque, insistimos, ya se sabía— cuál ha sido en este caso una de las principales fuentes de las academias. Aunque el índice del avance muestra que tampoco hay en ella bibliografía final, se da la paradoja de que, en el colmo del cinismo, la RAE y la Asale tienen el descaro de atreverse a dar al usuario lecciones de cómo se hacen citas bibliográficas y cómo se confecciona una bibliografía. A eso se le llama no predicar con el ejemplo.

Para quien tenga un rato y paciencia, aquí le dejamos ambos índices. Comparen y extraigan sus propias conclusiones:

La Ortografía y ortotipografía del español actual (2. ª ed., Gijón: Trea, 2008) de José Martínez de Sousa en el avance de la nueva Ortografía de la lengua española de la RAE y la Asale (en prensa). Comparativa de índices
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Silvia Senz

José Antonio Labordeta, in memoriam

I no mo n’en de í..., pero mo n’in.

Te pllorén, José Antonio.

La riqueza de las lenguas, 12: El aragonés, ¡¿un dialecto?!

La riqueza de las lenguas, 12: El aragonés, ¡¿un dialecto?!

Hace pocos días, mi hijo mayor vino del instituto diciéndome que su profesora de lengua española le había corregido la categorización del aragonés como lengua, diciéndole que era un dialecto. Descartando en una filóloga la posibilidad de que confundiera el aragonés con los geolectos aragoneses del español, pensé que probablemente esta idea obedeciera al viejo (pero vigente) prejuicio que otorga el calificativo de lengua sólo a las hablas que gozan de reconocimiento político y de un estándar con cierto «rodaje», el suficiente para que la gente lo naturalice y lo identifique como una lengua unitaria y homogénea que en realidad no existe más que como representación identitaria.1

El matiz excluyente y despectivo del término dialecto es reflejo de una concepción piramidal de las lenguas por completo ajena a la lingüística que sólo puede comprenderse como efecto del desarrollo de una determinada visión del lenguaje, anclada en el genealogismo y el chovinismo (Eco, 1994), y de una determinada forma de ordenamiento político y social de las lenguas: la uniformación lingüística propia de la construcción de los Estados nación, proceso al que corresponde la (por suerte deficiente) castellanización del Estado nacional de voluntad sempiternamente homogeneizante que es España.

En la Antigüedad clásica, la palabra dialecto no tenía el menor matiz despreciativo:

En el período clásico, los dialectos griegos se repartían las funciones estéticas. El jónico se utilizaba en la historiografía, el dórico para la lírica coral y el ático para la tragedia. En la época posclásica, los dialectos desaparecieron para dar origen a una koiné basada en el habla de Atenas, de la que desciende el griego actual, aunque no el tsakoniano. [Zabaltza, 2006: 47.]

Pero cuando este vocablo se reintrodujo, como cultismo, en las lenguas modernas, el concepto dejó de ser funcional para marcar la diferencia de estatus e incorporó un sentido claramente peyorativo.

El camino hacia esta categorización jerárquica de las lenguas (y de sus variantes) arranca ya en el siglo XIII. Por entonces, diversas cancillerías reales europeas (en lo que siglos después sería España, la castellana y la catalanoaragonesa) elaboraron estándares escritos aptos para la transmisión del saber y la redacción de documentos legales y administrativos. Con el progresivo establecimiento de las monarquías absolutistas europeas y la conformación de los modernos Estados centralizados, a partir del siglo XVI el dialecto cortesano (codificado y cultivado) se asentó entre las élites como modelo recto, de «buen hablar». Las modernas cortes monárquicas se distinguían de las medievales por su carácter sedentario, por constituirse como uno de los más importantes centros económicos del reino, por concentrar en el centro y dependiendo del monarca los instrumentos de gobierno de todo el reino y, como medio de propaganda y exaltación del poder absoluto del soberano, por someter a la nobleza, que se vio atraída desde la periferia a la corte central y asimilada a sus modos, también lingüísticos.

Desde el siglo XVIII, la conveniencia de una clase social emergente, la burguesía, de conformar un Estado unificado, vertebrado y cohesionado, con un sólido mercado interior, impulsó un sistema político e ideológico donde la idea de la nación única favorecería sus objetivos.

El Estado nación se configuró como un sistema de regulación que disponía aquellos medios de homogeneización de la población que creía necesarios para procurarse recursos humanos móviles e intercambiables, y que utilizaba la maquinaria burocrática y los avances de la ciencia y la tecnología en aras de la eficiencia y la rentabilidad, hasta el punto de convertir el crecimiento económico en el deber patriótico del nacionalista. La acomodación de la diversidad a las nuevas necesidades cohesivas del Estado moderno podría haberse planteado manteniendo la heterogeneidad cultural, sin favorecer a ningún grupo étnico y adoptando un sistema de convivencia no jerarquizado. Pero, siendo la lengua y la cultura los más potentes identificadores sociales y, con ello, generadores de diferencia y —según se recelaba en la Francia revolucionaria— de potencial sedición, y suponiendo además una traba para la optimización de la eficiencia en la gestión de los recursos del Estado, se optó mayoritariamente por la asimilación de la divergencia a las pautas fijadas por el grupo nacional dominante.

Así, considerando que un medio común de intercambio lingüístico facilitaba la cohesión social, la movilidad de las fuerzas de trabajo y la estandarización de las relaciones con el Gobierno, se impulsó la generalización de una lengua nacional común que permitiera la administración y el control de los recursos de la periferia desde un solo centro de poder político, económico y militar, y que incrementara el peso del Estado tanto hacia el interior como hacia el exterior.
Para afianzar el carácter común de la lengua nacional y garantizar su expansión entre la población se haría necesaria la creación y extensión social de una forma estandarizada, para lo que se instituyeron organismos normalizadores como las academias de la lengua y estructuras estatales de difusión como la enseñanza pública, y se promulgaron medidas legales de implantación que afectaban particularmente a la Administración y a la instrucción escolar y que implicaban controles punitivos del uso de otras lenguas.  

De este modo, la lengua central y con mayúsculas, la de la corte, depurada y fijada por academias como la Española, adquiriría el rango de lengua nacional, se asociaría a los conceptos de modernidad y progreso, se impondría legalmente a todos los ciudadanos y se expandiría (a diferentes ritmos y con mayor o menor eficacia en cada Estado) por medio de mecanismos difusores y de presión social como la escuela, la milicia obligatoria, los libros, la prensa y las migraciones (y modernamente, también por medio de la cultura de masas). El resto de lenguas (tuvieran o no tradición de cultivo escrito) quedarían relegadas al uso doméstico y socialmente rebajadas a la categoría de lenguas bajas y superfluas; en una palabra: a dialectos.

En Francia, paradigma del clasismo lingüístico y modelo de Estado nación glotofágico, cuando se erigió la norma literaria en torno al habla de París, el resto de variedades y lenguas se conviertieron ya no en dialectos, sino en patois, palabra cuyo origen y evolución detalla el Trésor de la Langue Française:  procedente del francés antiguo patoier ‘agitar las manos, gesticular (para hacerse entender, como los sordomudos)’, su sentido derivó en ‘comportamiento grosero’ y luego en ‘jerga o lengua peculiar (como el balbuceo de los bebés, el chapurreo de los pájaros, un lenguaje rústico y grosero)’. La Encyclopédie (1778) lo define como «lenguaje corrompido como el que se habla en todas las provincias. [...]. No se habla la lengua más que en la capital» (cit. en Zabaltza, 2006: 47).

En una España que no iniciaría el camino hacia la centralización y la unificacion hasta la llegada de los borbones, y que iría construyendo más lentamente su perfil uninacional sobre la lengua del poder central, idéntico sentido de degeneración y bajeza adquiriría el término dialecto, aplicado a las hablas no cultivadas por escrito ya en época de los austrias y, con la nueva dinastía, a toda lengua o variedad distinta de la del centro cortesano: el castellano. Así se refleja ya en la edición de 1884 (en plena efervescencia del proceso nacionalizador) del Diccionario de la Real Academia Española, y así se mantiene en la acepción tercera de dialecto de su edición vigente (2001):


dialecto. (Del lat. dialectus, y este del gr. διάλεκτος). [...]
3. m. Ling. Estructura lingüística, simultánea a otra, que no alcanza la categoría social de lengua.

Elevado el castellano a la categoría de lengua nacional (definido como tal también desde el DRAE1884), se impuso a la sociedad española desde los Decretos de Nueva Planta en un proceso de implantación al que no acompañaron las estructuras necesarias —la extensión de la alfabetización en castellano sería muy tardía (Viñao, 2009)—, pero que nunca estuvo desprovisto de voluntad asimiladora. Veamos sólo dos ejemplos (ambos anteriores a los dos periodos dictatoriales, militar y fascista, del siglo XX), extraídos de las casi trescientas páginas de que consta la recopilación realizada por Francesc Ferrer i Gironès (1985) de las medidas legales promulgadas en España, desde inicios del siglo XVIII, contra las lenguas no castellanas  (y particularmente, contra el catalán), denominadas despectivamente dialectos:

• El edicto del Gobierno Superior Político de las Baleares de 1837, llamado «del anillo», que reciclaba un método pedagógico infamante (análogo al symbole de la escuela francesa) que ya se venía aplicando desde hacía un siglo y que se seguiría aplicando —y no sólo en las Baleares, como indica nuestra negrita y puede leerse en Lasa (1968: Sobre la enseñanza primaria en el País Vasco, San Sebastián: Auñamendi, pp. 27-29)— para penalizar los «deslices» del alumno en el uso de su lengua nativa:


Considerando que el ejercicio de las lenguas cientificas es el primer instrumento para adquirir las ciencias y transmitirlas, que la castellana, además de ser nacional, está mandada observar en las escuelas y establecimientos públicos, y que por haberse descuidado esta parte de instrucción en las islas viven oscuros muchos talentos que pudieran ilustrar no solamente a su pais, sino a la nación entera; deseando que no queden estériles tan felices disposiciones y considerando finalment [sic] que seria tan dificultoso el corregir este descuido en las personas adultas como será fácil enmendarle en las generaciones que nos sucedan, he creido conveniente, con la aprobación de la Excma. Diputación Provincial, que en todos los establecimientos de enseñanza pública de ambos sexos en esta provincia se observe el sencillo método que a continuación se expresa y se halla adoptado en otras con mucho fruto. = Cada maestro y maestra tendrá una sortija de metal, que el lunes entregará a uno de sus discípulos, advirtiendo a los demás que dentro del umbral de la escuela ninguno hable palabra que no sea en castellano, so pena de que oyéndola aquel que tiene la sortija, se la entregará en el momento y el culpable no podrá negarse a recibirla; pero con el bien entendido de que en oyendo este en el mismo local que otro condiscípulo incurre en la misma falta, tendrá ocasión a pasarle el anillo, y este a otro en caso igual, y así sucesivamente durante la semana hasta la tarde del sábado, en que a la hora señalada aquel en cuyo poder se encuentre el anillo sufra la pena, que en los primeros ensayo será muy leve; pero que se irá aumentando así como se irá ampliando el local de la prohibición, a proporción de la mayor facilidad que los alumnos vayan adquiriendo de espresarse en castellano [...].

• La Real Orden de 15 de enero de 1867, que prohibía las obras teatrales no escritas en la lengua nacional:


En vista de la comunicación pasada a este Ministerio por el censor interino de teatros del reino, con fecha 4 del corriente, en la que se hace notar el gran número de producciones dramáticas que se presentan a la censura escritas en los diferentes dialectos, y considerando que esta novedad ha de influir forzosamente a fomentar el espíritu autóctono de las mismas, destruyendo el medio más eficaz para que se generalice el uso de la lengua nacional, la reina (q. D. g.) ha tenido a bien disponer que en adelante no se admitiran a la censura obras dramáticas que estén exclusivamente escritas en cualquiera de los dialectos de las provincias de España.

Esta canción en aragonés muestra vívidamente cómo los educados durante el particularmente represivo periodo franquista sufrieron en sus carnes la imposición de la lengua nacional, ahora plenamente asumida y defendida por la mayor parte de la sociedad aragonesa, ignorante de sí misma y de su propio pasado.

Ta Boltaña he de baxar
dende Silbes a estudiar,
o maitin prenzipia ya a dispertar.
Dando trucos con o piet,
blincaré de tres en tres,
o tozuelo me fa cuentas d’o rebés.

O morral ye plen de libros
y ficau en o pochón
o recau qu’en casa nuestra me dán.
A gramatica y a istoria
cheografia u relixión,
biellas paxinas ¡que emporcadas ban!

¡Que nieba, que nieba,
a cara se me chela!
¡Ascape, ascape,
tenemos que plegar!
luego ta Boltaña
o maistro mos carraña,
se torna prou furo
y mos clama "chabalins".

Dos bezes en os didos
m’ha trucau a palmeta
por charrar en a fabla
que ye d’o mio lugar.
Debán d’os mios amigos
que charran castellano
d’as antigas parolas
m’en fan abergoñar.
A burla m’han feito
no he estudiau muito tiempo
pos mi pai me manda
as güellas paxentar;
a fosca cozina
con os mixins denzima,
me ye imposible
poder-me conzentrar.

En rematar a clase
a brenda mos minchamos,
arredol d’a gran mesa
d’o biello profesor.
En a estufa se creman
os leños que he trayiu,
rustidas as tortetas
sapen muito millor.

De tardada y al tornar
chunto a l’Ara he de pasar
por o puen que m’endreza ta o lugar.
O camín he de puyar,
me prenzipio a xorrontar,
boi cantando y as bruxas s’en iran.

En os güellos de mi mai
a tristura creigo bier
mil periglos piensa puedo correr.
A mi pai en o treballo
güei le tiengo que aduyar
luego plega ña ora d´ir a zenar

En a olla bulle a sopa
que acotrazia con amor
mai en fa que tot me sepa millor.
Ya en o leito cuan m´aduermo
siento en suenios o cantar
d’ixe gallo que me ba a dispertar.

 

El recuerdo de la castellanización entre los hablantes de aragonés (variante ribagorzana) aún vivos, como los de esta paisana de mi padre, son igualmente elocuentes:


 

Sobran comentarios.

 

Silvia Senz

 

(Para saber más no sólo sobre el aragonés, sino también sobre el asturiano, el sardo y el francoprovenzal y sus respectivos procesos de estandarización: Navarro, Pere (2003): «Processos d'estandardització en les llengües romàniques minoritzades: asturià, aragonès, francoprovençal i sard», en Miquel Àngel Pradilla (ed.): Identitat lingüística i estandardització, Valls: Cossetània, pp. 91-133.

 


 

1De hecho, la categoría científica de lengua no corresponde tampoco a un conjunto de hablas homogéneas; es una simple convención que permite la clasificación en unidades discretas de hablas divergentes pero interconectadas en un continuo espacio-temporal. Con todo, siempre es preferible a la idea política de lengua.

 

Curso gratuito «Redacción y edición de textos en castellano» (en editoriales de revistas y prensa)

PROGRAMA

Docente: Silvia Senz

Lugar de realización: Editrain-Gremi d’Editors de Catalunya

Calendario y horario: 20/09/2010-13/10/2010, lunes y miércoles, de 18.30 a 21.30 h

Duración: 20 h presenciales + 24 en línea

 

I. CONCEPTOS BÁSICOS

1. Edición de textos y control de calidad en la edición de prensa y revistas

2. Estilo periodístico

 

II. NORMAS Y REGLAMENTOS

1. Conceptos de norma y reglamento

2. Reglamentos legales que afectan al trabajo de redacción y edición de textos

3. Normas que afectan al trabajo de redacción y edición de textos

3.1. Estándares no lingüísticos y ortotécnicos, y autoridades normativas

3.1.1. Conceptos básicos: estandarización y organismos estandarizadores

3.1.2. Normas ISO y normas del BIPM

3.2. Estándares lingüísticos (terminología y lengua general) y autoridades normativas

3.2.1. Conceptos básicos: lengua, variedad y estandarización lingüística

3.2.2. Estándares terminológicos

3.2.3. La norma académica: criterios de corrección y estado actual

3.3. La norma periodística

3.3.1. Criterios de corrección

3.3.2. Los libros de estilo: concepto y contenido

3.3.3. Armonización de la norma académica y la norma periodística

 

4. Bibliografía y recursos en la Red para la redacción y edición de textos

 

III. DIFICULTADES Y CRITERIOS NORMATIVOS Y ESTILÍSTICOS

1. Plano ortográfico (ortografía usual, ortografía tipográfica, ortografía bibliológica y ortografía técnica)

2. Plano gramatical

3. Plano léxico

4. Plano textual

5. Plano estilístico

6. Plano de transferencia (traducción, transcripción, transliteración y adaptación)

 

IV. TALLER PRÁCTICO