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Resumen

03/05/2007

«Follow the money» en la Ley del libro

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El pasado 29 de abril, en la Feria del Libro de Valladolid, el crítico y editor Constantino Bértolo practicó el sano ejercicio del follow the money con esta muy hispánica Ley de la lectura, el libro y las bibliotecas, que anda ahora en capilla. Lo reprodujo ayer Rebelión en el artículo «Ni ley de la lectura, ni ley del libro, ni ley de bibliotecas».

Atención a lo que comenta Bértolo acerca del oropel humanista con el que se engalana la ley. La estrategia propagandística del altruismo-bienintencionista-consensuador ofrece al capital tan buena vaselina, que suele revestir hoy la presentación de casi cualquier producto, y, por razones obvias (el supuesto beneficio social derivado de toda promoción educativo-cultural), parece resultar especialmente idónea para los productos lingüístico-culturales.

Debe de ser para mejor servir a esa propaganda por lo que se han incluido en ese proyecto de ley las vacuas —y falaces, en el caso de los correctores— afirmaciones sobre el papel cultural de la cadena de profesionales de la edición, que no llevarán, sin duda alguna, a ninguna mejora, porque, como cantaba Mina, sonno soltanto parole, parole, parole.

Silvia Senz (Sabadell)

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05/05/2007

Lengua, edición, lectura y profesionales del libro en la FIL de Buenos Aires

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Durante las 23.as Jornadas de Profesionales organizadas por la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que se realizaron entre el 16 y el 19 de abril, las Editoras del Calderón, y editoras de Páginas de Guarda, realizamos un evento cultural para festejar la aparición del tercer número de la revista, e invitamos a esta celebración a distintos profesionales del libro: editores, diseñadores, correctores, libreros, bibliotecarios, trabajadores de la industria gráfica y editorial. Los profesionales acudieron a pesar del cansancio, luego de dos días de trajín, en los que estuvieron ocupados con cuestiones de todo tipo, desde las más simples y domésticas, como la organización de sus propios stands dentro de la Feria, hasta las más complejas, como la compra y venta de derechos, las relaciones comerciales, etc.

El lunes 16, las Jornadas comenzaron con un discurso de bienvenida y un breve panorama acerca de la situación editorial en la Argentina, a cargo de Horacio García, presidente de la Fundación El Libro. A continuación, el escritor mexicano Carlos Monsiváis dio la conferencia inaugural «América Latina, la fuga y el reencuentro de las identidades». Entrevistado luego por la periodista cultural Susana Reinoso, Monsiváis comentó que él, en Latinoamérica, percibe una fuerte tendencia a la integración, debida en parte a la comunicación. Según el escritor mexicano, las especificidades regionales han disminuido y, aunque persistan determinados usos lingüísticos, estos no impiden la comprensión de los textos. A pesar de esta creciente tendencia integradora, la industria editorial sigue muy concentrada en manos españolas, situación que vuelve invisible aquello que se publica en Latinoamérica.

Por la tarde, el BIEF (Bureau International de l’Edition Française) realizó un seminario profesional, en el que se trató el tema «La edición en ciencias sociales y humanas: relaciones entre Argentina y Francia», con el propósito de fomentar el intercambio cultural entre ambos países.

Al día siguiente, los negocios continuaron con el Encuentro Sectorial entre Latinoamérica y Europa (AL-Invest). Por otro lado, se realizó la presentación de la plataforma digital de Google, que pretende impulsar la digitalización de los libros y facilitar su búsqueda.

En el medio de tantas actividades, las Editoras del Calderón, y editoras de Páginas de Guarda, pensamos que debíamos ofrecer a los profesionales un espacio de encuentro, en el que pudieran disfrutar con todos sus sentidos de lo que, en realidad, más les gusta: la lectura. Por eso, luego del agradecimiento a los presentes, por parte de María Marta García Negroni (directora de la revista) y de la presentación del staff por parte de la editora científica Andrea Estrada, tuve el agrado de introducir la proyección de dos cortos, uno llamado Escenas de lectura y otro, Los libros y el cine. En ellos, los realizadores (Sergio Venturini y Valeria Forster, en el primer caso; Eduardo de la Serna, en el segundo), luego de un rastreo breve pero intenso en la cinematografía nacional y extranjera, desde los comienzos del cine hasta hoy, mostraron variadas imágenes de lectura. Bellas, terroríficas, curiosas, alejadas o cercanas en el tiempo, las imágenes fueron reunidas por los realizadores siguiendo las mismas –y mínimas– consignas impartidas por Páginas de Guarda. Los cortos resultaron muy distintos en estilo pero no en calidad, si bien en algunos casos reprodujeron las mismas películas, aunque en tomas diferentes.

Escenas de lectura en el arte cinematográfico, pero también en el arte dramático y fotográfico. En cuanto al arte dramático, la narradora, escritora, narradora y directora teatral Ana María Bovo relató una serie de textos (de Clarice Lispector y de su propia obra teatral, Emma Bovary), cuyo eje continuó siendo la lectura: desde la descripción del dolor que produce en una adolescente la negación del préstamo de un libro muy deseado, hasta el detalle de los síntomas de esa extraña enfermedad producida por la lectura y que el escritor argentino Ricardo Piglia llama «bovarismo» (ver estos conceptos en su novela El último lector, Anagrama, 2005), que lleva a quienes la padecen a desear ser lo que son los héroes de las novelas (en este caso, las heroínas). Con respecto al arte fotográfico, el evento también sirvió para presentar un concurso de fotografía documental, destinado a estudiantes de fotografía y titulado «Lectores de Buenos Aires». Una de las integrantes del jurado, la licenciada en Historia de las Artes Virginia Cavalli, presentó la propuesta. Dijo que el concurso pretendía acercar al espacio de la revista la mayor cantidad posible de testimonios vivientes sobre la lectura en Buenos Aires: acerca de sus lectores, de qué leen y dónde. En qué rincones del ámbito de la ciudad, si leen en medio del ruido o en algún recóndito espacio silencioso, quizás secreto. Y aseguró que, cuando la exposición final estuviera montada, en la Feria del Libro de 2008, y las fotografías elegidas fueran publicadas en la revista, seríamos nosotros los «otros» lectores de aquellos (lectores) que habían sido sorprendidos por las cámaras un tiempo atrás.

Ojalá este pequeño oasis, en medio del fárrago de las actividades de las Jornadas, haya contribuido a que los profesionales del libro abandonaran por un rato su negotium para dejarse subyugar por las mieles de un otium siempre bienvenido.

 

Ana Mosqueda

Editora científica

Páginas de Guarda

(Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires)

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09/05/2007

Un metro de libros

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La primera vez que vi un cajón de “Un metro de libros” no fue en la estación del tren subterráneo que está a dos calles de mi casa, sino en la estación Copilco, una de las dos que colindan con la Universidad de México. Tengo la impresión de que ahí, en la estación Copilco, empezó a materializarse la iniciativa. Dos estaciones al norte, la estación Miguel Ángel de Quevedo es la parada obligada para ir a la primera librería Gandhi, que ahora está escindida en dos locales, uno frente al otro, casi como si la avenida pasara por en medio de la librería o como si la librería se hubiera cruzado la calle por el subsuelo. Antes, había ardillas en los árboles del camellón. Pero ahora no voy a hablar de ardillas ni de la primera librería Ghandi (ya hablaremos otro día de las librerías de la ciudad de México), sino de los cajones “Un metro de libros”.

La librería Gandhi siempre ha tenido buenas ideas y “Un metro de libros” es la última. Consiste, simplemente, en instalar en lugares públicos cajones de unos cinco metros de largo por dos de ancho, que al destaparse forman un pequeño exhibidor de libros. En general, los cajones están dispuestos en pares, uno junto al otro. Uno tiene libros, discos y revistas de interés general y variado, y el otro, literatura infantil. El criterio de selección de la oferta se descubre al primer examen: son saldos baratos, materiales que han pasado por sus segundos mercados y reciben, quizá, la última oportunidad de venderse. El surtido es muy parecido en todas las estaciones del metro, aunque también se descubre que los encargados de cada cajón tienen su margen de iniciativa que les confiere una mínima personalidad, un toque vaguísimo de originalidad. Por ejemplo, en los cajones de la estación Cuatro Caminos hay más libros con reproducciones de obras maestras que en los otros que conozco. En Zapata se aprende a confeccionar horóscopos y en División del Norte se venden discos compactos para oscuros fines salutíferos, como hacer ejercicio o aprender a relajarse. Ahí completé mi colección, lo confieso ruborizado, de videos de la madre Wendy, justo ahora que ya no hay reproductores de VHS y no puedo mirar el documental. En un cajón del metro Balderas compro ejemplares de La luz en la pintura, un libro español pequeño y modesto, atinadísimo, que regalo tenazmente a mis amigos, para que vean que precisamente es la luz la que distingue a la pintura de la fotografía.

No voy a hacer un recuento de todo lo que me he comprado en esos cajones apetitosos. Lo que quiero es señalar sus dos virtudes: la primera, que están al paso de la gente, como los quioscos de periódicos y revistas pero dentro de las instalaciones del metro. La mayoría de los cajones reciben a los viajeros en cuanto cruzan los torniquetes y en silencio los invitan a llevarse algo para leer.

La empresa de “Un metro de libros” empezó casi al mismo tiempo que una iniciativa del gobierno de la ciudad de México, que consistió en imprimir grandes tirajes de una obra que se prestaba a los viajeros. Éstos estaban obligados a devolver la pieza a la salida (como es de imaginar, casi nadie devolvía el libro que había tomado, de modo que al paso de los días los estantes de esta biblioteca ambulante se quedaban vacíos, en espera de la siguiente tirada). Por esta coincidencia, la gente pensaba que los libros de los cajones eran un préstamo y esto hacía abrigar dudas sobre la viabilidad del modelo de venta. Pero la iniciativa del gobierno local fracasó, se suspendió con el cambio de régimen y, hasta donde sé, el nuevo gobierno de la ciudad no tiene pensado recuperar la biblioteca itinerante. En cambio, los cajones siguen en su lugar y quiero creer que son rentables para quienes los trabajan.

La segunda virtud de la empresa es que los libros no cuestan prácticamente nada. Dado que son saldos que en otro caso se venderían como papel, su precio es bajísimo. Si nos concentramos en lo mejor de la oferta, por 20 pesos (menos de dos dólares) uno lee a Kierkegaard, a Shakespeare o a Darío. Cuesta 10 pesos (menos de un dólar) un ejemplar atrasado de Saber Ver o de Letras Libres. Con 90 pesos uno se lleva el Diccionario Anaya. Con 30, un volumen de alguna historia universal. Se venden los libritos de Mondadori “Mitos poesía” y los de Aldvs. A veces se encuentran clásicos de Cátedra y de Rei. Entre los libros infantiles hay delicias. Si el catálogo está lejos de ser interminable, basta de todas maneras para surtir un pequeño librero en la casa de una familia de pocos recursos.

Estas dos bondades, la cercanía y la baratura, son un hecho concreto que fomenta el hábito de leer, que acerca la tentación de un libro a todos sin discursos ni aspavientos. Ya me quejaré en otra nota de lo que no me gusta de Gandhi, que no es poco. Ahora quiero decir que simpatizo mucho con esta iniciativa que ha resultado buena y práctica y a la que le deseo prosperidad y larga vida.

Javier Dávila (ciudad de México)

 

Posdata a «Un metro de libros» (10/05/2007)

Decía apenas ayer, a propósito del préstamo de libros en las estaciones del metro, que “el nuevo gobierno de la ciudad no tiene pensado recuperar la biblioteca itinerante”. Pero esta tarde se anunció que el 4 de junio se reiniciará el programa “Para leer de boleto en el metro”. El nuevo libro es una antología de autores mexicanos contemporáneos, entre los que están Juan Villoro, Elena Poniatowska, Ignacio Solares, Eduardo Langagne, David Martín del Campo y Silvia Molina. El tiraje es de 250 mil ejemplares.

En el boletín de prensa dice la coordinadora de Fomento a la Lectura de la Secretaría de Cultura del Distrito Federal, Paloma Saénz: “De lo que se trata es de ganar nuevos lectores, consolidar a los eventuales y proporcionar lecturas a quienes no pueden adquirir libros por problemas económicos”.

El programa se reanudará en una línea del metro. Si al cabo de tres meses funciona, se extenderá a otra y así sucesivamente, con la intención de abarcar toda la red, que suma 175 estaciones.

 

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21/05/2007

Perlitas de la lengua oriental

20070521055341-republica-oriental-del-uruguay.jpgSabemos —o podemos imaginarnos fácilmente— cómo las gastan las campañas nacionales de alfabetización en tiempos de autoritarismos. La ideología del período de la dictadura militar en Uruguay (1973-1985) se reflejó en su política lingüística: nacionalismo, xenofobia, patriotismo, afirmación de la autoridad y preservación de la moral y las buenas costumbres. Sin embargo, también puede provocarnos una sonrisa: durante la Campaña Nacional de Alfabetización del año 1982, analizadas aquí por las lingüistas Graciela Barrios y Pilar Asencio a partir de los extractos de la prensa de la época, encontramos algunas perlitas (las negritas son mías).

El objetivo de la campaña: «eliminar el analfabetismo del territorio nacional» (El País, 12/9/1982). Este fue su desarrollo en la República Oriental del Uruguay, según refieren Barrios y Asencio:

Antes del inicio de cursos se realizó un entrenamiento a los maestros que participaron en la experiencia, y se distribuyó material didáctico en diferentes centros de estudio. Los cursos se llevaron a cabo entre el 10/5/1982 y el 8/9/1982; en Montevideo hubo más de 12 000 alumnos inscriptos, 10 000 de los cuales culminaron los cursos. De acuerdo con lo planificado, se anunciaba que «las personas que asistan regularmente a los cursos [...] aprenderán a leer, escribir y comprender lo que leen en un período de cuatro meses» (El Día, 10/5/1982).

Con una finalidad propagandística, las autoridades enfatizaron, en distintos eventos internacionales, que el costo de la campaña sería casi nulo. El mundo entero, y muy especialmente América Latina y el Caribe, se sorprendieron en los cónclaves educativos de México y Santa Lucía cuando la ministra Lombardo de de Betolaza, en la capital azteca, y el subsecretario López Estremadouro, en la isla caribeña, declararon ante sus pares del continente que la Campaña Nacional de Alfabetización no aparejaría prácticamente costo alguno al Uruguay. Un silencio sobrecogedor, según informaciones trascendidas de la propia UNESCO, rodeó las palabras de los jerarcas uruguayos. Un sentimiento de estupor y curiosidad llevó a los ministros de Cultura de todo el mundo y a los funcionarios docentes de distintos países a interiorizarse agudamente sobre las realizaciones uruguayas en ese sentido. La explicación vendría enseguida. Primaria abarca con su infraestructura todo el territorio nacional —no existe paraje donde no se levante una escuela pública—, y además los maestros que ejecutaron la campaña donaron a su pueblo las doscientas mil horas de clase que permitieron que 10 000 nuevos ciudadanos aprendiesen a leer y escribir (El País, 12/9/1982). [...]

La eliminación del analfabetismo constituye un acto de planificación lingüística que responde a una decisión de política lingüística: la de ampliar el acceso a la lengua escrita en la población. El crecimiento del nivel de alfabetización, legitimado mediante un discurso nacionalista, hace posible que la lengua estándar actúe más eficazmente como instrumento unificador de la comunidad.

[...] el discurso oficial de la época, reproducido por una prensa básicamente oficialista, establecía un estrecho vínculo entre alfabetización y distintos referentes de carácter patriótico:

«Asistirán [al acto de clausura de la campaña], con las personas recién alfabetizadas, el cuerpo de maestros, se cantará el Himno Nacional, y luego se continuará con la programación» (El País, 7/8/1982).

«Inmediatamente después de la celebración en el Cine Plaza, los noveles alfabetos, familiares y maestros se dirigirán por la Avda. 18 de Julio hacia la Plaza Independencia para depositar una ofrenda floral al pie del Monumento a Artigas. Cada alumno de los Centros de Alfabetización depositará su flor ante el Prócer» (El País, 2/9/1982).

La actitud de orgullo hacia la lengua estándar se manifestaba en varias referencias a los altos índices de alfabetización que ostentaba el Uruguay de la época:

«La campaña de alfabetización que se está cumpliendo en el Uruguay pone de manifiesto un loable propósito de alcanzar la perfección, poniendo al tope de la escala mundial en la materia, a un país cuyo índice de analfabetismo figura entre los más bajos del orbe» (El País, 2/6/1982).

En el mismo período en que se desarrollaba la campaña de alfabetización, las autoridades del gobierno de facto recorrían el país anunciando los «buenos resultados de la lucha contra la penetración idiomática»: «[...] la Dra. Raquel Lombardo de De Betolaza fue interrogada en torno a la labor que cumplen las autoridades de la enseñanza para evitar la penetración idiomática en regiones lindantes con Brasil.

»Sobre este tema anunció “buenos resultados” de la campaña. “Venimos cumpliendo varias realizaciones”, destacó [...]. “Hay móviles con material didáctico diverso, maestros dedicados a esta actividad y conjuntos folklóricos de coros y bailes quienes así tratan de contrarrestar la invasión idiomática extranjera”» (El País, 14/9/1982).

La campaña de alfabetización masiva subrayó también la estrecha relación existente entre el buen uso del idioma y las buenas costumbres del individuo. El inspector Adolfo Rodríguez Mallarini señalaba que «el éxito total de la empresa alfabetizadora» se obtendría si se lograba «plasmar hombres letrados y dignos» [¡en cuatro meses!, no puedo evitar la acotación]. La vinculación con lo ético conseguiría que quienes hicieran un «buen uso» de la lengua fueran poseedores de una superioridad moral respecto a quienes no cumplen con esta condición.

¿Más perlitas? En el artículo completo: aquí o aquí

Pilar Chargoñia (Montevideo, Uruguay)

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